Nosotros en el fin del mundo, Parte II
La tragedia ha tocado la vida de Laila.

—Horticultor Akutagawa Takashi —respondió Dragón con su voz metálica.
Temblando, Laila abandonó su refugio detrás de la puerta y fue a sentarse en la orilla de la cama. Colocó las manos vendadas sobre el regazo, percibiendo el escozor ligeramente adormecido por los medicamentos.
—Dragón, lee el correo.
—«Estimada doctora Miller: Los ejotes que me ayudaste a salvar, han dado de comer a nuestra base y a algunos sectores de la población cercana. Es una gran dicha, sentí que debía compartirla contigo, por eso me animé a escribirte aun sin tener un asunto oficial al cual referirme. También quise hacerlo porque me enteré de que hoy es tu cumpleaños. Bueno, no es como si el sistema no expusiera la fecha de nacimiento de cada habitante de las Bases, pero el tuyo es importante para mí. Tu trabajo ha dado los mejores frutos para la salvación de la humanidad, no hay nadie igualando tus cifras y pensar que los alimentos cultivados por tus hábiles manos alimentan a mi familia, me llena de paz. En tus manos se alberga la vida, Laila. ¡Perdón! No debí ser tan confianzudo, ¿o puedo llamarte así? En fin, solo quería desearte un feliz cumpleaños. Espero tu familia también haya podido comunicarse contigo. Ten una linda noche y dulces sueños». Fin del correo.
Entre sollozos quedos, la joven enjugó las lagrimas en sus pálidas mejillas con las vendas de sus manos. Lo último que esperaba en aquel desdichado 15 de Abril, era que un extraño le diera importancia a su cumpleaños.
—Dragón, respondamos.
—Templete listo, proceda con el dictado.
—«Mi querido Takashi, ¿puedo decirte así? A mí no me molesta ser llamada por mi nombre, al contrario, a veces me gusta ser nada más Laila y no una doctora con cientos de responsabilidades. Te agradezco tanto por darle importancia a este día, los cumpleaños parecen haberse vuelto irrelevantes en cualquier rincón del mundo; es agradable sentirse apreciado. También te agradezco por reconocer mi trabajo, sin embargo, yo sola no podría hacerlo, mis compañeras Mary y Prudence trabajaron tan duro como yo para lograr esas cosechas. Es un motivo de alegría el saber que hemos beneficiado a tu familia, ojalá mi familia hubiera corrido con la misma suerte. Hace años, Control me informó que mi pueblo natal fue devorado por un socavón, ni mis padres ni mis hermanas sobrevivieron. Lo siento, seguro no quieres leer algo tan triste, por favor, olvídalo. Agradezco mucho tu correo y, si no te molesta y te es posible, me gustaría recibir más cartas de tu parte. Te deseo una bonita noche, descansa». Fin del correo y enviar.
—Enviando. ¿Laila está enamorada?
—No, Dragón, no puedo enamorarme de alguien a quien ni siquiera he visto.
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Carolina tenía costumbres sencillas. Desayunaba a las siete en punto, luego, dedicaba la mañana al recorrido y cuidado del invernadero y los dos jardines. Media tarde la ocupaba en redactar los informes correspondiente y el resto de las horas eran para ella misma, al menos hasta las nueve cuando echaba el último vistazo a los cultivos. Bajo su guía se logró la crianza de pasto, árboles frutales y arbustos ornamentales. La joya de su esfuerzo eran tres rosales, que parecían adaptarse de maravilla al clima controlado del invernadero. Laila y las otras chicas de la 12, se enamoraron al instante de sus hermosas flores.
—Son tan delicadas —suspiró Prudence—. ¿Cómo lograron mantenerlas vivas?
—Fue Mathew quien encontró la formula de riego correcta, yo solo he estado imitando sus pasos —explicó Carolina con cierto aire de indiferencia.
Prudence asintió con la cabeza, recordando el obituario en su memoria que colgaba en la puerta de la habitación 2. Pese a ya tener un par de meses viviendo en la Sección 14, todavía le causaba escalofríos ver ese y otros obituarios adheridos a las puertas. Estuvo segura, aun sin preguntar, que Carolina los había puesto ahí con la intención de no olvidarse de sus compañeros.
—¿Quién se ocupará de la cena este día? —Carolina esbozo una sonrisa amable.
—Yo —respondió Prudence—. Prepararé un sabroso estofado, justo como lo hacía mi abuela.
—Suena bien, solo recuerda hacer rendir los ingredientes —recomendó Carolina.
—Eso va a ser difícil —terció Mary—. Esta mujer no puede evitar emocionarse cuando se trata de cocinar.
—¡No seas mentirosa! —replicó la aludida.
—Chicas, dejen su pelea para después, acabo de recibir un aviso de tormenta con actividad eléctrica; debemos cerrar los paneles —advirtió Laila.
—Prudence, ve a la cocina y comienza con la cena, las demás nos haremos cargo de los paneles.
Laila y Mary persiguieron la delgada silueta de Carolina a través de los pasillos. Desde su llegada a la Sección 14, no habían tenido un momento de convivencia que no estuviera relaciona al trabajo, o los horarios establecidos dentro del itinerario. Y, por su parte, Carolina se esforzaba por ser amable, mas en ella no habitaba la intención de compartir sus pensamientos, mucho menos su cariño, con sus nuevas compañeras.
—Me pone nerviosa que sea tan callada —Mary murmuró al oído de Laila.
—No es una mala persona, pienso que su tristeza la hace actuar de esa manera.
—¿Piensas que está triste? Yo digo que es gruñona.
—Mira bien la expresión de sus ojos, Mary, eso dice mucho de las personas.
—¿Así lo hiciste con el horticultor?
—¡Qué! N-no sé de qué me hablas.
—¡Ay, no te apenes! En medio de este caos, me parece maravilloso que estén enamorados, aunque no se hayan visto jamás.
—Yo no sé si estamos…
—Laila, ¿por qué otra razón te mandaría correos a diario? Es obvio que quiere permanecer cerca de ti.
—Niñas, ¿podrían ayudarme? —Carolina rugió desde el fondo del segundo patio.
—Perdón, ya vamos —Laila tiró de la mano de Mary, y ambas corrieron a encontrarse con Carolina.
⸙
Apenas terminaron con la labor de colocar los paneles de protección sobre los invernaderos y los patios, fuertes ráfagas de viento azotaron los muros de la Sección 14, llevando consigo toneladas de tierra caliente y rocas afiladas. El cielo bramó, amenazando con derramar sobre ellas varios litros de lluvia ácida. Un clima como ese era algo común en esos tiempos, mas a Laila, sin importar cuántas veces lo presenciara, le causaba temor. Así que mientras Mary y Carolina aguardaban por la cena en la sala de recepción, entretenidas con la lectura de las mismas novelas, ella corrió a la biblioteca.
Aquella sala ya no tenía tantos libros como en décadas atrás. Conservaba pocas novelas, cuentos, el resto eran manuales y libros que abordaban temas sobre el quehacer diario, además de unas pocas guías médicas. Desde el techo unas pocas lámparas brindaban una luz escasa, lo que generaba sombras aterradoras por todos los rincones posibles. A Laila no le importaba, le encantaban las habitaciones con iluminación tenue desde que era una niña. Corrió a sentarse en el futón al fondo, justo en el centro de una sombra profunda, y pidió a Dragón que leyera el correo de la noche anterior.
«Querida Laila, ¿cómo te encuentras? Yo ya estoy un poco mejor, mas no me permiten levantarme de la cama todavía. No es la mejor época para estar enfermo, las tormentas son frecuentes y golpean con rabia las Secciones que siguen activas en la Base Sur. A veces, cuando los truenos hacen vibrar los cristales, imagino que se trata de la mano de Dios, resucitando las entrañas de la tierra. Sueño con el día en que andar bajo el sol no sea una amenaza, y el agua dulce no sea un lujo. Pero sobre todo, sueño con el día en que pueda pasear por un campo lleno de flores sosteniendo tu mano. Sé que es una locura, pero si esta fiebre no me mata, te juro que haré hasta lo imposible por que mis sueños se vuelvan realidad».
Sí, es una locura, Takashi, Laila musitó en su interior, sintiendo pesar al saber que seguía enfermo.
Adormilada, elevó una mano en el aire y con el índice trazó la forma que imaginó tendría la espalda de Takashi. Cerró los ojos por un breve instante visualizando las que podrían ser sus manos, callosas por tanto manipular la tierra, más al mismo tiempo gentiles. Ya sabía como eran sus ojos, mas ahora el debía estar por los cumplir treinta y dos años, era posible que el contorno ya estuviera marcado por finas líneas de expresión. Él era atractivo, no había modo de negarlo y sin duda muchas mujeres en su Sección debían sentirse atraídas por él. Incluso era posible que alguna de ellas ya lo hubiera invitado a su cuarto en el cobijo de la media noche. Tal vez ella y él… Laila sacudió la cabeza, no le gustaba pensar en eso.
—¡Por favor, ayuda!¡El panel se vino abajo! —gritó Carolina sobre el rugido de la tormenta.
Laila ordenó a Dragón quedarse en la biblioteca y salió siguiendo el eco de la llamada de auxilio. Por unos segundos perdió el rastro y tuvo que detenerse en medio del pasillo hasta que la voz se alzó de nuevo, proveniente del segundo patio; Laila echó a correr en esa dirección. Unos pasos antes de la puerta, encontró a Mary sentada en el suelo presionando una toalla contra su frente.
—El viento derribó el panel —explicó—. Me golpeó, no pude evitarlo.
—Tranquila, iré a ayudarlas.
Encontró a Carolina y a Prudence luchando por colocar el panel de regreso en su lugar, mas el viento volvía tirarlo junto con las dos mujeres.
—¡Vamos, todas juntas! —indicó Laila aferrando los dedos a la superficie blanca.
Más estable por los tres pares manos que lo sostenían, el panel fue entrando en su lugar. De vez en cuando el viento lo deformaba, mas ya no lograba sacarlo de su sitio. Una vez puesto, Carolina presionó cada esquina con fuerza para evitar que volviera a salirse. Aunque exhausta y empapada por la lluvia, prestó atención inmediata a los árboles jóvenes tenían sus troncos quebrados o yacían totalmente derribados. Maldijo entre dientes y corrió a la mesa de trabajo en busca de herramientas, debía ponerlos de pie antes que el daño fuera irreparable. En ese mismo instante, Prudende emitió un quejido e intentó sujetarse al hombro de Laila antes de desplomarse.
—¡Prudence! ¡Prudence! —Laila la sacudió por los hombros—. ¡Carolina, algo le pasa a Prudence!
—Llévala adentro, la atenderemos después —contestó con la caja de herramientas en las manos—. La prioridad son estos árboles.
—Pero…
—Doctora Miller, haz lo que te digo, ¿o ya olvidaste cuál es tu misión?
Laila se mordió el labio inferior. Dio un vistazo a Prudence cuyos labios se habían teñido de morado y luego devolvió la vista a Carolina, que enredaba con afán un poco de cinta al rededor del tronco partido de un manzano pequeño.
—Perdón, mayor, pero voy a cuidar de mi amiga primero.
—Haz lo que gustes
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El diagnostico de la IA Médica fue: infarto fulminante. Prudence Mccoy había sido advertida de que debía controlar su peso en varias ocasiones; nunca hizo mucho caso. Solía decir que lo más importante en la vida era la comida pues los sabores tocaban el alma, contaban historias y unían a las personas. En ese momento, frente al plato de estofado caliente, sus palabras ya no tenían sentido para Laila y Mary.
—La sepultaremos mañana en el Patio 1, su cuerpo alimentará la tierra —indicó la mayor Carolina Cavazos, mientras saboreaba su comida—. Esta noche pueden velarla, si quieren.
—Lo haremos —Laila respondió, sus puños apretados permanecían sobre su regazo—. Si no le molesta, Mary y yo queremos ir con ella.
—Primero coman, no se olviden de que deben permanecer fuertes por el bien de la misión.
Entre lágrimas, Mary fijo su mirada en Laila, esta le hizo una seña con la cabeza para que comiera, de todos modos, ya nada podía hacerse por Prudence y era mucho más arriesgado enfrentarse a la ira de la mayor.
Después de comer y concluidas las labores en la cocina, Laila y Mary colocaron a Prudence sobre una de las mesas en la biblioteca y cubrieron su cuerpo con una sábana. Mary encendió un trío de velas, que encontró en una de las habitaciones y juntas recitaron algunos rezos católicos. Ignoraban si era lo correcto pues Prudence jamás expresó ser devota de alguna religión.
—Envié el reporte de lo sucedido a Control —Laila informó sosteniendo la mano de Mary—. Mañana vendrá un superior a revisar el caso.
—Bien.
—No tengas miedo, Mary, estoy segura de que Carolina está asustada, por eso actúa tan extraño.
—Laila, usaré mi Carta de Deserción. Ya no puedo continuar.
—Entiendo, no te preocupes por mí.
Mary apoyó su cabeza sobre el hombro de Laila, los rizos cobrizos en su frente todavía estaban manchados de sangre. Laila sintió pena por su compañera, pues afuera de las Bases había pocos lugares a donde ir. Aun si lograba establecerse en alguno de los poblados, le costaría trabajo sobrevivir pues la comida era escasa y el agua se racionaba en medida rasa, un contenedor mediano por familia, uno pequeño por individuo.
Con todo y las dificultades, Laila sopesó la posibilidad de seguirla. Quizás morir allá afuera, entre personas comunes que todavía conservaban la sangre caliente en sus venas, era un mejor pronostico que morir entre las paredes de una Sección, en donde la obsesión había devorado todo rasgo de humanidad. Sin embargo, Takashi seguía vivo y abandonar la base significaba destruir la esperanza de estar con él en algún giro afortunado. No podía renunciar a tanto.
—Dragón, enviaré un correo a Takashi, quiero contarle lo que pasó.
—Abriendo templete…
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El convoy se presentó mucho más temprano de lo que Laila esperó. Abusaban del hecho de que nadie en las Secciones tenía objetos personales a los cuales aferrarse, con la excepción de IA. La de Mary, llamada Siren, se le habían entregado en el mismo momento en que ella presentó su renuncia. Le indicaron guardarla para la persona que conocería en la Base Central, a donde sería enviada para continuar con su labor. La Base de Plantación Artificial del Este, cesaría sus funciones ese día.
Carolina sería enviada a la Isla Hospicio, un lugar que Control había creado para confinar a sus oficiales lesionados de gravedad, o diagnosticados con enfermedades terminales. La mujer debía estar atravesando por un episodio de depresión, era lo más probable. En un tiempo, con la terapia adecuada, podría volver a trabajar, pero Control no tenía tiempo para esas cosas. La pondría en la isla para evitar que les estorbara, y sin la atención pertinente, su estado empeoraría hasta sacarla por completo de la realidad. Laila lo lamentó.
—Doctora Miller, aborde el vehículo por favor —le pidió un oficial.
—Un momento, por favor, estoy esperando… —Laila le rogó.
El día en que murió Prudence, Laila había enviado un correo a Takashi; nunca recibió respuesta. Siguió insistiendo en los días subsecuentes, con el mismo resultado. Lo último que supo de él, era que estaba en cama con fiebre muy alta, no podía olvidarlo y su corazón se encogía ante la fatal posibilidad de… ¡No, no puede ser!,gritaba en su mente. Takashi le prometió un paseo por el campo, él no podía irse sin cumplir su palabra. Debía esperar un poco más y su correo llegaría, estaba segura, pero si salían de la Sección la señal se volvería defectuosa e inestable. Dragón no podría actualizar la bandeja de entrada y ella no se enteraría de la existencia del correo hasta dentro de tres días, cuando estuviera en Central. ¡Imposible esperar tanto!
—Doctora Miller, el clima es impredecible —insistió el oficial—. Por favor, póngase el casco y suba al vehículo.
—Está bien.
Laila se restregó las manos como un intento de estirar el tiempo, mas la mirada severa del oficial la hizo ponerse el casco. Trepo a la parte trasera de un camión, viajaría al lado de las canastillas que contenían los preciosos brotes. En los otros camiones se transportarían los árboles, arbustos y los rosales, de estos últimos dudaba que lograran soportar el viaje.
—Será un viaje largo, avíseme si necesita algo, queremos que esté lo más cómoda posible —el oficial dulcifico su tono.
—Se lo agradezco —la voz de Laila apenas se escuchó.
—Una vez que estemos en Central, se reunirá con su nuevo equipo, se enfocarán en los últimos avances. Con el cierre de las Bases del Sur y del Este, hemos liberado recursos, tendrán muchos más materiales a su disposición.
—¿Cerraron la Base del Sur? ¿Por qué motivo?
El hombre no pudo ignorar el tono de urgencia en la voz de Laila y respondió con tranquilidad.
—Hubo una epidemia. La enfermedad se llevó al 80% de los empleados, sucedió muy rápido. Control decidió que no tenía caso mantenerla activa.
—Entiendo. Por casualidad, usted tiene la lista de los fallecidos.
—Negativo. Podrá consultarla en el sistema cuando lleguemos a Central.
—Le agradezco.
—¿Tenía conocidos en la Base del Sur? —el oficial estaba intrigado.
—Sí, un horticultor.
—Lo lamento, he oído que el único sobreviviente varón es un informático.
La doctora Miller se encogió, apretando contra su pecho al pequeño Dragón. Quería volverse pequeña, del mismo tamaño de un guijarro para que el viento la transportara lejos, quizás a otra realidad, quizás a donde estaba Takashi. Qué haría sin esa presencia gentil que le ayudaba a soportar los días hostigosos, lentos. ¿Tendría algún caso seguir luchando por salvar un mundo en él que ya no estaba?
Finalmente, sé dijo, este mundo caótico me lo ha quitado todo.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
