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Sucedió en mi ciudad, en el año de 1945, sin ningún aviso previo. No hubo fuego en el cielo, ni sirenas agitando el aire. Los perros no ladraron, solo se sentaron en los patio con las colas quietas y girando las cabezas, tratando de comprender lo qué había pasado. Tampoco ocurrió en medio la noche, cuando las sombras hubieran servido de cortina de protección; era la tarde de un día completamente normal. Los adultos jamás los vieron, pero quienes éramos niños en ese entonces, sí.

Aquellos seres, pequeños como osos de peluche, se colaron en las casas en una marcha silenciosa. Observaron con atención cada objeto en las salas, las recamaras, los baños. No tocaron nada, simplemente observaron, como tratando de explicarse para qué servía cada objeto. Quizás, pienso ahora que soy mayor, también querían memorizar las formas y usos para aprender.

Yo me encontraba en la cocina. Había vuelto de la escuela preescolar y mi madre prometió prepararme el almuerzo. Puso a mi hermana, una bebé de siete meses, en su moises sobre la mesa, se ató el delantal a la cintura y sacó los ingredientes del refrigerador. «Ve a jugar, Eloisa», me dijo, «te llamaré cuando esté listo». Pero no me fui, me quedé embelesada por los movimientos de mi hermana. Sus pequeñas manos restregándose contra su boca, sus piernitas agitándose como si ya quisiera salir corriendo a jugar en el jardín conmigo. Ella era hermosa, sus ojos claros no hablaban más que de inocencia.

Entonces lo vi. Se asomó por la orilla superior del refrigerador. Un rostro ovalado cubierto con piel pálida me sonrió achicando unos grandes ojos negros como trozos de carbón. Asustada, corrí al lado de mi madre y tiré de su mandil incansables veces. Pensando que era por hambre que la importunaba, mamá solo atinó a pedirme que saliera a jugar al jardín.

Yo seguía atenta a la peculiar criatura que ya estaba sobre la mesa, muy cerca de la bebé. «¡Mamá! ¡Mi hermanita!» Insistí, mas obtuve la misma respuesta. Aterrada, vi a la criatura sostener las pequeñas manos de la niña entre las suyas. «¡Mamá! ¡Mi hermanita, el diablo se la quiere llevar!», grité. «Eloisa, acuérdarte que no es bueno inventar cosas, te va a castigar el niño dios», me advirtió.

Las lágrimas corrieron por mis mejillas, las recuerdo como el único rastro de calidez en esa tarde en que el ambiente parecía haberse congelado. Despacio, mientras me comía las uñas, me acerqué de nuevo a la mesa. Ya no veía los piecitos de mi hermana en movimiento, ni tampoco sus manitas agitándose en el aire, la criatura ya no estaba y pensé que ella se habría dormido; no fue así. El descubrimiento del moises vacío me dejó muda y pesada caí de sentón en el suelo.

¡Ay, Eloisa! No me gusta que hagas berrinches —dijo mamá, acercándose a la mesa—. Mira, te preparé un huevito frito y un chocolatito tibio, ven a comer.

Al mirar el moises mamá palideció. En movimientos mecánicos puso el plato y el vaso sobre la mesa, dispuso al menos un par de minutos a contemplar la ausencia de mi hermana en la habitación. No lloró, pero su labio inferior temblaba sin control, al mismo tiempo que sus manos jalaban los largos de su cabello sin parar. «¿Dónde está?», preguntó desconsolada, «¿Dónde está?».

Tomando mi mano, mamá salió de la casa gritando: ¡Mi bebé! ¡Alguien se ha llevado a mi bebé! Para nuestro horror, descubrimos que no habíamos sido las únicas victimas de aquella nefasta visita. Otras vecinas de la cuadra, sosteniendo las manos de algunos de mis compañeritos de clase, gritaban exactamente lo mismo que mi madre, «¡Mi bebé! ¡Se robaron a mi bebé!», al tiempo que corrían sin rumbo por las calles.

Por la noche el noticiario reporto que el rapto había sido un fenómeno generalizado. De todos los rincones del país, bebés recién nacidos o de pocos meses fueron extraídos de sus cunas sin que nadie lo notara. Cuándo papá me preguntó que fue lo que vi, le costó trabajo creerme, mas no encontrando otra posible explicación al suceso, su mente cedió y me apoyó.

Hablamos con la policía a la mañana siguiente, conté todo lo que había visto lo que animó a otros niños a contar su experiencia. Uno dijo haber visto a un enano desnudo, que andaba temeroso por la alfombra hasta el cuarto de su hermano. Otro vio como el hombrecito acariciaba a su perro, antes de entrar a la casa por la ventana abierta de la sala. Una niña relató haber hecho un amigo nuevo, era un niño raro sin ningún cabello sobre la cabeza que le preguntó si tenía hermanos pequeños, cuando ella le respondió que no, aquel extraño niño se alejó.

El caso nunca se cerró, fue catalogado como histeria colectiva y a los niños que dimos testimonio nos llevaron a una clínica especializada por unos cuantos días; hasta que dejamos de hablar de lo ocurrido. La vida en mi ciudad volvió a la normalidad después de algunos meses y nadie volvió a mencionar el rapto. Dos años después mis padres tuvieron otro bebé, estaban felices y en algún momento me dio la impresión de que para ellos, el nacimiento de mi hermano borró la perdida de mi hermana. Sin embargo, mamá desarrolló la particular costumbre de permanecer sentada junto a la cuna, con afiladas tijeras entre las manos, la mayor parte del día.

Interacción

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