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27 de septiembre de 2022

Es la historia de Alana Kane y Gary Valentine mientras crecían, corrían alrededor y se enamoraban en el Valle de San Francisco, 1973.

En los últimos años algunos cineastas reconocidos han creado la tendencia de hacer películas que se sitúan en épocas y lugares en los que crecieron, con o sin elementos autobiográficos. Este es el caso de Roma de Alfonso Cuarón, o Había una Vez en Hollywood de Quentin Tarantino, ahora fue el turno de Paul Thomas Anderson de presentarnos su visión de California a inicios de los 70’s en Licorice Pizza.

Y digo su visión de una forma literal pues al igual que los otros trabajos mencionados, Licorice Pizza nos presenta una época bajo la lupa de la nostalgia, todas las características que la conforman existieron, pero no de esta manera tan romántica. Anderson deja muy claro con la fotografía que las imágenes que estamos viendo son salidas de un cálido recuerdo o sueño.

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Pero esta visión idílica del contexto en el que creció Anderson se desmorona a si misma cuando los personajes muestran sus verdaderas caras, llenas de egoísmo y prejuicios, la realidad se asoma para que el encanto del exterior se desvanezca.

El mejor ejemplo de este quiebre de lo idílico se ve en el romance central de la cinta, entre Gary y Alana. Desde la primera vez que cruzan palabras es claro que una química así de poderosa solo se ve una vez en la vida, es como si estuvieran hechos a la medida para el otro y aún así, hay un pequeñísimo gran problema: Él tiene 15 y ella 25.

Caer en el deseo sería cometer un crimen para Alana, pero eso no les impide formar una relación amistosa y de negocios con Gary, que en gran parte funciona muy bien, hasta que Gary muestra más interés en otras mujeres y Alana no se siente alabada como se lo merece. Sus interacciones se vuelven violentas, se separan, lamentan su soledad y corren (literalmente) a los brazos del otro.

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La efectividad de esta tumultuosa relación se debe gracias a Alana Haim y Cooper Hoffman, ambos debutando como actores. Es notable que sus personajes están moldeados para ellos y no tanto porque sean sus personalidades reales, sino que pueden interpretarlos con naturalidad.

Y de esa naturalidad nace esta química que mencioné al inicio, que no es algo que puedas ver todos los días. Por eso por más agresiva que se torne su relación y por más incorrecta que sea moral o legalmente, Anderson nos quiere demostrar que vale la pena luchar por este tipo de conexiones tan atípicas.

En Licorice Pizza, esa conexión es una añoranza, un sueño o pensamiento de algo que no sucedió, un fragmento del tiempo de una época que no sucedió, de nuevo, no exactamente así. A este último proyecto de Anderson se le puede calificar de problemático, pero haciendo a un lado lo inmoral de su naturaleza, queda una cinta sumamente dulce.

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Dirección y guión: Paul Thomas Anderson
Elenco: Alana Haim, Cooper Hoffman, Bradley Cooper, Tom Waits, Sean Penn, Benny Safdie, Skylar Gisondo, Este Haim, Danielle Haim, John Michael Higgins, Mary Elizabeth Ellis y Christine Ebersole

 

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