El día en que Rita habló con una arpía
Rita estaba aburrida de su vida y de su ciudad. La rueda de la fortuna de la vida quiso premiarla con una experiencia única.
Rita era dependienta en la biblioteca pública de su ciudad, compuesta por un puñado de casas y edificios, de máximo siete pisos, a pocos kilómetros de la verdadera ciudad. A decir verdad, Rita había llamado a Ciudad Azúl, «el pueblo» desde siempre. Disfrutaba mucho de su ambiente tranquilo, no podía negarlo: poco tránsito, calles seguras, la mayoría de la gente se conocía y se saludaba con gusto. Precisamente por eso, sentía que ahí nunca pasaba nada. Tan aburrida estaba de su día a día, que comenzó a percibir el hastío como un abrigo de lana mojado: grueso y pesado.
Al terminar su jornada, igual que lo hacían la mayoría de los oficinistas de la zona, Rita cambiaba su falda formal y los tacones por pants y una camiseta aguada, para asistir al gimnasio. Era la única novedad disponible, un gimnasio moderno con música electrónica, que se irradiaba gracias a un sofisticado sistemas de sonido. Aparatos para ejercicios modernos, espacios limpios y entrenadores atractivos, tenían encandiladas a muchas personas. Lo más vistoso del gimnasio, eran sus cinco pantallas de 75 pulgadas, en donde se transmitían imágenes de cuerpos perfectos ejercitándose; Rita las odiaba en silencio.
Ella no asistía para volverse fitness; asistía para encajar. Aunque era de gustos sencillos, su carácter serio aunado a su poca tolerancia, le ocasionaban severos problemas para socializar. Las tardes en el gimnasio, al lado de personas despeinadas, con la ropa húmeda por el sudor, parecía ser el ambiente propicio para que ella fluyera con mayor naturalidad.
—Qué calor, ¿verdad? —le dijo doña Elsa al verla entrar.
Rita afirmó con la cabeza varias veces y siguió su camino a los vestidores.
—¡Amiga, al fin llegas! —saludó una chica de rubios cabellos y ropa chiquita.
—¿Cómo estás, Constanza?
—Bien y ¿tú? Te ves pálida como un muerto. En tu trabajo no te da mucho el sol.
—Pues no, es una biblioteca.
—Ve a dejar tus cosas y regresas, hoy te pongo unos ejercicios buenísimos para las nalgas.
Rita se sonrojó. La entrenadora Constanza le caía muy bien, pero odiaba que siempre hiciera evidentes sus defectos físicos, con la misma naturalidad con la que se habla del clima. Quizás era normal en ella, pues una persona que dedica su vida a trabajar para embellecer cuerpos ajenos, debía crear cierta tolerancia a los defectos y, por lo tanto, dejaba de verlos importantes o como algo por lo cual la gente tuviera que avergonzarse. Rita quería sentirse igual: su nariz aguileña le acomplejaba.
Por el camino saludó a Teo y Antonio, los gymbros, amantes del futbol y la cerveza; a Felipe el gymrat, por él habían mandado a arreglar varias maquinas durante el último mes; y Fabiola y Yareli, las hermanas que todo lo hacían juntas, hasta las sentadillas. Mientras se cambiaba de ropa, el cielo retumbo. Rita pensó haberlo imaginado, puesto que el reporte del clima no mencionó lluvias, y cuando ella salió de la biblioteca todo se veía bien. El clima no tenía palabra, eso se lo había enseñado su mamá y lo confirmó muchas veces, así que se encogió de hombros y siguió preparándose; lo que había de ser, sería.
Ataviada con el pants de maternidad que había heredado de su prima y la camiseta con el lema «Amo las pastas», Rita se trepó a la caminadora y fijó un programa de quince minutos. Por las ventanas del gimnasio, notó que la tarde había muerto para dar pasó a una noche creada por turbias nubes de tormenta que escupían relámpagos amenazantes.
Uy, que clima tan cambiante, pensó a la vez que rogó porque la tormenta pasara para cuando ella saliera.
Luego de cinco minutos, dejó de observar el reloj en el tablero de la caminadora y dio un vistazo a quienes estaban cerca de ella. Todos observaban al cielo con inquietud, como si nunca antes hubieran visto una tormenta. Algunos detenían sus repeticiones cada que los truenos hacían vibrar las ventanas.
¿Qué les pasa? Es solo lluvia, gruñó en su mente.
Rita no creyó que eso fuera importante hasta que otro rayo apareció en el cielo, al mismo tiempo que el Spotify se cayó. Las conversaciones cesaron, se intercambiaron miradas inquietas y varios decidieron que ahí terminaba el entrenamiento del día. Corrieron a los vestidores a recoger sus pertenencias y, casi en fila india, salieron del establecimiento.
—¿Me pones los ejercicios, por favor? —Rita tiró de la camiseta de Constanza.
—Ah… sí… ¿tú no te vas a ir?
—Claro que no, apenas voy a comenzar.
—Bueno, entonces te enseño a hacer bulgaras.
Echando eventuales miradas a las ventanas, Constanza le enseñó cinco ejercicios, con la esperanza de que se cansara en los primeros tres y se fuera a casa, porque eso era justo lo que ella quería hacer; y no parecía ser la única. El silencio pesado del gimnasio, brevemente interrumpido por un ruido metálico o un jadeo, era inquietante: algo iba a pasar. Afuera habían comenzado a caer las primeras gotas que pronto se convirtieron en densas cortinas de agua.
—Si te cansas, me avisas —Constanza le recomendó antes de ir a refugiarse con Martín, el gerente que se encontraba en la recepción.
—¡No seas pendejo, Antonio! Ni que nunca hubieras visto llover —Rita escuchó exclamar a Teo—. Rita está allá haciendo bulgaras como si nada.
—Sí pero se siente algo bien gacho, como si fuera a temblar.
—No mames…
—Vámonos por favor.
—Bueno, hacemos el curl de bíceps y ya.
—Bueno.
Los gymbros volvieron a su actividad. Rita vio de reojo como Antonio no dejaba de ver por las ventanas con insistencia.
—Bobos —masculló para sí misma y continúo con su tarea de guardar el equilibrio en una pierna.
Muy pronto el sonido de la tormenta lo llenó cada espacio. Nuevos truenos hicieron que las hermanas Yareli y Fabiola se abrazaran. Rita casi se carcajea al verlas huir a los vestidores, seguro para recoger sus cosas y salir.
Con esa lluvia, no harán más que hacerse bola en la puerta y al final, se irán a casa cuando acabe la lluvia, pensó Rita.
Tomó su descanso entre series, observando a la mujer de abdomen marcado que hacía lo mismo que ella en la pantalla. En su mente comenzó a quejarse de lo plástica que se veía, cuando la pantalla emitió un zumbido y la imagen desapareció, quedando en su lugar un fondo negro.
—Oigan, vengan a revisar sus pantalla —llamó—, no se ve nada.
La pantalla volvió a la vida, haciendo que Rita saltara. Ahora mostraba un fondo rojo carmesí, en el que se alcanzaba a ver una especie de cuarto con muros de piedra. Entre ruidos que se asemejaban a los gruñidos de ciertos animales de granja, apareció un hombre musculoso con cabeza de cerdo. Sobre su hombro colgaba una mujer vestida con prendas muy similares a las de Constanza.
—Creo que se cruzó otro canal —Rita comentó, pensando en que los demás también estarían viendo la anomalía en las pantallas, mas ella era la única interesada.
El hombre con cabeza de cerdo arrojó el cuerpo de la mujer sobre una base rectangular de cemento, este hizo un sonido extraño, algo entre un quejido o un gorgoreo. Rita se restregó las manos, aquella chica vestía demasiado similar a Constanza, hasta su top tenía el mismo lema estampado: Power. Pero era imposible que fuera ella, porque la entrenadora tenía sus dos ojos en su lugar y no colgando de sus cuencas. Un ruido seco, el hombre con cabeza de cerdo había cortado una de las piernas con un hacha y el sonido extraño se repitió; Rita volteó la cara ante la visión del liquido oscuro que se regaba por el suelo.
—No me gustan las películas de terror, voy a pedirles que le cambien.
Rita giró sobre sus talones, la otra pantalla le quedó de frente. En esa había un hombre con la máscara de un verdugo. Se inclinaba para alimentar un fuego con trozos de madera, mientras una chica de largos cabellos oscuros cabeceaba dentro de una marmita. Daba la impresión de que luchaba por mantenerse consciente, quién sabe que se le habría pasado para que sus huesos asomaran por sus muñecas. Cuando el fuego se convirtió en una hoguera, el verdugo colocó la olla sobre él y la chica bramó. Pidió auxilio, rogó clemencia, mas nadie apareció para salvarla.
—Ay, no, esa niña se parece un montón a Yareli. —Rita apretó los dientes—. ¡Qué fea película! ¿Ya la vieron?
Volteó de nuevo a la primer pantalla, en ella, el hombre cerdo seguía descuartizando a la mujer. Dio un rápido vistazo a la segunda pantalla, en donde la joven seguía gritando.
A tropezones, Rita caminó hasta la maquina smith donde Felipe descansaba, ajeno a la tormenta y también a las pantallas.
—Fe-Felipe, ¿ya viste las pantallas? Están rojas —Rita caminó con torpeza, tenía las piernas dormidas.
—Ay, sí, se congelaron otra vez —este respondió indiferente—. Para lo que sirven, nadie les pone atención.
—¡No! Hay algo horrible en ellas, ¡mira!
Rita y Felipe levantaron la vista a la tercera pantalla. El rostro de un hombre joven abría y cerraba la boca sin poder alinear su mandíbula, parecía estar dislocada. Uno de sus ojos, casi fuera de su cuenca, lloraba mientras el otro permanecía volteado hacia arriba. La toma se abrió, descubriendo que aquello era solo una cabeza sin cuerpo, reposando sobre una barda.
—¡Es Antonio! —Rita se tapó la boca con las manos.
—¿Antonio? Esa es una modelo pelirroja, guapita, no se parece en nada al Toño.
—Eso no es lo que está en la pantalla, ¿no lo ves?
—Guapita, creo que estás muy nerviosa, mejor ponte a hacer tus sentadillas.
Felipe regresó a sus asuntos. Rita sacudió la cabeza y sus chinos castaños le golpearon las mejillas. Era incapaz de encontrar una explicación al suceso. Corrió a la siguiente pantalla donde un cortejo de sombras sin rostro portaban miembros humanos, mostrando los trozos de hueso roto. Rita intuyó que ese era el cuerpo de Antonio.
Fue a la siguiente pantalla y ahí estaba Felipe tendido en el lodo. Gordas larvas se revolcaban en los grandes agujeros que tenía en la carne. Una arpía le miraba con ternura con los dos pozos de tinta negra que tenía por ojos. Acarició la cabeza con sus garras mientras le cantaba en un tono melancólico. Rita se acercó para captar alguna palabra de la canción.
—¿Ya entiendes, Rita? —la arpía habló melosa; Rita tembló de pies a cabeza—. Nadie más que tú nos ve.
—¿Quién eres? ¿Qué es esto? —su estómago dio un vuelco.
—Es un lugar de tormentos que nunca se terminan, mi niña.
—¿Y por qué solo yo lo veo?
—Porque este infierno es solo para ti.
La arpía rompió en una carcajada aguda. Rita gritó, corrió sin parar hasta la recepción y se desplomó en el suelo tras vomitar en los pies de Constanza y Martín.
—Llama a la enfermera, Martín, creo que se descompensó.
Constanza se arrodilló al lado de Rita, la sacudió y la llamó muchas veces hasta que se cansó. Temerosa, retiró las manos de sus hombros, estaba extrañamente fría y, aunque todavía respiraba, a la entrenadora le venía el insistente pensamiento de estar tocando un cascarón vacío.
—Pero si solo le puse unas cuantas bulgaras —sollozó.
Afuera la tormenta había cesado, el sol regresó y las aves cantaron. Dentro del gimnasio la música sonó por los altavoces, los cuerpos perfectos se movieron en las pantallas y los usuarios aparecieron poco a poco, animados por la belleza de la tarde. Casi nadie prestó atención a la ambulancia en la que se llevaron a Rita ni al hecho de que nunca más la volvieron a ver por ahí.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
