Nunca vayas al 3er piso
Karen solo quería encajar en su nuevo grupo de trabajo y para lograrlo, se le ocurrió ayudar con el archivo.
Karen deseaba el puesto de animadora en el Estudio Carmesí desde hacía muchas lunas. Debe haberse postulado unas veinte veces, antes de conseguir una entrevista. Sí, es cierto que se presentó a trece entrevistas y que la rechazaron en todas ellas, por eso mismo resultaba tan maravilloso que la hubieran llamado tan de repente para ofrecerle el puesto.
Desde luego que la parte en la que la jefa de Recursos Humanos, Mirna, le comentó que su animadora anterior renunció en forma intempestiva, la había hecho sentir como la chica de repuesto, mas, ¿qué importaba? Por fin estaba en el lugar de sus sueños, en el puesto de sus sueños y seguro sus compañeras también serían de ensueño. Por eso se había esmerado en lucir bien aquella mañana, con su minifalda escocesa y su nueva sudadera del ratón de las películas. Vamos, ¿quién no amaba a ese ratón? Sin duda sería un éxito.

Al llegar al estudio, el guardia, con un gafete que exhibía el nombre de Luis, le solicitó que se quedara unos minutos para tomar la fotografía de su tarjeta de acceso. Karen estaba emocionada, trató de hacer conversación con aquel hombre pachón, quien a simple vista parecía amigable; en realidad era hosco como una piedra. Las frases más amigables que salieron de sus labios fueron: «Buenos días» y «Gracias, es todo».
Camino al interior del edificio, Karen tuvo la vaga sensación de que algo no estaba bien. Como si ella no fuera bienvenida en aquel lugar, o como si su sola presencia fuera un error. Al observar las ventanas del edificio de tres pisos, le pareció que los interiores que dejaban ver eran demasiados oscuros, casi siniestros. Acarició su brazo izquierdo con la diestra para tranquilizarse. Se recordó que estar ahí era su máximo sueño y que tenía que vivirlo al máximo, así que respiró profundo y atravesó las puertas.
Su primer parada fue en Recursos Humanos para reportarse con Mirna. Cuando encontró su oficina, ella estaba en medio de una llamada telefónica. Mirna levantó el índice y lo pegó a su boca solicitando silencio, Karen se encogió y fue a sentarse a pasos lentos en una silla de plástico junto a la pared. De reojo, Mirna la observaba, de vez en cuando parecía hacer una mueca de desagradó o al menos Karen lo interpretó de eso modo.
—Listo —saludó colgando—. Perdona por hacerte esperar. ¿Luis ya te tomó la fotografía?
—¡Sí! Fue muy amable, aunque no me dijo mucho, pero yo le comenté que estaba muy contenta de estar aquí y que me moría de ganas por comenzar a…
—Sí, me imagino. Qué linda tu sudadera —Mirna comentó torciendo la boca.
—¡Gracias! La compré hace poco, ¿a ti también te gustan sus películas?
—Bueno, tres de las suyas aplastaron a tres de las nuestras en taquilla, así que no me considero su fan.
—Ah, lo siento.
—¡Está bien! Si a ti te gusta pues…
Aunque se esforzó por ser amable, Karen no pudo evitar sentirse arrepentida por no haberse puesto más que un corpiño debajo de la sudadera, ahora no podría quitársela en todo el día. Con un tono menos despectivo, Mirna le explicó a dónde debía ir para reportarse con su equipo. Por desgracia, ella no podría acompañarla puesto que tenía que hacer otras llamadas, mas le aseguró que su jefa, Niki, la estaría esperando.
Karen regresó al lobby, el ascensor se encontraba ahí. Llamó su atención que no hubiera una recepcionista en el modulo y que, en general, el lugar parecía desierto. Incluso en la oficina de Mirna no había nadie más que ella y en las oficinas cerca de la suya tampoco había ni un alma . «Debe ser el día libre de varios trabajadores», Karen sé dijo en un intento vano de disipar la inquietud que le apretaba el corazón.
Esperó que en el piso dos hubiera más personas, y por suerte, se encontró con la sala de reunión destinadas a los escritores. En ella al menos una docena de personas discutían sobre la trama de la próxima película. Karen sonrió, quiso quedarse a escuchar desde el pasillo y lo habría hecho si una mujer rubia no hubiera cerrado la puerta luego de notar su presencia. Karen suspiró, aquello no importaba, ya se irían conociendo y seguro terminarían siendo todos buenos amigos.
Las animadoras tenían su oficina al final de pasillo. Era un sitio grande, bien iluminado, adornado con plantas de sombra por todos los rincones, además de carteles de todas las películas que habían producido. Entró despacio, fascinada con los dibujos que podía ver en las pantallas dobles de cada estación. Nadie se dio cuenta de su presencia hasta que suspiró en forma ruidosa. Entonces, tres rostros severos se volvieron a ella en un lento giro de silla.
—Hola, perdón, no quise interrumpirlas —murmuró apenada.
—Hola, eres Karen, ¿no?
—Sí.
—Yo soy Nikki, estoy a cargo del equipo A —la joven, no mayor a los veintiséis años, de corto cabello negro y complexión atlética, se acercó a estrecharle la mano—. Ellas son Lizzeth y Matilde —agregó señalando a una chica flaca de rostro alargado y a una más rellenita de rostro redondo.
—Ah, el ratón de las películas —comentó Matilde con aburrimiento, mientras restregaba sus manos en las orillas de su suéter amarillo.
—Sí, lo siento, no sabía lo de la taquilla… —Karen se excusó.
—No tenías por qué saberlo —Lizzeth la atajó y dio media vuelta a su silla, regresando la atención a sus tareas.
—Aquí hablamos poco, Karen, siempre estamos ocupadas tratando de entregar antes que los chicos de la sala B; ya los conocerás, no son buenas personas.
—Entiendo —Karen se sentía cada vez más y más cohibida.
—Ven, te haré unas pruebas y de ahí veremos en qué puedes ayudarnos.
Durante las pruebas, Nikki frunció el ceño varios veces, ahogó breves exclamaciones de decepción y finalmente chasqueó la lengua, totalmente irritada. Dijo que no estaba a la altura de las demás, que al menos pasarían seis meses antes de ponerse al corriente. Mientras tanto, la pondría a completar secuencias sencillas y le recomendó practicar mucho en sus ratos libres para no causar problemas al equipo. Pese a recibir sus consejos de buena gana, Karen no pudo evitar sentirse menospreciada. Había sido la mejor de su clase y una líder de equipo en su último empleo, ¿cómo era posible que no estuviera a la altura de chicas más jóvenes que ella?
Tomó su lugar al lado de Lizzeth, quien mantuvo el rostro bien cubierto por una larga cortina de cabello morado. De vez en cuando, ella demostraba su disgusto por su presencia con sonoros suspiros o chasquidos de lengua. Matilde era más directa, se la pasó echando habladas acerca de lo inapropiada vestimenta de las personas en su primer día de trabajo, o lo presumidas que son las recién llegadas hasta que alguien les demuestra que no son nada. Karen solo calló, se aguantó las ganas de llorar y mejor procuró cumplir con los encargos de Nikki lo mejor posible.
El día laboral llegó a su fin a las siete en punto y Karen aún no terminaba con la última secuencia. Nikki le pidió que la dejara para mañana, pero Karen no aceptó. Pensó que si ya de por sí la consideraban tonta, el no entregar el trabajo ese mismo día solo empeoraría las cosas.
—Bien, quédate —accedió Nikki—. Apaga todas las luces cuando te vayas, por favor.
—Y no hurgues en los cajones —advirtió Lizzeth de mala gana, mientras se ponía su chamarra de cuero.
—¡Ya, Lizz! Ella no quiere ver el interior de tus cajones —Nikki parecía harta del insistente bullyng.
—Solo digo que respete nuestra privacidad —replicó Lizzeth caminando hacia atrás y tropezando con una caja sellada con la etiqueta de archivo.
Entre carcajadas, la rolliza Matilde le ayudó a levantarse y casi revienta sus pantalones skinny con esa hazaña. Karen desvió la vista apresurada, pues sus ganas de reírse eran insoportables.
—¡Ay, maldita caja! Nikki, ¿cuándo la piensas llevar al archivo?
—¿Ir al 3er piso yo sola? ¡Estás loca!
Las chicas se rieron; Karen sin dejar de trabajar, puso más atención a su platica pues le hizo recordar su primera impresión del edificio.
—Ya sabes lo que dicen: nunca vayas el 3er piso —recitó Nikki.
—Entonces, ¿para que pusieron un 3er piso? —renegó Lizzeth.
—¡Ay, chicas, ya vámonos! Se nos irá el autobús —las apresuró Matilde.
—Es verdad. Nos vemos mañana, Karen —Nikki fue la única que se despidió de ella.
—Adiós —respondió ella sin muchos ánimos.
Siguió trabajando por una hora más, tras la cual logró completar el bucle de un personaje dando un salto sobre una caja. Se levantó de su sitio para estirar la espalda y luego, con parsimonia, se puso a recoger sus cosas dentro de su bolso. Qué mal día, jamás se imaginó que trabajar en el lugar de sus sueños fuera a ser tan desagradable. Si cuando menos sus compañeras se hubieran dado la oportunidad de conocerla, quizás ahora no se sentiría como un error de la naturaleza.
Se disponía a abandonar la oficina cuando la punta de su tenis tocó la caja marcada para archivo. La observó durante unos segundos imaginando lo agradecida que estaría Nikki sí ella llevará la caja al 3er piso. Sí, eso sin duda le ayudaría a romper el hielo con las otras chicas y se darían cuenta de lo buena onda que era.

Sin dudarlo, volvió a poner su bolso en la silla y cargó con la pesada caja sin estar segura de a dónde ir. Camino al ascensor buscó en la sala de reunión a alguno de los escritores a quienes pudiera pedirle alguna instrucción, pero no había nadie. Todos se habían ido a casa hace mucho tiempo. Entró al ascensor, segura de que este le llevaría a su destino, más se sorprendió al darse cuenta de que no había un botón que llegará ahí.
«¡Qué mala broma!», pensó al comprender que tendría que llevar la pesada caja por las escaleras de emergencia; sin duda ese sería el único modo de llegar hasta ahí. Pujando por el esfuerzo, Karen caminó a tropezonas hasta la puerta y empujó con su espalda para abrirla. Ese sitió estaba en tinieblas, apenas podía ver la punta de su nariz. Viendo que no podría ir más lejos sin caerse, y tal vez romperse el cuello, Karen decidió regresar, pero cuando dio la vuelta para abrir la puerta una débil luz se encendió desde el techo. Imitándola, otras pequeñas lámparas hicieron lo mismo. «Estas luces defectuosas, ya no captan el movimiento como deben», sé dijo entre dientes al iniciar el ascenso.
La iluminación era muy pobre, era como tener varios cabos de vela encendidos, apenas permitián ver el filo de los escalones. Karen no se rindió, ya había subido por tres líneas de doce escalones cada una, y no podían faltarle más; tuvo razón. Al final de la cuarta línea se encontraba la entrada a la sala de archivo.
Colgando del techo, junto a una extraña escalera de caracol, había un letrero que rezaba «Recepción de cajas». Sobre el barandal de la escalera, había una campana de servicio. Supuso que tendría que tocarla para recibir asistencia, aunque también podría ser que no hubiera nadie debido a la hora.
—Si no hay nadie, la dejaré por aquí —dijo con la esperanza de que por la mañana, alguien la pusiera en su lugar.
Antes de tocar la campana, Karen miró hacia arriba en busca del final de la escalera, pero esta parecía atravesar el techo sin mostrar nada más que agujero negro. Debía conducir a un cuarto en la azotea que no estaba iluminado a menos de hubiera alguien trabajando, Karen estuvo segura de eso por lo que también temió que no habría nadie para atenderla.
Queriendo acabar ya con la tarea, tocó la campana. Desde el techo se escuchó un ruido extraño, similar a los pasos apresurados de varias personas o muchas cajas precipitándose al suelo. Karen se puso nerviosa, se alejó de la escalera y, con la mirada buscó la puerta por la que había entrado.
—¡Espera, ya te atiendo! —gritó una voz amable desde arriba.
—Gracias —respondió ella, sintiéndose más tranquila—Lamento la hora, sé que es muy tarde.
—¡Espera, ya te atiendo! —repitió la voz en el mismo tono cantarín.
—Gracias —a Karen le pareció extraño haber recibido la misma frase por respuesta de parte de la empleada.
El sonido áspero de algo que se arrastraba, aceleró los latidos de su corazón. De pronto, la escalera pareció sumergirse en una fuerte luz neón. Vibró al son de los golpes propinados a los escalones, los cuales se hicieron más y más fuertes. En segundos, apareció ante sus ojos una masa blancuzca arrastrándose escalera abajo, tenía la consistencia del pegamento de arroz, mas el olor que despedía era el mismo de las flores muertas. Si la hubiese visto en una fotografía, habría dicho con seguridad que era una oruga, pero en esas circunstancias, no podía ponerle un nombre.

—¡Espera, ya te atiendo! —la criatura volvió a decir, elevándose sobre sus apéndices bajos para mostrar el rostro de una mujer en el centro del apéndice que formaba su cabeza.
Los labios rojos le sonreían a Karen, mientras los ojos, derretidos sobre las mejillas, parpadearon con rapidez.
—¡Ya te atiendo! —bramó la criatura con una voz inhumana.
Karen gritó, corrió a la puerta al mismo tiempo que la criatura saltaba por la orilla de la escalera. Era tan rápida que ambas alcanzaron la puerta en el mismo segundo. Karen no se fijo en ello, atravesó la puerta ignorando el insoportable ardor que le recorría la espalda y el brazo derecho. Se lanzó por las escaleras aún gritando, mientras por sobre su cabeza podía oír a la criatura repitiendo la misma frase una y otra vez, con la misma voz que escuchó en el primer momento.
Con el rostro bañado en lágrimas, alcanzó la caceta del policía. Luis, impresionado por lo que veían sus ojos, dejó caer el cigarro que tenía entre los labios y llamó de inmediato a la policía.
—Necesito ayuda… —Karen musitó—. Me duele el brazo…
En pocos minutos aparecieron en la escena varias patrullas y una ambulancia. Los paramédicos se dieron a la tarea de detener la hemorragia provocada por la amputación del brazo, antes de llevar a Karen la hospital. La chica apenas estaba consciente, se disculpaba con Mirna, quien llamada de emergencia, una y otra vez.
—No debí ir al 3er piso… no debí —lloraba.
Por fin las ambulancia salió a toda carrera rumbo al hospital, mientras la policía revisaba el edificio en busca del brazo y de pistas que les ayudaran a reconstruir lo sucedido.
—¿Tiene idea de lo qué pudo ocurrirle? —un oficial, con libreta en mano, se acercó a Mirna.
—No tengo idea, oficial, no tenemos un 3er piso.
El oficial volteó hacia la construcción, confirmando las palabras de Mirna.
A la mañana siguiente, cuando las animadoras se presentaron a trabajar, Luis tuvo que decirles que nadie podía entrar debido a las investigaciones que realizaba la policía. Cuando ellas quisieron saber qué había pasado, el guardia les contó todo lo que sabía y las tres palidecieron, completamente anonadadas.
—Me siento tan culpable —chilló Matilde.
—No tienes por qué —gruñó Lizzeth.
—Solo era una broma —sollozó Nikki.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
