Las cosas que no hacemos
Una breve reflexión sobre los deseos postergados.
¡Qué ganas de hacer de todo, Paulina!, exclamé pisando la alfombra de la recamara, envuelta en una nube de vapor oloroso a lavanda. En espera de la respuesta de mi albina compañera, me instalé frente al tocador, viéndola de reojo. Era totalmente indiferente a mis palabras, se quedó echada sin moverse con el rostro hacia la pared.
Chasqueé la lengua y mejor me concentré en la pálida mujer de cuarenta y tantos años, que me devolvió la mirada desde el espejo; se veía tan cansada. Dicen que uno debe ir adelante con su vida, aunque hay veces en que pareciera que la vida misma empuja con agresividad hacia adelante, sin siquiera fijarse en cómo va el tránsito, entonces, quedamos perdidos en un mar salvaje de cotidianidad, envueltos en interacciones necesarias, mas no deseadas. Rara vez nos vemos las caras con detenimiento, y todavía menos frecuente es conocernos de verdad.
Y enjaulados en ese violento mar, nos convertimos en peces soñadores de lo que no hacemos, de esos sencillos actos convertidos en flotantes anhelos, suspendidos durante el día en nuestras recamaras vacías como traslucidos fantasmas. Ellos esperan con ansías ser desprendidos del aire durante la noche, para ser soñados.
Si dejáramos de soñar con lo no hecho, ¿seríamos más felices, Paulina? Porque déjame decirte que soñar con lugares desconocidos, con los besos guardados, con las caricias obstaculizadas por el sinfín de inseguridades, que tantas ganas tenemos de regalar, a la larga se transforman en un peso doloroso. Nunca hacemos, solo fantaseamos con que lo haremos.
En la oscuridad de la noche, encontramos esos rostros sonrientes de personas amadas con quienes compartimos una comida imaginaría, mientras cantamos al ritmo de una música inexistente. En mis sueños, yo veo a ese a quien conocí en un jardín lleno de flores, entre abejorros y pajarillos. Ese a quien no le confesé que lo amaba desde mucho antes de conocer su nombre. ¡Otra cosa no hecha, mi amiga! No se habla de lo que el corazón siente, porque no tenemos tiempo para eso en esta era de tecnología y amor impersonal, ¡todo se termina en cuanto apagas el celular!
Me ignoras, ya lo sé, ¡tú no eres más que una gatita suertuda! Eres ajena a las problemáticas costumbres y necesidades humanas. ¡Ay, Paulina, quisiera ser libre como tú! Sería maravilloso dejar de ser feliz soñando con las cosas sin hacer, pero es que resulta más fácil soñar, que realizar.


De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
