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Reseña | Megalópolis

Mucho se ha hablado sobre el largo camino que recorrió Coppola hasta lograr estrenar Megalópolis en el Festival de Cine de Cannes este año: que este proyecto estaba en desarrollo desde la finalización de Apocalipsis Ahora (1979), cuando la producción se estaba concretando y fue suspendida por los atentados del 11 de septiembre en 2001, cuando volvió a sufrir retrasos en 2020 por la pandemia, y cómo al final fue el propio director quien tuvo que financiarla al vender una parte de su fortuna. Después de décadas de desarrollo, y de ver el resultado final que termina siendo “Megalópolis”, es inevitable sentirse defraudado, no sólo por todo el ruido al redor de ella, sino por presenciar a uno de los cineastas míticos de la historia del cine entregar una película tan fallida y francamente poco estimulante.

Pero primero, ¿Qué propone el más reciente proyecto de Francis Ford Coppola? Ambientado en la ciudad de Nueva Roma, una versión alternativa y futurista de Nueva York donde los habitantes viven en edificios y visten con el estilo de la Antigua Roma, hay un arquitecto optimista, Cesar Catilina (Adam Driver), quien quiere construir una mejor versión de la ciudad usando un material que éste ha creado, el Megalon, un material de cualidades místicas, que entre otras cosas le da la capacidad de detener el tiempo a su voluntad. Su opositor para crear esta versión mejorada de la ciudad es el alcalde Franklyn Cícero (Giancarlo Esposito), quien prefiere apoyar la construcción de un casino. En medio de esta riña se encuentra la hija del alcalde, Julia Cícero (Nathalie Emmanuel), una joven burguesa que cambia el sentido de su vida al conocer a Catilina y enamorarse de él.

En medio de lo que podía ser una trama aún contenida, hay personajes secundarios pobremente desarrollados y que simplemente vuelven aún más embrollado este asunto: Wow Platinum (Aubrey Plaza), una reportera de noticias también enamorada de Catilina; Clodio Pulcher (Shia LaBeouf), primo de Catilina, una causa perdida y oportunista con aspiraciones políticas; Hamilton Crassus III (Jon Voight) banquero y magnate, tío de Catilina y padre de Clodio, quien quiere encaminar a su desordenado hijo. Sumado con personajes incidentales interpretados por renombrados actores que es difícil saber si participaron por confianza ciegas a la película, o por querer hacer un favor al director, como Jason Schwartzman, Talia Shire, Dustin Hoffman, y Laurence Fishburne, quien también la hace de narrador.

 

Decir que esta película es desconcertante es decir poco. No solamente porque esto lo hizo el director de El Padrino (1972) y La Conversación (1974), sino porque después de verla es inevitable rascarse la cabeza y preguntarse si esto era un proyecto ambicioso de Coppola que buscaba traer de vuelta un clasicismo cinematográfico puro, y con ello la inocencia de un cine desaparecido, el de películas como Metrópolis de Fritz Lang; o si mas bien esto es un péplum intencionalmente bizarro que bajo ninguna circunstancia debe de tomarse en serio. En algún punto de la película hay un personaje convaleciente en cama que dice: “¿Qué opinas de está erección que traigo?”. Ese es posiblemente el mejor diálogo de toda la película, ya que sacó una risa genuina de quien escribe esto, a la vez que confirmaría la segunda suposición aquí planteada.

Lo cierto es que, incluso si Megalópolis está hecha para no tomarse en serio, hay dos cosas que no concuerdan: 1) El aire grandilocuente le termina sobrando y jugando en contra. Ésta es una película que cada tanto te saca diálogos y reflexiones de grandes pensadores, aparte de querer contraponer dos contextos distintos, como lo sería la antigua Roma y el Estados Unidos contemporáneo, para tratar de hacer una fábula del mal de las civilizaciones, y cómo éstas llegan a su fin a través de su avaricia. 2) Ésta es una película terriblemente enredada. El número de personajes genera líneas argumentales que nunca terminan de homologarse de una manera convincente, y no solo vuelven caótica y confusa a la película, si no que en realidad, en ningún momento de la historia ésta se siente consecuente o impactante. A lo sumo uno puede reírse por el tono y los diálogos absurdos.

Cuando uno llega al “clímax (que de climático tiene nada)” y al desenlace de Megalópolis, queda al descubierto que ésta es en realidad una historia idealista que quiere inspirar a su público para imaginar y trabajar por un futuro mejor. Es aquí cuando la película más se descalabra y se siente estéril, y eso es desalentador viniendo del cineasta que nos ha entregado grandes retratos sobre la ambición y oscuridad humana. Aquí hay una clara escala de valores que portan cada uno de los personajes, manejada de una manera tan sosa que cae en lo cursi. Siendo decepcionante maniquea, en esta historia solo hay dos bandos: los personajes que actúan por ambición e interés personal, y los desinteresados y puros que quieren apelar a su idea del bien común (una idea bastante banal, ya que la idea de crear un concepto como Megalópolis, tiene que ver con la idea de la utopía, y decir que ese es el mejor panorama para el futuro, es ingenuo por decir menos).

 

Se puede vislumbrar que esta es una historia que surgió por parte de Coppola a raíz de su resentimiento hacia la industria cinematográfica estadounidense. El protagonista de esta historia, Cesar Catilina, viene a representar al artista idealista quien no le es permitido desarrollar su máximo potencial, y el alcalde Cícero vendría a representar a las corporaciones, o productoras cinematográficas, que constriñen a los artistas y no confían en su visión. Si bien yo quisiera estar del lado de Coppola en esta supuesta fábula, lo cierto es que nunca termina de desarrollar sus puntos de manera convincente. Incluso en varias partes de la trama hay hoyos argumentales donde el paso de una escena a otra es misterioso, por decir poco, y el conflicto de los personajes nunca escala de alguna manera significativa para que el espectador sienta cercanía con Catilina y lo que él representa. A lo sumo es claro quiénes son los personajes a los que Coppola quiere castigar, y esto da pie a escenas de ridiculización para castigarlos, y esto es el mayor logro de la película.

Todo esto nunca termina de funcionar, y menos con personajes que son inconexos y nada interesantes. El mayor ejemplo de esto es el protagonista, Cesar Catilina, quien al menos para quien escribe esto, debe estar en una lista de los personajes más desabridos en la historia del cine. Nunca sabemos nada de él, ni tiene algún tipo de profundidad psicológica. Coppola trata de cumplir eso al darle un pasado doloroso por perder a su esposa, sin embargo, como casi todo en la película, no funciona del todo en la ejecución. Y la falta de interés por el protagonista, hace que tampoco funcione la relación con Julia Cícero, que tendría a ser el núcleo emocional de esta historia, sin embargo todas las escenas de estos dos personajes brillan por lo planas que son.

La falta de claridad y estructura de la trama salen a relucir por los largos tramos donde desaparece algún personaje, denotando que en realidad nadie en esta historia está teniendo ninguna participación sustanciosa. Esto se resiente al haber un impacto nulo en los acontecimientos del guion. Hay pocos momentos donde un personaje contribuye al conflicto contra otro personaje, y cuando llega a ocurrir son escenas que tienen poca consecuencia en los sucesos, prácticamente resolviéndose la situación una escena después.

 

Si algo pudiera funcionar en esta película, rápidamente se estropea, ya sea por lo extrañamente que está estructurada, o por la falta de cohesión que hay en el todo. Toda la película y su carta de intención se sienten poco imaginativa y precipitada. Uno quisiera enamorarse de toda la construcción del universo, de algunas técnicas plásticas que emplea Coppola que recuerdan a su Drácula de Bram Stoker, o del retrato metafórico de la sociedad que está queriendo hacer el director, pero al final, hasta una película de Disney como Tomorrowland (2015) es más convincente en su idea de imaginar un futuro mejor y contagiar su idealismo.

Tristemente estamos ante una película que no es la gran fábula que quisiera ser, ni tampoco ante una extrañeza grandilocuente, Richard Kelly le quito ese título a Francis Ford Coppola en el 2006 al haber hecho la bizarra (pero mucho más excéntrica y disfrutable) Southland Tales. Vaticino que Megalópolis quedara en el grupo de películas más recientes que ha hecho el director que han quedado olvidadas. Sólo puedo decir que me da gusto por Coppola, que después de tantos años haya logrado acabar este proyecto. El cineasta que llegó a darnos algunas de las aportaciones más importantes a la historia del cine merecía cumplir su anhelado capricho.

 

Título Original: Megalopolis
Dirección y guion: Francis Ford Coppola
Elenco: Adam Driver, Nathalie Emmanuel, Giancarlo Esposito, Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Laurence Fishburne, Kathryn Hunter y Jon Voight

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