¡Devuelve a San Antonio a su lugar!
Cuando quieras que un hombre sea tuyo, ¡reza con fe!
¡Hosanna, Hossana, Hossana en el cielo!, corearon voces alegres, audibles desde varias cuadras antes de llegar a la iglesia de Santa Faustina. Por alguna razón misteriosa, el servicio de los lunes en la tarde parecía recibir más feligreses que el del domingo. Quizás se debía a que los efectos de las bebidas espirituosas, consumidas los días sábados bajo pretexto de nada, mantenían a la mayoría encerrados en casa. Los Beramendi eran los únicos que cumplían con sus deberes religiosos a raja tabla, sin importar lo que hubiera pasado días u horas antes. Y dicha exposición de apasionada virtud, inspiraba a unos cuantos a imitarlos.
Mariana era una de las tocadas por aquella devoción. Procuraba llegar la primera a cada servicio, para poder sentarse lo más cerca de la primera banca: el sitio predilecto de aquella ilustre familia. La primera en entrar a la iglesia, siempre era doña Elvira. Lucía como una paloma orgullosa con aquel vestido de tafetán negro y mangas de globo. Detrás de ella, vestido como todo un catrín, venía su esposo Ilario con la nariz metida en el libro de oraciones, a causa de eso, solía comportarse con marcada indiferencia con las personas a su alrededor. Tras ellos, haciendo gala de su buena educación, venían sus amados hijos: Carlota, Amadeo y Marquitos.
Siendo la única hija, Carlota usaba vestidos sin escotes ni transparencias, y cubría su bello rostro con encaje negro para evitar despertar las bajas pasiones. Se rumoraba por el pueblo Del Abedul, que la joven estaba prometida a un español que muy pronto vendría por ella. Marquitos cursaba el primer año de la primaria y su pasión era rayonearlo todo con crayola azul, incluso ese día, con todo y la advertencia de ponerle una buena tunda si se atrevía a ofender el mobiliario de la iglesias con sus ímpetus de artista, llevaba guardadas un par en los bolsillos del pantaloncillo corto. Amadeo era una visión de lo divino, de acuerdo a la opinión de casi todas las muchachas en el pueblo. Sus rizos rubios se agitaban al ritmo de sus varoniles andares mientras sus labios, perfilados y carnosos, sonreían a cuanto rostro amigable se topaba por el camino; Mariana siempre se mordía los labios al verlo.
Si corría con suerte, Mariana Pérez lograba sentarse justamente detrás él y, entonces, se la pasaba admirando la belleza de sus orejas, las cuales, según ella, era prodigiosamente simétricas además de bien aseadas y blancas. Eran tan perfectas que se parecían mucho a las de los Santos de yeso que adornaban los estantes. ¡Y su cuerpo! ¿Había otro hombre tan agraciado en aquel lugar del mundo? La respuesta era no. No había un hombre con la espalda más ancha, la cintura más pequeña ni los brazos más fuertes. Solo él, cuya diversión era criar los caballos de su padre, podría poseer semejante físico.
—El saludo de la paz, hermana —un hombre sonreía a la izquierda de Mariana, ofreciéndole la mano.
—Ahorita no, mijo —susurró masticando su trenza con ansiedad.
—No, niña, no entiendes: el saludo de la paz —insistió el hombre remarcando entre dientes las últimas palabras.
—¡Ay, sí! Perdón, perdón, ¡la paz del Señor! ¡La paz del Señor! ¡La paz del Señor! —repitió sonrojada, estrechando todas las manos cercanas.
Pocos minutos después, el padre Ponchito dio por terminado el servicio e invitó a los jóvenes a inscribirse a las clases sobre el evangelio, que se impartirían la próxima semana en punto de las cinco de la tarde.
—¿Te vas a inscribir? —Pepe Zorrilla, el hijo del dueño del molino, quien rondaba los dieciocho años igual que Amadeo, preguntó.
—No creo, nos van a traer unas yeguas americanas y estoy ansioso por domarlas.
—¡Tú siempre de atrabancado! ¡Ni al diablo le tienes miedo!
Riendo, los jóvenes salieron al pasillo y después de persignarse, se dirigieron a la puerta. Mariana, todavía sentada en su sitio, con el velo blanco chueco sobre su cabeza y la trenza entre los dientes, los observó muy atenta.
—Hija, se te van a salir los ojos —la amonestó el padre Ponchito, propinándole un coscorrón.
—¡Ay, padre, no sea malo!
—Yo no soy el malo, sino tú que ya rompiste no sé cuántos mandamientos en un ratito.
—¡Ay, padre! Es que ya no sé qué hacer, desde hace meses que le rezo a San Judas todos los días y ese güerote ni siquiera se fija en mí.
—¡Otra vez con eso! Pero, niña, sí ya te había yo explicado que ese muchacho pertenece a un mundo diferente al tuyo.
—¡Pero el amor es universal, padre! ¿O no lo dice nuestro Señor? Debemos amar al prójimo.
—El sentido de la palabra es otro, no se refiere al amor de la pareja.
—Pues no me importa, mi abuelita Santa decía que con pétalos de rosa y miel, se puede atraer a quién sea.
—Santa Pérez era una pobre mujer que vivía en el pecado de la ignorancia, harías bien en no aplicar sus enseñanzas y mejor deberías ponerte a rezar.
—Yo rezo mucho, padre, pero ni estando de cabeza, San Antonio me hace el milagro.
—¡Malcriada! ¡Devuelve a San Antonio a su lugar y déjate de payasadas!
Los gritos y sombrerazos del padre Ponchito duraron veinte minutos más, y al terminar, Mariana por fin se pudo retirar. La joven no replicó nada estando en la iglesia, pero le pareció muy injusto que el padre la reprendiera solo por estar enamorada. Tenía doce años cuando Amadeo llegó al pueblo, en pantalones azul cielo y camisa blanca, todavía recordaba el color nacarado tan peculiar de su corbata de moño y el modo tan lindo en que sonreía con un colmillo menos. En ese momento, ella se juró que se hombre tan atractivo iba a terminar siendo su marido de un modo u otro.
Por aquellos días, abuelita Santa todavía se encontraba con vida. En cuanto su nieta le contó la historia del niño nuevo en el pueblo, ella se puso a tejerle un amuleto rojo y le enseñó varios hechizos para atraer al amor verdadero. Las habilidades tan peculiares de la anciana, siempre llamaron la atención de las comadronas del pueblo en buena y mala manera. Algunas contaron que las hadas del monte le regalaron sus poderes; otras, que le había ganado en las damas chinas al mismísimo Satanás y este le había regalado su magia. El rumor más creíble, y el preferido de la mayoría, contaba que el esposo de Santa, Don Baltazar Aguilar, era un nahual. Y siendo una criatura sobrenatural, conocía todo acerca brujería y heredó ese saber a su mujer. La realidad era que Santa Pérez era todo eso además de una gran oyente por diversión. Para Marianita, su abuelita era un ser fantástico que la animaba a alcanzar sus metas, incluso si resultaban ser demasiado encumbradas.
Dos inviernos atrás, los padres de Mariana fallecieron a causa de una fuerte gripe. Siendo Santa su único familiar en el pueblo, se hizo cargo de la niña y la llevó a vivir con ella a su jacalito en el monte. Era un sitio chiquito, con apena una estufa de piedra, un mesita con una sola silla y dos petates. No había ningún otro mueble, Santa acostumbraba guardar todas sus cosas en ollas de barro y Mariana pronto adoptó sus costumbres. Aun ahora, que ya había pasado más de un año de la partida de su querida abuelita, la jovencita seguía usando las ollas de barro del mismo modo.
—Ya verás, Bartolo —dijo dirigiéndose a un pequeño perro negro que brincaba a su lado—. Con San Antonio de cabeza y un corazón de colibrí, el guapo Amadeo va a caerse rendido a mis pies.
Bartolo no sabía de qué le hablaba, mas igual ladró contento.
—¡Ya llegué, viejita! —saludó cariñosa al entrar en la oscura viviendo—. No vas a creer a quién vi —continuó, encendiendo unas velas con la flama de cerillo—. ¡Amadeo! ¡Esta retechulo, no lo creerías!
Encendió la última vela y se apartó un poquito de la mesa en la que había montado un altar, usando el único retrato existente de la bonita anciana de trenzas largas. Cada día, traía flores frescas que cortaba cerca del río y las ponía en jarroncitos pintados de amarillo. A veces, cuando hacía otras tareas aparte de lavar los platos en la casa de los Zorrilla, la señora le regalaba unas moneditas de más y entonces compraba inciensos con olor a canela. Esa noche en especial, quiso encender uno de los tres que le quedaban.
—Ya verás, abuelita, mañana voy a conseguir el corazón de un colibrí, lo mezclaré con pétalos de rosas frescas y miel muy dulce, así Amadeo se enamorará de mí al instante, y muy pronto nos casaremos. Ya vas a ver, todo saldrá justo como lo imaginamos.
Mariana se arrodilló frente a la mesa, apoyó los brazos cruzados y descansó su rostro sobre ellos. Delgadas lagrimitas cruzaron la circunferencia de sus mejillas, era difícil estar solita. Añoraba la voz de a su abue, celebrando antes de tiempo el feliz matrimonio que tendría. Los hechizos que le enseñó funcionarían, lo sabía porque Santa le dijo que necesitaba rezar y hechizar con mucha fe para que todo se diera, y ella no había hecho más que desgarrar su alma en cada uno de ellos.
⚜
A la mañana siguiente, el pueblo Del Abedul se despertó entusiasmado con la llegada de nuevos habitantes. No hubo aviso previo sobre el arribo de los Soldevilla, sencillamente aparecieron frente a la mansión de la viuda Itzel, con una enorme caravana. «Ya todo está preparado, don Rufino, ya puede disponer de la casa como guste», Ernestina la tamalera, oyó decir a la viuda. «Le agradezco por su buena disposición, sobre todo con los preparativos tan apresurados», respondió el aludido quitándose el sombrero. «Así son los caminos de Dios», concluyó la viuda. Estrechando su mano huesuda, el tal Rufino le entregó una bolzota con dinero, o cuando menos eso juró ver Ernestina.
Ya a esas horas, Marianita andaba corriendo por la plaza apenas abrigada con reboso raído. Entre los brazos portaba una preciada carga, se esmeraba mucho en protegerla pegándola a su pecho. Quizás no fuera algo licito, pues también se cuidaba de que nadie la viera y por eso andaba lo más rápido que le permitían sus sandalias rotas. La única pausa en su camino, fue para echar un vistazo a la caravana descargando muebles de madera y grandes pinturas al oleo. Se imaginó que aquellas cosas deberían valer una fortuna y por lo tanto, la viuda debía haber recibido la herencia de algún pariente lejano. No sintiendo mayor curiosidad por aquel suceso, la joven siguió su carrera con el perrito negro a su lado.
⚜
A los colibrís les gustaba chupar la miel de las flores, entonces, debía ser fácil encontrarlos en los campos junto al lago que en esas fechas estaban repletos de campanillas, rosa de castilla y flores silvestres. Debía ser cuidadosa, porque aparte de las coloridas aves, también habría montones de abejas llenándose la barriga de polen y no quería terminar con picaduras.
Pensando en lo delicado de la operación, ordenó a Bartolo que se quedara junto a un roble, a cinco metros del campo de flores. Así evitaría que el animal ladrara si llegaba a ver a alguna tuza o rata por ahí, y no espantaría a los pajarillos. Con cuidado, abrió la puertecita de aquel objeto que con tanto celo estuvo custodiando: una jaulita de madera.
Mariana anduvo de cuclillas entre la hierbas altas, atenta a todo lo que revoloteara sobre las campanillas. Abejorros, mariposas, moscas y abejas eran lo que más abundaba. El sol ya se iba colocando en pose de medio día, así que el calor aumentaba junto con el número de insectos. Mariana ya estaba cansada de estar agazapada como una rana, mas no estaba dispuesta a irse de ahí sin un colibrí. Era cosa de primera necesidad, ejecutar el hechizo esa misma noche.
—¿Qué estamos buscando? —susurró una voz a su lado.
—Un colibrí —ella respondió indiferente.
—¿Y viene por aquí? ¿No sería más fácil encontrarlos en los jardines del convento?
—No, ahí no me dejarían atraparlo y luego tendría que explicar… ¡Aah!
Mariana por fin recapacitó en el hecho de que no se encontraba sola en aquel campo. Pegó un grito tan fuerte, que las insectos se alborotaron y los gorriones echaron a volar despavoridos, mientras ella caía de nalgas en la tierra. Agitada, echó un vistazo temeroso al muchacho envuelto en un gaban mugroso que la miraba con los labios apretados, aguantándose la risa.
—¿Quién demonios eres tú? —chilló.
—Me llamo Miguel Ángel Felipe del Niños Jesús…
—¡Uy, qué largo! —ella se quejó.
—Es que mi mamá es muy devota —él replicó sonrojado.
Dibujando una sonrisa franca en su rostro, el muchacho le ofreció la mano a Mariana para ayudarla a levantarse. Esta, en lugar de aceptarla, se puso a ver los miles de pecas que salpicaba la cara de aquel muchacho, junto con aquellos mechones de cabello rojo que le picaban los ojos verdes.
—¿Por qué tienes el pelo colorado? —recelosa, se puso de pie por ella misma.
—Pues… es de familia, mi mamá y mis hermanas también lo tienen así.
—Es muy raro.
Mariana se giró dándole la espalda, al mismo tiempo que sacudía el polvo de su falda. Miguel no pudo evitar notar los parches de color distinto que la adornaban en variados puntos y, casi sin querer, también reparó en las sandalias rotas y se preguntó como hacía aquella muchacha para no tropezarse.
—¿Y cómo se llama la señorita? Digo, si puede saberse.
—Mariana, ¿y tú? ¿Hay una versión corta de tu nombre?
—Me dicen Miguelito.
«Miguelito», repitió Mariana en su mente con cierto desprecio. Por qué llamarían «Miguelito» a un varón que claramente rondaba ya por los veinte años, es más, ¿no debería estar casado? Quizás si lo estaba y le gustaba andar de rabo verde con las muchachas de pueblos cercanos a su casa, pensó ella.
—Bueno, pues te tienes que ir porque yo tengo mucho qué hacer —Mariana le ordenó despectiva.
—Pensé que el monte era un lugar libre.
—Hoy no, yo estoy haciendo cosas importantes y a ti de seguro te busca tu esposa.
—¡Yo no tengo esposa! —rió Miguel.
—De todos modos, largo, espantas a los pájaros.
Miguel tomó distancia, levantó el ala de su sombrero con el pulgar y se permitió liberar la carcajada contenida.
—¡Cállate! ¡Vas a espantar a todos los pájaros!
—Señorita, eres muy gruñona.
—Te equivocas, yo tengo buen carácter, pero tú me haces enojar. Ya vete.
Mariana volvió a acuclillarse en la tierra con la jaula, un poquito descuadrada después de su caída, lista entre las manos. Miguel decidió darle espacio, lo que fuera que quisiera hacer en esa postura tan chistosa, parecía ser muy importante para ella y no sería él quien lo echara a perder.
A la distancia, Bartolo comenzó a ladrar con insistencia. Mariana no se distrajo de su tarea; Miguel se puso a revisar el campo. A pocos metros, muy cerca de ella, un gato montes acechaba. Miguel no supo si iba sobre la muchacha, o habría algún otro animal entre las hierbas a quien le hubiera echado el ojo. Prefirió no correr riesgos y apuntó la escopeta que traía en la espalda en dirección al animal, mas no lo centró, quería espantarlo nada más. El disparó resonó por el eco del monte, Mariana gritó y salió de estampida entre las hierbas, molestando a las abejas que se alimentaban y que por supuesto tomaron su justa venganza, incluso a consta de sus vidas. Mariana sintió los aguijonazos en su carne y, aunque profirió agudos chillidos de dolor, no detuvo su carrera.
Al final, fue el campo quien la hizo detenerse al encontrarse con una pendiente. Tropezó con una raíz salida en la tierra y rodó pendiente abajo, golpeándose con todas las piedras en su camino. Llorando a mares, se incorporó sobre los codos sin saber a cual de sus dolencias atender primero, además, también se dio cuenta de que había perdido una sandalia.
—¡Señorita! —gritó Miguel deslizándose por la pendiente—. ¿Estás bien?
—¡No! —chilló más fuerte—. ¿Qué fue ese ruido?
—Había un gato montes cerca de ti, tuve que disparar.
Con suma delicadeza, Miguel examinó sus brazos y piernas en busca de posibles fracturas. Por fortuna las lesiones no iban más lejos de un tobillo torcido, raspones y varios piquetes de abeja.
—Esto no está bueno… Te llevaré al dispensario de la iglesia.
—¡Es tú culpa! ¡Eres un bruto!
—¿Bruto? ¡Pero sí evité que te atacara un animal salvaje!
—¡Me pudiste haber avisado que ibas a disparar!
—¡Ah, qué caray!
Miguel puso los ojos en blanco y le pidió a la muchacha que se montara en su espalda para poder llevarla de regresó al campo, en donde estaba Brisa, su yegua baya.
—¡No me voy a subir a tu lomote! Eres tan bruto, que seguramente me vas a tirar a media subida.
—Eso no va a pasar, a menos de que tú te sueltes.
—¡Yo no confío en tí!
—Bueno, entonces me imagino que te vas a quedar aquí hasta la noche que salgan los coyotes.
—¿Coyotes?… No, no me quiero quedar.
—Súbete ya.
Abrazada a su espalda, Mariana sintió los músculos tensos y grandes bajo el gaban. Se imaginó que aquel criado debía realizar tareas muy duras para su patrón al que sin duda tenía muy contento, pues a diferencia de todos los jornaleros de la zona, Miguel olía a loción. Ella no conocía a ningún trabajador que pudiera destinar algunos centavos a comprar productos de vanidad, por lo tanto, él debía recibir muy buena paga, o quizás andaba en malos pasos.
Luego de veinte minutos de luchar contra el calor, la tierra suelta y las arañas escondidas en las piedras, Miguel logró llevarla hasta la cima. Pese a estar exhausto, se negó a bajarla y siguió andando con ella en brazos, hasta el roble en el que ató a la yegua a quien Bartolo ya había conocido. Al verlos, el perro saltó de contento, ladró y meneó su cola con más ánimos que nunca.
—¿Es tu perro? —Miguel preguntó en un jadeó.
—Sí, es muy bueno, no lo vayas a patear.
—¡Cómo crees! A mí no me gusta maltratar a los animales.
Cerca de la yegua, Miguel bajó a Mariana nada más por el tiempo suficiente para tomar aire y subirla a la silla. En esos breves segundos, la muchacha sintió un insoportable dolor en su tobillo hinchado y por poco rompe a llorar otra vez.
—¿Te duele mucho?
—S-sí.
—Tranquila, señorita, ya te llevaré a ver al doctor.
—Yo no tengo dinero para pagarle al doctor, mejor llévame a mi casa.
—El dinero es lo de menos, lo importante es que te atiendan.
Miguel azuzó a la yegua agitando las riendas y esta se puso en movimiento mansa y conforme detrás de él.
—¿No vas a montar? —Mariana preguntó tras recorrer unos metros.
—Si nos ven así de juntos, las comadronas inventaran chismes.
«Vaya bruto tan considerado» se dijo Mariana. ¡Qué día! Cuando se despertó, una hora antes del amanecer, nunca creyó que su día se fuera a convertir en un caos. Y para colmo de males, tampoco pudo conseguir el colibrí. Sin ese corazón no podía hacer el hechizo y si su pie seguía hinchado, no podría salir a buscarlo en varios días. Corría grave peligro de perder a Amadeo para siempre, pues ella no era la única que andaba tras sus huesos. Y pensando en esa posibilidad, Mariana sintió que su corazón se encogía en forma dolorosa. Apretó el puño entre el cual estaba prisionero el largo de su falda y lloró con el mayor desconsuelo.
—Por favor, no llores así, ya estamos cerca de la iglesia.
—¡No lloro por eso!
—¿Entonces qué te pasa? ¿Tienes hambre? ¿Sed?
—No. Es que no pude atrapar un colibrí.
Miguel suspiró sintiendo pena por la muchacha.
—¿Por qué era tan importante atrapar a ese pajarito?
—Porque necesito su corazón para un hechizo.
—O sea, que eres bruja… ¿Y no te causa pena matar a un animalito indefenso para usarlo en tus pócimas?
La pregunta de Miguel provino de su noble corazón, incapaz de comprender la crueldad con la que los hombres trataban a las criaturas de Dios. Él se apreciaba de no maltratar a ningún ser vivo, hasta el grado de haber dejado de comer carne desde los ocho años.
—¡No es para una pócima! ¡Y nunca lo vas a entender!… Tú eres hombre, te casarás cuando quieras y con quién quieras, en cambio yo, que no soy más que una sirvienta mugrosa, no puedo elegir.
Avergonzado, el muchacho bajo el ala de su sombrero y no dijo más hasta llegar al pueblo.


De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
