gencraft_image_1730168835321

Mercy Hill nunca encabezaría la lista de los mejores lugares para visitar en el país. Tampoco sería etiquetada en redes sociales por lo famoso que eran sus tres bares, y ni hablar de promocionarlo como destino académico, ¿qué más podría ofrecer que no fuera el arte del futbol americano, la música en la banda escolar, el aburrido ballet en la única academia existente, o el tallado de calabazas en cada otoño? Pues nada, por eso nadie lo visitaba. El poblado estaba sepultado en las nieblas del tiempo y jamás dejaría de estarlo, Peter Jones lo supo cuando tenía cinco años y lo reafirmó a sus diecinueve.

Quiso salir del pueblo en cualquier forma posible, por eso él y Dayane, su mejor amiga, ingresaron solicitudes en la universidad de artes de la ciudad de Portlight; sólo ella logró entrar. Peter no fue rechazado, sino que sus padres, a diferencia de los de Dayane, tenían muy clara la vida que deseaban para él. «Peter, ¿qué haremos si te marchas? Eres de gran ayuda cuando se trata de arar el campo», decía su madre, Linda, con un extraño puchero en el rostro. «El arte es para jóvenes privilegiados que ya son hijos de artistas; tú futuro está aquí, justo en esta granja», sentenciaba su padre, Charly, cada vez que el tema se presentaba. Peter temblaba de pies a cabeza al escuchar sus palabras, pues estaba seguro de que él no podía ser el mejor trabajador del campo existente, y de que había mucho más en el mundo que la Granja Jones. Al final, ninguno de sus argumentos le valió para obtener su apoyo y terminó rechazando también la universidad local, para quedarse justo donde ellos lo querían.

—Si pudiera cortarme el cuello, lo haría —juró al teléfono.

—¿Y por qué no lo haces? ¿Ya no hay cuchillos en tu casa? —bromeó Dayane.

—¡Muy graciosa! Tú lo tomas a broma porque ya estás libre de esta tumba.

—Peter, vivir allá no es tan malo y ya viene la mejor época. No hay otro Halloween como el Mercy Hill.

—¿Bromeas? Es lo mismo de siempre: adornos bobos por todos lados, disfraces cursis y esa pésima costumbre de las fiestas bajo techo.

—¿Te molesta no festejar bajo la luna como un hombre lobo?

—Me molesta no hacer algo diferente.

—Te ayudaré con eso mañana que regrese, hasta entonces, controla tu mal humor.

—De acuerdo.

—Te llamaré cuando esté en la estación, ¡no olvides guardar la ropa!

Peter quiso reprenderla por hacer esa vieja broma, mas ella colgó antes de que siquiera pudiera tomar aire para hablar.

Dayane gozaba molestándolo con todo tipo de bromas desde niños. La recordaba corriendo delante suyo, con aquella melena de rizos cobrizos desperdigada al viento mientras se burlaba sin piedad de lo asustadizo que era. Así era Dayane, una pequeña flama que aprendió a querer durante la inocencia de su infancia, y ya mayor, deseaba atesorarla entre sus manos para siempre.

Torció la boca notando la luz roja del semáforo frente a él, le desagradaba tanto detenerse cada dos metros y le disgustaba todavía más pensar en Dayane con esa vehemecia, que lo impulsaba a darle todo cuando en realidad no tenía nada más que una granja, que se repartiría en tres al morir su padre. Definitivamente, no podría mantener a una mujer así de fantástica con media vaca y tres costales de trigo, se dijo al entrar a la panadería de señorita Rose.

—¡Ah hola, Peter! —saludó la mujer con una mano en alto, como siempre, tenía la punta de la nariz cubierta de harina.

—Hola, señorita Rose, vine por el pedido de mi mamá —Peter anunció sin ganas.

—Ya te lo doy. Linda fue muy amable en ayudar a organizar la fiesta este año.

—Sí, muy amable —repitió como un autómata.

—Aquí están: 50 galletas en forma de calabacita, 50 cráneos y 50 sombreros de bruja.

—Gracias.

Peter se apoderó de la caja en cuanto Rose la cerró, y con una parca despedida de cabeza, enfiló hacia la puerta.

—Ve pronto a casa, Peter, en esta época oscurece muy temprano; apenas son las seis y ¡allá afuera ya es la boca del monstruo! —rio la mujer.

—Sí, por eso ya me voy. Hasta luego.

—Adiós, no olvides guardar tu ropa.

Peter frunció el ceño, de nuevo la misma gastada y estúpida broma.

Camino a casa, renegó de la mala costumbre de su madre por enviarle a hacer recados a deshoras. En verano no le importaba tanto, el sol estaba presente hasta después de las siete de la noche, pero en otoño… Bien lo dijo la señorita Rose: «¡allá afuera ya es la boca del monstruo!». A Peter le daba miedo cruzar el puente Parrys. No le temía a la crecida del río por la temporada de lluvias, o al rugido feroz que emitía bajo sus pies, no, su miedo era mucho más irracional, más infantil y siempre venía acompañado por la sensación de que alguien lo venía siguiendo.

A mitad del camino, perdió los estribos y salió disparado a la orilla en una loca carrera, que zarandeo sin misericordia la caja de galletas; muchas de ella llegarían rotas, pero eso no le importaba. Atravesó la reja, abierta por descuido de algún empleado, bajando su ritmo al verse cubierto por las luces naranjas del alumbrado de los corrales. Cliff y Josh, los perros de la familia, corrieron a su encuentro entre felices ladrido y movimientos de cola. Peter los maldijo por no haber ido a buscarlo al puente.

Al pasar por el costado de la casa, se detuvo a contemplar la escena tan familiar que se desarrollaba en el comedor. Su madre, con los tazones de complementos en las manos, hacía lo imposible por llegar a la mesa sin tirar nada, mientras su hermano de doce años, David, saltaba a su lado exigiendo la pieza más grande del pollo. Sandy, su hermana quinceañera, le recordaba a su mamá sobre su nueva dieta vegetariana, para que no cometiera la insensatez de servirle carne. Su padre, cansado por la larga faena del día, observaba la discusión con gesto soñador desde su puesto a la cabeza de la mesa, como si fuera lo más fascinante en el mundo; Peter arrugó la nariz, asqueado.

—¡Ay, hijo, ya llegaste! —Celebró Linda al oír la puerta.

—Llegué de milagro —gruñó en respuesta—. Ya no deberías enviarme a hacer recados tan tarde, ese puente es un peligro.

—¿Peligro? Nadie ha reportado que tenga una falla —el padre intervino muy interesado.

—Pues no… ¡pe-pero no tiene luz! —tartamudeó el muchacho.

—Ah, la luz, algún día la tendrá —concluyó Charly, reclinándose en el respaldo de la silla.

—Lávate para cenar —ordenó su madre inspeccionando las galletas—. ¿Qué les pasó? ¿Acaso se te cayó la caja?

Peter emitió un bufido molesto y se metió al baño para visitantes azotando la puerta. Por eso odiaba el otoño y el Halloween, eran todo tonterías, dolores de panza y esa estúpida recomendación acerca de meter la ropa. Mañana, cuando Dayane estuviera de vuelta en el pueblo, todo iría mejor y tal vez, con suerte, hasta podría divertirse un poco durante la fiesta.

Cuando Peter tenía seis años, su abuela, Meredith Jones, fue comisionada para contar historias junto a la fogata, en la convivencia de Halloween de su escuela. Para dicho fin, la abuela mandó confeccionar un traje de bruja a su medida, con una vistosa capa de terciopelo rematada con perlas. Incluso pidió a los carpinteros que le fabricaran una escoba de ramas, y el restaurante junto a la alameda le prestó una de sus marmitas para sopa, en la cual puso a hervir agua, rodajas de naranja y canela. Creyó que eso le ayudaría a poner un buen ambiente.

«Habrán de cuidarse mucho, mis queridos niños, porque durante la noche de Halloween, el mal siempre nos acecha. Así que cierren puertas y ventanas cuando el sol se vaya, nunca anden solos por la calle y lo más importante, nunca dejen la ropa en los tendederos o ellos la tomarán», advirtió en tono solemne.

—¿Quienes, abuela Jones? ¿Quién se robaría nuestra ropa? —Insistió Sam, el hijo del mecánico y el mejor amigo de Peter en ese entonces.

—Los esqueletos perdidos, esas pobres almas que yacen fuera del campo santo y de los que ya nadie recuerda sus nombres. Ellos vienen, toman cualquier prenda y hacen hasta lo imposible por tomar el lugar de su propietario, pues quieren volver a vivir entre las personas.

—¿Ma-matan a los dueños de la ropa? —una niña rubia preguntó mordiéndose las trenzas.

—¡Uy, eso sería lo de menos! —la abuela agitó las manos en el aire—. Dicen que pueden hacer cosas peores, como arrojar a las personas al fuego del infierno a través de una zanja en la tierra.

—Pero ellos no vendrán aquí, ¿o sí? —un asustado Peter se atrevió a interrogar.

—Ellos visitan todos los poblados cercanos al río, por eso deben tener cuidado y hacer lo que les digo: cierren puertas y ventanas, no anden solos por la calle y nunca dejen la ropa afuera.

«Las historias de tu abuela son las mejores», Dayane afirmó, mientras se las ingeniaban para salir de la estación de trenes evadiendo al gentío. Peter hizo auténticos malabares para sortear los obstáculos con ambas manos ocupabas por las grandes maletas. Ella había dicho que se quedaría un par de noches, más a juzgar por el equipaje, daba la impresión de que se quedaría para siempre; a él no le importaría.

—Mi abuela tiene una imaginación muy viva —opinó, dando su último esfuerzo para alcanzar la camioneta—. Es el pueblo el que se equivocó al darle pintas de verdad a su historia.

—No estoy muy segura, pero mi madre solía decir que la abuela Jones no inventó esa historia, sino que vino como una advertencia desde otro poblado.

—¡Patrañas!

—¿Tú crees? Me parece que para ser una patraña, todo el mundo lo toma muy en serio.

—Te lo demostraré, voy a dejar uno de mis pantalones afuera y verás como no pasa nada.

—¡No hagas eso, Peter! —Dayane suplicó—. Me dolería mucho si salieras lastimado.

Un leve arrebol subió a las mejillas de Peter, que trató de disimularlo asomándose en la caja de carga. «No lo harás, ¿verdad?», ella rogó de nuevo, apretándole el brazo; «No, si no quieres», respondió él. Dayane sonrió, enredó a Peter en un abrazo bien apretado antes de permitirle llevarla a casa de su padre. Por la noche volverían a verse en la fiesta del centro comunitario y quizás en ese momento, Peter tendría el valor necesario para confesarse.

La prisa es una mala consejera, eso convirtió a la granja Jones en un pandemonio minutos antes de las ocho. David berreaba en medio de la sala, rogando a su madre terminar de cocer su disfraz de esqueleto. La verdad es que estaba terminado, restaba cerrar un pequeño espacio junto al cierre en la espalda, una cosita de nada, sin embargo, el niño pensaba que su ropa interior se asomaría a través de él. Por supuesto, Linda tenía la mejor disposición de ayudar a resolver ese inconveniente, el problema era que al mismo tiempo trataba de contabilizar la comida, antes de subirla en la camioneta.

«Mamá, mamá, mamá, mamá», chillaba David, siguiéndola por todos lados.

—Cariño, dame un minuto y en seguida lo arreglo —Linda prometió sin separar los ojos de la lista que sostenía en las manos.

—Ya todo está listo, amor, no hay de qué preocuparse —Charly recalcó por quinta ocasión.

—Espero que sí. ¡Ya es muy tarde y todavía debo subir a cambiarme! Sandy, ¿podrías arreglar el disfraz de tu hermano?

—¿Yo? ¿Por qué yo? —la chica protestó, admirando en forma crítica el lacado rosa de sus uñas.

—Por favor… —Linda suspiró.

—El emo de allá lo puede hacer —la chica declaró señalando a Peter, quien se revisó de pies a cabeza, buscando la razón de que su hermana lo llamara emo.

—¡No soy un emo! —gritó con el puño al aire—. Las camisetas con calaveras y los jeans negros, no son de su uso exclusivo.

—Pues yo digo que eres un emo —insistió, enroscando un mechón de su cabello castaño con altanería.

—¡Ya basta, los dos! —ordenó su padre—. Sandy, tu hermano tiene que ir a revisar los establos antes de irnos; tú debes arreglar el disfraz de David.

—¿Revisar los establos? ¡¿Ahora?! —Peter estaba en shock.

Impaciente, y con los brazos ocupados con las bolsas de comida, Charly explicó a su hijo que los empleados tenían la noche libre por la fiesta, nadie estaría en la granja después de las nueve. Por lo tanto, le correspondía verificar a los animales y que las rejas estuvieran bien cerradas. En opinión de Charly, eran detalles que su hijo ya debería tener presentes.

—Eso me va a tomar una hora por lo menos… —jadeó el derrotado muchacho—. Dayane me espera.

—La verás cuando termines, la fiesta no se va a acabar tan pronto —lo consoló su padre.

—Y ya que vas a estar afuera un rato, te pido que metas la ropa limpia, por favor —agregó Linda—. Después nos podrás alcanzar en el auto compacto.

—¡Mamá!

—Ya, Peter, haz lo que te pedimos y te veremos más tarde en la fiesta.

La camioneta tardó quince minutos más en partir con sus padres zombies, David el esqueleto y Sandy la bruja, en ese tiempo, Pete masculló entre dientes maldiciones y juramentos dedicados a su mala suerte. Y como los animales eran inocentes, se esforzó por dejarlos en buenas condiciones, mas cuando fijó su atención en el tendedero lleno de ropa, en el que ni siquiera había prendas suyas, sus puños se apretaron.

—Es una boba leyenda —afirmó—. Nada pasará.

Acto seguido, se montó al pequeño compacto verde y salió a encontrarse con la Noche de Brujas.

El centro comunitario parecía una tienda de temporada, olía a calabaza especiada y vainilla. No existía rincón libre de brujas, vampiros, monstruos o dragones, incluso un Frankenstein a escala real sostenía un platón con golosinas. Luces moradas, naranjas, tiras de papel de colores y maquinas de humo le daban el toque final, junto con la música animada que hacía vibrar las ventanas. Peter llegó justo a tiempo de anotarse para el concurso de pescar manzanas y luego buscó a Dayane entre el remolino de tafetán, terciopelo, satén rojo y telas a rayas. En ese inter vio a David entrar al Pasillo de los Misterios con sus amigos; Sandy estaba más adelante rodeada de sus amigas, todas miraban con atención una revista de moda; sus padres se encontraban con la abuela Jones y otros vecinos, disfrutando de la sidra.

—¡Peter! —alegre, Dayane lo saludó desde una mesa. Sam se encontraba con ella.

El muchacho no pudo reprimir una nota de celos al saludarlos, pues no esperó encontrarla en compañía de un viejo amigo en común, cuya fama de mujeriego había crecido en últimos dos años. Tras algunos segundo de incomodidad y monosílabos por parte de Peter, Sam comprendió que estaba de más en la escena y desapareció tras Samantha, el nuevo objeto de su interés.

—Pensé que no ibas a venir —Dayane dijo sonriendo.

—Es que mi padre me pidió cosas de último minuto, pero aquí estoy.

—Ya lo veo, y sin disfraz.

Tanta había sido su fascinación por el simple hecho de verla, que Peter no había reparado en su esplendido vestido. Era largo y vaporoso, el tono de rosa era ligero, casi blanco, y las alas de delicado encaje, parecían salir de su espalda de verdad. Agradeció la existencia de todas esas capas de tul, pues de otro modo, no habría podido controlar sus deseos de acariciar esas piernas perfectas.

—Oye, ¿crees que podamos ir a otra parte un momento? —pidió tembloroso—. Hay algo que me gustaría decirte.

—Claro, Peter, yo también quiero decirte algo.

El corazón se le aceleró, tendió una mano hacía la joven y aguardó ansioso a que sus dedos se cerraran en torno a ella, cuando otra mano lo sacudió por el hombro.

—Hijo, ¿has visto a David? —sollozó su madre—. Los niños lo oyeron gritar en el Pasillo de los Misterios y luego desapareció.

—No pudo desaparecer, mamá, debe estar escon…

—Vamos, Peter, te ayudaré a buscarlo —se ofreció Dayane.

Linda le agradeció con lágrimas en los ojos y salió en busca de su esposo, sosteniendo el estorboso ojo colgante de su disfraz. Dayane y Peter fueron a la bodega, movieron cajas y abrieron gavetas sin dejar de llamar al niño; no hubo respuesta. A la salida, se toparon con los señores Jones, venían de los baños sin haberlo encontrado. Quedaban solo dos posibles lugares: el sótano y el patio.

—Nosotros iremos al patio —propuso Peter—. Ustedes vayan al sótano.

Los Jones asintieron y tomados de la mano corrieron a las escaleras en el ala izquierda. Peter apoyó su mano sobre la espalda de Dayane y la condujo al patio, en donde anduvieron bajo el entramado creado por el alumbrado de la calle y las ramas desnudas de los árboles.

—Espero castiguen a ese mocoso, acaba de arruinarme la noche —Peter gruñó, asomándose detrás de unos arbustos.

—Yo espero lo contrario, debió asustarse mucho para irse de este modo —apuntó ella—. Aprovechando que estamos fuera del bullicio, ¿qué me querías decir?

Peter tragó saliva con dificultad y en su cabeza se dibujaron millones de frases ingeniosas, románticas, con las que sin duda podría ganarse el interés de Dayane, mas al final, de su boca salió un agudo: «Me gusta… una chica».

—¿De verdad? —la joven se emocionó—. ¡Ay, es maravilloso! Es que yo también conocí a alguien en la ciudad y no hallaba como decírtelo.

—¿Tú… qué?

—Su nombre es Patrick y él es… ¡aah!

Dayane tropezó y cayó de costado en la tierra, ocasionando que un rollo de papeles saliera disparado a unos centímetros de sus pies. Por un momento, Peter creyó que había resbalado con un trozo de su roto corazón, pero lo que asomaba en la tierra era un poco diferente. Era una rama delgada de color claro, cuyas puntas remataban en un festivo tono de rosa. La rama engrosaba según se acercaba al tronco que, por alguna razón, estaba cubierto con una tela negra de tacto rasposo.

—Por Dios… —jadeó Dayane—. Peter, mira ahí.

Peter siguió la dirección del dedo de Dayane, encontrándose con un bulto semejante a un cuerpo humano. Parecía como si la tierra se hubiera tragado la mayor parte, dejando fuera un poco del tronco y la cabeza. La mandíbula estaba echa polvo, tal vez la habrían golpeado varias veces con un objeto pesado. Y todavía podían apreciarse los mechones de pelo castaño en la cabeza, la nariz respingada y los ojos claros tan similares a los de Peter.

—¡Sandy! ¡Es mi hermana Sandy! —Exclamó reconociendo aquellos rasgos, y lo confirmó cuando sostuvo el rollo de papeles que en realidad era la revista.

—¡¿Cómo pasó esto?! —chilló Dayane—. ¡Llamemos a la policía!

Desde el interior del centro comunitario, se desprendieron desgarradores alaridos segundos antes de que las puertas principales fueran abiertas por una turba aterrada. Dayane y Peter se acercaron a las ventanas con la intención de saber qué pasaba. El lugar no estaba del todo desierto, un grupo de personas se mantenían en sus lugares aún sosteniendo sus bebidas en crispadas manos, pero con una expresión particular en el rostro.

Los ojos de los muchachos escudriñaron hasta encontrar el motivo de tan perplejas miradas: en el centro de la pista, bajo las luces moradas y naranjas, danzaban cuatro peculiares invitados. Uno de ellos vestía la falda rosa con vuelos y el suéter de porrista de Sandy; el siguiente usaba un peto de mezclilla de David; él que parecía más alto, vestía los pantalones beige de trabajo de Charly, era fácil reconocerlos por las marcas de desgaste sobre las rodillas; el último visitante, usaba un vestido de seda roja, comprado por Linda para las fiestas navideñas del año anterior. Si esos peculiares invitados hubieran sido humanos disfrazados, quizás el espectáculo no habría causado más que algunos ceños fruncidos, pero esos personajes no tenían un rostro al cual mirar, ni siquiera una piel que les cubriera los raídos y polvorientos huesos, eran solo esqueletos amarillentos por el paso del tiempo, vestidos con prendas robadas.

—Era un cuento… —Peter murmuró—. No se suponía que pasara nada…

Sin dar tiempo a procesar sus ideas, el muchacho echó a correr en dirección la puerta trasera.

—¡Peter, espera! —rogó Dayane, cuyas piernas habían perdido su fuerza y la retenían arrodillada en el suelo.

—¡Mi familia! ¡Tengo que encontrarlos! —replicó él.

Peter chocó con la puerta a consecuencia de esa carrera torpe que no pudo controlar y se mantuvo en inútil forcejeo por algún tiempo, pues parecía estar atorada desde el interior. Finalmente, después de propinarle un fuerte golpe con el hombro, pudo entrar, aunque hubiera preferido no hacerlo pues lo primero que se encontró, fue el rostro de cuencas vacías de su madre; el ojo de plástico había sido puesto en una de ellas con la finalidad de llenar el vacío. Linda oscilaba colgando de una cuerda proveniente del techo, su cuello roto permitía la vista de las vertebras expuestas. Peter tomó su mano, ahogando un dolorido sollozo.

Haciendo a un lado sus deseos de deshacerse en llanto, siguió avanzando por detrás de las cortinas negras, instaladas para formar el Pasillo de los Misterios. Una nueva ronda de gritos y pasos atropellados lo motivaron a levantar la tela, irrumpiendo así en la atracción por debajo de una mesa. Dos niños permanecían agazapados a un metro suyo. «Salgan por atrás y corran hasta el bar, ahí habrá mucha gente, les ayudarán», les surgió abandonando el precario refugio.

Dio un vistazo en redondo en buscan de otro posible refugiado, mas no halló a nadie. Entonces, en un acto descuidado, se puso a leer los letreros de las cajas. Ojos de Bruja, Baba de Hombre Lobo, Sesos de Zombie… Llamaron su atención las gotas de liquido rojo que manchaban la mesa, así como un inusual aroma metálico. Metió la mano para sentir los Sesos de Zombie, no debían ser más que pasta cocida y aceite, mas en ese momento tenía una textura muy similar a la carne molida. Al sacar la mano, notó la viscosidad molesta de aquel líquido. Se parece a la suciedad en el rastro, pensó. Caminó a la última sección de la mesa, lugar de honor para la caja más especial: Animas en pena. Se asomó al pequeño espacio cuadrado por el que deberían estar brillando un conjunto de focos led azules y blancos; lo hacían, a través de los ojos, la boca y la nariz de David. Habían arrancado la piel de su cara.

En ese momento, Peter recordó el rostro aplastado de Sandy, las cuencas vacías de su madre y sintió ganas de vomitar. Reprimió un arcada impertinente, para no ensuciar el espacio en el que yacían los restos de su hermano. «Papá… ¿Dónde está papá?», rezó mientras avanzaba a pasos temblorosos a la salida.

Regresó al lugar de la fiesta en el mismo instante en que su abuela, armada con unas tijeras, cortaba la ropa de uno de los esqueletos. «¡Vuelvan al infierno, malditos entes!», bramó tirando de los jirones de la tela. Entendiendo de qué se trataba, Rose y el couch Arthur, imitaron las acciones de la anciana con la ayuda de unos cuchillos y la fuerza de sus manos. Viéndose desnudos otra vez, los esqueletos convulsionaron, cayeron al suelo desgranándose hasta convertirse en arena.

Peter sintió un repentino mareo, agachó la cabeza y fue ahí cuando lo vio: su padre yacía en el suelo, con la mitad del cuerpo bajo la mesa; un hacha ensangrentada reposaba a pocos metros de él. Queriendo comprobar su estado, Peter se metió bajo el mantel. Charly aún estaba vivo a pesar de que su tronco y sus piernas seguían unidos gracias a un frágil pedazo de carne.

—Papá… —gimió.

—Peter… guarda la… ropa —suplico en su último aliento.

La noticia de lo ocurrido en Mercy Hill dio la vuelta a la nación incluso antes de que amaneciera. Por supuesto las grandes ciudades la desestimaron, considerándola una simple historia de Halloween. A Peter le enfureció encontrarse con los comentarios en las redes sociales, que tachaban la muerte de su familia como escenas muy bien actuadas, dignas de la mejor película de terror. De por sí no era dado a utilizar el celular y ahora, que el mundo se burlaba de su tragedia, jamás volvería a encenderlo.

—¿Cómo pudo tu madre olvidarse de ese detalle tan importante? ¿Por qué no recogió la ropa? —se lamentaba la abuela Jones, sosteniendo la mano de su nieto como si la vida se le fuera en eso.

«Yo fui quien dejó la ropa afuera, abuela», Peter quiso decírselo, pero las palabras se le atoraron en la garganta a causa del miedo. ¿Qué pasaría si el pueblo entero se enteraba? ¿Podrían perdonarlo o lo repudiarían hasta hundirlo en la miseria? Quizás sería mejor que se fuera lejos, donde nadie lo conociera ni sospechara que su imprudencia había atraído la muerte a los suyos.

A su alrededor, los oficiales transportaban con sumo cuidado las partes de David contenidas en las cajas, sus padres ya habían sido llevados a la morgue gracias a que sus cuerpos se encontraban más enteros. En cuanto a Sandy, a todo el mundo le pareció cruel desenterrar el brazo y la única parte de su cabeza que se encontraba fuera de la tierra, así que decidieron enterrarla completa ahí mismo. En unos meses se colocaría la lapida pertinente y era muy probable que el centro comunitario no volviera a usarse.

Dayane regresó a Portlight esa misma tarde. Su contacto con Peter fue escaseando durante los meses siguientes, hasta volverse nulo. Ella nunca más volvió a Mercy Hill. En cuanto a Peter, meses después de celebrarse los funerales de su familia, siguió dirigiendo la granja con ayuda de su abuela, mas era notorio el cambio en su interior, lo reflejaba en cada aspecto de su comportamiento. Procuraba tener el mínimo contacto con cualquier persona en el pueblo, ya no se le veía con frecuencia por las calles, ni siquiera para visitar al doctor. Y cada año, en la noche brujas, Peter dejaba ropa en el tendedero y se sentaba en la mecedora frente a él, con la escopeta cargada sobre su regazo y los perros a su lado. Pronto, corrió el rumor de que en la granja Jones, los corrales estaban cercados con una cantidad extraordinaria huesos.

Interacción

Deja un comentario

💬 Habla con Geeky-1

🔰 Geeky-1 (Beta)

Powered by Gemini AI
¡Hola! Soy Geeky-1 🍿 ¿Qué te recomiendo hoy? ¿Pelis, series, canciones, videojuegos? ¿En qué plataforma está lo que buscas?

Descubre más desde CineMedios

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo