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Martha y Oscar tenían 5 años siendo roomies. Se conocieron cuando ambos iniciaron la universidad y al instante se volvieron inseparables. Les gustaban casi las mismas cosas, desde la pizza con piña y la música de Ben Platt, hasta las cosas alocadas como disfrazarse de langosta para un concierto de rock. Su fecha favorita, incluso por arriba de sus cumpleaños, era el Halloween.

Apenas se vislumbraba el final del verano corrían a las tiendas en busca de los primeros adornos. Aunque fuera una vela torcida sin mucho chiste, ellos la compraban junto con bolsas de caramelos que iba almacenando con semanas de anticipación. Su único deseo era el de satisfacer a la horda de niños disfrazados que visitarían su hogar, además de atender sus antojos. Su Halloween debía ser grandioso cada año, nadie en el vecindario daba fiestas tan estupendas como las de ellos

Quiero hacer un disfraz de pareja este año —Oscar comentó, echado en el sillón y con la boca llena de dulces de maíz.

Pues pídeselo a Rita —gruñó Martha, colocando una guirnalda de flores moradas sobre la chimenea solo para ver cómo lucía.

Rita y yo terminamos —Oscar aclaró.

Lo siento —Martha dijo con falsa condescendencia; nunca le agradó Rita.

¡Disfracémonos tu y yo! —Oscar se incorporó de un salto.

¿Solo por qué también estoy soltera? ¿No te parece un poco patético?

Es porque somos amigos, no porque estés soltera, además tú y Patrick terminaron hace meses.

Bueno, ¿y qué tienes en mente?

¡Elvis y Priscila Presley después de la tumba!

Mmmmh, lo voy a pensar.

Oscar saltó la mesa de centro que lo separaba de su amiga y colgado a su manga le rogó por el pliego de peticiones que tenía escrito en la mente. Entre sus solicitudes hubo dos que despertaron la incomodidad de Martha. La primera: no invitar a Rita a la fiesta, ni tampoco a lo amigos de la susodicha. Le chocó porque ella estaba saliendo con Jerry, el primo de Rita, y pensó que podrían llegar a ser más novios. Obviamente el no invitarlo a la fiesta lastimaría ese creciente brote de interés. Aun así, aceptó en pos la salud mental de su amigo.

La segunda solicitud era mucho más molesta que la primera: Oscar deseaba ir a comprar un par de calabazas de gran tamaño a Villa Calabazas, un huerto a cuatro horas de la ciudad. Ella no lo admitiría en voz alta, pero le gustaba ese lugar, era bonito y los dueños solían ambientar de acuerdo a la época, construían laberintos de paja para entretener a los visitantes, convertían algunas calabazas en lámparas tradicionales y organizaban estupendos concursos de disfraces. Y sus calabazas eran hermosas, ni siquiera el supermercado con sus importaciones podía superarlas en precio y belleza. Lo único que le disgustaba, era lo mucho que debía conducir.

¡Podemos comprar calabazas en cualquier lado! —chilló la muchacha.

¡Pero esas son especiales! —replicó Oscar—. Piénsalo, las pondremos a cada lado de las escaleras con líneas de focos verdes y morados, ¡se verán espeluznantes!

Por dos tristes calabazas no haré un viaje tan largo.

¡Por favor! Ya sabes que soy pésimo conduciendo en carretera.

¿Qué ganaré yo?

Haré lo que me pidas durante todo el año próximo, lo prometo.

Martha sonrío ante aquella inalcanzable promesa, porque si bien Oscar era un gran amigo, lo suyo no era hacer favores. Así se le hubiera avisado con meses de anticipación, siempre lo olvidaba y empalmaba compromisos. Tomando eso en cuenta, Martha creyó que si él estaba dispuesto a hacer promesas de tal magnitud era porque debía estar realmente interesado en obtener esas calabazas.

Está bien, iremos, pero tú comprarás las golosinas para el viaje —sentenció.

Oscar dio un grito de jubiló y juró que compraría las mejores botanas de la ciudad. También juró ser el amigo más servicial durante el próximo año; Martha rio por dentro.

El sábado los amigos madrugaron y al ritmo de The Offspring salieron rumbo a Villa Calabazas. Cantaron en los tramos sin parada y en los que se detuvieron, Oscar se aseguró de comprar buena comida como había prometido. En esas ocasiones, en que los ratos a su lado se volvían mágicos, Martha se imaginaba lo qué pasaría si se volvieran más que amigos. Segura de que cualquier intento de relación entre ellos terminaría en desastre, no tardaba en sacudir la cabeza y se conminarse a vivir en la realidad.

Cerca del medio día, por fin alcanzaron las rejas de hierro oscuro que resguardaban los campos. Al bajar del auto a Martha la asaltó una inquietud, como si el lugar fuera diferente el alguna forma. Dio un vistazo en redondo en busca de otra persona o alguna cosa que hubiese cambiado; Villa Calabazas continuaba siendo tan lindo como cada año. La única diferencia, y quizás era esto lo que la inquietaba, era el silencio abrumador que reinaba en aquel espacio. Estaba segura de que si alguien dejaba caer un clavo sobre el pasto, cualquiera sería capaz de escucharlo.

¡Hola, sean bienvenidos! —saludó una mujer entrada en años, que vestía un peto de mezclilla con una blusa a cuadros—. Lamento el silencio, tuvimos un problema: nos cortaron la energía eléctrica y no tenemos música.

¡Es terrible! —Martha procuró ser empática y no reclamar.

No te preocupes, linda, mi esposo fue hoy a la ciudad y seguramente lo arreglará todo. ¿Vienen a visitar los huertos?

Martha trató de explicar que venían a comprar dos calabazas y ya; Oscar se adelantó y aseguró que estarían felices de dar el recorrido de costumbre y participar en cuanta actividad hubiera disponible.

¡Maravilloso! —celebró la mujer—. Por el momento solo puedo ofrecerles visitar los campos, pero en un par de horas ya estarán listos los laberintos de paja.

¡Súper! —Exclamó Oscar.

Martha ni siquiera parpadeó.

La mujer, llamada Alicia, los condujo a los limites de la propiedad donde iniciaban los campos de calabazas. A esa distancia se podían apreciar lo bultos anaranjados bañados por el sol, ¡era una vista espectacular! Sin embargo, Martha no podía hacer un lado la mortificante ansiedad que le causaba el que no se oyera ningún ruido ni siquiera el de los insectos. Su respiración agitada de Martha era el único sonido que la acompañaba; no le gustaba.

Si ven una calabaza que quieran comprar, póngale una banderita y yo iré a cortarla con mucho gusto —indicó la anfitriona, poniendo un puño de banderas adhesivas de color azul en las manos de Oscar.

Se lo agradezco —este asintió con la cabeza—. Esto será muy divertido.

Martha apretó los dientes.

Cuando la mujer se alejó lo suficiente, Martha se colgó del brazo de Oscar y rogó por que salieran de ahí cuanto antes.

¿Qué te pasa? No me va s a decir que te asustan las calabazas.

No es eso, ¡escucha!

Oscar metió los índices en sus orejas, los giró unas tres veces y luego colocó las manos tras las orejas para amplificar los sonidos, incluso cerró los ojos para concentrarse mejor.

Nada, Marthita, no escucho nada, ¿tú sí?

Ese es el punto, tanto silencio no es normal. Es como si estuviéramos adentro de una tumba.

¡Estamos en el campo! La quietud es lo normal.

Por favor créeme, algo no está bien.

Oscar torció la boca. Podía no estar de acuerdo con la impresión de su amiga, pero sus ojos desorbitados lo ponían en alerta. Quizás estaba cansada por el viaje o simplemente le disgustaba estar ahí, después de todo, desde el principio ella no quería hacer ese viaje. Oscar sopeso la idea de regresar a casa, aunque también le pareció un desperdicio haber llegado hasta ahí para no cumplir su cometido. ¿Qué hacer? Tras meditarlo durante unos minutos, encontró una solución.

Mira, te daré la mitad de las banderas —dijo tomando la mano de Martha—, tú buscarás una calabaza y yo la otra, nos veremos aquí mismo en quince minutos, pagaremos y nos iremos, ¿te parece bien?

Sí, estoy de acuerdo. Gracias.

Ve tranquila, no dejes que tu imaginación te engañe.

Con una palmada en la espalda, Oscar se despidió de Martha y se echó a andar por la izquierda. Apretando las banderas contra su pecho, Martha fue por la derecha. Se sintió como tonta, ni siquiera sabía por qué le asustaba tanto ese silencio y por lo mismo era absurdo que temblara como si tuviera frío. «Está bien, solo son calabazas en el campo durante un bonito día soleado», se dijo mentalmente una y otra vez hasta que las palabras perdieron sentido.

Luego de andar en zigzag, se dio cuenta de que no sería capaz de superar su miedo y se negó a caminar entre las filas de calabazas. Se mantuvo andando por el camino de tierra suelta que separaba una parcela de otra, lo que dificultaba su visión de las piezas y si no podía verlas bien, ¿cómo iba a seleccionar una? Optó por buscar las calabazas que se vieran enormes, aun si no correspondían a la visión creativa de su amigo, de algo iban a servir. Lo único que le importaba era abandonar el campo a la voz de ya.

Divisó una calabaza cuya cáscara se veía particularmente brillante. Era como si la hubieran pulido con esmero, hasta retirar todo rastro de tierra en ella. Tal vez no fuera tan grande como para verse impresionante en el pedestal de las escaleras, pero si era bonita. Ya podía imaginarla con las luces decorativas y convencida de que era perfecta, Martha le pegó una banderita.

Siguió su camino tratando de localizar otras opciones, porque se le ocurrió que comprar más de dos calabazas compensaría a Oscar por tener que irse antes de lo deseado. Procuró concentrarse en esa tarde. Ignorar el silencio y el sol que le quemaba los brazos, mas pronto se detuvo sintiéndose desorientada. Minutos antes, cuando se detuvo a sopesar sus opciones, había sido capaz de ver la casa y la granja en lo alto de la colina; ahora solo podía ver los redondos cuerpos naranjas por toda la extensión del campo. Se preguntó si el espacio superaría el tamaño un estadio de futbol, o si quizás el terreno era tan bajo que le impedía ubicar la construcción. Más nerviosa que antes, volvió sobre sus pasos en busca del cucurbitáceo marcado solo para tener una referencia. Caminó mucho , pero no pudo encontrarlo.

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