La Exploradora, Parte I
El desastre viene cuando tienes malos pensamientos.
Marcia Lemon se consideraba una huérfana desamparada a sus veintiocho años de edad, pues había perdido a sus padres durante una tormenta de nieve en el invierno del 3022. «La peor nevada en veinte años», rezaron los noticieros, sin que eso constituyera un consuelo para ella. Los señores Lemon eran consumados exploradores, reconocidos por participar en cientos de expediciones a lugares inhóspitos del nuevo continente, de los que siempre volvieron ilesos y blandiendo una gran sonrisa en los labios. Por eso su hija no pudo comprender cómo fue que perdieron el camino, estando en el estacionamiento del supermercado, y se congelaron adentro de su auto.
Pese a la fama, los grandes exploradores Lemon no tenían mucho dinero debido a su mala costumbre de endeudarse en los casinos. En consecuencia, Marcia no heredó de ellos más que el cabello negro de mamá, los ojos verdes de papá y un departamento del tamaño de una caja de galletas; bastaban diez pasos para recorrerlo todo. Para su disgusto, hubo una cosa más que la señorita Lemon heredó de ellos: una robot.
Hestia Z-11 era un modelo de sirvienta robot bastante antiguo, en su momento se hizo popular por sus luces ornamentales y sus molduras transparentes que permitían la vista de los pulsos eléctricos propios del mecanismo. Marcia la odiaba precisamente por esos detalles. Es como si pudiera verle las tripas, pensaba cada vez que la veía, y lo anguloso de los rasgos de su rostro no ayudaban a disminuir su repulsión. Si Hestia no había sido abandonada en el tiradero de chatarra del puerto todavía, era por dos grande razones: se ocupaba del aseo de la casa y de preparar la comida. Dos actividades que la señorita Lemon odiaba más que a la robot.
«Las tareas menores no son para alguien como yo», se decía cada mañana frente al espejo. Marcia se había propuesto convertirse en una exploradora tan buena como lo eran sus padres y, si lograba conseguir al menos un poquito de su fama y reconocimiento económico, no lo desperdiciaría en la misma forma que ellos. Creí estar yendo por el camino correcto, pues ya había participado en una veintena de expediciones independientes. Claro que el dinero que se le pagó al final de la campaña, no compensó en nada los gastos que se solventaron de su bolsa para segurar su asistencia, pero todo fuera por alcanzar su meta.
—Su comida está lista, señorita Lemon —anunció Hestia con esa voz electrónica que a Marcia le parecía tan fea.
—¿Qué es esto? Te pedí una sopa italiana con verdura.
—Usted ordenó una sopa instantánea sin levadura.
—¡No, maldita robot! ¿Por qué no funcionan bien tus receptores de sonido?
—Soy un modelo antiguo cuyas piezas son casi imposibles de conseguir; en caso de obtenerlas, mi reparación resultaría costosa, por lo cual, dada su precaria situación financiera, le recomendaría comprar una asistente nueva; y si ese fuera el caso, usted puede…
—¡Ya, ya te entendí! Me das la misma cantaleta cada vez que te reclamo algo. Dame eso y vete.
Con el ceño fruncido, recibió el tazón de las manos oxidadas de Hestia, fue a sentarse al sofá y encendió la vieja pantalla mientras la asistente regresaba a la cocina.
Sintonizó el canal dedicado a los avances científicos, y su corazón saltó de gozo al encontrarse con el reporte más reciente de la mina de cuarzos de la que todos los exploradores hablaban en redes sociales. Todavía no se había liberado ningún permiso para la explotación del valioso recurso, y con la intención de no causar tentaciones, se mostraban imágenes muy reservadas del exterior de la cueva y casi nada del interior. No era necesario, ella tenía una idea bien clara de como debían verse los valiosos minerales incrustado en las rocas.
Imaginó, por un breve instante, lo maravilloso que sería poder quedarse con un pedacito de cuarzo negro. Si tuviera un trozo de al menos quince centímetros, podría vendérselo a la generadora de energía fósil por muchísimo dinero. Es más, sería tan afortunado el intercambio, que podría mudarse a una casa decente y cumpliría con el más grande anhelo de toda su vida: organizar su propia excursión a las islas nuevas de la Antartida.
Presa de su desbocada imaginación, su ambición creció hasta el punto de lo absurdo e ideó, con maquiavélico lujo de detalles, la forma de entrar a la mina. Contempló cada detalle, desde lo escarpado del terreno hasta los numerosos guardias, humanos y robots, resguardando la entrada. Además, si no recordaba mal, la mayoría de esas cuevas tenían varias entradas, si pudiera encontrar una de ellas quizás…
—¿Terminó de comer, señorita Lemon? —interrumpió Hestia, colocándose frente a la pantalla.
—¡No!¡Retírate, maldita cosa antigua! —gritó Marcia, quitándola de una patada.
Incapaz de conservar el equilibrio con ese cuerpo pesado, Hestia cayó de costado sobre el raído sofá que sucumbió bajo su peso perdiendo una pata. Con el rostro enrojecido, Marcia se puso de pie al ritmo de las lentas y bien articuladas palabrotas pronunciadas por su boca. Ya había decidido moler a la robot a palazos, cuando un recuerdo cruzó su mente: el modelo Z-11 había sido equipado con un ojo láser capaz de escanear construcciones y terrenos, con la finalidad de crear planos virtuales que aumentaran su eficiencia en el trabajo.
—Al fin me vas a servir para algo, chatarrita —siseó.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
