Después de que el joven se retirara a su cuarto para terminar de arreglarse, junto con su hermanito, no tardaron en aparecer los primero invitados, que eran familiares directos de los Beramendi. Elvira, que ya estaba lista con un vestido rojo, plumas en la cabeza y tiras de perlas en el cuello, salió a recibirlos con entusiasmo. Tras de ellos, aparecieron los Soldevilla y Mariana no puedo evitar prestarles especial atención.
La señora Liliana Soldevilla era muy joven, seguro no había llegado ni a los cuarenta años. Su figura era esbelta, elegante, igual a la de una bailarina y, tal y como Miguel lo había dicho, tenía el cabello rojo, largo hasta la cintura y lacio como cintas de seda. A su lado caminaba su esposo, Rufino, bien vestido de traje negro. Tras ellos iban tres muchachas pelirrojas, envueltas en vestidos vaporosos como de princesas. Rufino las presentó como Elizabeth Carolina, María Ana e Inés Jimena, de quince, catorce y trece años respectivamente.
Detrás de la comitiva, luchando con su enorme corbata de moño, venía el joven Miguel a quien de inmediato pusieron en manos de Gumara Zorrilla, le hermana menor de Pepe. Sin darse cuenta, Mariana arrugó la nariz ante aquella escena, ¡hacían muy mala pareja! Gumara se veía demasiado chaparrita al lado suyo y su andar, de brinquitos cortos como los de una niña pequeña, aunada a la risa nasal nerviosa que emitía cada cinco segundos, la hacían parecer desesperada. Seguramente Miguel se dio cuenta y trató de ser amable. La hizo sentarse en una silla y fue a buscarle un refresco, luego, se sentó junto a ella y comenzó a contarle sobre sus queridos perros de caza. Su voz denotaba cariño hacia los animales y Mariana pensó en su Bartolo, que la esperaba en casa echado en el petate.
Viendo a Miguel hablar con natural alegría, al mismo tiempo que Gumara se lo comía con los ojos, el patio se llenó de gente y los dulces desaparecieron más pronto de lo que Mariana hubiera pensando.
—¡Apurate, niña! ¡Esos platos no pueden quedarse vacíos! —la azuzó Lucrecia.
—¡Ya voy!
Mariana recogió los platones y se fue a la cocina para rellenarlos, lamentando perderse las historias de Miguel que eran muy entretenidas.
—¡Miguelito, ven a jugar a la ronda! —llamó Inés Jimena, su vestido rosa volaba detrás de ella.
—¿Ahorita? Estamos en una fiesta, Jime —se quejó él.
—Por eso, hermanito, ¿dónde más se juega a la ronda? —agregó Elizabeth Carolina, sujetando entre sus delgados dedos el largo de su vestido naranja.
—¿Usted ha jugado a la ronda? —María Ana se dirigió a Marina, tomándola de la mano.
—No —respondió esta con timidez.
—¡Pues venga! Ya verá que le va a gustar —la muchacha levantó a Gumara de la silla de un tirón y por poco queda atrapada en los vuelos color menta de su vestido.
La jovencitas acarrearon a más chicos y chicas de su edad, y a algunos niños que se dejaron atrapar. Se tomaron de las manos danzando en círculo y las hermanas Soldevilla entonaron un canto en una lengua desconocida para Mariana. La canción le pareció hermosa y esperó poder preguntarle a Miguel por su significado, si es que alguna vez tenía oportunidad de hablar con él otra vez.
A la distancia, Elvira frunció el ceño. No le agradaba aquel juego ni tampoco el aspecto de las jovencitas, pues según ella, sus vestidos de gaza enseñaban más de la cuenta. Rufino notó la mala cara que dedicaba a sus hijas y estuvo a punto de ponerse de pie para ir en a encararla, fue gracias a Liliana y a lo que le haya dicho al oído, que se quedó sentado con los brazos cruzados, maldiciendo en voz baja. «Así son los ricos», se dijo Mariana, «Creen que pueden juzgar a todos».
—¡Mariana, qué esperas para traer los dulces! —de nuevo, Lucrecia la amonestó.
La muchacha pegó un brinco, dispuesta a cumplir la orden en el instante mismo en que Amadeo la sujetó por la muñeca. Creyendo que se trataba del momento de mayor fuerza del hechizo, volvió sobre sus pasos con docilidad, lista para recibir su declaración de amor delante de todos; las circunstancias dieron un giro inesperado. Ampliando su rango de visión, Mariana descubrió a la joven hermosa, rubia y con grandes ojos azules, que venía prendida del brazo de su amado.
—Marianita, que bueno que te encentro —saludó Amadeo—. Ella es Alba Falcó, y vino desde España especialmente para esta fiesta.
—Es un gusto conocerte, Marianita —la chica saludó con un especial acento.
Mariana hizo una reverencia puesto que las palabras no vinieron a su boca, tenía un sensación de inquietud que ensombrecía sus sentidos.
—Por favor, atiéndela muy bien, queremos que nuestra fiesta de compromiso sea perfecta.
—¿¡Su qué!?
Los platones resbalaron de las manos de Mariana, y chocaron contra el suelo haciendo un ruido molesto que hizo callar a los músicos. Todos los invitados dirigieron su incomoda atención hacia ellos.
—¡Niña tonta, esos platones valen más que tu vida! —Bramó Elvira desde lejos.
—¡Eso no puede ser! ¡Tú no puedes casarte con ella! —Mariana, suplicó.
—Pero… ¿qué estás diciendo? —Amadeo, muy enojado, empujó a Alba detrás de él.
—¡Es que no puedes, no! ¡Yo recé durante mucho tiempo! Le pedí a San Antonio, a la Virgen María… ¡Hice un hechizo! ¡Tú no me puedes hacer esto!
—Amadeo, ¿qué es lo que pasa? —Alba parecía preocupada.
—Te dije que le gustabas a la indita, hermano —Carlota apareció, mirando con asco a la pobre Mariana que se deshacía en llanto.
—¡Lucrecia, échale de aquí! —ordenó Elvira.
—¿Cómo te fuiste a formar esas ideas? —Amadeo se restregaba la cara con una mano—. Yo no te dí una razón, ni siquiera te dirigía la palabra… No eras nadie para mí.
—¡Amadeo, cállate! —Sintiendo pena por Mariana, Alba le golpeó el hombro.
Ya era tarde, sus palabras, igual que aguijones envenenados, fueron a enterrarse profundo en el corazón de Marianita. Cayó de rodillas gimiendo, al mismo tiempo que deshacía con los dedos el chongo a mitad de su cabeza.
—¡Qué escándalo! ¡Lucrecia, llévatela ya!
Elvira castigo el suelo con sus tacones, impaciente por que aquella escena terminara. Lucrecia, conmovida por el llanto de Mariana, se arrodilló junto ella y en suaves palabras le pidió que se levantara. Mariana obedeció porque su poca consciencia le decía que era mejor hacerlo, o sería gravemente castigada.
—Doña Elvira, deje que yo me haga cargo —intervino el padre Ponchito.
—No se meta, padre, deje que Lucrecia la saque a la calle —Elvira estaba fuera de sí.
—Yo te amo… de verdad —Mariana volvió a rogar.
—¡Ya no digas tonterías!
Movido por la humillación, Amadeo abofeteó a Mariana con el dorso de su mano, una mano acostumbrada a sostener con fuerza las riendas de los caballos que amaestraba y que golpeó aquella mejilla con la misma fiereza. Mariana terminó tendida en el suelo, con su rostro rígido a causa del golpe.
—¡No te atrevas a tocarla de nuevo! —Miguel apareció de quién sabe dónde y asió la muñeca de Amadeo como si quisiera romperla.
—¿Y tú por qué te metes, hijo de la chingada? —gruñó Amadeo.
—¡Miguelito, no te comprometas! —le rogó Liliana.
Rufino no tardó en ponerse al lado de su hijo, acariciando con los dedos el mango de su revolver. Las damas comenzaron a chillar, solicitando la ayuda de los gendarmes. Los padres de Alba la tomaron por el brazo y buscaron refugio dentro de la casa, mientras las sirvientas salían en busca del capitán de la guardia, quien debía estar haciendo su rondín a pocas cuadras de ahí. Rascando la tierra, Mariana logró ponerse de pie y huyó a través el portón que las sirvientas habían dejado abierto. El padre Ponchito la llamó en vano.
¿Qué había fallado? Fue devota. Rezó cada día y mantuvo a San Antonio de cabeza rogando por su favor. Encendió velas rojas, blancas, había quemado pliegos de oración y pedido a los espíritus de los montes que le concedieran el milagro. Entonces, ¿por qué la ignoraron? ¿Cuál fue la razón para que su abuela no la protegiera de aquella desdicha? Ella le aseguró que si tenía la fe suficiente, las cosas se le darían y así lo hizo, ¡vació su alma y su corazón en cada momento! Quizás no bastaba con poner un solo santo de cabeza, quizás tenía que ponerlos a todos, ¡santos, vírgenes y al mismo Jesucristo! ¡Eso haría! Y lo haría esa misma noche.
Las puertas de la iglesia jamás estaban cerradas y con esa confianza, Mariana se arrojó a ellas haciendo que cedieran ante su peso. Cayó de rodillas en el frío mármol, mas pronto se puso de pie. San Martín de Porres fue su primera victima, lo recargó contra el nicho haciendo equilibrio sobre su cabeza que no pudo sostenerlo y se convirtió en polvo al tocar el suelo. Frustrada, profirió un gritó. Siguió por todo el atrio desprendiendo estampas, milagros, arrojando figuras y veladoras contra el suelo, en donde se apagaron.
Vio la cruz detrás del altar y fue hacia ella con la intención de prenderse para derribarla, cuando unos brazos la pescaron por la cintura.
—¡Ya cálmate! Vas a lograr que te echen del pueblo —Miguel le suplicó.
—¡No es justo! ¡Yo hice todo lo que debía! ¡Todo! —Mariana siguió debatiéndose.
—¡Te esforzaste mucho por un imbécil que no valía a pena! —Miguel tiró de ella hasta ponerla a salvo en el patio trasero—. Anda, aquí berrea lo que quieras.
La liberó, Mariana se tendió en el suelo llorando con amargura. Miguel se mantuvo cerca, atento en caso de que tuviera que contenerla otra vez, pero siempre respetuoso de su dolor. Al cabo de unos minutos que parecieron horas, Mariana por fin se sintió tranquila.
—Si te hace sentir mejor, Alba abofeteó a su novio por ti. Le reclamó el trato espantosos que te brindó y dijo que no sabía si podría perdonarlo.
—¿Eso hizo? —Mariana sorbió sus mocos.
—Sí, mis hermanas también se indignaron mucho.
—Se suponía que era Carlota quien se casaría con un español.
—Supe de eso, pero por lo que se ve, todo el pueblo vivía en un error.
—¿Qué voy a hacer ahora? —Mariana dijo, sentándose sobre sus rodillas—. El padre Ponchito no me va a perdonar por todo lo que rompí.
—Tranquila, yo me encargaré de eso. Le pediremos nuevas figuras a la iglesia y ya.
—Pero fue mi culpa, tú no debes pagar por eso.
—¿Y quién me lo va a prohibir? —Miguel le hizo un guiñó.
—Ay, joven Miguel…
—¿Y ahora por qué tanta formalidad? Tú puedes seguir diciéndome «bruto».
Mariana sonrió agradecida y tomó la mano que Miguel le ofreció. También aceptó que la acompañara hasta su casa a pesar de que por la noche, el monte era oscuro como la boca de un lobo.
—Si no te molesta dormir en un petate al lado de un perro, puedes quedarte.
—No tengas cuidado, me quedaré afuera y esperaré a que amanezca, no vaya a ser que nos hayan visto cabalgar juntos y se inventen nuevos chismes; ya tienen mucho con lo que sucedió hoy.
—No sé cómo agradecerte.
—Durmiéndote tranquila, no le des el gusto de lastimarte más a esa triste gente.
A la mañana siguiente, Miguel bajó del monte con el uniforme de Mariana arrugado dentro de su bolsa de montura. Se lo entregó a Lucrecia junto con los zapatos raspados y dos monedas de a peso, asegurando que ese mugre vestido no valía mucho más. En cuanto a lo ocurrido en la iglesia, fue atribuido a un michi rayado que encontraron felizmente dormido en el altar. El padre pensó que el acolito no debió cerrar bien la puerta al irse a su casa, invitando así a la mala suerte a pasar.
Rufino Soldevilla, solidario con su nuevo hogar, no tuve reparos en pedir a Italia las figuras de santos, vírgenes y demás criaturas que el padre Ponchito le solicitó. Tardaron unos seis meses en arribar, pero Ponchito era el hombre más feliz del pueblo, pues no habría ninguna iglesia en millas a la redonda, con figuras tan bellas como las suyas.
Días después de la fracasada fiesta de compromiso, la joven Alba se regresó a España junto con sus papás; ya no sabía si quería casarse. Amadeo se tomó de muy mala manera su decisión y por algún tiempo se tiró a la bebida. No fue hasta que su padre, con apoyo de un grueso cinturón de carnaza, lo hizo volver a la razón.
Mariana se mantuvo alejada del pueblo por un largo tiempo. Miguel era su único medio para conseguir alimento y mantenerse informada de las novedades en el pueblo, que por el momento no iban más allá de comerse vivas a Liliana y a sus hijas por sus exóticos vestidos.
—Irlanda es otro mundo —contó Miguel mientras reparaba el techo del jacal—. Mi madre no nació allá, pero mis abuelos sí y le enseñaron conforme a sus costumbres. Nunca entenderé por qué le gente se asusta de lo que no conoce.
—Me gustaría conocer Irlanda.
—Habrá oportunidad, si te vienes a trabajar con nosotros.
—Hablarán mucho peor de tu familia, si yo entró a su casa.
—¿Y por eso harás que mi mamá te ruegue por tres meses más? Vamos, sabes que necesitas el trabajo y a nosotros no nos importan los chismes.
—Ya te dije que no puedo abandonar a Bartolo
—Y yo te dije que será bien recibido, ¿qué más quieres mujer? ¿Las perlas de la virgen?
—Claro que no, pero…
—¡Pero nada! Ya acepta —Miguel dijo, bajando del techo de un salto.
—¡Ay, no seas bruto! ¡Te vas a matar!
Miguel se carcajeó y al poco Mariana lo acompañó. Si los milagritos no le habían traído la felicidad, quizás lo harían los cambios.
⚜
En los siguientes dos años, el pueblo Del abedul tuvo mucho de qué hablar. La primavera siguiente al fracaso de la fiesta de compromiso, Alba Falcó regresó para casarse con Amadeo Beramendi. Fue una boda íntima, pero muy elegante en la que ya se perfilaba cómo sería ese matrimonio: Amadeo le tenía miedo a su esposa. En la actualidad se sabe que viven muy felices en la casa grande del olmo viejo, y que es doña Alba quien lleva los pantalones puestos. Elvira procura no ventilar muchos detalles sobre la vida de casado de su hijo, pues se avergüenza de que se haya vuelto un agachón.
Mariana se fue a trabajar a la casa de los Soldevilla. Comenzó en la cocina y Liliana se encargó de enseñarle otras tareas más importantes, como el manejo de los libros contables. Entre otras cosas, le enseñó a vestirse apropiadamente y comportarse como una dama, pronto ya compartía la mesa con la mesa y salía a paseos con las muchachas.
Su amistad con Miguel siguió creciendo hasta convertirse en un discreto cortejo. Él siempre trataba de robarle un beso; ella se volvió buena poniendo lo que qué fuera, incluso lagartijas, entre aquellos labios y los suyos. Para las comadronas del pueblo, era un indecencia verlos cabalgando juntos en el campo sin el menor asomo de recato por parte de la muchacha, que aparte de vestir pantalones para salir a montar, también se daba el lujo de llamarlo por su nombre, olvidándose así de su posición humilde en la sociedad.
«No juzguéis o seréis juzgados», bramaba el padre Ponchito al inició de sus sermones, logrando que las chismosas agacharan la cabeza santiguándose y, en secreto de confesión, contaron todas sus malas palabras al padre que las absolvía tras una larga penitencia de cien Aves Marías y doscientos Padres Nuestros.
Al inició del segundo otoño, se rumoraba que una joya sumamente costosa había sido enviada a la familia Soldevilla, y durante semanas, el pueblo entero anduvo atento a los brazos y cuello de las mujeres de la familia, esperando ver en alguna de ellas la dichosa joya, mas para la satisfacción de su morbida curiosidad, la dueña de la joya fue anunciada durante los anuncios parroquiles de cierto día domingo.
—Recuerden visitar a Ernestina que estará vendiendo los boletos para la rifa del chivo y, de paso, aprovechen para comprar unos ricos tamales —el padre Ponchito anunció—. Y en los últimos anuncios de la tarde: el próximo sábado celebraremos la misa para bendecir y agradecer a nuestro Señor por el asno de los Aldama. Antes de terminar, quiero extender mis felicitaciones a Marianita Pérez y a Miguel Ángel Felipe del Niño Jésus Soldevilla por su próximo matrimonio. Hijos míos, podeís ir en paz, la misa ha terminado.
Por un minuto, el tiempo se congeló en aquella iglesia y nadie sabía para donde mirar excepto Miguel. El miró a los ojitos negros a su lado, les dedicó una sonrisa franca y besó la punta de la nariz de la que para él, era la mujer más bella en la faz del universo. Mariana sonrió, entrelazó la mano a la suya y así atravesaron el atrio.
—Con… con todo respeto —tartamudeo Elvira Beramendi—. ¿Qué espera obtener casando a su muchacho con una criada, señora Soldevilla?
—Su felicidad, naturalmente —respondió Liliana, afable—. ¿Qué otra cosa ha de importarme siendo su madre? Y mi futura nuera no es ninguna criada, es una dama.
Recogiendo el largo de su vestido con gesto digno, Liliana salió del brazo de su esposo. Las muchachas Soldevilla, emocionadas con la noticia, salieron corriendo tras Mariana y su hermano, para admirar, por millonésima vez, el enorme diamante azul que le adornaba el dedo corazón. Iban, según palabras de Rufino, a echar la casa por la ventana con esa boda.
Escondido tras el árbol junto a la fuente, Pepe Zorrilla miraba con gesto extraño a la joven Elizabeth Carolina. Parecía como si le doliera el estómago, o como si ella tuviera algo suyo que él se muriera por recuperar. Las comadronas rumoraban que el último día de verano, Pepe se había confesado a la señorita Soldevilla, quien lo rechazó categóricamente sin piedad alguna, pero esa, ¡esa es otra historia!


