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Transición

Julia no está segura de haber despertado en su casa.

Visito el hospital con frecuencia. Sería fácil confundirme con una empleada, porque a veces llego muy temprano y me retiro hasta la noche, sin embargo, la manguera prendida a mi brazo y mi semblante verde, dejan claro mi estatus como paciente. No es un gusto vivir así, habría hecho todo en mi poder para evitarlo, si tan solo hubiera habido una forma.
Quien diría que a mis treinta y nueve lidiaría con esto.
«Es una masa, apenas mayor a una uva», dijo el médico tras la primer RM.
«Lo lamento, Julia, es inoperable. Te mantendremos lo más cómoda posible, lo prometo», concluyó apenas 3 meses después.
Mis rachas de dolor no son muy frecuentes, es la parte positiva supongo, el resto de los síntomas como las náuseas, los mareos, van y viene durante el día; esa es la parte muy negativa. Me dan medicamentos para cada achaque, aunque con los más molestos no han podido hacer nada. Me enoja percibir aromas que en realidad no están ahí y, a veces, también veo cosas.
Por las tardes, me gusta tumbarme en el sofá a leer un libro, entonces, me percato por el rabillo del ojo, del aleteo de una mariposa entre las cortinas. Cuando me dispongo a tomarla entre los dedos con el fin de ayudarla a salir, desaparece. Y esa es solo la mitad de las curiosidades, pues también he alucinado con la presencia de mi hermana mayor, Lita.
La veo entrar a la casa con bolsas de provisiones en la mano, me saluda animosa como siempre. Luego, entra a la cocina a preparar una sopa caliente y mientras termina, me manda a dormir un rato. Yo le hago caso, subo y me acurrucó encima del edredón y cierro los ojos. Entre esa duermevela me llegan los aromas del arroz cocido, el ajo y el pollo. Al despertar, regreso a la planta baja y descubro que no existe la sopa, ni Lita. Me esfuerzo por restarle importancia, aunque sí me desilusiona, no es agradable estar sola y enferma.
—Listo, Julia, esta es tu nueva prescripción, llámame si alguna cosa no te sienta bien —reza el doctor Ben, su sonrisa se balancea entre la conmiseración y la formalidad.
—Ok, gracias. Nos veremos la próxima semana. —No es mi intención ser grosera, es el efecto de saberme con los días contados: me he vuelto más directa y menos efusiva.
Hago el mismo camino de siempre a la salida: por el pasillo largo de oncologia, donde hay mucha gente de semblante triste sentada en las bancas. Quisiera lamentarme por ellas; ya ni ganas me dan de lamentarme por mí. Algún ente en el plano de luz, o en el de la oscuridad, me negó la posibilidad de tener una larga vida feliz.
En las puertas el guardia me desea un feliz Halloween; ni siquiera lo miro, sonó como a una burla.
Si tengo algo de suerte, no despertaré mañana.
El taxi me lleva a la zona rural de Santa Clara, ahí compré la casa de mis sueños. La calma del campo, los pisos de madera, chimenea de piedra, fresas creciendo en el patio trasero, eran mi más grande anhelo. Jamás creí que se convertiría en el agujero donde me escondo para evitar el contacto con cualquier ser humano. Lita es la única a quien le permito venir, los demás me verán en el féretro.

Subo los tres escalones del pórtico, las calabazas me saludan con sus caras sonrientes; de nuevo olvidé comprar las velas para iluminarlas. Entro a la casa y me recibe el sonido del alegre reloj cookoo de la sala. Me quedó quieta, en espera de ver alguna cosa inusual a mi alrededor. Solo está el silencio y el ambiente tibio generado por el piso de madera. Iré por mis viejos pants, mi armadura desde hace tres años, y me meteré a la cama. No quiero comer, ni ver televisión, solo ansío el consuelo de mis sueños.
No bien he retirado el edredón, con la intención de meterme debajo, escucho sonar el timbre. Tuerzo la boca pues no sería la primera vez que abro la puerta sin encontrar a nadie, y desde hace un rato percibo un olor a café recién hecho, por supuesto no es real. Me quedo sentada en la orilla de la cama y aguardo por un nuevo toquido, luego otro y uno más. Al contar diez, me convenzo de que sí hay alguien en mi puerta y voy a recibir al visitante.
—¡Por fin! Ya te hacía en alguno de los bares de la calle Mirna —Lita entra a la casa con las manos cargadas de bolsas.
—¿Teníamos una cita?
—No, gruñona, estoy aquí porque soy tu hermana y el domingo es tu cumpleaños: me voy a quedar contigo todo el fin de semana.
—¿Y tu esposo está de acuerdo?
—Harry lo entiende.
Vaya, tengo un cuñado muy considerado. A él le heredaré toda mi biblioteca, seguro la va a a disfrutar por un tiempo antes de venderla por ebay.
Lita entra a la cocina y se pone a guardar los montones de comestibles. Planea prepararme una cena especial con mis platillos favoritos y que veamos viejas películas de nuestra infancia. Eso mismo hacíamos al terminar con algún novio, lo llamamos Operación Corazón Roto. Ahora, soy yo quien le rompe el corazón a mi hermana y siento una culpa terrible.
—¿El doctor Ben dijo algo bueno? —grita con la cabeza dentro del refrigerador.
—Lo de siempre: ahí está y crece a pasos agigantados.
—Claro. ¿Le contaste de ese dolor extraño?
—Sí, me cambió los medicamentos. Al final solo se trata de tenerme cómoda hasta…
—No lo digas —Lita abandona la tarea y viene a tomarme de las manos—. Sabemos que sucederá, no hay necesidad de mencionarlo a cada rato. Por este fin de semana, disfrutemos y ya.
Asiento con la cabeza, Lita me sonríe y regresa a su labor. Aunque sea mi hermana, y mi persona más amada, no puedo evitar sentir envidia de su cuerpo sano, modelado por Hyrox. Solíamos ir juntas. Ella era mucho más diestra porque siempre fue más fuerte; yo jamás logré alcanzarla a pesar de esforzarme lo más posible.
—Si quieres vete a dormir, veo que ya tienes puesto tu traje de gala —se burla la malvada—. Pondré unas cosas a cocer y otras en remojo para hacerte un gran desayuno.
—Vomitaré la mayoría de esas cosas, ¿no te importa?
—Igual valdrá la pena el esfuerzo.
Lita me da un abrazo seguido de una nalgada en el flacucho trasero, me envía arriba con la promesa de vernos en la mañana. Me duelen las promesas inciertas.
Camino a las escaleras, el cookoo vuelve a sonar y esta vez me parece desafinado en el último cookoo. Me acercó a revisarlo, mas nada parece inusual en él: el pajarillo regresa a su casita y las manecillas marcan la hora correcta. Alucinaciones auditivas, me faltaba tachar esas en la lista pues no se habían presentado. Seguro al doctor Ben le hará gracia.
Suspiro, doy la vuelta hacia la escalera y entonces lo veo. Es la silueta exacta de un hombre alto sin mayores detalles: carece de rasgos faciales o corporales, tampoco usa ropa, es solo una sombra. Es la primera vez que alucino con algo así y seguramente no será la última. De pronto, en esa cara negra se dibuja una amplia sonrisa llena de cuadrados dientes blancos. Sonrío, no hago escándalo ni llamo a Lita porque se desvanecerá en cualquier momento, mejor me concentro en la tarea de subir. Al pisar el último escalón miró hacia atrás: sonriente se ha ido. Lo sabía.

Despierto en plena madrugada con la sensación de tener un hierro candente clavado en la cabeza. La casa está a oscuras, ya no se oye ningún sonido, Lita debe dormir en el sofá. Me pasa por la dolorida cabeza la idea de pedirle ir a urgencias, mas pronto me conmino a calmarme porque sé que allá no harán mucho. Decido tomar una pastilla más y volver a dormir, por la mañana seguro estaré mejor.

Abro los ojos muy despacio, temo volver a ser consciente de mi estado porque si aún duele, me daré cuenta. Por suerte no es así, el dolor de cabeza se ha ido y por primera vez en mucho tiempo no siento náuseas. Por las cortinas se filtra una luz blanca, el cielo estará nublado, y de la planta baja me llega un delicioso aroma a café recién hecho; Lita ya se levantó.
Echo el edredón a un lado y saco los pies de la cama, la madera se siente demasiado fría, quizás sea el presagio de mal clima. Aparte del aroma a café hay uno más, se parece al olor del lodo fresco, ¿afuera lloverá? Quizás solo lo imagino. Voy en busca del suéter verde de punto grueso que me regaló mamá, me mantendrá abrigada y cómoda mientras desayunamos.
—Ya escuche tus pasos, baja antes de que se enfríe el café. —Mi hermana llama desde la cocina.
Hoy me siento con una nueva energía, corro hacia la puerta y la abro de golpe, en el último segundo, no me atrevo a salir. De la noche a la mañana creció moho en el suelo y las paredes. Por la ventana al final del pasillo se filtra la misma luz blanca. La temperatura es más baja en el pasillo, se siente como un congelador.
—¡Lita! ¿Estás abajo? —grito con voz temblorosa.
Nadie me contesta
El cookoo da la hora, son las nueve. Si esta es otra alucinación, es la peor, jamás había visto tan diferente un espacio. Si bajo, tal vez pueda encontrarme con la realidad, o al menos con mi hermana. Doy algunos pasos inseguros por el pasillo y de pronto escucho el crujido de los escalones, Lita debe venir a buscarme.
—Hermana, creo estoy en medio de una…
No es Lita.
Lo que vino de la planta baja es un un hombre jorobado, su piel se ve lechosa, transparente, es fácil ver sus abultadas venas moradas por los brazos y las piernas apenas cubiertas por un jirón de pantalón. Tiene enredado un alambre de púas alrededor del cuello, el tórax y los brazos, sus heridas sangran porque las púas se entierran repetidas veces en la carne viva. El jorobado resopla en lugar de respirar, me mira con un ojo amarillento mientras el otro permanece cerrado.
—¿Mamá? —balbucea.
—No… no, yo no soy tu mamá.
—¡Mamá!
Corre en mi dirección, estira un brazo protuberante terminado en una mano de dedos deformes, ¡trata de alcanzarme! Regreso a mi cuarto, mi boca está bien abierta, siento la tensión en las mejillas, pero no puedo escuchar mi propio grito. Pongo el seguro a la puerta en un veloz movimiento, el jorobado rasca desde el otro lado. Revuelvo la cómoda en busca de mi celular.
¿Cómo entró aquí ese loco? Si le hizo daño a mi hermana lo voy a…
Demonios, mi celular no está, debo haberlo dejado en la sala. Mi vecino más cercano está a una hora de camino, aunque grité nadie me escuchará. Bebo bajar, cerciorarme de que Lita se encuentra bien, y ya juntas podremos escapar.
—Julia, no te hagas la chistosa, no te voy a esperar toda la vida.
Esa es Lita, parece llamarme desde el pie de la escalera, ¿cómo es posible?
Entre cavilaciones, reparo en mi reflejo en el espejo. Puedo reconocerme por la ropa, mas el resto de mí… ese es mi cuerpo de Hyrox, ya no soy ese esqueleto demacrado de anoche, ¿qué está pasando? Siento náuseas… no, no me puedo descomponer ahora, debo ir por Lita. Si ella me llamó como si nada, significa que el jorobado está en mi cabeza, ¡alucino! Eso es todo. Puedo ir a la planta baja, nadie me hará daño.
Respiro hondo y abro la puerta, el jorobado se ha ido, en su lugar hay nubes de tormenta contra el techo. Los rayos las iluminan, a la vez, los truenos hacen vibrar los muros. No es real, solo está en mi cabeza. Me cierro el suéter con la mano, decidida a llegar abajo y la tormenta comienza: gruesas gotas de lluvia empapan el pasillo.
A mi derecha se encuentra la biblioteca, cuya puerta está abierta y la luz encendida. Tal vez mi hermana esté adentro, me asomo y me encuentro con una jovencita. Su cabello largo me recuerdan a los hilos de las telarañas, el libro le cubre el rostro. Me atrevo a entrar pues ni su vestido esponjoso de color rosa ni sus zapatos de bailarina me inspiran peligro. Al escuchar mis pasos, eleva una mano huesuda de largas uñas, hace una señal de alto. Despacio, baja el libro y descubre ocho pares de ojos rojos. Parpadean sobre una nariz respingada y unos labios rosados.
Vuelvo sobre mis pasos con un grito atorado en la garganta y cierro la puerta de un golpe. Sostengo el picaporte, dentro la escucho moverse, se acerca y toca tres veces con lo que supongo es una de sus uñas. El picaporte gira entre mis dedos y me lanzo escaleras abajo.
—¡Lita, necesito ir al hospital!
Abajo también llueve y también hay manchones de moho. Los muebles tienen el aspecto de haber cumplido cien años: los cojines se ven raídos, los sillones hundidos y las sillas del comedor de madera están carcomidas. El mantel blanco se redujo a un pedazo de tela amarillenta bajo el florero llenó de varas negruzcas.
—Julia, si no vienes por tu desayuno, me voy enojar.
¡Lita está en la cocina!
Entró a ella, mas no hay nadie. Veo pan tostado y huevos humeantes servidos en platos limpios; este espacio se ve pulcro, normal.
—¿Lita,estás aquí? —me atrevo a preguntar.
La respuesta viene a mí en forma de un desagradable ruido gutural.
Proviene de la tubería, pienso.
Me acerco al fregadero y me agacho a fin de escuchar mejor. Una sensación húmeda, pegajosa, recorre el brazo apoyado cerca del refrigerador y al enderezarme descubro una cara de ojos torcidos sobre la puerta del mismo; su larga lengua acaricia mi abrazo. Me aparto de un salto y en la huida me estrello contra la puerta que conduce al jardín trasero.
Sí, por aquí podría salir, dar la vuelta por el campo y llegar a mi auto, si puedo salir a la carretera todo estará bien. Esperanzada, ejecutó mi plan, aquí no llueve. Me dispongo a cruzar por el campo abierto, cuando me detiene en seco la figura una mujer robusta que corta flores. Usa un vestido floreado muy viejo, la falda tiene grandes agujeros. En sus brazos hay pústulas amarillentas, las que se encuentran abiertas chorrean un liquido lechoso hasta sus dedos. No, no quiero ver su rostro, ¡no quiero!
Vuelvo a la casa y no paro de correr hasta estar dentro de mi habitación. La lluvia continúa, se oyen los truenos y las gotas cayendo en los charcos de las esquinas. Al asomarme a la ventana, me encuentro con un cielo nublado donde los pájaros permanecen estáticos. La mujer del vestido aparece en cualquier punto donde ponga la mirada; aún no veo su rostro.
—Julia… ¡Julia!
Lita… La escucho en la habitación.
—¡Julia, por favor, Julia! ¿Por qué no despiertas?
¿Cómo que no despierto?…
Lágrimas ardientes ruedan por mis mejillas.
¡Mamá!
¡Mamá!
¡Mamá!
Afuera el jorobado vuelve a rasguñar la puerta.

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