Nosotros en el fin del mundo, Parte III
Un ciclo que termina para que nazca una nueva vida.
«Esta mañana me encontré con un botón de peonia. Cuando se abra, sus pétalos serán de un rosa muy claro; Alice me lo aseguró y le creo, porque ella ha trabajado con esas flores más que nadie. Para darme una idea de cómo se verá, me mostró una ilustración en un libro y no pude evitar pensar que ese tono de rosa es el mismo de tus labios. Perdona, he visto demasiadas veces tu nueva foto en la base general. Te ves linda con el cabello largo, ¿nadie te lo ha dicho? Me disculpo de nuevo, quizás mis palabras sean inapropiadas, pero últimamente pienso mucho en ti y, puedes reírte si quieres, pero cuando estoy solo en mi habitación, me gusta dibujarte en el aire con mis dedos. Con los ojos bien cerrados, puedo ver tu cabello negro ondeando al viento, y tus ojos, tan similares a las avellanas, deformados en una sincera sonrisa. Si pudiera tocar tus mejillas, estoy seguro de que se sentirían tibias y suaves como las flores de algodón. Lo siento de verdad, mis sentimientos y mis… deseos me ponen muy inquieto. Algún día, mi bella Laila, te recibiré en una habitación llena de peonias y rosas blancas, porque estoy seguro de que el destino nos reunirá. No pierdo la esperanza».
Ese correo se recibió durante el mes de julio de ese mismo año, Dragón lo leyó junto con todos los mensajes desde el mes de enero en adelante; Laila buscaba consuelo. Escuchar sus palabras otra vez, la hacían sentirse cerca de Takashi, como si ambos flotaran en un espacio que les pertenecía solo a los dos. De estar vivo, sus corazones latirían al mismo ritmo a pesar de la distancia, ella estaba segura de eso. Takashi, cuánto anhelada verlo trabajar en el invernadero con la camisa azul cielo arremangada hasta los codos y el gesto serio. Imploraba por verlo, mas no sería posible y esa verdad la desgarraba por dentro con la misma furia que un cuchillo. Le decepcionaba tanto abrir los ojos y encontrar al oficial Jin frente a ella, en lugar de a él.
—¿Terminó con su meditación?
Laila inventó esa excusa para disculpar el excesivo tiempo que pasaba con los audífonos puestos.
—Sí, por hoy ya terminé.
—Excelente, entonces mire esto: llegamos a Central.
La joven miró bajo la pesada lona que cubría la parte trasera del camión y se encontró con metros de césped bordeando el camino. Cada tantos metros, un seto en flor aparecía asediado por abejas y mariposas, y allá, donde se levantaban las bardas blancas que delimitaban el terreno de la Base, los hibiscos colgaban de sus ramas.
—¿Cómo puede ser que este lugar…? —Laila musitó atónita.
—Se han hecho buenos avances con las formulas de riego y la desalinización del agua del mar, puede decirse que Central es el último oasis.
—¡Esto tiene que saberse! La Base del Norte sigue activa, ellos deben implementar lo que sea que se haga aquí… y… la gente de comunidades cercanas también podría intentarlo.
—¡Calma, doctora, calma! Todo eso ya se contempló, Control está planeando la mejor manera de difundir el conocimiento, por lo pronto, lo más urgente es aumentar y optimizar los recursos; para eso está usted aquí.
Asintió con la cabeza conminándose a recobrar la compostura, mas era complicado hacer a un lado la emoción ante ese brillante rayo de esperanza. Se prometió que, en cuanto la presentaran a su superior, se pondría a trabajar con ahínco, es más, hasta dejaría de dormir sin con ello lograba expandir ese milagro al mundo entero. Lo haría por amor, lo haría por Takashi.
—Bienvenida doctora Miller —saludó una mujer de cabellos castaños en uniforme militar, de pie a las puertas de la Sección 1—. La hemos estado esperando, dígame, ¿tuvo buen viaje?
—Sí, gracias, el oficial Hong fue muy atento.
—Bien, me da gusto saberlo. Mi nombre es Alegra Soracchi, soy general de las fuerzas armadas de Control y estoy a cargo de este sitio.
—Es un placer.
—Venga conmigo, su equipo se muere por conocerla.
Por un momento, Laila creyó reconocer un poco de la nostálgica oscuridad de Carolina en los ojos de Alegra, mas fue una impresión momentánea, pues entre más se adentraban en la Sección y más hablaba ella, se percató de su genuino entusiasmo. Sería imposible que aquella mujer estuviera libre de la sombra de la perdida que cubría a la humanidad actual, mas saltaba a la vista su indómita voluntad de continuar a pesar de ello.
—Me disculpo por apurar su ingreso en el equipo, sé que debe estar cansada, pero entre más pronto comencemos… —Alegra dijo antes de abrir la puerta de la estancia común.
—Descuide, me encuentro bien.
—Estamos en un periodo de descanso, lo cual es perfecto porque así podrá conocerlos a todos.
—Perdone, ¿podría decirme los nombres de mis compañeros?
—¿No prefiere entrar a conocerlos?
—Por favor, es solo para familiarizarme.
Laila contuvo la respiración, consciente de su necedad. El oficial Jin ya le había dado la mala noticia y lo que Alegra dijera no cambiaría esa realidad. Aun así…
—Bien, hay otra doctora en botánica llamada Alice Whiler; una par de horticultoras, se llaman Sandra Romel y Carime Lugo; está el doctor Teodoro Brown, es veterinario, pero cuidaba bonsáis en su tiempo libre y sabe mucho al respecto. ¡Ah! Y tenemos a un experto en sistemas computacionales, su nombre es Takumi Yamada.
—Gra-gracias, fue muy amable, general —Laila contuvo las ganas de echarse a llorar.
—Es un placer. Vamos, entre.
Laila entró vacilante a la habitación de muros rosados. El sol se colaba radiante, mas no peligroso, por los ventanales. Un hombre de cabello castaño y barba espesa, estaba sentado a una mesa de plástico junto a dos mujeres. La más corpulenta le recordó a Prudence por su piel oscura y el cabello afro; la otra, con el cabello rojizo y la nariz salpicada de pecas, tenía la jovialidad de Mary. Entre ellos, justo al centro de la mesa, reposaba una canasta repleta de peonias rosas. Las lágrimas escaparon por los ojos de Laila.
—Doctora Miller, ellos son el doctor Brown, la horticultora Sandra y la doctora Alice; todos, ella es la doctora Laila Miller.
—Es un placer tenerla con nosotros al fin —Brown saludó estrechándole ambas manos.
—Necesitamos más mujeres que sepan dar vida, bienvenida —dijo Alice, enredándola en un fuerte abrazo.
—Me da gusto conocerte —continuó Sandra con menos efusividad—. Espero aprender mucho de ti.
—Gracias a todos por su recibimiento —Laila se enjugó las lágrimas, agradeciendo que nadie hiciera preguntas sobre el motivo de su llanto.
Echando una mirada crítica a los rincones de la habitación, Alegra advirtió la falta de dos miembros del equipo.
—Lugo está apoyando en el Invernadero 2, y el otro sujeto…¿Yumi? —titubeó Brown tratando de explicar.
—Doctor Teo, es usted terrible con los nombres —replicó Alice.
—Bueno, él se retiró a su habitación, comentó que aún no se siente muy bien —concluyó Brown entre una risita nerviosa.
La general se rascó la barbilla pensativa, recordando que aquel hombre provenía de una Base infectada y recomendó al doctor Brown llevar al informático con el médico esa misma tarde. Brown asintió y se comprometió a acompañarlo él mismo. Entre tanto, Laila observaba las peonias con nostalgia, preguntándose si esas flores habrían sido fruto del esfuerzo de Takashi.
—El descanso ya termina y debemos volver al trabajo —comentó Alegra—. Perdone, no me será posible mostrarle su habitación, doctora Miller, pero su IA ya tiene acceso a nuestro mapa, le dirá por dónde ir.
—Descuide, les agradezco su hospitalidad.
—Es un placer, haré que le lleven la comida a su cuarto y después de eso, ¿cree que podría hacerme un pequeño favor?
⸙
Pasta con especias y una porción de pollo con verduras fue lo que le llevaron para comer. Aunque la ración fue un poco modesta, Laila se sintió agradecida por haber ingerido algo que no fuera cereal seco y té de jazmín; el viaje había estado lleno de privaciones. Después de darse un rápido baño con agua caliente, como hacía mucho no podía hacer, decidió que era tiempo de integrarse a su nuevo escenario y cambió sus ropas por el vestido rosa pálido que usaban las mujeres en Central.
—Ubiqué la habitación de Takumi Yamada —anunció Dragón—. Está en el siguiente pasillo.
—Bien, vamos de una vez.
Como un favor especial, Alegra le pidió entregar a Siren al informático, pues debido al ingreso de nuevos miembros a Central, no había suficientes IA para cada uno. Laila aceptó a pesar de su recelo a separarse de la IA que perteneció a Mary, mas así eran las cosas, la vida continuaba y todo debía evolucionar. Salió de la habitación con Siren entre los brazos, Dragón le indicaba el camino con un apuntador en color rojo.
En el corto paseo, Laila se encontró con otros miembros de la Base que la saludaron con amabilidad, incluso sin saber su nombre. No había rincones mal iluminados ni silencios tensos en ese lugar, al contrario, se escuchaba música y voces animadas transmitiendo camaradería. El oficial Jin tenía razón, pensó, Central es el último oasis.
La habitación del informático estaba realmente cerca de la suya, bastaba con avanzar por el pasillo hasta el final, delimitado por un gran ventanal. Del otro lado del cristal, arbustos frondosos y palmeras jóvenes se mecían con la brisa de la tarde que se iba. Laila suspiró, parecía irreal que después de haber pasado años de su vida encerrada en un desierto, la suerte quisiera que se encontrará en ese sitio tan lleno de vida. Agradecida, agachó la cabeza y rezó en voz baja.
—212, es la habitación de Takumi Yamada —Dragón la interrumpió.
—Ya lo sé, no seas impaciente.
Por instinto y dado que hacía mucho tiempo que Laila no socializaba, alisó su vestido y comprobó en el reflejo del ventanal si su cabello se veía ordenado. Se sintió tonta por ser vanidosa, mas también se dio cuenta de que la calma reinante le permitía sentirse ella misma otra vez. Tocó a la puerta un par de veces y aguardó por una respuesta; nada sucedió. Llamó una vez más y de nuevo le respondió el silencio tras la puerta.
—Vaya, ¿estará dormido o solo está siendo grosero? —murmuró—. Disculpe, ingeniero Yamada, vengo a entregarle algo —se animó a decir en voz alta.
Esperó que eso fuera suficiente para motivar al hombre a cuando menos emitir una respuesta, pero al parecer el tipo era de sueño pesado o quizás bastante testarudo.
—¡Oiga! —dijo golpeando la puerta exasperada—. No quiero molestarlo, pero me enviaron a entregarle esto. Yamada, ¿puede al menos responder?
—¿Otra vez? —gruñó una voz tras la puerta—. Ya les expliqué mil veces, ¡yo no soy Takumi Yamada!
La puerta se abrió con brusquedad y un hombre alto, delgado y con oscuro cabello enmarañado, apareció. Creyendo haberse topado con un loco colérico, Laila retrocedió sin dejar de mirar a la figura encorvada que se negaba a darle la cara.
—Disculpe… yo solo vine a entregarle esto por orden de la general —Laila explicó ofreciéndole a Siren.
El hombre por fin se irguió mostrando un gesto indiferente que pronto se modificó cuando vio a Laila. Su reacción la sorprendió, fue como si le hubieran dado una bofetada. Alargó una mano tratando de tocarla; ella ahogó un grito retrocediendo.
—¿No me reconoces? —el hombre parecía suplicar.
En ese mismo instante, las luces del pasillo se encendieron y Laila pudo ver con más detalle la cara de aquel personaje. Su mentón estaba cubierto por una barba de al menos siete días, mas no lograba ocultar los labios finos ni la nariz delgada. La expresión en sus ojos oscuros era una mezcla de deseo y tristeza que la inquietaban, mas al mismo tiempo la atraía, había algo familiar en él. Sin embargo, el cabello largo hasta los hombros la desconcertaba, no era habitual que los varones usaran el cabello de es modo dentro de una Base.
Haciendo a un lado su desconfianza, Laila se acercó a él. Observó con mayor detenimiento las orejas pequeñas y redondas tras los mechones de cabello, y esa chispa de familiaridad volvió a encenderse. Buscó sus manos, apenas elevadas por encima de las caderas como queriendo alcanzarla, y de inmediato llamaron su atención las uñas maltratas y la piel reseca, típicas en quienes trabajan con la tierra. Los ojos, rasgados y pequeños estaban surcados por finas líneas de expresión, tal como lo había imaginado.
—Takashi… —sollozó.
—Oh, mi bella Laila —él respondió enredándola en sus brazos.
Laila no podía ver, las lágrimas nublaron su entorno y el punto de referencia más cercano era el hombro de Takashi y su aroma. Olía a tierra mojada, a sal, olía a flores. Inintencionadamente, dudó que los brazos cálidos alrededor de sus hombros fueran reales, por eso mantuvo sus manos aferradas a los bordes de su falda, preguntándose con angustia si su mente le jugaba una mala pasada y la presencia de su amado se trataba solo de una triste alucinación.
—¿Por qué no me abrazas? —Takashi preguntó con pesar.
—Es que yo… ¿de verdad estás aquí? —Laila temblaba—. El oficial Jin… él me dijo que estabas muerto.
—Fue una confusión.
El ingeniero Takumi Yamada fue hospitalizado en la misma habitación que Takashi. Al presentarse un segundo incendió en otro de los invernaderos, y con la baja de personal por la creciente epidemia, Control decidió no correr riesgos y cerró la Base del Sur en forma intempestiva. Durante las labores de traslado y papeleo, el ingeniero Yamada falleció y las identidades fueron intercambiadas por una joven enfermera que conocía muy poco a los miembros del equipo.
—Ya sabes como son algunas personas, piensan que todos los orientales somos iguales —ahora Takashi sostenía las pequeñas manos de Laila entre las suyas.
—Es como un sueño —ella no podía parar de llorar—. Estás aquí, conmigo.
Entregándose a sus emociones, se arrojó sobre Takashi envolviendo sus costillas con sus brazos. Ya no tenía dudas, Dios y el destino habían sido buenos al permitirles encontrarse.
—Aún estás enfermo, debemos llevarte a ver a un doctor —Laila apremió sin soltarlo.
—Me encuentro bien, querida, ¿quién te contó lo contrario?
—El doctor Brown dijo que habías regresado a tu cuarto porque…
—¡Ah, Brown! Le mentí, solo quería escaparme de él.
—¿Escaparte?
—Todavía no has escuchado sus bromas largas y sin sentido, ¿cierto? Además, ni siquiera se sabe mi nombre.
La joven doctora Miller rió lleno de vida por primera vez en años. Takashi atesoró el sonido de su risa, como lo más precioso en el mundo entero.
Un trueno apareció en el cielo interrumpiendo el momento, y pronto las gotitas de lluvia invadieron el ventanal.
—Estamos cerca del mar, por eso llueve muy a menudo —explicó Takashi.
—Lluvia ácida, ¿cómo la soporta la vegetación de allá afuera?
—Aquí el porcentaje de acidez es bajo. Central es la esperanza del mundo y ahora, tu y yo, estamos juntos para cumplir ese milagro.
Laila sonrió y siguió a Takashi al interior de su habitación. La semipenumbra de la tarde no pudo ocultar un jarrón rebosante de peonias y rosas blancas, en el centro de una mesa redonda.
—No era esto lo que tenía en mente —se lamentó el horticultor—, pero espero sea suficiente.
—Es muy hermoso, Takashi, gracias.
Tomados de la mano fueron a sentarse al sofá junto a la ventana, extasiados con el calor de la compañía mutua. Eran reales las manos que acariciaban las mejillas de Laila, como lo eran los dedos delgados, tímidos, que se apoyaron sobre el pecho de Takashi. Un beso suave, impregnado de emoción, cerró el ciclo de los días de gran aflicción, y otro beso, personificando al amor, dio inició a un ciclo de esperanza y vida nueva.


De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
