‘El Diablo Viste a la Moda 2’: mucho glamour, mucha nostalgia… y una historia que no termina de decidirse
'El Diablo Viste a la Moda 2' está de regreso.
¡Strike a pose, querido lector! ‘El Diablo Viste a la Moda’ está de regreso con una secuela que aumentó la expectativas desde su anuncio. Pero antes de cantar victoria, es necesario desmenuzar poco a poco la historia presentada y dejar el hype de lado; porque sí, aquí venimos a ser objetivos.
Seguro eres de los que espera con ansias el regreso de Andy Sachs, Emily, Nigel y la indiscutible Miranda Priestley. Toma asiento, porque esta reseña analizará punto por punto lo mejor y peor de ‘El Diablo Viste a la Moda 2’.
¿Cómo saber cuándo parar? ‘El Diablo Viste a la Moda 2’ pone al periodismo en modo supervivencia
Nada me parece más correcto para iniciar esta reseña/crítica que el descarado mensaje sobre el avance tecnológico y sus efectos en el periodismo. Si bien, ‘El Diablo Viste a la Moda’ es alta costura, pasarelas y brillos, no debemos olvidar que todo gira entorno a Runway, sí, una revista.
Esta secuela muestra sin filtro la realidad de los periodistas hoy en día: despidos, reemplazos por IA, reducción de presupuestos, cancelación en redes e injusticias. Desde ahí, se intuye que el panorama para la nueva Andy periodista «seria» va por un camino sin retorno. ¡Ding, ding, ding, en el clavo!
Luego de demostrar que en la redacción sólo eres un número, ‘El Diablo Viste a la Moda 2’ contempla la frustración, la lucha, pero también la pasión de contar historias.
Aquí Andy tenía TODO para evolucionar en serio: una periodista enfrentándose a un mundo que básicamente le dice “eres reemplazable”. El problema es que la cinta lo plantea… y luego nos regresa al «cuento de hadas».
Entonces surge la incógnita ¿vale la pena reinventarse o es mejor saber decir adiós? Y así damos entrada a la reina malvada mejor vestida.

«Los villanos siempre son más interesantes», Miranda Priestley ¿redención, madurez o ‘el poder de la amistad’?
Hablemos de lo importante: Miranda Priestley. Interpretada por Meryl Streep (sí, reina absoluta), sigue siendo el personaje más interesante, pero también el más extraño en esta secuela.
Conocida por su carácter autoritario, y grosero, muy grosero. Miranda es esa chispa que nos recuerda que los jefes pueden no ser siempre lo que aparentan. En esta secuela existe un punto claro: los tiempos cambian.
La era digital arrasa, el medio periodístico colapsa y la industria de la moda se transforma, incluso para un ícono como Miranda Priestley. Por eso, en esta entrega, la esencia de la autoritaria se modifica conforme avanza la trama, conocemos a una Miranda sumisa, con sonrisa forzada y aceptaciones a regañadientes. ¿Funciona? Sí, tal vez.

Aunque a punto crítico, presentar a Miranda en primera instancia como una líder despiadada nunca fue el punto. Una de las evidencias más claras es la ligera sonrisa que se escapa en su rostro luego de que Andrea la saluda en la calle al final de la primera cinta. ¿O qué tal el colapso por su divorcio?
Para fortuna -o no-, esta secuela nos demuestra otra cara de Miranda, que incluso, le otorga su momento de gloria a Nigel. Aunque no pude evitar soltar un «Aww» y una lagrimita; sin duda, me parece inaceptable que la traición de Priestley hacia su elemento más fiel en la primera entrega quedara en una trama desechable, había mucha carne jugosa ahí.
Por eso, el arco de personaje de una gran actriz como Meryl Streep que marcó generaciones con su interpretación, parece quedarse en espera de que el reflector le apunte.
La nostalgia como recurso infalible (y peligroso)
Es una realidad que ‘El Diablo Viste a la Moda’ presume de infinidad de escenas, secuencias y diálogos que marcaron generaciones. Por desgracia, este es un punto que juega en su contra al desarrollar una secuela, ya que sólo existen dos opciones: creas un producto que mejore o iguale, o bien, abusas de la nostalgia de tus fans.
En lugar de construir algo que diga “esto es el siguiente nivel”, la película juega a lo seguro. Y sí, hay momentos que te sacan la sonrisa, pero también otros donde piensas: ok, ya entendí, esto ya lo vi.
Con referencias que en puntos se sienten forzadas, ‘El Diablo Viste a la Moda 2’ pierde la oportunidad de convertirse en un hito del cine contemporáneo y marcar tendencia como su antecesora. Eso sí, quédate con «Que los puentes que quemo iluminen mi camino» de nuestra querida Emily.

Moda, cameos y momentos “sí, esto es lo que vine a ver”
Ahora, tampoco se trata de decir que todo falla. Porque no, ‘El Diablo Viste a la Moda 2’ es una sólida ida al cine en cuanto tengas oportunidad. Si algo hace bien es recordarte por qué este universo sigue siendo tan adictivo.
El vestuario está on point —como era de esperarse—, hay secuencias que son puro espectáculo visual y sí, el cameo de Lady Gaga entra perfecto en este mundo de excesos y poder.
Además, la película sigue teniendo ese encanto aspiracional: quieres estar ahí, quieres ese trabajo, quieres ese caos. En ese sentido, cumple, y bastante bien.
¿Vale la pena? Sí, pero no por las razones que crees
No, ‘El Diablo Viste a la Moda 2′ no es una mala película; tiene estilo, tiene presencia y tiene momentos que sí logran recordarte por qué este universo se volvió un referente desde la primera entrega. Pero también es una secuela que juega demasiado a lo seguro.
Porque mientras el mundo cambia —el periodismo se tambalea, la moda se reinventa, las reglas del poder se reescriben—, la historia parece tener miedo de incomodar de verdad. Plantea conflictos interesantes, pero no los lleva hasta sus últimas consecuencias. Te enseña el golpe, pero nunca lo suelta.
Y ahí está el detalle: no es que falle en lo que hace, es que se queda corta en lo que pudo hacer.
Hay destellos de una película mucho más arriesgada, mucho más incómoda y mucho más memorable. Una donde Andy realmente tuviera que decidir quién quiere ser en un mundo que ya no la necesita. Una donde Miranda enfrentara su caída —o su transformación— sin filtros. Una donde la nostalgia no fuera refugio, sino contraste.
Pero en lugar de eso, la cinta prefiere mantenerse en terreno conocido. Funciona, sí. Entretiene, también. Pero no trasciende.
Y tratándose de una historia que definió toda una conversación sobre ambición, poder y sacrificio, quedarse en lo “seguro” sabe a poco.
Al final, no sales molesto. Sales con algo más incómodo: la sensación de que viste algo que te gustó… pero que no te va a perseguir. Y quizá ese es el verdadero problema: en un mundo que exige evolucionar, esta secuela decide solo mantenerse vigente.
Sólidas tres estrellas.

Egresada de comunicación, especializada en cine, guía de CDMX, eventos culturales, música y moda. Me has leído en Chilango y Reporte Indigo. ¡Arriba el cine con perspectiva de género!
