30 de agosto de 2026

Apenas terminar el camino de terracería, le saltó a la nariz ese olor a hierba salvaje como ella lo llamaba: pasto, bugambilias en flor, huele de noche y hierba silvestre. Lo odiaba, siempre se quejó de que ese aroma le causaba arcadas, por eso deseaba, desesperadamente, que no la retuvieran en el pueblo de Amalia la Oscura, más de lo necesario. El lugar fue nombrado así por una leyenda local; otra parte del folclore de su pueblo que Irene odiaba más que el olor de las plantas. «¿Quién puede creer en una bruja secuestrando niños para luego comérselos?», renegó en su mente, «¡Y bolas de fuego cruzando el cerro! ¡Se necesita ser tonto!», concluía.

Si de ella hubiera dependido, no habría vuelto a ese lugar rebosante de pobreza e ignorancia, mas con la resiente muerte de su padre, y siendo ella la mayor de tres hermanas, debía ocuparse de finiquitar los asuntos pendientes. Costó mucho que don Alonso Mayen aceptara recibir atención médica en la ciudad, pues estaba demasiado arraigado a la casa y el pueblo en los que vivió sus épocas más felices. Fue gracias al carácter decidido y frío de Irene, que el señor Mayen pudo terminar sus días en un sofisticado cuarto del Hospital Arcángeles, rodeado de sus hijas, su yerno y sus nietas.

La casa de los Mayen, ubicada al final de la quinta cerrada, a dos cuadras del único supermercado del pueblo, estaba en buenas condiciones, pues Alonso y su esposa Aurelia, procuraron mantenerla bien en espera de que alguna de sus hijas quisiera heredarla; por desgracia, ninguna estuvo interesada. En cuanto pudieron, las dos mayores se fueron a la capital a estudiar y volvieron solo cuando la situación lo ameritaba. Alicia, la hija de en medio, se casó con un taquero, Nacho Ortega, dueño de cinco sucursales en la ciudad y durante sus primeros cinco años de matrimonio, tuvieron cuatro hijas. Irene trabajaba como redactora en una revista para mujeres, estuvo comprometida durante tres años. Al inicio del cuarto año, ya muy cerca de la fecha fijada para la boda, su prometido Esteban Trejo, falleció en un accidente de auto.

El día del entierro es bien recordado por la familia Mayen y las amistades de Irene, pues no pudieron dar crédito al estoicismo férreo del que hizo gala. Ni siquiera cuando recibió la noticia fue capaz de derramar unas cuantas lágrimas, lo que hizo fue ponerse en contacto con la funeraria y ayudar a los Trejo con los preparativos. Para Alonso, Aurelia y Alicia, esa no era la primera vez que la veían con esa insensible actitud, también la habían visto así cuando falleció Trinidad, la hermana menor.

Trinidad Mayen era famosa en el pueblo de Amelia la Oscura por su destacable belleza. Tenía la piel blanca como la luna, el cabello negro azabache, largo hasta pasar la cintura y los rasgos en su cara eran tan armoniosos, que muchos juraban que era igualita a las vírgenes en los retratos de la iglesia.

Al cumplir los quince años, sus padres le organizaron una gran fiesta en el jardín de su casa. Todo el pueblo asistió, incluyendo a Hugo Valadez, el hijo del herrero; en ese entonces tenía veinte años.

Nadie se dio cuenta de el momento exacto en que Hugo desapareció de la fiesta llevándose a Trinidad, por desgracia, notaron su falta hasta el momento en que pretendieron partir el pastel y entonces el pueblo entero se fue a buscarla. La encontraron cerca del amanecer, a la orilla del río Juan Diego, con el vestido desagarrado y las piernas cubiertas por hilos de sangre, señal de su ultrajada virginidad. Los señores Mayen se llevaron a su hija a la casa y llamaron al doctor de la familia, quien confirmó el desdichado acto tras auscultarla. Nueves meses después, Trinidad dio a luz a una niña morenita, muy parecida a su padre. De Hugo Valadez, nunca se volvió a saber nada.

—¡Buenas noches, señorita Irene! —saludó Lalita la sirvienta, cuando su patrona estacionó el carro frente a la casa—. La esperaba más temprano.

—¡No te pongas a media calle, babosa! —Irene crispó los puños—. ¿No ves que te pude haber atropellado?

—Perdón, señorita —gimió la morena retorciendo sus trenzas—, es que yo la estaba esperando para servirle el champurrado y los tamales.

—Es casi media noche, ya no es hora de comer tamales. Guárdalos, me los como mañana, y ya vete a tu casa.

—¡Ay, señorita! ¿No me puedo quedar? Es que anda una bruja por el pueblo.

—¡Una bruja!

—Sí, ya la vieron doña Chole y el cura, anda con la forma de un guajolote bien negro.

—No seas absurda, seguro el animal se escapó de alguna casa y anda perdido.

—Ya preguntaron y nadie perdió un jolote.

—Bueno, pues habrá venido de otro lugar.

—¡Ay, señorita Irene! ¡Por favor déjeme quedar!

—Sí, sí, haz lo que quieras, pero deja de chillar.

Irene sacó su maleta de la cajuela y la cerró de un golpe, tras el cual entró altiva e indiferente a la casa; Lalita la siguió a cortos pasitos apresurados, pues no quería que la volviera a regañar, pero tampoco quería quedarse sola en la calle oscura. El patio, a medio iluminar, parecía repleto de siluetas deformes de seres venidos de otro mundo; no eran más que las fuentes, secas y cubiertas de tierra por efecto del tiempo sin uso.

Para Irene, regresar a la casa familiar fue más molesto que el viaje, el olor de las plantas o la impertinencia de Lala. Incluso con las arañas de cristal apagadas, las lamparas de pantallas floreadas, las mesitas de madera que todavía lucían los perritos de porcelana que tanto le gustaban a su madre, le resultaron insoportables.

—Mañana a primera hora, le llamas a Alicia y le preguntas si quiere quedarse con los perros de mi mamá —ordenó a Lalita, quien ya se escurría rumbo a la cocina.

—Sí, señorita.

—También me quitas todas las carpetas tejidas de los muebles, no quiero que el valuador las vea y piense que somos unos nacos.

—Sí, señorita.

—Ándale, ya vete a dormir.

«Tú y yo nunca habríamos podido vivir aquí, Esteban, mi tonto, Esteban», musitó en la semipenumbra de la escalera. Cruzó el largo pasillo surcado por ventanales, alumbrada por la luz mortecina proveniente de la calle. Se detuvo al vislumbrar las tres puertas de madera oscura, tras las cuales se resguardaban los cuartos de las hermanas Mayen. La puerta de Trinidad todavía tenía ese letrero de pasta francesa con su nombre escrito, y el ángelito sonriente en la parte superior. Debajo de él, estaba el garabato de un mujer con trenzas y algo que parecía un gato, trazado en una arrugada hoja de papel. «¡Qué carajo!», exclamó, «Hay mucho que limpiar y tirar si es que quiero vender esta mugre casa».

Abrió la puerta de su cuarto con más fuerza de la necesaria, ocasionando una corriente de aire que levantó las cortinas traslucidas sobre los ventanales y, por un momento, creyó que alguien estaba a su lado. «No seas tarada», gruñó por dentro, «No hay nadie más que tú y la Lala en esta casa». Cerró la puerta de un azotón, mientras su mano, ligeramente temblorosa, tanteó la pared en busca del apagador; erró, y en lugar de presionar el que encendía las luces del techo, encendió las lamparas que coronaban los burós y el tocador.

En el espejo, se encontró con su rostro pálido y ajado por los años, además de deslucido por el esbozo del maquillaje; ya no había marca eficiente para ella. Restregó el contorno de sus ojos con los dedos, ansiosa por retirar los restos de rimel, pero cuando se dio cuenta de que solo se embarraba más, se detuvo. Renegó de los mechones de cabello castaño fuera de su peinado, a la vez que afirmaba, como siempre, que era demasiado fea para contemplarse en el espejo durante mucho tiempo. Profirió un bufido sentándose en la cama con el neceser de viaje en el regazo, hurgó en él hasta sacar un pequeño pastillero del que extrajo una perla rosada. La metió a su boca y en su mente se prometió que el día siguiente sería mucho mejor

Durante la noche, estando atrapada en una molesta duermevela, le pareció oír una risita suave proveniente del otro cuarto. De inmediato lo adjudicó a su imaginación, mas cuando el ruido fue sustituido por el arrastre de unos pies, se levantó de un saltó, furiosa y despeinada, gritando: ¡Lala vete a dormir! ¡Deja de estar espiando! Un último batir de pies contra la loseta, anunció la retirada de la intrusa. Irene esperó a que el ambiente se calmara y volvió a acomodarse en la vieja cama. Después de cinco minutos, logró dormir.

El valuador era un hombre de cincuenta y cinco años, pasado en kilos, medio calvo y muy parco. Revisó los detalles en cada cuarto con una lupa, para luego hacer anotaciones en una libreta pequeña. De vez en cuando, formulaba alguna pregunta con el fin de recabar más información acerca del uso que se le había dado a la vivienda en los últimos años. Irene respondió seca, con datos duros sin ninguna emoción, lo que llamó la atención del hombre, pues todas las personas parecían sufrir un poco cuando ponían en venta sus antiguos hogares.

—Necesitará unas manos de pintura antes de poder mostrarla —observó—. Si tenemos suerte y nadie le pone un pero al descuidado jardín, yo pienso que podríamos sacar unos cinco o seis millones por ella.

—¿El jardín es un problema? Lo puedo arreglar —objetó Irene.

—Hágalo, eso le dará un plus a la vista, lo que sí es un problema, es el muro de follaje en el estudio de arriba; sería bueno quitarlo.

—Me encargaré de eso.

—Cuando lo haya solucionado, llámeme y traeré al fotógrafo.

—Claro, muchas gracias.

Con una corta reverencia, el hombre se despidió y abandonó la casa con la guía de Lalita, mientras Irene maldecía el muro de follaje entre dientes. Su padre había visto uno de esos en una revista y de inmediato se encandiló con la idea de tener uno igual. En ese entonces, Aurelia le había advertido que las plantas generaban humedad dañina para las estructuras; no la escuchó y en menos de un mes, mandó colocar el follaje. Irene temió que, al retirarlo, se encontrará con la horrible sorpresa de una pared carcomida.

—Me encontré a la seño Magos —compartió Lalita regresando a la casa.

—¿Y?

—Pos que me pidió que le preguntara si se iba a tomar un café a su casa más tarde.

—No tengo tiempo, además, ¿qué tengo yo que ver con esa señora? Era amiga de mi mamá, no mía. ¿Y qué hacías tú anoche afuera de mi cuarto?

—¿Yo? ¡Ay, señorita! Cuando me mandó a dormir, me juí a mi cuarto.

—No seas mentirosa, te oí reír en el pasillo y luego te echaste a correr.

—¡No! ¡Yo no juí! Le juro por el niñito dios que yo no subí. ¡Ay, se me hace que jué la bruja!

—¡No empieces con tus tonterías! Mejor apurate, quiero que te vayas temprano a tu casa.

—Pero, ¿a poco se quiere quedar sola? Si la casa está retevacía.

—Prefiero estar sola, a tenerte espiándome allá arriba. Haz lo que te digo, al rato regreso.

Echando chispas, Irene tomó su bolsa de la mesita junto a la escalera y salió de la casa dando un portazo. La sola idea de quedarse más de una semana le preocupaba, pero todo fuera por vender la casa.

El pueblo no tenía más que dos farmacias, una era de medicamentos similares, a la que la señora Irene Mayen jamás iría; la otra era la farmacia de don Emilio, la única que manejaba medicamentos de patente. La verdad, ella no tenía ningún deseo de deambular por el pueblo y encontrarse con sus antiguos conocidos, porque no quería atender a sus preguntas, ni tampoco perder el tiempo en conversaciones huecas. Si estaba ahí, en la farmacia, era por pura necesidad.

—Perdón, no la tengo —se excusó el viejo—, es que no manejo la respi… no, más bien es la ripe…

—Olvídelo, ¿sabe si en el supermercado la puedo conseguir?

—Pues igual, pero quién sabe.

—Gracias.

—¿Vino tu esposo contigo, mija? Hacía años que no te veíamos, creo que la última vez fue cuando Tili…

—Yo no tengo marido, don Emilio. Discúlpeme, necesito conseguir el medicamento.

A grandes zancadas, Irene regresó a su carro. Por el espejo retrovisor alcanzó a ver a un grupo de mujeres, cuyas cabezas iban cubiertas con velos negros. Las reconoció al instante, eran el grupo de estudio de la biblia, viejas amigas de su madre y se dirigían hacia ella. Sin pensarlo mucho, encendió el motor y salió a la avenida con un chirrido de llantas. Las mujeres la vieron alejarse sin salir de su asombro. «Pobre niña, está llena de pena», dijo una; «Hay que rezar mucho por ella», dijo otra santiguándose; «Tiene al diablo adentro, siempre ha sido así», apuntó una más y todas asintieron.

El supermercado de Amelia la Oscura, no era el local más visitado. La mayoría de los habitantes, consideraban que ofrecía productos muy comunes, a precios muy altos. Quienes más lo visitaban, eran los viajeros por carretera que se detenían de camino a alguno de los Pueblos Mágicos cercanos. Rara vez algún nativo de Amelia se atrevía a entrar y comprar algo.

Esa tarde, Irene lo encontró un poco menos desértico de lo habitual: una pareja y un hombre, deambulaban en los pasillos. La pareja empujaba un carrito lleno de bolsas de papas y chicharrones, hablando sobre lo perrona que iba a estar la fiesta en el cerro. «Ojalá podamos ver a una bruja», chilló la chica haciendo un puchero; «Veremos miles», prometió su acompañante. «Pendejos», pensó Irene, totalmente intrusa en aquella charla, «Lo que van a ver, es como se les meten los grillos a sus botanitas».

Malhumorada, siguió avanzando por los pasillos en busca de los artículos de farmacia. Intentó preguntar a un empleado desde que entró, pero las tres cajas se encontraban vacías y hasta ese momento, no parecía haber nadie más que ella y esas tres personas en la tienda. Afuera, el cielo había adquirido un tono muy raro, como de tormenta, mas no había ninguna nube en el cielo.

—Disculpe —abordó al hombre que pasaba a su lado empujando un carrito—. ¿Sabe dónde está la farmacia?

El hombre se detuvo, giró en su dirección rascando su abultado estómago a la vez que movía la mandíbula mascando chicle. Por su mirada vacía, Irene creyó que no le había escuchado y repitió la pregunta en un tono más alto. Fue interrumpida a la mitad por aquel sujeto, que de un momento a otro, pareció volver a la vida.

—Aquí no hay farmacia, señora, sólo unos cuántos artículos simples como aspirinas y antigripales.

—¿Sabe en dónde hay otra? La de don Emilio no tiene lo que busco.

—En el siguiente pueblo tienen una San Pedro, ahí sí tienen de todo.

—¿Y es muy lejos?

—Unas dos horas de camino en coche, cuatro en autobús.

—Gracias.

El hombre siguió su marcha. Cuando pasó a su lado, Irene se dio cuenta de que no llevaba más que un paquete de jamón en el carrito y no parecía tener intenciones de salir pronto de ahí. Curiosa, recorrió los pasillos con la intención de ver qué hacía ese hombre. Lo hizo en forma desorganizada, tentado a la suerte a un nuevo encuentro, lo cual ocurrió en tres ocasiones más y en todas ellas, notó que el carrito seguía portando ese único paquete de jamón y que el hombre seguía recorriendo los pasillos sin agregar nada más. Un escalofrío inusual recorrió su cuerpo y en su mente se fijó la idea de que tenía que irse. Cerró su suéter gris con ambas manos y apresuró el paso hasta volver a su carro. De nuevo, llamó su atención lo oscuro del cielo y echó un ojo a su reloj de pulso. Chasqueó la lengua al notar que las manecillas se habían detenido.

—¿Me das un caramelo? —chilló una vocecita infantil a su espalda.

—No tengo dulces —respondió impaciente.

—Tienes, siempre guardas.

—¿Tú cómo sabes? Además, qué te importa si los tengo o no, ¡impertinente!

Al dar la vuelta, Irene se encontró con una niña no mayor a cinco años. Tenía el cabello dividido por dos trenzas gruesas y la piel del color del azúcar morena. Un par de rasgos en particular llamaron su atención: el vestido amarillo que le pareció levemente familiar, y el liquido verde neón que escurría por su boca.

—Entiende, no tengo dulces —habló con voz temblorosa.

—Tú siempre tienes, ándale, busca.

—Ya te dije que no. ¿Dónde está tú mamá?

—Mi mamita se fue al cielo.

Irene dejó de respirar por un instante.

—Te voy a dar un billete, pero después quiero que te vayas a tu casa.

Apresurada, sacó un billete de cien pesos de su cartera y se lo tendió a la niña, arrodillándose. Estando más cerca, percibió un olor dulzón proveniente de su boca y su ropa, que también estaba manchada con ese líquido verdoso. Al poco, reconoció ese patrón floral sobre la tela amarilla, lo había visto varias veces en el pasado puesto que ella misma lo había comprado.

—¿Quién te dio ese vestido? —Inquirió Irene.

—Mi tía.

—¿Cómo se llama tu tía?

La niña sonrió y sus ojos adquirieron un tono más oscuro. Irene iba a preguntarle de nuevo, cuando la criatura miró hacia atrás, se quedó quieta como si estuviera escuchando algo y luego echó a correr dejándola con el billete en la mano.

—¡Niña, espera, no te vayas!

Irene corrió unos pasos detrás de ella, mas pronto se dio cuenta de que estaba completamente sola en medio de un estacionamiento vacío.

Al volver a la casa, irrumpió en la cocina en donde se encontraba Lalita. Demandó saber quién había regalado las cosas de Trinidad y de Tili, su sobrinita. Lalita se encogió de hombros y aseguró no saber nada al respecto. Echa una furia, Irene le ordenó marcharse y le pidió que no regresara a menos que ella la llamara. Llorosa, Lalita tomó su morral y cruzó el patio a todo correr.

A la mañana siguiente un jardinero visitó el estudio, para evaluar el retiro del follaje. Advirtió que al tratarse de una enredadera, sin duda el muro estaría dañado y tendrían que llamar a un albañil. Exasperada, Irene quiso saber cuánto tiempo le tomaría retirarlo todo y el costo. El hombre prometió quitarlo en un día, por tres mil pesos, también comentó que podría traerle al albañil para arreglar la pared, lo que costaría unos cuatro mil pesos más.

—¿Siete mil pesos por arreglar una pared? —chilló.

—¿Qué quiere, chula? Es por los materiales.

—Lo voy a checar y yo le llamo.

—Como guste, pero acuérdese que no hay mucha mano de obra en el pueblo y si nos ocupamos…

—Sí, ya sé, lo voy a tener presente.

Irene permitió que el hombre saliera de la casa sin ayuda, así ella tendría oportunidad de echarle un ojo a la dichosa enredadera. Las hojas eran de un verde oscuro, su aspecto era lustroso como si las hubieran limpiado con aceite una por una. Le disgustó el aroma a hierba salvaje que despedían y mucho más le desagradó encontrar esos filamentos del color de la paja, manteniendo el grueso tallo adherido al muro. «Esto ya se jodió», gruñó.

Tras los gastos funerarios y los generados por su traslado al pueblo, no tenía mucho efectivo de dónde echar mano y, por supuesto, esos hombres no iban a recibir tarjetas de crédito ni a darle meses sin intereses. Entonces, se le ocurrió que ella podría quitar la enredadera sin necesidad de ayuda, no había más que encontrar un modo de irla despegando. Asió los delgados dedos al tallo y trató de desprender los filamentos con las uñas, pero cada vez que los tocaba, estos parecían meterse más profundo en el muro. Se pegó hasta que las hojas le lamieron las piernas y continuó insistiendo en su tarea. Suaves, las hojas le acariciaron la piel, metiéndose un poco por la orilla de sus botas. Irene sintió un cosquilleo, luego un escozor y finalmente un ardor entre pinchazos. De inmediato culpó a los bichos y alarmada se separó del muro, se quitó las botas y las arrojó al suelo; ningún insecto salió de ellas. Revisó la piel agredida y notó marcas rojas muy similares a minúsculas mordidas. «¿La planta me mordió?», cuestionó al vacío al mismo tiempo que una carcajada resonó en el pasillo.

Corrió en busca de Lala, pues sólo ella podría haber entrado sin necesidad de llamar a la puerta. «Me va a oír esa ingrata, ¿acaso no le dije que no viniera?», masculló.

—¡Ahorita vas a ver, Lala! —ladró en dirección a las puertas cerradas de las recamaras.

—Pero, ¿por qué te enojas? ¿Ya ni siquiera tengo permitido reírme?

—¿Quién es? Le advierto que llamaré a la policía si no se marcha.

—La policía no puede sacarme de mi propia casa.

Un rechinido anunció la apertura del cuarto de Trinidad y una figura en traje de luto emergió de ahí. La melena larga y enredada le caía sobre el rostro como un velo. Andaba jorobada, arrastrando una pierna que terminaba en un pie sangrante, torcido en un ángulo imposible.

—¿Tú que haces aquí? —Irene jadeó.

—Yo vivo aquí, hermana, ¿ya se te olvidó?

—No… Tú no puedes ser Trinidad…

—Hermana, ¿viste a mi niña? No la encuentro.

—¡No! ¡No!

Jalándose los cabellos, Irene salió disparada a la planta baja. Se quedó quieta entre las escaleras y la puerta de salida, mientras trataba de aclarar sus ideas. Aquella mujer, o cosa, que salió del cuarto no podía ser su hermana Trinidad, ella se había arrojado desde su ventana ya muchos años atrás. Sin duda eso era obra de Lalita, y de alguna de sus amigas del pueblo, quería desquitarse por haberla corrido.

Con esa idea en mente, pensó en volver arriba y encararla cuando la mujer apareció a la mitad de la escalera. Estaba de pie, un poco más erguida, el cabello se le había ido a la espalda y había dejado al descubierto un rostro pálido de ojos negros como pozos. La boca torcida en una expresión de dolor, lucía restos de labial rojo que se mezclaban con los hilos de sangre que le escurrían de la cabeza.

—¡Mana, mi niña! —insistió—. No la encuentro, ayúdame a buscarla.

Irene corrió hasta el patio, tomó rumbo a la puerta atravesando el pasto alto y las sombras de las estatuas en las fuentes que parecieron querer atraparla. A unos cuántos pasos de la puerta, una sombra negra le pasó por la cara. Irene se cubrió el rostro con las manos y se encogió esperando sentir un golpe, un aliento frío sobre la nuca o, peor, cuchillos reventando su carne. En lugar de eso, el sonido gorgoreante de un animal la motivo a destaparse los ojos y mirar al guajolote negro que caminaba frente a ella, hinchado y orgulloso como si fuera un rey.

—La bruja… —murmuró entre risitas nerviosas.

Se acuclilló con las manos colgando entre sus piernas, reía mientras gruesas lágrimas le humedecían el rostro. «Tonta, tonta, tonta», gimoteó, «Te estás imaginando cosas, nada de eso fue real». De pronto, en su cabeza brilló una idea con tintes de esperanza: todo se arreglaría, si lograba llegar al otro pueblo. Se levantó dispuesta a volver a la casa por las llaves del carro y sus botas. Desde el otro pueblo llamaría a Lala, para que se ocupará de traer al jardinero y al albañil, ya vería de donde sacar los siete mil pesos.

Volvió sobre sus pasos e hizo una pausa frente a la escalera, recordando la imagen doliente de Trinidad. Pobre de su hermanita, la pena le había desgarrado el alma a tal grado, que ya no quiso vivir. Irene rezó, rogó por que su hermana estuviera en el cielo junto a sus padres, llena de dicha y paz, y no en la tierra, deambulando con el mismo aspecto lastimero que tenía después de morir.

La cocina era lo más próximo, ahí estaban las llaves del carro. Caminó hasta ahí, segura de que todo lo había imaginado, mas atenta a los ruidos de la casa por si su imaginación se volvía a desbocar. El ambiente quieto de la cocina la relajó, no había nada más que el blanco de los mosaicos en la mesa de trabajo, y las gavetas de madera rustica bien cerradas. Las llaves estaban entre el refrigerador y la tabla de picar, podía verlas reflejando la tenue luz del crepúsculo. Las tomó en su mano, apreciando de manera especial el frío del metal y el sonido que hacían cuando las movía, eso era real.

—Tía, ¿ahora si me das un dulce?

Irene volteó a su derecha, encontrando a la misma niña del día anterior. Todavía tenía la boca y el vestido manchado por aquel líquido verde neón. Sonreía juguetona, mientras le mostraba un garrafón amarillo. De nuevo percibió un olor dulzón en el ambiente.

—Esta agua no me gusta mucho, tía, sabe rara —se quejó la niña.

—Tili… Tú no debiste beberte eso —se lamentó.

En ese momento, recordó aquel día. Había vuelto del supermercado con ese mismo garrafón amarillo, el mecánico le dijo que eso bastaría para reparar el aire acondicionado de su coche. Tili merodeaba en la cocina, esperanzada de que su tía, o su abuela, le dieran una golosina antes de la comida. Pero Irene no tenía humor para atender a la niña, y Aurelia no paraba de llamarla desde el patio, solicitando su ayuda para levantar la ropa limpia. Salió, no debieron ser más de cinco minutos, y el garrafón se quedó en la orilla de la mesa… Cuando Irene y Aurelia entraron, ya era tarde.

—No fue mi intención que eso pasara —lloró.

—¿Por qué lloras tía?

—Tili… mi niña…

Irene extendió las manos hacia la criatura. Apenas sus dedos rozaron sus bracitos, se desvaneció en una nube de humo que se perdió por el patio. «¡Tili! ¡Tili!», llamó una y otra vez, incapaz de moverse.

—¿Tili? ¿Encontraste a mi niña, Irene?

Trinidad apareció en la puerta de la cocina e Irene salió despavorida por la puerta trasera. Volvió a entrar a la casa por la entrada principal y subió a todo correr con rumbo al estudio. «¡Irene, no te vayas! ¡Dime dónde está Tili! ¡Devuélveme a mi hija! ¡Tú la tienes! ¡Fue tu culpa!», bramó la aparición, pisándole los talones.

Irene entró al estudió y cerró las puertas echándoles llave. Permaneció quieta, atenta a los sonidos del pasillo, sin más compañía que su respiración agitada y la molesta sensación del sudor que le escurría por la nuca. Tras unos minutos en silencio, creyó que todo había terminado y que de nuevo se lo había imaginado. Rozó la perilla con la punta de los dedos, lista para ir en busca de su carro.

—¡Tú la mataste! ¡Maldita!

Trinidad apareció destrozando las puertas en una potente explosión de energía, que envió a Irene con los brazos en cruz hasta el muro de follaje. Las enredaderas recibieron su cuerpo, prendiéndose a su vestido, a su cabello y a su carne. De nuevo, pudo sentir el mordisqueó de esas pequeñas bocas por todo el cuerpo.

—¡No, por favor! ¡Ayúdenme! ¡Trinidad!

Gritó y se lamentó durante horas, pero el fantasma no regresó.

La tarde se desvaneció dando paso a la noche fría. Tenía rato que Irene había dejado de luchar por liberarse de las plantas, y permanecía sumergida en esa sensación de ardor y humedad.

—Tili… Trinidad —llamó—. Lalita, por favor…

Nadie respondió.

A través de la ventana desprovista de cortinas, tenía una vista magnifica del cerró cercano, cuya oscuridad se veía interrumpida por pequeñas bolas de fuego que iban en fila, con dirección a la parte más alta. Irene se estremeció.

Por la mañana le pareció escuchar ruidos en la cocina. Tenía tan entumida la cara por el frío, que apenas pudo articular un murmullo inentendible. Observó los restos de la puerta, en espera de que Lalita apareciera; solo el tiempo pasó.

El techo de la casa emitía crujidos con el sol de la tarde, ella nunca lo había notado. Quizás era necesario que estuviera así, atrapada entre las ramas de una enredadera, con la piel carcomida y las extremidades exhaustas, para apreciar mejor la casa. Ojalá se hubiera dado el permiso de ser feliz con las cosas sencillas del pueblo y los dibujos de su sobrinita. Ojalá.

Lalita, despatarrada en el pasillo, gimoteaba con el rostro cubierto por su rebozo. Se lamentaba por no haber vuelto a la casa hasta después de tres días. Si hubiera venido antes, Irene no se habría muerto de hambre y sed, encerrada en el estudio de su papá. Nadie se explicaba por qué la mujer había decidido quedarse contra el muro de follaje, formando una cruz humana. ¿Cómo había resistido tanto tiempo en pie, incluso después de morir? Ni los policías ni los forenses lo sabían.

—Lalita —la llamó Alicia acariciando su cabeza—. ¿Puedes ir a llamar al cura? Queremos hacer un rosario.

—Sí, señora Alicia.

Sorbiéndose los mocos, Lalita se despegó del suelo. Pasó frente a la habitación de su señorita Irene, en la que se encontraban trabajando unos personas, metidas en trajes chistosos como de astronauta.

—¿Para qué sirve la risperidona? —le oyó decir a una mujer.

—No lo sé muy bien, pero creo que es para alguna enfermedad mental, ¿por qué? —contestó un hombre.

—Entre las cosas de la difunta hay una receta médica con ese medicamento anotado.

Lalita agitó la cabeza en forma negativo y siguió su marcha. Sabía que su patrona tenía mal carácter, pero no estaba loca, no, seguramente esas personas estaban confundidas.

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