La Reunión
Marissa es una dama con habilidades muy particulares. La noche del 2 de Noviembre, decide ponerse a las ordenes de la familia Ochoa García, en el Callejón del Aguacate.

Marissa estuvo de pie frente el portón de madera a las ocho en punto, tal y como se había concertado la cita. Una suave llovizna la había acompañado durante todo el trayecto, la vio como una señal. Quizás ese día las cosas irían por un mejor rumbo. Detuvo su puño tembloroso sobre la áspera madera de la puerta sin atreverse a tocar, después de todo, ¿quién era ella para venir a perturbar la paz de aquel hogar después de tantos meses?
—¿Eres tú, mijita? —la puerta se abrió y doña Catalina asomó la cabeza por un resquicio—. ¡Ay, mi niña, llegas muy a tiempo! ¡Pasa, pasa!
La mujer, bajita y de caderas generosas, se hizo a un lado para darle espacio, Marissa sonrió con timidez, se echó un mechón del rubio cabello detrás de la oreja y aceptó la invitación.
—¿Por qué no tocaste, mi reina? Está lloviendo y hace muchísimo frío.
—Es que no quería molestar, doña Catalina.
—¡Tonterías, mijita! Te esperábamos desde hace mucho —la mujer metió las manos a los bolsillos del mandil floreado y echo a andar—. ¡Oigan todos, ya llegó nuestra invitada! —llamó entusiasmada.
Marissa se detuvo a mitad del recibidor. Frente a ella se elevaba una escalera protegida por un grueso barandal de madera, por la que un alegre perro mastín venía en alocada carrera; junto a él venían dos chicos, de catorce y trece años respectivamente, llamados Timoteo y Ángel.
—¡Hola, Marissa! —exclamo Timiteo, deslizándose sobre el barandal para alcanzarla antes que hermanito.
—Esperamos mucho para conocerte —secundo Ángel, llegando segundo.
—Me alegra conocerlos —Marissa saludó, mientras sostenía las manos heladas de los jovencitos en las suyas.
Sintiéndose relegado, el mastín comenzó a ladrar y a correr en círculos al rededor de ellos y apoyado sobre sus patas traseras, rascó la espalda de Marissa a fin de obtener su atención. Si su abrigo hubiera sido más delgado, le habría causado terribles rasguños por mucho que eso hubiera sido un gesto amigable.
—¡Romeo! ¡Ya estate quieto, Romeo! —doña Catalina sujetó al animal por el collar de carnaza y tiró apartándolo de la joven.
—No se preocupe, no me molesta —Marissa intentó conciliar.
—¡Ay, mijita, es que es bien abusivo! Ángel, hazte cargo de que no la moleste.
—Sí, mamá —Ángel torció la boca, disgustado por tener que dedicar su atención en otra cosa que no fuera su guapa invitada.
—Ven, mi niña, mi marido está por acá.
Catalina tomó la mano de Marissa. Esta no pudo reprimir un escalofrío cuando la tocó, pues todos parecían tener las manos frías en esa casa. ¡Y cómo no iba ser! Los cristales de las ventanas estaban rotos y las telarañas que ya se habían formado en los huecos indicaban que había pasado mucho tiempo desde que ocurrió. Los pisos de madera también estaban descuidados, grises a causa de las múltiples capaz de polvo que los cubrían. Los muebles también tenían un aspecto cutre que habría despertado la incomodidad en cualquier persona; no en Marissa, ella sabía lo difícil que se habían puesto las cosas para la familia Ochoa García.
Después de cruzar un pasillo tapizado de retratos antiguos, llegaron a la sala grande. Un cuarto de paredes blancas en donde había una bonita sala de grueso tapiz verde con dibujos geométricos, de esas que fueron muy populares en las casas ricas durante los años 90´s. Esa habitación, a diferencia de las otras, tenía un olor particular, era algo entre medicina dulzona y encierro. También era la habitación mejor iluminada y la más aseada, lo que tal vez se debía a las recientes visitas.
Don Aurelio Ochoa estaba desparramado en el sillón con el periódico bien abierto entre las manos. Marissa se dio cuenta de que la publicación tenía varios años pues el papel ya se veía amarillento. Aun así, Aurelio parecía muy afanado en su lectura.
—No le hagas caso, es un fantoche —advirtió Catalina—. Le gusta presumir que está bien informado y nunca se da cuenta de que los periódicos en la canasta tienen más de veinte años —rio.
—¡Ya te escuche, mujer! ¡No te burles! —Aurelio bajó el periódico y su rostro de ojitos pequeños se deformó en una sonrisa cariñosa —Tú debes ser Marissa, sé bienvenida —saludó y se puso de pie.
—Me alegra estar aquí —ella hizo una corta reverencia con la cabeza.
La familia la invitó a sentarse; Marissa se acomodó en el sofá, cuidando que su vestido de seda morada no se arrugara. La familia se sentó frente a ella y Romeo se echó bajó la mesa de centro, cerca de los pies de Marissa.
—¿Estamos todos? —Marissa preguntó a la vez que estiraba el brazo para acariciar la cabeza del perro.
Doña Catalina le explicó que faltaban sus hijas: Clara y Medea. La primera se encontraba trabajando, mas no tardaría en llegar a casa. La segunda le ayudaba en la cocina, vendría cuando el tiempo de cocido de la cena terminara. Aprovechando el tema de conversación, doña Catalina se disculpó con la invitada por no tener más que asado sencillo para ofrecerle en la cena, pero había sido complicado moverse con todos esos trabajadores deambulando por su casa.
—Son buenas gentes, han sido respetuosos y cuidadosos con todas nuestras pertenencias —comentó—, pero ya se empieza a volver un fastidio que estén aquí todos los días.
—Lo comprendo —Marissa asintió con la cabeza—. Si hoy tenemos suerte, ellos ya no vendrán más. Será importante que me cuenten todo con muchos detalles, para que podamos terminar el trabajo.
—Por supuesto, estaremos encantados de cooperar —afirmó Aurelio.
—Mami, ya está la carne.
Por fin, la hija menor, Medea, apareció en el marco de la puerta que los separaba del comedor principal. Era una jovencita esbelta de tan solo quince años, sus trenzas castañas cubrían los pechos en desarrollo; pronto celebraría su fiesta. Marissa quiso saber si se encontraba emocionada por la fiesta, así que le pidió que le contará un poco sobre la planeación. Medea, con gesto soñador, le habló de su vestido rosa, del mismo tono de los pétalos de la flor que llevaba el mismo nombre. También contó sobre la corona que le pondría su tía Elisa durante la fiesta y lo grande y maravillosa que era la parroquia de San Juan Bautista, ¡ninguna de sus amigas había podido celebrar su misa de gracias ahí!
—¡Yo seré la primera! —la niña aplaudió—. Mi mamá consiguió que me apartarán el día desde hace dos años.
—Y no fue fácil, el padre Andrés tiene su carácter —Carolina chasqueó la lengua.
—Entonces, me alegro mucho por ti —Marissa sonrió sincera.
—Gracias, señorita, espero que venga a mi fiesta.
Medea la miró, su gesto se ensombreció a pesar de que sonreía. Marissa se impregnó de esa emoción, de esa alegría de tacto gélido que invitaba al llanto vivo. En su mente se formaron palabras de felicitación, de consuelo, que no pudieron encontrar salida a través del nudo en su garganta.
—Por favor, cuéntenme lo qué pasó —jadeó después de unos minutos.
—Pasemos a la mesa —pidió don Aurelio, señalando el camino con el periódico enroscado.
Marissa siguió a la familia al cuarto contiguo. El comedor rústico de doce plazas estaba iluminado con velas cuya cera ya se había derretido hasta la mitad. En el aire los aromas se confundían. El sutil aroma del guisado se perdía en el olor de la tierra mojada que se colaba por cristales rotos. Había otro olor en el ambiente, un hedor sofocante que Marissa prefirió ignorar.
Los puestos en la mesa estaban indicados con manteles de tela beige, seis se encontraban dispuestos en el siguiente orden: uno a la cabeza, tres a la derecha y dos a la izquierda. El séptimo se colocó en la siguiente esquina de la mesa, apartado de los demás y ese fue el lugar que don Aurelio le indicó a Marissa para que sentara. Ángel y Timoteo se sentaron después de que su padre lo hiciera. Entre Medea y su mamá, acarrearon a la mesa los platos con el asado el espagueti blanco.
Marissa echó un vistazo a su plato. La carne lucía jugosa, las verduras tenían ese color vivo de cuando se han cocido bien y la pasta se veía suave, bien aderezada con crema y queso rallado. Notó el vapor subiendo por el aire, mas no percibió su aroma con la intensidad que le daría la cercanía. Todos esperaron a que su doña Catalina y su hija se sentaran para comenzar a comer.
—¿Clara tardará mucho? —Marissa preguntó. Cuando sus dedos se enredaron al tenedor, una sensación desagradable le recorrió el brazo.
—Clara siempre llega tarde —explicó Timoteo—. Y siempre viene de malas, por eso ya no la esperamos.
—Es por su trabajo, dice que sus jefes no la valoran —explicó doña Catalina—. Mi niña es buena, Marissa, pero a veces… se enoja demasiado.
—La vecina del 13 trabaja con ella y nos contó que un día, Clara abofeteó a una de las secretarias por no redactar bien una carta —Ángel contó, atento a los miradas de sus padres, quienes parecían querer censurarlo.
—Y el otro día, cuando llegó echa una fiera… —comenzó Medea.
—Niña, no hables de eso que estamos comiendo —la amonestó su mamá.
—Déjela, doña, necesito saberlo todo —Marissa suplicó.
Catalina afirmó con la cabeza mientras se enjugaba una lágrima furtiva con la servilleta.
—Es que mi hermana no está bien de la cabeza —relató Medea—. Dice que las paredes le hablan y que las lagartijas del techo le cuentan cosas horribles, por eso vive enojada. No es por el trabajo como te dice mi mamá.
—¡Esas son niñerías! Ella no tiene nada en la cabeza —replicó Catalina—. Está cansada por que ser gerente es un trabajo pesado, eso es todo.
El silencio se instaló en el comedor, mas pronto fue interrumpido por un azoton de puerta. Los Ochoa García fijaron sus ojos en la entrada, sus manos de dedos crispados se aferraron fuerte a la orilla de mesa. Marissa apretó los puños sobre su regazo y dentro de su pecho su corazón se aceleró, sabía lo que venía.
—Díganme por favor, qué pasó ese día.
—Ella ya está aquí —Medea balbuceó.
Lenta con el gesto pálido, se levantó de la mesa y caminó en dirección a la puerta principal; la familia hizo lo mismo y la siguieron. Marissa fue tras ellos.
—Ese día ella vino a casa muy alterada, gritaba pidiendo ayuda —contó Medea—. Yo corrí a la puerta y la encontré quitándose el abrigo y la blusa, dijo que la ropa le quemaba. Trate de ayudarla y entonces ella me derribó.
Medea se quedó paralizada frente a la puerta. Cubrió su boca con ambas manos, su cuerpo temblaba como una frágil hoja al viento. Marissa sintió el impulso de abrazarla, pero en es punto ya no podía intervenir.
—¡Fue horrible, señorita Marissa! —Medea estalló en llanto—. ¡Fue como si me prendiera fuero por dentro y nunca pude ver con qué! ¡Lo hizo muchas veces, muchas! ¡Ay, señorita Marissa, me duele! ¡Duele mucho!
El cuerpecito de Medea se desplomó, su carita con los ojos aún abiertos quedó volteada a la derecha, su bracito izquierdo bajo su cuerpo y el derecho se mantuvo doblado cerca de la cara con la palma de la mano sobre el piso. Marissa observó la expresión de asombro en el rostro de la niña, debió parecerle imposible lo que su propia hermana acababa de hacerle. Trazó la señal de la cruz sobre ella y regresó sobre sus pasos, encontrando a doña Catalina en la entrada del pasillo.
—Yo no podía creerme lo que le acababa de hacer a mi hija —Catalina aferró los extremos de su delantal con los dedos bien apretados—. Y no me asusté, Marissa, me enojé. Me enfurecí con esa criatura que se tiraba de los pelos, hincada en el suelo junto a mi Medea. Yo la parí, yo le dí la vida, pero si hubiera sabido… Regresé corriendo al comedor, llamé a mi esposo, a mis hijos, les pedí que llamaran a la policía. Y ella se me echó encima. Me jaló del pelo y me tiró al suelo. No pude entenderla, Marissa, no pude.
Catalina enmudeció con los ojos fijos en la semipenumbra de la puerta.
—Doña Catalina, tiene que continuar —Marissa se acercó a ella—. ¿Qué fue lo que no entendió?
—Por qué si ya me tenía tirada en el suelo y me arañaba la cara y los brazos, por qué me pedía ayuda —la voz de Catalina se quebró—. Me juró que no quería hacerlo, que no tenía de otra y me enterró esa cosa en el estómago varias veces. La primera vez me dolió mucho, después nada… ¡Ay, no, mis hijas!
Catalina cayó de rodillas, sus manos cubriendo su rostro enrojecido por donde rodaban grandes lágrimas. Inhaló ruidosa y de pronto se tendió sobre su espalda con los brazos ligeramente separados del cuerpo. En las palmas que apuntaban al techo se dibujaron rayos negros por les venas congestionadas. Marissa volvió a hacer la señal de la cruz.
Al cruzar el pasillo, Marissa vio a Romeo tendido sobre su costado izquierdo, la lengua asomaba por el hocico abierto.
—Lamento que hayas tenido que pasar por esto y que no puedas hablarme de eso —susurró, acariciando el lomo del animal.
Siguió su marcha al comedor. Ahí Timoteo estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Presionaba su pecho con ambas manos.
—Leí que si presionabas fuerte una herida la sangre se detenía —murmuró—. No se paró… siguió corriendo entre mis dedos como si fuera agua y yo… yo tenía miedo.
—Lo siento mucho, Timoteo —Marissa se arrodilló a su lado sin tocarlo.
—Ella era mi hermana favorita, ¿sabes? Yo la quería mucho…
—Lo sé.
—¡Ay, tuve tanto miedo! ¡No quería morir!
Timoteo se desvaneció lentamente hasta tomar una postura de ovillo. Cerró sus ojos y estuvo llamando a Clara por unos segundos, luego, quedó en completo silencio. Marissa lo bendijo y fue a reunirse con Ángel que estaba sentado en su silla. Su cuerpo encorvado le permitía reposar el rostro sobre la comida en el plato.
—Fue rápida —habló en un volumen normal—. Me prometió que no me dolería y por eso me pegó en la nuca. Sentí mucho ardor en la cabeza, luego todo se fue apagando. Fue rápido.
Ángel cerró los ojos, la expresión de su cara lo hacía parecer dormido. Marissa también lo bendijo y fue directo al último punto: la cocina. Don Aurelio estaba sentado con la espalda apoyada contra la puerta del horno y las piernas abiertas. Miraba la puerta esperando que ella volviera a presentarse.
—Me contó que las lagartijas rojas en el techo no paraban de presionarla para que nos lastimara —relató sin alterar la dirección de su mirada—. Pidió perdón, Marissa, ella no era mala niña solo… estaba enferma.
Don Aurelio sollozó. Marissa se arrodilló a su lado, trazó la señal de la cruz sobre su rostro y el hombre quedó inerte. Con las manos juntas, Marissa rezó: «Por la luz del universo, yo los libero de sus ataduras terrenales».
Al instante los cuerpos perdieron solides, se convirtieron en partículas de luz que se elevaron al techo y desaparecieron una a una, implotando al infinito. Y en donde estuvieron tendidos aquellos cuerpos fantasmales, no quedaron más que los rastros de tiza blanca utilizada por la policía.
Fuera de la casa un hombre alto con barba de candado esperaba por Marissa. Su musculoso cuerpo recargado sobre la puerta de una camioneta negra, resumaba impaciencia. Así lo contaba su pie que castigaba el piso con el golpeteo incesante de su talón y las colillas de cigarro a su alrededor. Cuando por fin vio a Marissa salir de la casa, el rostro se le iluminó de puro alivio.
—Ya iba a entrar a buscarte —dijo acercándose.
—Habrías entorpecido todo, así que mejor que no lo hiciste —Marissa le robó un cigarro de la cajetilla que se asomaba en el bolsillo de su camisa arrugada.
—¿Y qué pasó? ¿Fue Clara?
—Sí, ella veía y oía cosas… el psiquiatra no estaba equivocado.
—Terrible… ¿y el hombre que ella describió como el atacante?
—Lo inventó, seguro tuvo un rato de lucidez antes de quedarse catatónica. Supo que nada bueno le esperaba.
—Pobre mujer… Y tú acabas de…
—Ya los liberé, Roberto, a todos.
—¿El perro también estaba ahí?
—Es extraño. Por su condición de santos, los perros ascienden rápido; Romeo se quedó porque ellos no se habían marchado. Imagina que alguien sienta ese amor y esa lealtad por ti.
—Mi exesposa no me consideraría merecedor.
—Y no me extrañaría que lo pensara. Vámonos, debemos entregar el informe.
Marissa subió al asiento del copiloto mientras Roberto, sin dejar mirar la casa con recelo, dio la vuelta para ocupar el asiento del conductor.
—Este callejón es una pesadilla, los vecinos han puesto ofrendas y veladoras por doquier —el hombre se quejó—. Debimos venir en otro día.
—El 2 de Noviembre es la mejor fecha para hacer mi trabajo —Marissa le dedicó una sonrisa de plata.
—Claro, ustedes las mediums y sus cosas raras.
Roberto guardó silencio y se concentró en conducir con cuidado, esperaba abandonar el Callejón del Aguacate sin atropellar las ofrendas, ya que no deseaba ofender a ningún espíritu que pudiera encontrarse por ahí.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
