Aquel verano en Sorrow Hill
Andy sueña con revolucionar a su pueblo natal. Fuerzas desconocidas tienen el mismo plan.
Pasé la mayor parte de mí vida joven hundida en aquel paraje ignorado por casi todos los mapas, preguntándome: ¿cómo hicieron los ancianos para quedarse ahí de por vida? Y es que Sorrow Hill no ofrecía nada en particular. Le educación no pasaba del nivel medio, si querías continuar, tenías que irte a la ciudad o a cualquier otro sitio. Los servicios médicos estaban constituidos por el consultorio del doctor Potter y la doctora Blanc, una dentista de quien desconfío en modo particular. No por su nivel de experiencia, sino por esas enormes gafas de fondo de botella y su pulso saltarín, tan notorio del un tiempo a la fecha. Por restaurantes y cafeterías no nos quejábamos, teníamos varios buenos lugares. Nuestro favorito, el café de Susi; mis amigos y yo íbamos cada viernes. Nos encantaba sentarnos en su terraza a discutir sobre política y el cambio global.
Nosotros eramos la parte rescatable del pequeño pueblo, la generación disruptiva y caótica que traería la revolución a la sociedad, aunque en ese entonces no nos iba muy bien con eso. Para los viejos no eramos más que punks con pelos de colores; para los otros jóvenes eramos los raritos inadaptados; y para nuestros padres, eramos la deshonra en dos patas. A mí no me importaba lo que pensaran, yo estaba segura de que sembraríamos la semilla del cambio, mas no contaba con eso.
Aquel verano tuvo una vibra diferente a los años anteriores. De algún modo era más bochornoso, más ruidoso y molesto. Ni siquiera las visitas al lago parecían mitigar ese enojo silencioso que nos causaba salpullido en la piel, pero nadie decía nada. Podías apreciar el malestar en la personas por el modo en que fruncían el ceño, apretaban los labios o desviaban la cara sin ninguna razón. Era como si todos escondieran un reproche bajo su camisa.
Esa noche, mi grupo y yo fuimos con Susi como cada viernes. Ordenamos malteadas y hablamos sobre lo cool que sería tener foro en en el centro del pueblo en lugar de un deportivo. ¡La cantidad de bandas de rock que podrían venir! Solo pensarlo, se me erizaba la piel de la nuca. Para nosotros, pobres mocoso de dieciséis años, que habíamos oído a los grandes en viejos casetes, verlos en persona sería más que un sueño cumplido; un nirvana.
Jhon, mi novio en ese entonces, y yo, discutimos largamente sobre a quién veríamos primero. El apostaba todo por Misfits; yo tenía más ganas de ver a The Exploted. Pese a que nuestra perorata era escándalos por las constantes burlas de nuestros amigos, alcanzamos a oírlos. Al principio pensamos que se trataba de una broma expresada en voz alta, sin más intención que la de molestar, pero no, la pelea entre el señor Carl y su hijo George era muy real.
Carl escupía groserías y reproches venenosos de sus labios hinchados, mientras el sudor escurría copioso por sus rojas mejillas. George se encogía como si estuviera recibiendo pedradas en la cabeza. Intentó defenderse de su padre con varios argumentos, mas nada pareció complacerle. Presa de la vergüenza por las miradas puestas sobre ellos, George le suplicó que se callara. El señor Carl salió de su asiento y volteó la cara al cielo oscuro que se cernía sobre él. Emitió un sonido ronco al mismo tiempo que su pecho y su estómago de inflaron, pensé que iba a vomitar, mas lo que sucedió fue muy diferente.
Los pies de Carl se despegaron del suelo, por efecto de ese abdomen hinchado como un globo. Pronto alcanzó los cinco metros de altura y en ese momento, se detuvo. Su cuerpo recuperó sus dimensiones originales. Observaba su entorno, aparentemente consciente de que flotaba sobre nuestras cabezas, pero sin dar muestras de extrañeza. Soltó una carcajada tan estridente que hizo temblar a todos los presentes. Los murmullos a mi alrededor comenzaron a hilar fantasías, «Está poseído», dijeron unos, «Es un extraterrestre», sugirieron otros.
Ignorando los rostros aterrados, el señor Carl se elevó un poco más y en libertad, trazó en el aire unos frenéticos pasos de baile. Parecía danzar un animado rock o quizás un swing, era imposible acertar sin música presente. Movido con esos pasos y el viento, inició un viaje a través del pueblo. Desconcertados, miramos a George no hacía más que encogerse de hombros con el rostro empapado en lagrimas. Estuve tentada a ofrecerle mi apoyo, pero la imagen del cuerpo hinchado y flotante de su padre, junto con ese rostro enrojecido, me paralizaron.
—Jhon, vámonos —rogué, sujetándome a su brazo—. Tengo miedo.
—No temas, nena, yo te protegeré de cualquier mal —prometió.
—¡Si serás desgraciada! —maldijo Trini, mi mejor amiga—. Tú sabías que Jhon me gustaba, lo supiste siempre y, ¡aun así te lo tiraste!
—Trini, yo no sabía… yo jamás…
—¡Cállate, cállate, cállate! —Trini agitó su cabeza en forma negativa con tal fuerza, que temí se le fuera a desprender del cuello.
No daba crédito a lo que mis ojos veían. Mi amiga, la niña más dulce del mundo, estaba de pie frente a mí, tirando de sus rizos negros con sus dedos, maldiciendo entre espuma de saliva y, lo peor, luciendo una sonrisa inhumana que le deformaba la cara. No tardo en hincharse y elevarse a los cielos, igual que el señor Carl. Su baile la llevó más allá del crucero central del pueblo, la seguimos con la mirada hasta que los árboles la cubrieron.
—¿Qué está pasando? —Theo chilló, su mano temblorosa aplastó la mohicana rosa sobre su cabeza.
—No lo sé, pero será mejor que nos vayamos —Jhon nos empujó a la salida del local.
En el estacionamientos nos encontramos con un grupo de personas que corrían aterradas sin ninguna dirección. Detrás de ellas, surcando el aire, venía un grupo de bailarines flotantes. Eran personas que conocíamos, con quienes estudiábamos o con quienes compartíamos el sermón de la iglesia cada domingo. Reconocí a Jimmy por su camiseta de Iron Man, no me atrevía a mirar más que las piernas de aquellas personas, pero en su casos, quise ver un poco más. Quise ver su rostro, pero cuando subí la mirada me encontré con un vacío relleno por el cielo nocturno.
—Las ramas de los robles —observó Jhon—. Habrá chocado con alguno.
—Pero, ¿por qué sigue flotando? ¿Acaso no está muerto? —nervioso, Terry mordisqueaba el candado de su collar.
Era una buena pregunta. A diferencia de los demás, Jimmy ya no zapateaba en el aire. Flotaba con los brazos caídos a sus costados y las piernas flexionadas, era como si conservara solo la cantidad de vida necesaria para no desplomarse, mientras todo lo demás había desaparecido junto con su cabeza.
—¡Es una pesadilla! ¡Vámonos ya! —Theo rogó saltando al interior del auto.
Lo seguimos sin pensarlo dos veces y arrancamos. Jhon guio nuestra vieja camioneta a través las calles atestadas de gente, que corría tratando de alejarse de los espantosos danzantes. Yo me resistí a mirar por la ventana hasta que Jhon me pidió ayuda para circular sin matar a nadie, así que vi mucho más de lo que desearía.
Vi a la señora Serrano con la falda dando vuelos en el aire, permitiendo la vista de su ropa interior. Ella que solía ser aprensiva con el largo de la faldas, estaría muy descontenta con su conducta, si tan solo fuera consciente de ella. Theo vio a su madre atorada entre las ramas de un abeto. De inmediato, Jhon se ofreció a detenerse y ayudarla, pero Theo se negó, dijo que no tocaría a esa cosa por nada en el mundo.
Por fin, dimos vuelta a glorieta en Green Corner, la casa de Jhon y su cochera similar a un bunker, estaban a pocos metros. Me alegré pensando en que pronto estaríamos ahí dentro, aislados de aquella pesadillas hasta que la vi. Quizás era la más graciosa de todas porque había recibido lecciones de ballet durante cinco años, o porque simplemente nació para ser bailarina. Mi hermana Jenny nos dio la bienvenida con una arabesco perfecto.
—Andy… —Jhon me llamó sin aire.
—Sigue adelante, esa no es ella —sollocé.
Jenny siguió danzando a nuestro lado. Oímos cuando sus pies ligeros aterrizaron en el techo de la camioneta y luego desaparecieron. Frente a nosotros, la cochera se abrió, entramos aprisa, golpeando los anaqueles que el papá de Jhon había clavado a la pared. Nos quedamos quietos, iluminados por la luz de emergencia que se encendía siempre que entraba un auto. Nos daba miedo hablar, respirar o hacer cualquier sonido porque pensábamos que aquellos seres podrían encontrarnos si lo hacíamos.
—¡¿Chicos, están bien?! —el padre de Jhon abrió la puerta que conducía al interior de la casa.
Permanecimos inmóviles.
—¿Alguien está herido? ¿Qué pasó? Los noticiarios cuentan cosas increíbles —dijo la madre de Jhon, abriendo las puertas.
—Es el infierno, señora Wallas, es el infierno —lloré.
Tras setenta y dos horas atrincherados en la casa de los Wallas, tuvimos que salir en busca de víveres. Jhon y yo nos ofrecimos. Me sorprendió darme cuenta de que la mayoría de los vecinos ya se había resignado a la presencia de los Voladores. Salían a hacer compras con las cabezas cubiertas con capuchas o pañuelos, como una escueta protección para no verlos. Los más osados, los apartaban como globos desinflados cuando se topaban con ellos.
Usando una vieja reflex, me dí a la tarea de documentar el suceso. Después de un tiempo, ya no me daba tanto miedo, al contrario, cada vez que veía a un decapitado flotando a capricho del viento, me invadía una profunda tristeza. La mamá de Theo seguía atorada en el árbol, nadie se atrevió a ayudarla, pero al menos ya no se movía. Quise creer que por fin estaba en paz.
La séptima noche, cuando Sorrow Hill se había resignado a vivir con los Voladores, el pastor Vega invitó a la comunidad a un anoche de alabanza y oración. Todos aceptamos asistir, hasta los que no eramos muy creyentes. De camino a la iglesia me encontré con el cuerpo quemado de mi hermana. Debió tocar los cables de alta tensión, mas aún flotaba. Supe entonces que hacía lo correcto en ir a rezar por su alma.
Quizás fueran las plegarias, o tal vez lo que haya provocado la catástrofe perdió su fuerza, lo cierto es, que a la mañana siguiente, cuando todos salimos de la iglesia, el pueblo entero estaba cubierto con los cuerpos caídos del cielo. Dos personas sobrevivieron, una niña de doce años llamada Nivea, y un hombre de sesenta años llamado Andrés. El pueblo entero se moría de ganas de hacerles preguntas, por desgracia, ellos jamás se recuperaron del trauma y permanecieron mudos. Fallecieron dos años después.
Los funerales y rituales por aquellas almas duraron doce días con sus noches. Y al terminar, el pueblo nunca volvió a hablar del suceso. Con el tiempo, algunos se mudaron. Los que se quedaron, cumplieron un contrato tácito en el que se prohibía hablar del suceso a cualquier extraño. Sencillamente, Sorrow Hill nunca estuvo invadido de Voladores en ninguno de sus veranos.
Yo me mudé a la gran ciudad gracias a las fotografías que tomé. Me las compró un fan del ocultismo por una cantidad obscena. Jhon no quiso venir conmigo, así que terminamos. Procuro hacer una corta visita a mis padres cada año, porque no me resulta agradable estar en su casa. La salud mental de mi madre quedó muy dañada. En ocasiones, asegura haber visto a mi hermana danzando en el patio trasero, es aterrador. Por eso suelo irme después de dos días, máximo tres, es todo lo que puedo soportar.
A veces me pregunto, si en alguna parte del mundo sucedió algo parecido, o solo Sorrow Hill tiene mala suerte.


De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
