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La noche de todos los santos

Entre dulces y cempasúchil, todo parece estar listo.

Llega el primero de noviembre, mi casa se llena con ese delicioso aroma a dulce de calabaza cocida con canela y piloncillo y comienzo a envolver algunos otros confites que he preparado. En San Jerónimo todos se alistan para los festejos. Es un lugar tranquilo, una venta a barrer la banqueta por las mañanas, a rezar a la iglesia o de visita a la casa de algún vecino que esté hospedando al santo. Hablo poco con esta gente, pero siempre me han tratado con cordialidad y cariño, me piden que rece los misterios y aunque no llevo mucho aquí, les ha encantado mi atole de amaranto. Tal vez peco de soberbia pero sé que a donde vaya les gusta lo que cocino. Yo les preparo una olla, ya veces, hasta me adelanto para llevarles un pancito a los que nos acompañan.

Me siento en una mecedora junto al portón, me acomodo bien el rebozo porque el aire de la sierra pega muy fuerte en las tardes. Al lado tengo mi mesita, en la que acomodo todos los dulces que empecé a preparar desde hace tres días, cocadas doradas, alegrías, trozos de calabaza dulce, muéganos envueltos y tamarindos. Los chiquillos del pueblo van llegando en montones, hacen fila entre empujones y risas, unos disfrazados, otros con la cara pintada con carbón o sus máscaras bien puestas.

Yo voy repartiendo de a poco, volteo a ver a los niños y me tomo mi tiempo con cada uno; me gusta tocarles las manos, rozarles la piel tiernita de las muñecas, mirarlos fijamente a los ojos mientras lo reciben.

El primero en acercarse es el hijo menor del carnicero, disfrazado de espantapájaros con harapos de costal. Le extiendo un muégano. Al tomarlo, sus dedos ásperos rozan la palma de mi mano y percibo de inmediato el pulso acelerado de su sangre que corre turbia, espesa, cargada de una inquietud amarga que reconozco al instante. En sus pupilas no hay calma; hay una chispa violenta, esa misma saña con la que su padre azota a los animales para venderlos en partes.

—Que creces fuerte, criatura —le digo con un hilo de voz dulce, retirando la mano con disimulo. No es lo que busco para esta noche.

Avanza la fila, sigue una Catrina con vestido de lentejuelas, hija de la mujer que tiene una botica. Es una niña flaquita, educada. Cuando toma una cocada, agarro unos segundos su mano, su piel está fría, se nota quebradiza como papel; el latido en su muñeca es débil, apagado. Sus pulmones están enfermos y difícilmente soportarán las heladas.

—Para ti, mi niña —le susurro, dejándola marchar. Demasiado frágil.

Pasan decenas de niños. A todos los examino con la esperanza de encontrar algo bueno. Unos chamacos son corrientes, de sangre templada y sin gracia; otros cargan ya con los vicios de sus familias, mentiras acumuladas, rencores heredados de sus mayores, enfermedades escondidas.

Algunas de las madres esperan en la orilla de la banqueta, platicando.

—¡Ay! Blanquita, es tan buena con los chamacos —se murmuran entre ellas. —Mira que preparar tanto dulce para todos.

Y siguen hablando de chismes y otras tonterías.

El año pasado los escuincles todavía salían solos a pedir dulces en la noche. Después desapareció uno. Dijeron que su padre se lo había llevado a otro pueblo y, entre el barullo de esos días, nadie supo bien qué había pasado. La madre salió a buscarlo poco después. Tampoco volvió.

Casi al final de la fila aparece Mateo, el sobrino de la costurera. Viene sin antifaz ni pintura, apenas con una corona de flor de cempasúchil trenzada y una camisa blanca, limpia, aunque deshilachada en los puños. Espera en silencio a que los más grandes se aparten, con la mirada mansa y los brazos pegados al cuerpo.

—Buenas noches, doña Blanquita —dice en un susurro educado.

Tomo el trozo más grande de calabaza confitada y se lo ofrezco. En el instante en que sus yemas entran en contacto con mi piel, una corriente cálida me sacude el antebrazo. Su sangre no tiene sombras, ni una pizca de malicia; se siente pura, viva, desbordante de una luz limpia que hace vibrar mis dedos entumecidos.

Es perfecto.

—Qué hermosas flores traes, muchacho —le digo, acariciándole la cabeza con dulzura—. ¿Quieres otro dulce? En la cocina tengo apartada una calavera de azúcar grandota. Pásate, corre a buscarla antes de que los demás te la ganen.

El niño sonríe con emoción.

Empuja la puerta de madera que conduce al interior en penumbra.

Volteo disimuladamente hacia la calle y espero unos segundos. Las madres se han ido, y reparto los dulces sobrantes a los pocos niños que quedan. Se van corriendo, sujetando sus bolsas casi llenas para alcanzar en otras casas. Nadie mira hacia mi puerta. Con un movimiento sereno, deslizo el cerrojo de hierro por dentro, clausurando la entrada.

Dejo caer el rebozo.

Al fondo del pasillo, el aroma a copal y dulce empieza a disiparse.

Me preparo para tomar en brazos al niño, que yace casi inmóvil en el piso, balbucea un poco y se le ven unos restos de la calavera de azúcar cerca de la boca. Una mordida le bastó.

En un instante me alcanza el penetrante olor a azufre, a grasa quemada. Desde lo profundo de la cueva sube un calor denso que se respira con dificultad. Conforme desciendo puedo sentir el aire pesado y húmedo que se me pega al cuerpo. La piel del chamaco también se va haciendo más blanda.

Me apresuro. El Señor de la noche no tolera retrasos. Un niño a cambio de un año más de vida, de sangre tibia en mis venas, su gracia detendrá un tiempo mi enfermedad a la par que borrará unas cuantas arrugas de mi cara.

Antes de la medianoche, habrá recibido lo suyo.

Mañana, cuando pregunten por Mateo, yo también habré desaparecido del pueblo. En otro lugar, esperaré la próxima noche de todos los santos.

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