Sintió cómo la comida trepaba por su esófago. Imaginó como si el bolo —la pasta compuesta por su desayuno simplón y el dolor que lo acongojaba desde hacía dos noches— se aferrara en sus entrañas para subir a la misma velocidad del elevador. Agradecía estar solo pues el aroma de la quimio aún no desaparecía… Aún así tenía esperanza en la brevedad de la visita; un apretón de manos y listo.
Las puertas se separaron; celebró en el pasillo por conservar la masa caliente detrás de su lengua, aunque sintió un pesado eructo de gusto terrible podría mantener a raya el bolo.
Caminó por el pálido corredor con la puerta en su mirada, mientras las amplias ventanas mostraban un horizonte lleno de edificios — “la arrogante demostración de poder fálico”—, como dijo su única amiga en las interminables charlas del último mes.
Le hubiera gustado verla, estaba seguro de que el cariño le permitiría vencer su fobia. Qué complacido se sentiría de esa manera, con un equipo de trabajo, un asistente y quién sabe hasta algún amor, aunque no fuese correspondido…
El sonido de su suela se detuvo frente a la puerta, tocó un timbre. Una señorita muy alta y de cabellos rubios le dio la bienvenida.
Ella extendió el brazo de forma cordial, dejando su mano cálida lista, como había hecho los últimos seis años de trabajo en esas oficinas, lista para un apretón de manos. Por las pintas del doctor supondría que no sería un apretón de manos seguro. Pero sería cálido y estaría acompañado de una sonrisa tímida.
El doctor sacó la mano de su bolsillo, su saco gris le quedaba una talla o dos más grande, estuvo a punto de saludar a la secretaria como un ser humano normal, sin embargo se arrepintió. La guardó rápido mientras murmuraba una palabra con los labios apenas abiertos.
La secretaria lo interpretó como un «Perdón». Conocía la fama del doctor; era una persona excéntrica. Se contentó en recordar cómo ella misma sufría por su vértigo por eso se alejaba de las ventanas por más que le gustara mirar el cielo. Guió al doctor por un corredor al centro del departamento, entre columnas de cubículos dirigidos a la oficina principal.
Algunas de las personas asomaban la cabeza sobre su cubículo para ver al prestigioso doctor. Un par recordaría ese cliché del científico loco, herencia de Mary Shelley, al ver su porte oscuro y desalineado; pese a ser un hombre escuálido y pálido, la distancia le confería porte.
El mismo director, un hombre de traje oscuro, camisa impoluta y un pelo cano que resplandecía como la plata, lo saludó. No extendió la mano; por el contrario, le dio la espalda y le señaló un asiento. El doctor se sentó y contempló al director mientras rodeaba el sólido escritorio de roble.
El director bajó la mirada, inclinó el cuerpo, sentado en su silla —dejando rechinar la piel natural del asiento— y sintió el pomo metálico. Tomó dos vasos rectangulares; el cristal impoluto tenía en el fondo una figura pequeña de un hombre haciendo un gesto que recordaría a un jarrón griego. Luego, a su espalda, tenía un minibar, junto a los dos grandes muebles, uno lleno de libros y el otro con expedientes etiquetados por orden cronológico, justo como le había pedido a su secretaria.
Hizo girar su asiento, sacando una pequeña cubeta y una botella. Recargó la botella sobre un mantel previamente dispuesto y, con unas pinzas sacadas del mismo balde metálico, puso un hielo rectangular en cada uno de los vasos. Lo dejó reposar.
—Aquí tenemos a la estrella del momento —su mano abierta se extendió de forma corta; para un hombre como él, significaba una ovación—. El doctor que está a punto de erradicar el cáncer.
—Bueno, no estoy solo en ello, me he inspirado mucho en el brillante trabajo de la doctora…
—Basta de modestias, hombre. Nosotros tenemos la patente; por ende, nosotros le estamos entregando la salud al mundo.
El hombre tomó un vaso, sacudió el hielo en su interior para enfriar cada parte del cristal. Derramó el agua en un bote y repitió la operación con el otro vaso. Tomó la botella y sirvió dos medidas idénticas, una técnica refinada por los años de tratos cerrados en esa oficina.
Aunque el doctor era su invitado, en realidad celebraba un exitoso retiro. La cura del científicucho haría a su cartera engordar lo suficiente como para abrir más y más farmacéuticas a nombre de su hijo y por fin de erradicar la competencia que él y sus colaboradores detestaban… Luego de un brindis y un saludo, podría considerarse el rey del mercado.
Le dio un vaso al doctor, el otro se lo llevó a la nariz. Respiró el aire amaderado del whisky, su bebida preferida gracias a los años en que su padre lo obligaba a ir de caza con su tío. Aunque le guardara rencor por abandonarlo en esa cabaña maloliente, podía respetar la forma en cómo conseguía tiempo para sus amantes.
Bebió el licor mientras sentía como su esófago se calentaba. El líquido descendía hasta su estómago y se aposentaba plácido como un bebé en la cuna. Con un suspiro dejó a un lado la rigidez.
El doctor apuró el trago y suspiró con hastío el calor de la bebida.
—Bueno, en cinco años podremos presentarlo en una asociación médica para que este descubrimiento, —esas palabras llenaban el paladar del doctor, una sentencia humana, la única forma en cómo podría sentirse cercano— la primera cura única para el cáncer…
—Disculpa ¿Cinco años? —Un color rojizo apareció en la cara del hombre hasta encender el rostro—. Si ayer mismo me dijiste que las pruebas fueron un éxito.
—Sí y lo son —el vaso entre sus manos se entibiaba y la náusea se hacía presente otra vez—, pero aún no sabemos cuáles podrían ser los efectos secundarios.
El hombre de traje rodó la mesa, escuchando con detenimiento cada palabra. Se sentó en el escritorio a un metro del doctor y lo miró a los ojos. La mirada asustada del doctor le recordaba a la de los niños ingratos y asquerosos… Si no hubiera tenido ese gesto se hubiera contenido. Estaba seguro, pero tras esa mirada cristalina había algo que no conocía y eso le molestó. —¡Imbécil!… ¿Quién te crees para salir con este chiste? —Lo tomó por el cuello de la camisa.
El doctor intentó levantarse pero sus pantorrillas hicieron rodar a la silla por el piso. Su malestar subía a la garganta como expandiéndose. «¿Acaso no leyó los reportes?», se decía para sus adentros mientras su espalda se arqueaba hasta dar contra el piso. El sonido óseo de su caída fue acompañado por el cristal del vaso reventándose.
Al sentir el cuerpo del viejo un calor insoportable empezó a burbujear en su rostro.
El ruido de lucha advirtió a todos en la oficina hasta que un grito los hizo mirar. La secretaria no dudó en correr a su escritorio donde llamó a seguridad y luego se escondió debajo del mueble.
Las personas se aproximaron, abrieron la puerta e intentaron separarlos sin embargo aquellos que los tocaban comenzaban a sentir una desesperación inmediata. Eran como coyotes en una trampa.
El hombre experimentaba un recuerdo ajeno: el doctor sentado frente al escritorio, a solas. El color cenizo de su piel y sus extremidades hinchadas le daban la apariencia de los extremos de un gusano torpe, intentaba guiar una jeringa de larga aguja bajo el plexo solar. Antes de perder la conciencia se sintió rodeado por más personas.
El doctor por el contrario sentía las extremidades de los otros hundiéndose en su carne. Quería temblar, correr de esa sensación presentía que cada uno de sus nuevos órganos quería hacer lo mismo. El dolor era anormal, sentía como su mandíbula se presionaba contra la frente del maldito viejo. Gritaba por las otras bocas haciéndolas cada vez menos ajenas. Mientras una sustancia era segregada en su cerebro sentía el frío expandirse en sus múltiples extremidades dándole un poco de claridad. Era y siempre fue carne, carne hambrienta y desagradable. La pestilencia de su enfermedad se diluía en los cuerpos, extremidades, carne, músculos, hueso, sangre, células…
Esa cosa comenzó a compactarse en una masa pálida y pestilente mientras su estructura ósea colapsaba, acompañada por un coro infernal. Comenzó a mover grupos de carne en advertencias viperinas.
La gente entró en pánico, se escondían entre los cubículos, se levantaban de las sillas, corrían, se caían, gritaban, temblaban, se asqueaban… Al final terminaban prensadas entre los látigos cárnicos de la criatura. Bastaba tocarlos un par de segundos para que algo se fundiera por debajo de la piel y contaminara los cuerpos con la sangre hedionda.
Los guardias abrieron la puerta para encontrarse con la siguiente escena: Una masa informe de múltiples extremidades tenía atrapados a los oficinistas mientras en el piso se notaban, como raíces, las venas azules o rojas que apuntaban hasta ellos. Comenzaron a disparar, obligando a la criatura a replegarse. Se hizo un ovillo contra una de las paredes, compuesta por vidrios. La carne expulsaba sangre amarillenta y gritos por las bocas entre los pliegues mucosos de su ser.
Las últimas balas dieron contra el vidrio.
Los guardias no notaron las venas y su andar viperino hasta sus talones. Sintieron la carne hundiéndose entre sus piernas, subiendo hasta dejarlos inmóviles y poco a poco disolver sus huesos. El resultado de su absorción se estampo contra el piso dejando en el aire el chasquido acuoso de los globos de agua al reventar.
La secretaria se tapaba la boca con una mano mientras el pánico la consumía, pero era demasiado tarde para hacer algo. Su mano izquierda, puesta en el suelo frió y empolvado sudaba mientras las venas se acercaban. Su pecho se hinchaba y contraía una y otra vez hasta que sintió un pinchazo pequeñito en la muñeca… y por fin dejó que su grito indicara el fin de la masacre.
Esa cosa, satisfecha, comenzó a abrir sus ojos. El mundo era una imagen de la oficina, escritorios rotos, cubículos destrozados, tacones, papeles, fotografías familiares, pequeñas figuras, computadoras desordenadas entre el piso helado.
Sin embargo, un miedo reciente pero no pequeño, paralizó a la criatura. Los ojos contra la ventana querían moverse cuanto antes del extremo. Como si la carne se empujara a sí misma, los músculos presionaban dando como resultado que cada una de las grietas alrededor de los agujeros de bala se expandiera hasta quebrarse.
La cosa se resbaló en el filo de la ventana. La mayoría de su peso jalaba al resto. Las venas y extremidades no tenían la fuerza suficiente para recuperar el terreno perdido segundo a segundo. Las venas se desgarraron y el dolor hizo insostenible su deseo por vivir…
Cerró la mayoría de sus ojos, simplemente dejó aquellos que miraban el infinito cielo. La caída libre se sentía liberadora.



