¿Cómo te imaginas el fin del mundo?
Durante unas vacaciones en las playas de Zihuatanejo el protagonista y su familia se ven en medio de un evento insólito: un pilar de luz verde proyectado desde el espacio que desencadena la resurrección global de los muertos.
Una meditación cómica sobre el duelo, el escapismo y la vida; Compactada en una sola pregunta… ¿Podrás seguir ignorando a la muerte cuando toque a tu puerta?
Yo hubiera contestado con la palabra «Solitario»… Como sea, lo que tuvimos fue un pilar de luz. El destello verde se proyectó desde el espacio hasta el Trópico de Cáncer, tiñendo nuestra atmósfera.

Estaba de vacaciones en Zihuatanejo cuando el cielo cambió de color. Mi familia me acompañó en mi tradicional viaje para no pensar en eso y disfrutar de las playas casi vacías de junio, además de los mariscos. Al ver el cielo pensé que era algo radioactivo, qué tonto. Igual me llevé a mi madre, a mi novia y a mis suegros; nos encerramos en la casa y encendí el televisor. En la pantalla transmitían un comunicado sobre una crisis global: el levantamiento de muertos se hacía presente en múltiples zonas del mundo.
Tras media hora, el color regresó a la normalidad. Lo agradecí bastante porque el color no me queda, me siento infinitamente más relleno… Regresando al tema, no había nadie a la vista, el mar era cálido y, si todo estaba por acabar, tendríamos un par de días más para descansar. Mi calma se cimentaba en el cine de Romero. Mientras tuviéramos comida y estuviéramos lejos de una gran población, teníamos motivos para agradecer, como en cualquier otro escenario.
Al día siguiente descubrimos a un hombre extraño desde las ventanas, estaba sentado en la playa. Tenía el cuerpo hinchado, sus facciones eran una caricatura grotesca de una persona. Sus prendas raídas se mantenían a su alrededor, aunque no cubrieran mucho. Definitivamente era un… ¿Estaba haciendo un castillo de arena?
El comportamiento del hombre no podía ser más jovial. Solo estaba ahí, pestilente como un pez globo en la arena, entonces lo dejamos ser. La televisión estaba igual de muerta que el hombre: solo mostraban repeticiones de películas viejas como Titanic. Desafortunadamente para mí, también estaba Jurassic World.
Al no tener planes, mi novia y yo aprovechamos para estar en la hamaca, acaramelados mientras le leía. Pudo ser la ocasión perfecta para traer Soy leyenda; después de todo ¿cuántos finales habré de vivir? Bueno, con el tema del COVID podría llevar un par.
Después de un rato conversábamos sobre aquella luz. Entre sus posibles orígenes barajamos un OVNI, un meteorito, un imbécil con un deseo aburrido o incluso pensamos en la meada de San Pedro cambiando de color luego de probar una bebida energética.
Me tomó desprevenido el sonido de la puerta trasera abriéndose. Era mi madre, quien salía a charlar con el hombre. Esa mujer tiene una habilidad abrumadora: podría hacer hablar a una piedra. Me caí de la hamaca en mi intento de rescate y sentí cómo mi novia casi se iba de cara también. Fui corriendo hasta allí, armado con un palo de escoba, no dudé en hundirlo en su cráneo, empezando por el ojo. Mamá gritó para darme un regañó por ser hostil con su amigo, quien usó su poca habilidad para conversar y se limitó a darme la mano en son de paz. Con poca fluidez se presentó: «Octavio, para servirle a usted y a Dios». Con esa gracia no pudimos hacer más que invitarlo a la casa.
Llegó una hora después de nuestra plática. Mis suegros y mi mamá quedaron encantados, pues entró junto con una penca de plátanos enorme. Le dimos un pizarrón pequeño junto con un plumón, él lo miraba con su único ojo y con la escritura nos terminó encantando. El cabrón era muy divertido y compartía mi afición al cine. Le pedí disculpas una vez más.
Al momento de despedirnos, nos invitó a una fiesta en un restaurante cercano. Nos contó que su amigo era el dueño, también que fue el único en su funeral. Según dijo, una ola lo arrastró al mar. Por eso le quería devolver el favor. En su momento no tenía más familia, pero ahora la cosa podría ser diferente y sentía una inmensa necesidad de festejar antes de ir a buscarlos. Después de todo, ¿qué le podría pasar? Si moría, solo se volvería a levantar.
Mi novia y yo regresamos a la hamaca para disfrutar de un cóctel con plátano cuando vimos una horda de muertos emerger del mar, vestidos con ropa fina, aunque en su mayoría rota, podrida o ausente. Hay más pudor en una playa nudista. Se quedaron un rato vagando, luego detuvieron a un pescador local —cargado con su cubeta y un pez descomunal— para pedirle indicaciones. Tras recibir la dirección, se marcharon y al rato regresaron con un par de colchonetas, toallas y pelotas.
Fue la noche más extraña de mi vida, ni mi novia ni yo pudimos ignorar el sonido de la masa recitando a coro: «Uuuuuuuh».
Cuando mi novia despertó, le comenté si sería correcto quedarnos más días. Cuando intenté llamar al casero, la línea había muerto. Mi novia me tranquilizó diciendo que el casero era amigo de su papá. «Ya lo arreglará», me comentó. Igual, me sentí inquieto, quería distraerme con algo. El trabajo no era opción: no me costaba imaginar a mi jefe intentando reemplazar a su plantilla con trabajadores no-muertos y no-asalariados.
La mañana solía ocuparla para ir a correr. También extrañaba el rumor de los autos en la ciudad, aunque no lo hacia con el trabajo, eso era una excusa, desde Aquello he sido una persona perdida en el pasado.
La sonrisa de mi novia me sacó de mi ensimismamiento. Me hace sentir feliz que ella esté feliz… Eso sí, me gustaría escucharla más. Apenas ha dicho algo desde que llegamos
Los dos fuimos a la cocina para desayunar. Tomé huevos, mantequilla, un poco de harina, leche y preparamos hotcakes. Para mi madre hice un par de tostadas con ensalada de huevo y aguacate. Estábamos poniendo la mesa cuando mis suegros entraron. El señor se veía pálido mientras su esposa lo llevaba al sillón haciendo de muleta. Corrimos para revisarlo. Yo argumenté sobre su presión, un golpe de calor…, pero mi novia señaló el tobillo: tenía una mordida. Sentí cómo se me hacía un nudo en el estómago.
Luego nos dijo: «No se preocupen, es parte de mi plan. Lo discutí bastante con los distinguidos caballeros de la playa y, si nuestra teoría es correcta, me volveré uno de ellos. Con esto vamos a ahorrarnos un buen dinero en la renta. Al parecer, comenzaron a hacer una organización para evitar el abuso contra los zombis, y si alguien haría eso es mi cuate». Luego dijo algo sobre la luz, que era tan fuerte que los despertó de su sueño eterno o algo así. La verdad no le entendía muy bien, cada vez hablaba más lento.
Miré a mi novia; sus ojos se veían cristalinos. Sujeté su mano y la presioné. Quería sentirme cercano, empecé a sentir culpa por este error, por el elegir esta maldita playa.
El señor salió luego de recomponerse y desayunar. Su cuerpo era pálido y sus ojeras profundas, aun así tomó un enorme aliento para ver el cielo. Era de un azul intenso, sin nubes, y el viento galopaba entre las plumas de las alegres gaviotas.
La primera vez que vi al señor Rafael me pareció increíblemente amable. Se notaba el amor por su trabajo, por su esposa e hijos. Aun así, veía en su mirada un dejo de tristeza. Su cara, marcada por el rigor mortis, dibujaba una enorme sonrisa, mientras Rafael se recortaba entre las salvajes olas. Corría alegre como un adolescente por la arena.
Solté un par de lágrimas, y mi novia me encontró sentado en la arena mirando al señor, mientras mi madre y su esposa vitoreaban.
—Da ternura, ¿no lo crees, amor? —Ella estaba atrás de mí. Traía puesta una de mis camisas de manga larga—. Desde hace mucho tiempo no lo veía tan feliz.
—Sí, lo es. —alcé mi brazo y sentí el calor de su cuerpo en mi pecho desnudo—. De todos modos nos cobrarán la casa.
Mi novia, Emma, empezó a reír.
—No lo dudo ni un poco. Bueno, mientras no convenza a mi mamá de hacer lo mismo…
Ambos nos quedamos en silencio. La escena era tan preciosa como apestosa, de no ser por los cadáveres tambaleantes, podríamos haber tomado una foto para postal.
—Oye —murmuró Emma—, gracias por escuchar y estar. Sé que estás pasando por un mal rato y no te gusta hablar, pero este mes suele ser uno donde te extraño mucho más. Aunque entiendo por qué estás ausente… puedes ver cómo la muerte no es el final.
Sonreí. Se notó mucho mi tristeza porque ella me abrazó y susurró un «Perdón». Le devolví el abrazo y un «No hay motivos para pedir perdón».
Regresamos a la casa, y el tiempo pasó.
—¿Estás lista para la fiesta, corazón? —le dije mientras me aseguraba de llevar mis cosas: cartera, llaves, el regalo y demás.
Ella me tomó del brazo y asintió. Me dirigió una sonrisa tierna y por ello la besé.
Caminamos en grupo. Rafael, su esposa y mi madre caminaban detrás de nosotros dos. Desde lejos pudimos ver la hilera de zombis en la costa, esperando a entrar a la fiesta. Se podían distinguir por sus ropas nuevas, mientras que aquellos curiosos seguían en harapos, aunque no tardaron mucho en volver al agua para chapotear como niños.
El lugar era una palapa, llena de mesas y, al fondo, un karaoke donde un zombi ya amenizaba la tarde. Preguntamos por Octavio; una mano descarnada lo señaló. Estaba platicando con su amigo, un hombre de pelo cano. Al vernos se levantó para traernos sillas, luego dio una palmada en el hombro de Octavio y se marchó para conversar con los otros invitados.
Nos sentamos en unas sillas blancas con el logo de una cervecera en el respaldo. Nos invitaron un trago aunque yo los rechacé, en su lugar pedí dos refrescos y, a mi pareja, un beso.
—Antes de que lo olvide, Octavio, traje algo para ti —comenté.
Le di el regalo envuelto en papel periódico y un moño de listón. Lo tomó con mucho gusto y profirió un gruñido.
Lo abrió: era un hueso de aguacate. Yo había tallado, limpiado y marcado la superficie para imitar a un ojo de verdad, aunque no muy realista. El zombi me abrazó y sentí su cuerpo helado, se estremecía agradecido. Al apartarse, lo miró de nuevo y, pese a mi disgusto, se lo colocó. Estaba un poco flojo, así que se desviaba durante la conversación, haciendo que pareciera que me veía a mí y a los otros invitados al mismo tiempo.
El tiempo pasó y los zombis disfrutaban del karaoke, el baile y la compañía. A ratos comentaban: «Habían pasado años sin festejar», «extrañaba tanto la música, sin ella no estoy vivo». Con esa misma alegría Emma me tomó por el brazo y avanzamos hasta el centro del grupo, donde nos tomamos de las manos y danzamos. Por primera vez en mi vida fui el mejor bailarín en la pista y Emma lo agradeció. Estuvimos así por horas.
Al regresar a la mesa, Octavio escuchaba las anécdotas de mi mamá, junto con su amigo.
Emma me dio un beso y se alejó. Estaba cansada y quería comentarle a Rafael, su papá —quien estaba jugando voleibol en el equipo de los «Sin hueso» contra unos jóvenes risueños— que era hora de descansar. Mi madre se fue con ella a fin de hacer presión social. La verdad también me quería marchar, el olor me estaba matando.
Decidí ver el resultado del aviso desde la comodidad de la silla; sin embargo, Octavio me miró. En su pizarra puso: «¿Qué te aflige tanto?». Yo agradecí su sensibilidad.
—¿Cómo es posible que solo una persona te llorara, Octavio? —Lo miré, intentando pensar en otra cosa además de Jurassic World, y cómo solía verla con mi papá. Respiré profundamente—: Es solo una película… perdón, es la fecha, me hace acordarme de alguien.
«Me tardé un tiempo en ser quien soy, errar en eso suele ser un camino solitario». Sus ojos se posaron en su amigo y le sonrió.
«No pienso desaprovechar esta segunda oportunidad». Lo leí, lento, sintiendo un vuelco en el corazón.
—Hay algo rondando mi cabeza… ¿Todos regresan? —Miré a los alegres muertos.
«Solo si quieren».
Le di un abrazo. Reparé en su camisa azul con dibujos de patos, ese rostro hinchado, en la prótesis en el ojo, sus shorts caqui. Apreciaba su nuevo aspecto— sobre todo porque pensaba borrar de mi mente algunas partes de su ser—. Nos despedimos como si fuéramos amigos cercanos.

El cielo negro parecía hecho a mano, decorado con pequeños puntos blancos. Me sentí pequeño, pero amado al tener a Emma y nuestra familia al lado. Yo soy un simple funcionario al servicio de los demás, pero si me lo permitiera, —ignorando la investigación espacial y demás— pensaría si los destellos son el reflejo en cada una de las miradas de aquellos quienes nos miran a la distancia.
Al regresar a casa nos dispersamos: mamá fue a la cocina, Rafael y su esposa jugaban en la hamaca y nosotros nos sentamos en el sillón a ver —en honor a los enfiestados de hace rato— otra vez Titanic. Emma se quedó dormida en mi pecho. Sus padres entraron a escondidas, soltando pequeñas risas y con las sandalias en la mano. Mi suegra, Clarita, tenía una mordida en el cuello. Al ver mi cara, se rió, dejando al color llenar sus mejillas una última vez. Me hizo, con un gesto cómplice, un «shhhh».
Sonreí y luego asentí. Cuando se refugiaron en su cuarto, tomé entre mis brazos a Emma y la llevé a la cama. Le di un beso en la frente y puse el mosquitero a su alrededor.
Bajé a la playa para ver a mamá, ella estaba sentada en la arena. Miraba la luna reflejarse en las aguas hasta volverse parte de la espuma.
—¿Estás bien? —Me senté a un lado de ella.
—Claro, hijo solo un poco sentimental. Ya sabes, estas vacaciones para ignorar lo de tu padre algunas veces fallan. No quería decirlo porque sus visitas son alegres, Emma me escucha siempre, atentamente… esa muchacha es una bendición. Y a ti te amo con todo mi corazón, pero ya sabes. Además los muertos no ayudan en nada.
—Ya lo dijiste tú, mamá. Al principio pensaba en darle uso a la infinidad de películas que te obligué a ver —hice un ademán como si golpeara algo con un bate.
—¡Te lo dije! Debías usar ese tiempo para estudiar, chamaco huevón…
Los dos nos reímos.
—Hace unos días hice mi testamento —alzó su mano como diciendo «guarda tus comentarios»—. Tengo sesenta años, soy joven, lo sé, lo sé. Pero uno nunca sabe cuándo le toca. Además, doña Juanita no dejaba de molestar: «Yo solo lo hago por mis hijos, ¿qué clase de madre sería si no…?», y bla, bla… Tu mamá tiene una lengua de oro; Bastan un par de historias de viuda, me consiguió un descuento.
—Ay, mamá —le di un abrazo. Se sentía delgada. Me llenó de nostalgia el recordar cómo mis abrazos solo abarcaban su pierna, hacía ya muchos años—. Muchas gracias por cuidar de mí, hasta cuando no debes.
—¿No debo? Si a eso vine, lo hice incluso sola. Entonces, siéntete tranquilo. Además, no creas que eres mi única preocupación, aún tengo novelas por escribir y con esta oportunidad quién sabe si desocupe la casa, la verdad… con eso en mente, para mí es tiempo de regresar. No confío en Lupita para regar mis plantas, bien sabes que tu prima puede ser una despistada, por no decir algo más.
—Quédatela, si puedes, toda la eternidad. Me gustaría visitarte más.
—Nah… ya conoces los rumores de tu madre: «Mary es bien payasa». Y sí, no sé si podría vivir con el olor.
Mi madre, Mary, se fue a dormir y me quedé solo. Contemplando el mar, su movimiento tranquilo me hacía sentir como si nadie fuera capaz de escuchar mi llanto. Estaba feliz, no me malentiendan. Se aproximaba un cambio. Emma, Rafael, Clarita, Mary… se preocupaban por mí. Y no supe cómo corresponder. Por eso me la paso trabajando, así no me entristezco, no los pienso y tampoco lo extraño…
Un par de muertos aparecieron y me quedé mirándolos jugar: uno ofreció su cabeza mientras los otros la arrojaban jugando a la papa caliente.
La programación de la televisión regresó a la normalidad a la mañana siguiente. En las noticias apareció un comunicado sobre los zombis, a quienes se les intentó domesticar por ser una fuerza trabajadora inagotable. La pelea duró poco, pues una organización de no muertos colaborando con científicos reveló algo devastador para la humanidad: todos estaban infectados. En resumidas cuentas, los muertos regresaron con sus seres queridos mientras se aprendía más.
No todo fue pacífico, un grupo de imbéciles consideraron anormal el ser un no muerto. Aunque muchos murieron con sus propias trampas y bombas caseras, seguramente nunca nos libremos de esa plaga.
Apagué la tele por los gritos de Emma, la encontré de pie en la puerta de Clarita y Rafael. A pesar de los regaños y de estar pálidos, se veían tan felices como semidesnudos —me pregunté si la falta de vergüenza era consecuencia de la transformación—, entonces llevé a Emma a tomar aire. Al final los dejó en paz, aunque a mí me echó un poco de bronca por no avisarle.
Las vacaciones habían terminado.
Me senté en el auto a esperar. Dejaríamos a Mary en su casa, a pocos kilómetros de este lugar, y luego tocaría regresar a la pesada normalidad del trabajo. Salieron con maletas, cargadas, sobre todo, con regalos de los zombis y recuerdos. Las cargamos y nos despedimos de la casa. Emma se sentó junto a mí para poner canciones de Flaming Lips.
El tiempo pasaba mientras las llantas devoraban el asfalto. Me llamaba la atención que en muchos lugares la noticia trajo caos, se podía notar gracias a los restos de vehículos estrellados, casas dañadas, aunque estaba siendo limpiado, sobre todo por las familias, quienes tenían muchas más manos para trabajar.
Llegamos a la casa de mi infancia, con verla fue suficiente para querer estar lejos, no quería lidiar con los recuerdos. Mary me invitó a pasar, pero me negué… Había tantos recuerdos que no quería encontrar. Bajé del auto, caminé hasta la cajuela, ayudé a Mary con las bolsas y sus maletas. Le di un beso en la frente.
Nos estábamos despidiendo cuando Emma sacó la cabeza por la ventana y me señaló a un hombre delgado, muy parecido a mí. Con pasos tímidos me acerqué. Hizo lo mismo, no sabía si podría reconocerme. El tiempo me ha cambiado.
De sus ojos muertos brotaron lágrimas y de sus labios mi nombre… «Carlos». Entonces corrí para darle un abrazo. El olor a tierra húmeda y cadáver no era tan desagradable, no cuando salía de ese traje barato en el que lo habíamos enterrado. Yo también derramé un par de lágrimas pensando una sola cosa: Él quería regresar.
