Robert Mallory era un hombre flacucho, con nariz larga y manos huesudas, con ellas intentaba llevar con éxito una charola con tres tazas de café a la sala; le temblaban demasiado. El agente Káiser lo miró exasperado; la agente Baxter le dio una patada en el tobillo con su recién estrenado tacón Armani, obligándolo a cambiar el gesto.
—Tiene una bonita casa, señor Mallory —Baxter comentó, su mirada iba de una maceta colgante a otra—. Le gustan mucho las plantas.
—Son… de mi esposa… a ella… a ella le gustan mucho y las usa para todo —Robert tragó saliva—. Sí, para todo.
—Entiendo. Más allá de la lección de botánica, ¿puede recordarme por qué nos llamó, señor Mallory?
—Cuidado, que no se te suba la mosca a la nariz, compañero —Baxter canturreó.
—No es eso, pero se hace tarde y el señor no nos dice nada.
—Mira, tómate tu café, ponle mucha azúcar y déjame hablar con el señor, ¿está bien?
—No me gusta tu tonito…
—Y a mí no me gustaría hacerte esperar en el auto.
—¿Me permite la azucarera, señor Mallory?
Robert ofreció la pulcra azucarera de porcelana brillante al agente junto con una sonrisa tímida. Baxter observó sus movimientos inseguros, las fugaces miradas de derecha a izquierda como si temiera ser sorprendido. La agente adjudico aquellos detalles al nerviosismo, después de todo, las personas no llaman a la unidad de homicidios solo porque sí.
—Él tiene razón, lo siento, les contaré y debe ser hoy; si ella no se hubiera ido de viaje no podría hacerlo. Dios, ojalá me puedan ayudar.
—Comience por el principio, señor. —Baxter invitó con un movimiento de su mano.
—Conocí a mi esposa, Eva, cuatro otoños atrás en un festival medieval. Ah, no me creerían la esplendida criatura que era, toda ella rezumaba energía, calor, era una llamita ardiente.
—Fetichista —Káiser murmuró con los labios pegados a la taza; Baxter volvió a patearlo.
—Nos casamos en un abrir y cerrar de ojos, debo confesarles, nunca estuve seguro de querer hacerlo porque jamas consideré casarme y mucho menos con una mujer tan hermosa. Mi temor a perderla me atormentaba día y noche, dedicaba todo mi dinero y tiempo a venerarla, mimarla y ella respondió siempre con cariño y lujuria. Una lujuria tan hambrienta e incontrolable… hasta llegamos a hacerlo en sitios públicos sin ningún pudor. ¡Oh dios mío, estoy tan avergonzado!
—Lo dudo mucho —Káiser murmuró otra vez.
—Señor Mallory, todos tenemos resbalones de pasión y le seguro: no es necesario llamar a la policía por ellos. ¿Sucede algo más?
—Hace un año, inexplicablemente comencé a bajar de peso de forma desmesurada: siete kilos en una semana, cinco en la siguiente. Me convertí en este fiambre en muy poco tiempo.
Robert deslizó por la mesa una fotografía de él y su compañera antes de casarse. Eva era todo lo descrito: una mujer muy atractiva de linda figura, pechos llenos, labios en forma de corazón a cuyo lado se encontraba un sexy lunar, y sus ojos, negros como el onix, tenían unas inusuales vetas doradas. Robert no era nada mal parecido, alto, fornido, pectorales gruesos como robles y unos bíceps dignos de admiración, sin embargo, si no fuera por los ojos azules y la nariz larga, sería imposible relacionar al sujeto en la fotografía con el actual Robert.
—A diferencia mía, Eva ha ido mejorando su aspecto. Conserva la misma figura, sin una onza de grasa y su cabello sigue largo, brillante y muy abundante, no se le cae un solo cabello durante la ducha. Pero lo que más ha llamado mi atención son sus ojos: esas vetas doradas han ido haciendo más y más grandes, como si quisieran devorarse el negro de las pupilas.
—Bueno, si ella tiene un mejor plan de ejercicios y alimentación… —Káiser intentó razonar.
—¡No! Ella no hace nada, se queda en la casa con sus plantas y los menjurjes extraños que prepara en la cocina. Y hace dos noches, la vi en el ático rodeada de velas negras y un libro abierto, repetía frases incomprensibles, sonaron como palabras al revés.
—Señor Mallory, ¿qué trata de decirnos?
—¡Ay, temo tanto por mi vida!
Entre lágrimas, Robert se hizo un ovillo en el sofá. Baxter miró a Káiser quien con su índice trazaba círculos en el aire junto a su sien. En eso, de algún lado de la casa apareció un enorme perro negro, Tenía puesto un vistoso collar azul decorado con una amatista. Pese a los extraños, el animal no ladró, simplemente fue a sentarse frente al sofá con la vista clavada en Robert.
—¡Azriel, de dónde saliste! —el hombre se incorporó de un salto—. ¡No le digas nada, por piedad!
—¿Hay algo malo con el perro? —Káiser rozó con los dedos la empuñadura del arma junto a su pecho.
—Es su familiar… le cuenta todo lo que escucha y ve… ¡ella se lo llevó! ¡No sé cómo regresó!
—Señor Mallory, ¿a qué se refiere con un familiar? —Baxter imitó el gesto de Káiser, sentía una desconfianza injustificada por aquel animal a simple vista inocente.
—Ese perro… tiene más de quince años, debería estar muerto. Sigue aquí porque su energía lo alimenta, tienen un vínculo mágico… ¡Mi mujer es una bruja!
Tras la aseveración los agentes bajaron las manos al regazo. Era común escuchar a los hombres expresarse así de sus compañeras, sobre todo si la aludida tenía un mal comportamiento. Sin embargo, lo relatado por Robert y el aspecto de la casa, limpia y agradable a pesar de el exceso de plantas en su interior, contaban una historia diferente.
Káiser no tenía espacio en su mente metódica para ficciones, catalogó el caso como el delirio de un borracho, o bien, de un hombre enfermo cuya frustración lo llevó a señalar a su mujer como culpable. Evitó explicarlo de ese modo a su compañera, por respeto a los nervios destrozados del señor Mallory, solo se acercó al oído de ella y susurró en un tono áspero: psiquiatría.
Baxter se puso de pie y extendió una tarjeta con su número celular personal. Explicó que con la poca información brindada, les era imposible hacer más. Entonces, propuso a Robert llamarla si Eva atentaba de cualquier manera contra su integridad. Robert apretó la tarjeta en sus dedos, sus esperanzas de ser llevado a una celda se habían rotó.
Los agentes se dispusieron a partir, al mismo tiempo, la puerta principal se abrió y la esposa apareció. Iba esplendorosa con un corto vestido negro y unos tacones mortales, solo una mujer valiente podría dominar. Se arrancó un pañuelo de seda del cabello y este ondeó reflejando la luz de la habitación. Con gran sonrisa bajó los lentes de sol a la mitad del puente de su nariz y saludó.
—He vuelto amorcito. ¡Y tenemos visitas! Es toda una sorpresa.
—Eva… regresas antes de lo esperado, ¿no serían cuatro día?
—Ah, ya sabes, las chicas se devoraron rápido y la fiesta se acabó.
Eva se inclinó sobre el rostro de su esposo y estampó un beso rojo en su mejilla. Luego, pidió conocer a los invitados, Robert tartamudeó.
—Nos conocimos en el boliche —Káiser reaccionó rápido—, anoche, fue muy divertido, nunca vi a nadie con un sistema de cuatro pasos como el suyo.
—¿Boliche? Pensé que no te gustaba, mi amor —Eva acarició la mejilla de su esposo con el dorso de los dedos.
—Trato de hacer cosas nuevas, como sugeriste.
—¡Qué buen chico! Sus nervios lo han estado matando; por cierto, te traje un nuevo té.
—Bueno, nosotros ya debemos irnos —Baxter alisó la falda de tubo con ambas manos—. Nos dio gusto verte, Robert, gracias por recibirnos sin avisar.
—¡Tu traje es hermoso! —Eva acarició la manga del saco de Baxter—. Debe ser de seda, ¿no? A tu hermano le encantaba la seda oriental.
—Ay, no, solo es nylon —Baxter achicó los ojos.
—Uy, tenemos un esposo muy codo —Eva señaló a Káiser.
—No es mi esposa —dijo este con las manos en alto—. Solo jugamos al boliche después del trabajo.
—Claro, la señora Káiser es más bajita —Eva apuntó.
Los agentes se miraron con el ceño fruncido, más tarde compararían impresiones en las que reconocerían los comentarios de la mujer como ciertos, mas ninguno de ellos tenía recuerdo de haber interactuado con ella en otro momento.
Antes de despedirse en la puerta, Baxter le recordó a Robert, en voz baja, que podía llamarla cuando fuera; él asintió. Káiser le estrechó la mano, todavía sin estar convencido de que hubiera un caso paranormal en esa casa, y antes de irse alabó su corbata: una pieza de seda azul petroleo con delicadas estrellas doradas bordadas por toda su extensión.
—Gracias, Eva me la regaló por nuestro aniversario —Robert respondió y cerró la puerta tras de él.
⁂
—Robert, dime, ¿qué hacían aquí esas personas?.
Cuando volvió al interior de la casa la atmósfera había cambiado. Las luces, hace unos minutos brillantes, eran tenues como las de una vela. En el ambiente se percibía el aroma de las hierbas que hervían en la cocina. Había un toque de hierbabuena, lo demás Robert no pudo identificarlo. Eva también se veía diferente, el vestido dio pasó a un camisón negro trasparente. Estaba tendida en el sofá, acariciando el lomo del perro, echado en el tapete junto a ella.
—Estaban por el vecindario y quisieron pasar a saludar. —Robert hizo un ademán con la mano para restarle importancia.
—Azriel dijo otra cosa —Eva sonrió maliciosa.
—Tu perro no puede hablar, cariño —Robert se sentó frente a ella, el sudor resbaló en grandes gotas por su cuello.
—Ay, Robert, temo qe lo nuestro ya se acabó, ya no eres feliz conmigo.
Eva abandonó el sofá para ir a sentarse en su regazo. El aroma a vervena desprendido por su piel, llenó los sentidos de Robert y cuando esta sonrió, sus ojos dorados resplandecieron.
—Yo… soy feliz, amor, te lo juro.
—¿De verdad? No me gusta retener a mis esposos a la fuerza.
¿Esposos? Robert nunca antes le oyó mencionar a nadie más.
—Sí, soy muy feliz; lo digo de verdad, mi amor.
—En ese caso, procuraré darte una vida más tranquila de aquí en adelante.
Eva flotó por la sala y fue directo a la cocina de donde regresó con una taza burbujeante en la diestra. Se la entregó a Robert, el liquido verdoso en su interior subía y bajaba a placer y aunque debía haber estado hirviendo hace tan solo unos segundos, la taza se sentía tibia.
—Bébelo todo, le hará bien a tus nervios.
Robert dudó. Olfateó el vapor oloroso a hierbabuena quizás también a manzanilla, pero las varas y pétalos en la superficie no se parecía a nada conocido.
—Anda, calabacita, te sentirás mejor.
Robert contuvo la respiración, inclinó la taza y permitió al brebaje baboso deslizarse por su garganta.
A partir esa noche la casa de los Mallory se sumió en el silencio. Durante días las cortinas de cada ventana permanecieron cerradas y según los vecinos, las luces jamás parecieron encenderse. Y durante las tardes, algunos notaron la ausencia de Eva y Robert, quienes solían sacar a pasear a su perro. Los niños más valientes de la cuadra se acercaron hasta la puerta y pegaron la oreja. Dentro pudieron escuchar los sollozos de un hombre y los cantos de una mujer. Intentaron ver al interior a través de la ventanilla para el correo; solo encontraron fue una oscuridad total.
Eva adoptó la costumbre de pasear por el techo de la sala con el libro, mencionado por Robert, entre sus manos. Rezaba sin perder concentración ante los sollozos desesperados de su esposo y, en contra de las leyes de la gravedad, ni su larga melena ni el vuelo del camisón caían hacia abajo como debían hacerlo. Entre tanto, Azriel se encontraba echado frente a la chimenea de donde se elevaban largas llamas sin combustible que las alimentara. Su luz hizo visibles una cantidad impresionante de delgadas sombras danzantes. Cambiaban el ritmo de acuerdo a la cadencia de los rezos.
Dolor et infortunium iter meum obscurant.
Reginam Noctis peto ut transeam,
et eius auxilio me paro ad claudenda officia mea.
Amor et mors, libertas et sanguis.
Dentro de los muros, en los ratos de silencio, podían escucharse isas inhumanas. Se multiplicaban en el eco de los tubos de cobre de la tubería. Robert era atormentado por aquellas voces cuando, cansado de las sombras y las llamas en la sala, corría a refugiarse en la soledad de su habitación; Eva no había dormido en ninguno de esas noches.
Humano deleznable
No tienes lo que se necesita
No vales nada
Muere
Muere
Con cada palabra, se dibujaban surcos profundos en el papel tapiz, hechos por garras invisibles.
Robert ya no sabía cuáles hechos en su casa eran reales y cuáles eran creados por el brebaje. Ya no lo quería, lo hacía sentir como si el alma se le separara del cuerpo, sin embargo, también le ayudaba pues le permitía concebir varias horas de sueño tranquilo, era su único escape disponible.
Cuando se miraba al espejo, el hombre no se reconocía: era una esqueleto con la piel delgada y amarillenta pegada al hueso. En su cabeza había brotado un curioso mechón de cabellos verdes, mientras en sus pies había notado unas verrugas largas, similares a pequeños tentáculos, cuya presencia le impedían ponerse los zapatos.
Cierta noche, las llamas por voluntad propia dejaron de crepitar en la chimenea y se extendieron por todos los rincones de la sala. Eva levitaba sumida en un trance, continuaba rezando, una voz más grave la coreaba. Robert advirtió que las llamas no devoraban la alfombra ni la tela de las cortinas, Azriel tampoco se intimidaba ante su calor. Seguro de no sufrir daño las atravesó, corrió tras el sofá y tomó el auricular del teléfono.
—Agente Baxter. ¿en qué puedo servirle?
—¡Ayuda, hay fuego por toda la casa! ¡Ella está haciendo algo terrible!
—¿Señor Mallory? No pierda tiempo, salga de la casa ahora mismo.
—No puedo… ella… ella ya me vio… ¡viene por mí!
Robertus formam mutat
Laete formam humilem assumit
Ad terram redit unde venit
Robertus formam mutat
—¡Ayúdeme, por favor!
—¡Señor Mallory, salga de la casa! ¡Ya!
—¡Eva, no! ¡Noooooo!
—Señor…
⁂
Los agentes lograron llegar a la casa, junto con varias patrullas, en los siguientes veinte minutos. Vecinos curiosos rodearon el inmueble, atraídos por el sonido de una explosión. Los cristales hechos polvo cubrían el piso de madera del pórtico. La puerta principal estaba abierta, sin señales de quemaduras o desperfectos. La sala también estaba intacta, limpia, y las plantas en sus macetas se veían más verdes.
—¿Podrías explicar este desastre? —La agente Baxter dio el primer paso al interior.
—Imposible… ¿percibes el olor a gas? —Káiser iba a su lado.
—Huele a hierbabuena y lavanda.
—Cierto, ¿qué hizo reventar los cristales entonces?
—Tampoco huele a humo y él dijo que había fuego.
Acompañados por un grupo de policías, los agentes recorrieron la casa y la escena se repitió: no había indicios de un incendió reciente. Buscaron rastros de Robert, Eva y el perro. En el closet no había ropa de mujer, tampoco perfumes o labiales en la cómoda, los únicos objetos presentes pertenecían a Robert. Y en la cocina tampoco encontraron platos, latas de alimento o costales de croquetas. La casa entera contaba la historia de un hombre que vivía solo.
En la mesa de centro, Baxter encontró una fotografía y la compartió con Káiser. Era la misma que Robert les mostró cuando los llamó; ahora aparecía él solo.
—Esto no es posible —Baxter reprimió un gemido.
—Bax, mira eso —Káiser señaló el centro de la mesa.
Dentro de una maceta amarilla, decorada con lunas y estrellas, se encontraba una calabaza de castilla con forma de pera. Las protuberancias propias de la especie, formaban la ilusión de un rostro triste en una de sus caras. A Káiser le llamó la atención la protuberancia larga en el centro de aquel rostro imaginario y cuando vio la corbata azul con estrellas doradas, alrededor de la maceta, comprendió.
—Demonios, Bax… Sí nos dijo la verdad.
Un lamentó se elevó por la habitación con la misma ligereza del humo. Primero débil, como si viniera de muy lejos, y luego más fuerte, doloroso, incluso los oficiales no fueron capaces de ignorarlo y buscaron entre los presentes una posible fuente. Káiser se inclinó sobre la mesa, dudo, mas pronto confirmo lo impensable: el lamento provenía de la calabaza.

