Aunque seas verde
Una amenaza se cierne sobre el pueblo de Vicente el Fuerte, donde la valiente Antonieta y su periódico enrollado están listo para hacerle frente.
Doce horas habían transcurrido desde la emisión de la alerta. En televisión solo mostraron puras correderas de gente normal, de piel rosita con buena ropa, y gente verdosa vestida con harapos. Por el pueblo de Vicente el Fuerte no se había visto mucho, la mayor parte de los habitantes se encerró a piedra y lodo con escopetas en mano. Lo desgracia en camino no los iba a encontrar de brazos cruzados.
«¡Ay, comadre! Usté no está pa´saberlo ni yo para contárselo, fíjese: la niña de mis vecinos, la Tita, andaba allá atrás por los pantanos y regresó toda mordida de una pierna. Quesque un señor verde la agarró desprevenida y ella no pudo más que aventarle una piedra a la cara y salió a la carrera. Ahorita la tienen en su cuarto, bien amarrada a la cama, el cura está con ella desde hace rato. Dicen que no es un exorcismo; ocultan algo, yo tengo ese presentimiento».
Rezó el mensaje de la comadre Luisa en el celular de Antonieta. La dama entrada en los cuarenta, descendiente directa de revolucionarios, apretó los labios y respondió:
«Valor, comadre, valor. Tráete el revolver de plata de tu abuelo bien metido en los calzones para que no se te olvide. Ya verás como esto se pasa pronto».
Por las escaleras de la vieja casona comenzaron a escucharse sonidos extraños, como si rascaran la madera. No eran las criadas porque ellas se habían escondido en sus cuartos con los rosarios como escudos, en espera de la llegada de la guardia nacional.
—La guardia nacional… ¡mis ovarios! —gritó Antonieta—. Desde los tiempos de mi bisabuela Manuela, las mujeres de esta familia han resuelto las cosas de una única manera.

Se levantó del escritorio de madera estilo victoriano con un grueso periódico en la mano. Mientras andaba, su larga falda negra trapeaba el piso e iba enrollando aquel noticioso con cierta malicia. Procuraba poner los bordes muy parejos y cada vuelta bien apretada.
Entre más apretado, más fuerte, se dijo y abrió la puerta de un jalón.
Un trío de figuras jorobadas entró a la habitación. Arrastraban los pies en forma lastimera, como si se hubieran ido la procesión de la basílica guadalupana y ahora trajeran las patas cubiertas de ampollas. Un aroma a lodo podrido y a moho de los baños públicos invadió la habitación; Antonieta arrugó la nariz. A su espalda, Nepomuceno, su galguito gris, corrió despavorido hasta perderse debajo de la cama.
Uno de los visitantes se dio cuenta de la huida del animal y de inmediato lo persiguió a pasos lentos, muy lentos, parecía contar las ranuras en el suelo. Antonieta chasqueó la lengua exasperada, el periódico enrollado permanecía agarrado con firmeza en su diestra.
—Sesooosssss —gimió el verdoso visitantes, extendiendo un brazo descarnado bajo la cama.
—¡A Nepomuceno no! —exclamó Antonieta, quien con la habilidad de un beisbolista experto, usó el periódico para batear la quijada del entrometido y lo hizo retroceder desconcertado.
—¿Sesos? —chilló.
—¡Basta ya, Rafael Arcángel del Sagrado Corazón, Alfaro Treviño! ¿Te pagué las clases de idiomas para decir «sesos» como pendejo por todas partes?
—¿See? —la duda deformó el rostro carcomido sin nariz.
—¡Mijito, chulo! Te reconozco con todo y harapos. Mira nada más cómo traes los tenis nuevos, todos llenos de mugre y raspados, ¡dos mil pesos pagué por esos Jordan! ¿Y por qué te cuelga un ojo?… —inquirió, la punta de su dedo empujó el globo oscilante—. ¡Anda, párate del suelo de una buena vez! Puras penas le das a tu pobre madre —Antonieta se puso una mano en el pecho.
Rafael Arcángel, se levantó del suelo y fue a ponerse contra la pared con las manos entrelazadas a la espalda. Se acordó de cuando tenía cinco años y lo castigaban por comer galletas antes de la comida.
—Seesooosss —siseó el segundo visitante, ataviado con elegante traje sastre de hechura Armani, manchado con plastas de lodo.
Antonieta volteó a verlo; el zombi elevó los brazos, puso las manos en garras, mientras abría una tremenda boca llena de hilos de babas.
—El doctor Alcantara hizo un gran trabajo con tu dentadura, Félix, es excepcional —observó Antonieta.
Acto seguido, abrió las piernas, las puso bien duras, elevó el periódico y asestó un golpe demoledor a la cara de Félix cuya dentadura postiza voló por la habitación hasta caer dentro del vaso con agua sobre el buró.
—A mí no me amenaces con esas patanerías, sigo siendo tu mujer y me respetas. —Antonieta le picó el pecho pútrido y blando cual flan, con su uña lacada en rojo—. Aunque seas verde, sigues siendo la cabeza de esta familia y como tal te has de comportar.
—¡Zedzoos! —gruñó el valiente Félix en busca de recuperar el control, mas fue aporreado por un triple golpe de periódico que lo dejó tirado en el suelo.
—Recupera la cordura, hombre, no querrás mostrarte ante tus socios vuelto un imbécil; ya bastante tendrán con acostumbrarse a tu nuevo color y a tu… olor.
Mientras Antonieta regañaba a su marido con los brazos en jarras, el tercer visitante se acercó. La pequeña falda tableada de color rosa, la última moda en Corea del Sur, se meneó al compás de los pasos lentos y vacilantes de la criatura. El cabello, claramente teñido de negro, se le pegaba a los hundidos pómulos por efecto de las lágrimas pegajosas.
—¡Mamááááá! —aulló dolorida—. ¡Mira lo que me pasó por culpa de Rafael!
—Dios bendito, Liliana, mi niña, ¿tú sí puedes hablar? —Antonieta corrió a abrazarla por las clavículas.
—Ellos también pueden, pero como oyeron a los otros infectados nada más decir «¡Sesos!»… Ya sabes como son de bobos.
—Qué barbaridad, mijita, ¿qué les pasó?
—Ash, es que había uno hombre verde sin un brazo en los pantanos, la Tita vino al pueblo a regar el chisme y tu hijo friegue y friegue con ir a verlo. Ya de camino nos encontramos a mi papá, quien también quería verlo, ¡y nos mordió! ¡Veme, estoy refea!

La zombi se tiró en el suelo presa de un llanto mezclado entre el orgullo herido y el berrinche. Su madre se acercó y le acarició la cabeza, de la cual se desprendieron varios mechones de cabello.
—Ya mi niña, no llores, todo se cura en Los Ángeles, tú tranquila. En cuanto a ustedes dos rufianes, me alegra que les pesará esto por chismosos. A ver si se atreven a repetirlo, sobre todo tú, Rafael Arcángel.
—Perdóname, mamá —gimoteó el muchachito.
—Perdón le vas a pedir al padre Gerardo el domingo, por ahorita te me metes a la tina de volada. Le voy a pedir a la criada que suba todo el Pinol disponible en la casa; mi hijo no andará apestando a panteón. ¡Y lo mismo va para ti, Félix!
—Pedo quedida, no impodta lo que hagamos, nueztro olor no va a mejodad, zomoz zombiz. —Félix, dominado por los nervios, se restregaba las manos que perdía las uñas con cada frotamiento.
—Pues ni modo, también somos una familia de abolengo y vamos a dar el buen ejemplo. Mientras ustedes hacen eso, llamaré las señoras del pueblo para informarles que la solución está en nuestra manos.
Al cabo de una semana, bajó la dirección de la implacable Antonieta, las damas no infectadas en el pueblo aprendieron las técnicas de defensa correctiva con periódicos. La medida alegró a los tres periódicos locales pues, aunque no tuvieran grande novedades para ofrecer, vendían muchísimo. Y con el pasar de los días, las damas unidas encontraron arreglo para el olor a muerto, lo que convirtió a la casa de pompas fúnebres en un nuevo tipo de estética, donde los zombis iban a rellenar sus huecos disponibles con aserrín de pino, lavanda seca y cascaras de limón.
Para cuando la guardia nacional apareció, todo estaba bajo control en el pueblo de Vicente el Fuerte. A los soldados les causó admiración esa sociedad formada de humano y zombis, quienes trabajan hombro con hombro por el bienestar del pueblo. Incluso había zombis preparando tacos con las precauciones necesarias para que su carne desprendida no tocara los alimentos. Rápido y sin pelos en la lengua, el general reportó las noticias a presidencia y en menos de seis meses un México zombificado se presentó ante el mundo.
No fuera la nación más glamorosa, claro está, pero la vida, armonizando entre tonalidades de verde y rosa, era demasiado buena.

