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Acá puedes leer: La exploradora, Parte I

Usando sus últimos ahorros, Marcia se dirigió a la montaña en el tren de la madrugada. De ese modo aminoraba las posibilidades de encontrarse con personas que la conocieran, y era mucho más barato transportar a Hestia. Su parada sería en la estación Estrella del Norte, perteneciente al pequeño poblado que tenía el mismo nombre; desde ahí tendrían que continuar a pie entre los altos pinos pues era muy probable que los caminos estuvieran plagados de retenes de seguridad.

—Ponte en modo ahorrador —musitó, asomando la boca sobre el cuello de la abullonada chamarra.

—¿Freidor? Lo lamento señorita Lemon, pero no cuento con una freidora como accesorio.

—¡Ahorrador! ¡Dije ahorrador!

—Ah, ¿quiere que me ponga en modo avión?

—¡MO-DO-AHO-RRA-DOR!

—Con gusto. Modo ahorrador activado.

—¡Ay, no sé cómo te soportaron mis padres!

—Sus padres eran personas muy amables, señorita Lemon.

Sorprendida por la inesperada observación, pero sin que eso alterara su mal humor, Marcia se enterró en el asiento. Hestia estaba haciendo un gran esfuerzo por sobre sus capacidades actuales para cumplir con esa tarea, no podía negarlo, entonces, pensó que sería justo recompensarla una vez que volvieran a casa. La asistencia de robots del pasado los duerme gratis, se dijo mentalmente, es rápido y ella ni siquiera lo notará.

Atravesar el pueblito y la mitad del camino a la montaña fue más o menos fácil, pues las oxidadas rotulas de Hestia rechinaban en cada movimiento por acción de la humedad en el ambiente. Antes de las nueve de la mañana, ya habían alcanzado la parte culminante del viaje: la entrada a la cueva. Tal y como Marcia esperaba, una amplia valla de guardias la protegía. Rogó porque la siguiente entrada que encontrarán no estuviera cerca de ellos.

—Hestia, escanea el terreno —ordenó en voz baja.

El ojo lasér de la pobre robot rechinó lanzando chispas un montón de veces sin conseguir expandirse para cumplir su función. Y a punto de echar chispas también, Marcia la golpeó en la cabeza con la fuerza necesaria para lograr destrabar el artefacto, y tras diez minutos, Hestia pudo proyectar sobre la nieve un plano legible de la montaña. Sobre el costado izquierdo, a uno diez metros de la valla, había otra pequeña entrada. El plano mostraba el terreno en declive, mas aparte de notarse un poco angosto y con el techo bajo, no se veía ninguna otra dificultad, salvo los rechinidos de Hestia.

—Apaga todo tu cuerpo menos tu cabeza y tiéndete —le pidió señalando el suelo frente a ellas.

—Señorita Lemon, mi censor de seguridad sugiere que no sería una medida adecuada.

—No puedes ir caminando, llamarás la atención de todo el mundo con esos ruidos de momia oxidada; yo te arrastraré hasta la entrada.

—Considerando la delgadez de su cuerpo y su mala alimentación, corre el riesgo de colapsar, no puedo permitirlo.

—Cállate, no eres mi mamá. Solo haz lo que te digo.

Sin omitir una última advertencia, Hestia ejecutó las ordenes de su ama.

Al cobijo de los arbustos, Marcia procuró mantener una marcha suave, lenta, que pudiera confundirse con el susurro del viento y no llamará la atención; lo que consiguió fue asemejarse a un aserradero en plena acción. Por eso, cuando pasó a un lado de los guardias, uno de ellos, un humano, se percató al instante del peculiar sonido.

Se apartó de la línea con discreción y aguzando sus pequeños ojos, intentó ver más allá de los arbustos nevados, pero no parecía haber más que la sombra de los pinos sobre el terreno, hasta que de nuevo se escuchó el ruido. Por un breve momento, le pareció ver sobre el follaje una cabeza cubierta con un gorro gris. Alistó su arma, caminando hacia donde creyó ver el peculiar objeto.

—¡Oye, qué haces! —le gritó un compañero a la distancia.

—Me pareció ver algo detrás de los arbustos —respondió si dejar de apuntar hacia ellos.

—¡Déjalo! Deben ser mapaches.

—Haré un tiro de advertencia.

—No seas idiota, si provocas un derrumbe, te matarán. Además pronto haremos el cambio de turno.

Emitiendo un suspiro de resignación, el joven guardia se alejó de los arbustos. Semienterrada en la nieve junto con Hestia, Marcia también suspiró.

Costó trabajo pasar a Hestia por la estrecha entrada de la cueva: Marcia tuvo que abollarle el pecho con una roca. Ya en el interior, la robot sujetó la mano de su ama y se negó a soltarla, argumentando que había peligro. Si Marcia llegaba a resbalar, ella podría sostenerla usando sus frenos. La exploradora dudo de esas palabras, pues si sus frenos estaban tan oxidados como sus rotulas, de nada iban a servir. Como fuera, no se arriesgaría y prefirió aguantar la incomodidad de la mano artificial al rededor de su muñeca, en lugar de exponerse a una fractura de cuello.

Debieron andar durante más de dos horas en aquel suelo resbaloso, entre las afiladas estalactitas y estalagmitas que habitaban la caverna. Marcia alejaba a la oscuridad con la ayuda de una lámpara led; Hestia la apoyaba con todas las luces disponibles en su cuerpo. Fueron esas luces azuladas las que hicieron resplandecer los primeros indicios de cuarzo negro en las rocas, y unos pocos metros más adelante, encontraron una galería repleta de ellos.

Emocionada por el feliz hallazgo, la exploradora se soltó de la mano de la robot y corrió hacia las formaciones rocosas, olvidándose de los posibles riesgos.

—¡Espere, señorita Lemon!

—¡Déjame en paz! ¿Qué no ves dónde estamos?

—Pero el suelo…

—¡Olvídate de él, Chatarrita! Ya tengo lo que quería, solo debo cortar un trozo de buen tamaño de cualquiera de esos picos y podremos irnos a casa.

—El censor de seguridad indica que debemos alejarnos de esas cosas.

—¡Tonta! Sí es por esto que vinimos hasta aquí.

Decidida a terminar su hazaña, Marcia se deslizó a la estalagmita más cercana. Acarició la superficie, imaginando todo lo que haría después de venderla. Retrocedió hacia la luz de Hestia, con el fin de buscar el cortador entre los múltiples bolsillo de su pantalón.

—Deberíamos irnos, señorita Lemon.

—Ya me trajiste hasta aquí, ahora necesito que me des un último gran empujón para terminar.

—¿Empujón? Entendido.

Las manos de Hestia embistieron los frágiles hombros de la exploradora, que encorvada como estaba, no pudo salvarse del impacto. Trastabilló, patinó entre la arenisca del suelo húmedo y tras un par de maldiciones, aterrizó sobre la misma estalagmita que planeaba cortar. La punta le atravesó el esternón con la misma facilidad que un cuchillo caliente corta la mantequilla.

—Era… figurativo… —aclaró la exploradora entre burbujas de sangre.

Seis meses después se dio la autorización oficial para la explotación del recurso. Los primeros en bajar fueron mineros pertenecientes a Potential Co, la más grande generadora de energía fósil del continente. Iniciaron por las rutas seguras que trazaron los exploradores anteriores, mas pronto, movidos por la ambición, decidieron enviar pequeños grupos a verificar lo que había en las otras entradas, comenzando por la más pequeña en el costado izquierdo.

Quedaron horrorizados cuando se toparon con la momia congelada de una mujer, clavada en una de las estalagmitas. A su lado, con las piernas rotas por el exceso de oxido, estaba sentada una Hestia Z-11 con las manos sobre el regazo. Aún estaba encendida y parecía vigilar el sueño eterno de la que alguna vez fuera su ama.

—Ella me pidió que le diera un gran empujón —comentó antes de apagarse.

Interacción

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