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El lamento del lago Dremor

Una buena madre hace lo que sea por proteger a sus hijos.

Folio I · Dremor CM Relato
Una buena madre hace lo que sea por proteger a sus hijos.

No me gusta venir al pueblo. La gente suele mirarme con esa lástima acuosa; me causa tanto asco. A pesar de los años lo tienen muy presente, pero, claro, ¿cómo podrían olvidarlo? Fue un revuelo. En al menos cinco poblaciones a la redonda, se habló del caso durante meses; es lógico, en estos pueblos quietos, de calles empedradas y faroles oscilantes en la brisa de la mañana, nunca pasa nada.

Evito pasar frente al lago lo más posible, es un poco absurdo, ya que mi casa se encuentra en sus orillas. Caminar por detrás de los altos pinos es todo un privilegio comparado con el andar a orillas de su circunferencia torcida. Si Peter aún viviera aquí, seguramente ya habría pedido al ayuntamiento drenarlo.

Peter no soportó el peso de las miradas y las habladurías condescendientes, esparciéndose como el crepitar de la llamas en cualquier lugar . Que si no las escuchamos, que si no hicimos esto o aquello, que si no la amamos lo suficiente… ¡No saben nada! Amar no es un sinónimo de convertirse en Superman: no puedes salvarlos a todos. Amanda quizás si habría podido.

Desde pequeña dio muestras de ser un imán para la atención positiva. Le resultaba natural el levantarse de su banco en la escuela y entonar alguna de las canciones de moda con su voz de mezzosoprano. En poco tiempo, todos se unían a ella. Era admirada por sus rizos castaños, casi tanto como por sus ojos azules y su sonrisa de plata. La amaba todo el mundo y cuando llegó a las quince, ese amor se convirtió en terror para mí.

Entrar en su habitación y encontrar condones bajo la cama, o en su bolso del gimnasio, me aceleraba el corazón. Me debatía durante horas entre el reprenderla con severidad, o comprender que su juventud se había despertado. Pero yo no parí a una ramera, mi hija debía entender la fragilidad de su posición, antes de que regresará a casa con sida o embarazada. De algún modo lograría hacerla comprender.

Intenté de todo: la charla de la madre amiga, el relato de personas libertinas contagiadas de asquerosas enfermedades, el discurso religioso sobre el infierno y la ceniza caliente, mas nada pareció conmoverla. Solo estaba ahí, sentada en el sofá con las manos en el regazo y asentía con lentitud. Ninguna palabra se le quedó, eran gotas de aceite sobre su piel de terciopelo.

Cuando se ponía esas faldas cortas o las blusas escotadas, era la viva imagen de la lujuria. Los labios, rojos por el efecto del lápiz labial, se torcían en sonrisas coquetas, insinuantes, que solo la ponían en peligro. Yo era su madre, no podía permitirle un mal desenlace.

Una noche regresé del supermercado y la encontré en el columpio del pórtico con un muchacho. Se mecían mientras mi hija, a horcajadas sobre su regazo, se frotaba insistente en cierta curva elevada de su pantalón. El infeliz elevaba el rostro al cielo y abría la boca en deseo de exhalar frases que se convertían en caricias: sus manos volaban voraces por las nalgas y las piernas de Amanda.

Yo jamás fui así en la preparatoria. Era una estudiante regordeta, con gafas de pasta gruesa y aparatos de ortodoncia; era difícil que alguien volteara a verme sin reír o deformar el rostro en una mueca de asco. Ya no tiene importancia, gracias a eso me convertí en una respetable mujer adulta y me casé con Peter sin haber pasado de los besos castos. Quizás Amanda nació de otra manera.

Ignoré la escena y entré a la casa por la puerta trasera. Amanda cruzó el pasillo veinte minutos después, con las mejillas encendidas y el cabello revuelto; no dije nada. Preparé un té, al mismo tiempo, mi mente repasada las acciones a tomar. Soy una buena madre, aun si nadie más lo cree, en verdad soy una buena madre.

Oh, santo dios, detesto pasar por la orilla del lago, me recuerda nuestro último paseo. Veo en las ondas su cabellera empapada y en el lamento del viento me parece escuchar una suplica. Es una tortura observar la superficie del agua y creer que aún puedo tomarla de las manos y devolverla al aire. Todavía puedo ver las burbujas reventar en la superficie de una en una.

Si cierro los ojos, viene a mi mente la imagen clara de las hebras sueltas de la soga clavadas en su cuello. La roca se convirtió en una sombra tras sumergirse en el agua; Amanda no pudo luchar contra su peso por mucho tiempo. Pensó que era un simple juego y no una corrección necesaria, inocente.

«¿Cómo una jovencita tan alegre pudo pensar en el suicidio?», se preguntaron algunas personas.

«Y atarse una roca al cuello con una soga… ¡Debió estar muy trastornada!», declararon otras.

Nadie podrá entenderlo. Una madre hace lo que debe por proteger la buena reputación de su descendencia y el fuego de la juventud no puede extinguirse con palabras. Sin embargo, el lago Dremor ejerció su poder sobre este, lo sofocó en sus heladas aguas y devolvió la pureza tranquila a mi niña.

Oh, Amanda, mi bella Amanda, yace con los ángeles en el cielo de nuestro Señor. Canta con ellos todas las mañanas y se pierde entre los rayos del sol. Eres mi orgullo, nena, nunca dejes de brillar.

Finis

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