Nosotros en el fin del mundo, Parte I
Laila y Takashi comparten un vínculo profundo a pesar de nunca haberse visto en persona.
Laila y Takashi comparten un vínculo profundo a pesar de nunca haberse visto en persona, pues ambos enfrentan la mayor crisis en la historia de la humanidad y sus habilidades los han convertido en piezas fundamentales para la salvación del mundo.

«Te lo digo de verdad, crecen a pasos agigantados», rezaba la última frase de la carta más reciente de Takashi. Laila solicitó a su IA le leyera el documento por novena vez, mientras caminaba hacia la Sección 14. Le habría encantado permanecer indiferente a su entorno, como en años pasados no le causó mayor excitación el caminar por una calle atestada de transeúntes; mas ahora, la tierra áspera adherida a su casco de protección, le dificultaba la visión y el andar con soltura. Debía parar cada tantos pasos para limpiarlo con el dorso de sus manos enguantadas, y una sonrisa amarga se dibujaba en su cara cada vez que pensaba en lo absurdamente complicado que se volvió hacer un recorrido tan simple.
Durante un par de meses, mantuvo la esperanza de que los brotes creciendo tímidos en las macetas de su invernadero, fueran suficiente testimonio de efectividad para motivar a Control de no cerrar la Sección 12; su hogar. Por desgracia, dicho logro alentó a los altos mandos a ser meticulosos y decidieron que era mejor enviar los brotes, junto con sus cuidadoras, a la Sección 14 donde había mayores recursos.
—Y decían que la 14 estaba mucho mejor que nuestra sección —Prudence se quejó en un jadeo.
—No dijeron que estaba mejor, dijeron que tenían más brotes vivos —Mary la corrigió.
—Da igual, nos sacaron de nuestra Sección por un supuesto beneficio, y no hemos hecho más que caminar por este minidesierto durante casi una hora, ¿acaso no están cansadas?
—Tengan paciencia, chicas —Laila las animó—. Ya estamos muy cerca.
Malhumorada, Prudence dibujó una mueca en los labios carnosos teñidos de rojo, antes de levantar la canastilla climatizada sobre el suelo y reanudar el paso mascullando. Mary se encogió de hombros y la siguió apretando los dispositivos de almacenamiento contra su pecho, jamás podría entender la necedad de aquella mujer a enojarse por todo; Laila sí la entendía.
Su equipo, antes integrado por siete miembros, había sido enviado a la Base de Plantación Artificial del Este desde el inicio de la Cuarta Sequía. En años más prósperos, habría resultado una mala broma que alguien sugiriera cambiarlas de Sección, mas a la luz de la actualidad, con el equipo reducido a ellas tres nada más, la poca productividad las convirtió en objeto de preocupación y pena, estaban destinadas a ser recicladas en cualquier momento. Era lógico que Prudence, o cualquier otra, ardiera en frustración en forma descarada.
Ella también se había sentido así muchas veces. Los constantes reclamos y castigos de Control, la había puesto a pensar que su trabajo no servía; era falso. Laila logró hacer crecer una buena cantidad de brotes de maíz, optimizando el consumo de las fórmulas de riego. Fue debido al recorte ocasionado por la destrucción del Pozo 20, que no pudo mantenerlas vivas. Si eso no hubiera pasado, habría llenado más de una hectárea con esos brotes, estaba segura.
—¡Llegamos! —Prudence anunció enérgica, ante las puertas de la Sección 14.
Antes de que ellas llamaran, la puerta se abrió acompañada por un desagradable ruido y a través de un resquicio apareció un figura envuelta en un traje de protección blanco, justamente igual al de ellas.
—Bienvenidas —saludó una mujer, con la voz amortiguada por el casco—. Por favor, entreguen las canastillas.
Claro, primero lo importante, ¿no amiga?, Laila renegó en su mente.
Recelosas, Prudence y ella colocaron las canastillas a los pies de la mujer, quien procedió a escanearlos con un lector de luz azul.
—Diez brotes de manzano, cinco de vid, cinco de chile, veinte de tomate —murmuró plana—. Es mucho más de lo que otros han conseguido, ¿por qué las reciclaron a esta Sección?
—Burocracia —replicó Prudence.
—Adelante, bienvenidas a su nueva casa —la mujer hizo un ademán con la mano para invitarlas a entrar.
La Sección 14 parecía abandonada. La sala de recepción y el segmento que podía verse del pasillo, estaban vacíos y en completo silencio.
—Soy la única —dijo la mujer, como adelantándose a sus posibles preguntas.
—¿Desde cuándo? —Chilló Mary.
—Un año.
Las chicas de la 12 se quedaron atónitas. Conocían de sobra las crueldades cometidas por Control, mas no habían conocido a nadie que hubiera experimentando una situación tan severa por sus designios. Pese a lo bien equipada de las Secciones, lo impredecible del clima ameritaba que siempre hubiera más de una persona presente a fin de controlar un posible desastre, pero los mandos decidieron dejar sola a esa mujer aun sabiendo esto.
—Bueno, pero has de tener algunos F-7 contigo, nadie puede estar solo en estos tiempos —comentó Prudence.
—Por desgracia no, la orden de desactivación de robots es general e inamovible sin importar el caso.
Laila, Mary y Prudence, intercambiaron miradas nerviosas entre ellas, preguntándose cómo había podido sobrevivir por tanto tiempo.
—No se preocupen, la Sección 14 está bien construida y tiene todo lo necesario —una vez más, la mujer se adelanto a sus preguntas—. Mi dormitorio es el número once, cerca del invernadero; todos los demás están vacíos, siéntanse libres de elegir el que quieran.
—¿Qué ocurrió con tu equipo? —Laila quiso saber, pues temía dormir en una cama donde alguien hubiese dado su último respiro.
—Algunos murieron en la epidemia, otros usaron su carta de deserción.
—Entiendo —respondió cabizbaja al comprender que no había sido un castigo lo que puso a su anfitriona en esa circunstancias, sino el flujo de la vida.
—No piensen en ello, compañeras, vayan y descansen un poco. Mi nombre es Carolina, llámenme si necesitan algo.
Las tres asintieron y dejando las canastillas a su cuidado, se internaron por el pasillo en semipenumbra.
«Lee la carta de nuevo, Dragón», tendida sobre la cama de la habitación 8, Laila le solicitó a su IA. Ese cuarto en particular, capturó su atención por sus muros de color rosa suave y porque su ocupante anterior dejó tapizado, con paisajes de todo tipo, el muro frente al escritorio. Desde cerezos en flor hasta blancos alpes nevados, las diversas imágenes le contaban historias de tiempos pasados. Aunque ella jamás vio más lugares que los de su ciudad natal, no pudo evitar sentir nostalgia al contemplar esos paisajes.
—Hay un nueva carta del horticultor Akutagawa Takashi —informó la IA.
—¡Léela! —Laila exclamó emocionada.
—«Querida Laila, ¿cómo estás? Te confieso que me siento intranquilo. Han pasado muchas cosas. La Base de Plantación Artificial del Sur, perdió otra sección por una fuerte tormenta eléctrica. Es muy frustrante, todos los árboles frutales fueron consumidos por las llamas; ya eran enormes y habíamos invertido tanto en ellos… Ignoramos cómo procederá Control, si nos permitirá seguir operando con solo cuatro Secciones, o si nos enviará como reciclado a otra Base. Tengo miedo, porque cuentan los chismes que nuestra única opción sería integrarnos a la Base del Norte y supongo has escuchado relatos sobre ella. Ya no podría escribirte y eso sería muy doloroso. Por favor, respóndeme pronto, más que nunca, necesito leer tus palabras». Fin del correo.
Dragón guardó silencio, cambió sus luces rojas a las moradas del modo en espera y fue a depositarse sobre el escritorio. Sin el conocimiento de cómo se ve una avanzada IA, cualquiera pensaría que era una simple esfera de porcelana blanca. Todavía tendida en la cama, Laila suspiró, vino a su memoria la primer fotografía del horticultor Akutagawa que había visto en los archivos de contacto. El hombre no debió tener más de veititantos años cuando le tomaron aquella imagen. Tenía el cabello negro muy corto, la piel de su rostro no tenía cicatrices ni lunares, y, pese a la expresión sería de su boca, los ojillos pequeños y rasgados tenían una expresión risueña. Se veía como una persona bondadosa o al menos a Laila le pareció así.
—Dragón, responderé el correo del horticultor.
—Enterado, abriendo templete —la esfera se elevó en el aire otra vez—. Favor de emitir dictado.
—Querido Takashi: hoy me mudé a la Sección 14 con los pocos brotes que salvamos. Aquí solo habita una mujer de nombre Carolina. No imaginó todas las penurias que habrá pasado estando sola y, sin embargo, sobrevivió. A dónde te envíen, estarás a salvo. Tu inteligencia, tenacidad y valor siempre te guiarán, ¿o es que acaso no fuiste tú quien anduvo bajo la radiación solar, sin traje de protección, para salvar a un frágil diente de león? Nadie en las Bases podrá olvidarse de esa historia. Sé valiente Takashi, quizás, si tenemos suerte, uno de estos cambios nos ayudará a conocernos en persona. Fin de correo, enviar.
⸙
Takashi Akutagawa fue reclutado a los veinticuatro años por los generales de Control. Lo integraron a la Base de Plantación Artificial del Sur, con el fin de utilizar sus bastos conocimientos en la siembra de vegetales. Por desgracia, al poco tiempo de comenzar su trabajo, una plaga proliferó en su pequeño campo de ejotes. Su oficial al mando le sugirió ponerse en contacto con la Base del Este, en donde residía una joven botánica; Laila atendió a su llamado de auxilio.
«Doctora Miller, sé que se encuentra muy ocupada, pero agradecería mucho si pudiera asesorarme en la atención de una plaga», rogó su primer correo, puntual y hermético. «Horticultor Akutagawa, será un placer ayudarle en lo que me sea posible, sin embargo, le pido paciencia pues mis ocupaciones me absorben la mayor parte del día. Responderé a sus correos después de la cena», contestó ella.
Así comenzaron una serie de cartas breves en las que Takashi enviaba fotografías y reportes detallados del curso de la infección; Laila analizaba con cuidado toda la información, antes de responder con sugerencias y estrategias que pudieran ayudarle a mejorar sus cultivos, pues con los recursos tan limitados, era imprescindible actuar con cuidado.
«Doctora Miller, seguí su sugerencia de aplicar insecticida en nidos localizados, pero eso también parece afectar al ejote, ¿qué puedo hacer?».
«Utilice trampas adhesivas, horticultor Akutagawa, si no se encuentran disponibles en sus bodegas, pruebe con cinta doble cara. Sé que no será la mejor opción, pero puede ayudarle a controlar la plaga mientras le surten las trampas».
«La cinta doble cara funcionó, doctora Miller, pero ahora todo el personal de oficinas me odia».
«Lo lamento, tal vez debí sugerirle otra cosa»
«No se preocupe, la verdad yo lo encuentro divertido. Mis compañeros podrán perdonarme el próximo mes, cuando les sirvan una sopa echa con mis ejotes».
«Tiene usted razón, seguro van a agradecerle por sus esfuerzos».
Una vez erradicada la plaga, los correos del horticultor Akutagawa se detuvieron. Laila pensó que era lógico puesto que todos en las Bases estaban siempre muy ocupados, nadie debía tener tiempo de enviar cartas solo por diversión, aun así, Laila no pudo evitar resentir el vacío que se formaba con la ausencia de esos correos. «Está bien», se dijo, «Lo principal es la salvación de la humanidad, me alegra haber podido ayudar».
Una tarde, en forma inesperada, una llamarada solar hizo arder uno de los invernaderos. Laila se integró sin pensarlo al equipo de rescate, quería salvar los brotes de avena que apenas asomaban las cabecitas en sus macetas. Cuando el fuego reventó los cristales, Prudence y Mary le rogaron que se detuviera, pero Laila no se rindió. Entró y salió tantas veces como le fue posible, obsesionada con la idea de que cada maceta representaba la vida de uno de sus seres queridos. El dolor por las quemaduras en sus manos fue lo único capaz de detenerla y para ese entonces ya había rescatado el 75% de la siembra total.
—Estamos orgullosos de usted, doctora Miller —celebró su oficial al mando—. La relevaremos de sus funciones mientras sanan sus heridas. Por favor, descanse.
Laila afirmó con la cabeza y salió de la enfermería con Dragón flotando a su lado. Por alguna razón, el haber salvado la mayoría de las brotes en los que tanto trabajó, no representó un motivo de alegría. Las palabras del oficial, aunque dichas con buena intención, solo le hicieron percibir su vacío interior con mayor intensidad y cuando sus desbocadas emociones se acumularon en sus ojos, escapó corriendo a su habitación. La puerta cerrada contra la que recargaba su espalda, constituía la única muralla entre ella y la pesada realidad fuera de los muros de la base.
—¡Correo recibido! —Anunció Dragón.
—¿Correo? ¿Quién es el remitente? —Laila cuestionó con el corazón en la garganta.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
