1 de septiembre de 2026

«El invierno es la mejor época porque puedes abrigarte con una cobija esponjadita sin verte extraño y se siente taaan rico, justo como un buen abrazo», Koen solía repetir esa frase unas cien veces, en medio del mal humor provocado por los calurosos días de verano. No era un amargado sin remedio, más bien, era una persona compleja.

Llamadas a deshora eran un suceso común entre nosotros.

Debe estar en medio de una crisis, pensé.

Al responderle pude sentir la sonrisa sincera y la emoción inquieta en el tono de su voz. Por si acaso, mantuve la guardia arriba, ese chico era impredecible.

¿Qué haces, Rysa bonita? No pretenderías seguir dormida en esta espléndida mañana, ¿o sí? —El sarcasmo era su especialidad.

Era mi plan; el tuyo es diferente ya lo veo. Koen, ¿estás bien?

¡Cómo si madre acabara de parirme! Anda, vamos a vernos.

¿Ahorita? Son las 4:45 de la mañana y estamos a… ¡-4°!

¡Y nieva! Anda, acepta, es muy importante.

Conocí a este chico loco desde el jardín de niños y siempre tuvo esos brotes de espíritu maniático, después de los otros brotes. Eran destellos. Destellos de energía, de una alegría tremenda, te daban ganas de atesorarlos entre las manos dado que eran iguales a diamantes rojos, es decir, eran escasos. Yo procuraba aprovecharlos al máximo.

Te veré afuera de mi edificio en media hora, ¿ok? —Le dije, insegura de mi propia convicción.

Koen aceptó, colgó y yo me di a la tarea de abandonar el refugio cálido de mi cama con el fin de enfrentarme a los elementos solo por él.

Llegué al lobby metida en mi armadura, chamarra gruesa, larga hasta los tobillos, guantes, bufanda y gorro. Afuera, Koen ya se paseaba frente a las puertas, bajo la mirada recelosa del guardia, lo que me inspiró a suponer que estuvo ahí desde el momento de la llamada. Mi amigo me abrazó muy fuerte en cuanto me tuvo a su alcance y después señaló el encapotado gris sobre nuestras cabezas con una mano desprovista de la protección de un guante.

Esta será mejor la mañana de nuestras vidas, Rysa bonita. Compraremos unas donas y cafecito caliente en la avenida central, antes de llevarte a la gran sorpresa.

Tiró de mi mano e iniciamos la marcha y cuando el viento nos golpeó de frente en los primeros pasos, su chamarra se abrió como las alas de un ave. ¿Por qué no la cerró si estaba helando?

Ese lugar es el favorito de Francine, ¿estás seguro de querer ir? —Advertí, con la única intención de proteger su buen humor.

Mi amigo le tenía un cariño especial a ese local, descubierto en una tarde lluviosa en medio de una de sus crisis. Sus panes dulces son la sanación personificada en harina y chocolate, afirmó y le creí por una simple razón: Koen mentía poco y muy mal. Además, fiel a su palabra, era capaz de devorar media docenas de donas con dos vasos de café, sin ayuda de nadie.

Ese encantador lugar, con sus luces doradas y su mostrador de pizarrón donde cada día se anotaba un menú diferente, también sería el escenario de su romance de ensueño e, irónicamente, de su ruptura. Vi llorar a mi amigo sentado en la banqueta frente al local durante horas, con el cabello oscuro pegado a las mejillas y los ojos vueltos unas rendijas hinchadas. Pensé en mil formas de arrancarlo del piso y llevarlo a su casa; ninguna era correcta. Es una infamia cortar de tajo el desahogo de un hombre que sufre de semejante manera. Pudimos irnos en cuanto se terminó el horario de servicio.

Por este recuerdo pesado me negaba a visitar el local. Rechazaría cualquier sitio capaz de romper su buen humor.

Francine no es madrugadora, suele salir de su casa a las once de la mañana como mínimo —alegó—. Tal vez ya ni compre su pan allí.

Lo hace, la vi la semana pasada.

¡Fuiste sin mí! Eres de lo peor. Solo por curiosidad, ella… ¿te preguntó por mí?

Sí, quería saber cómo estabas —sin querer miré directo a su muñeca, donde la cicatriz rojiza se asomaba bajo la manga del suéter azul. Me estremecí y apreté su mano más fuerte.

Es muy atenta, no lo puede evitar. No le habrás contado, ¿verdad?

Le dije: se encuentra bien y nada más.

Koen asintió con la cabeza y apresuró el paso.

Cruzamos el Puente de los Pescadores, iluminado por los faroles de estilo victoriano. A mi amigo le encantaba mirarlos con atención y descubrir sus detalles; ese día pasó sin prestarles mucha atención. Justo a la mitad del puente, pasaron a nuestro lado un par de corredores. Su presencia me hizo sentir menos loca por estar levantada a esa hora, en cambio, a Koen pareció incomodarle su repentina aparición: nos hizo cambiar de acera al instante.

Tina también preguntó por ti —comenté dudosa.

Bien por ella, yo no quiero saber nada de esa perra.

Mi amigo por fin me soltó y caminamos lado a lado. Por las esquinas y recovecos en las calles ya se formaban montoncitos blancos. Nevaría todo el día era evidente, por suerte, ya estábamos muy cerca del local.

Ella quiere disculparse —insistí.

¿Igual que Bruno? ¡Por favor, Rysa! Lo dijeron muy claro: «estaríamos mejor sin ti y tu maldito carácter». Mi carácter es el problema menor y ni siquiera lo saben, me causa gracia su ignorancia.

Ya sé y traté de explicarles…

Bajo ningún concepto tienes por qué hacer eso, tengo a quienes necesito de mi lado. Ellos ni su obtusa comprensión me salen sobrando.

En silencio, admiré su casi nula necesidad de compañía humana. Era muy independiente, la mayor parte del tiempo se las arreglaba por sí mismo y cuando necesitaba ayuda de verdad, recurría a mí o su hermano mayor, Elio. Bruno y Tina también habrían podido ser un apoyo si les hubiera contado la verdad. Ellos lo querían mucho a pesar de sus días malos, en los se encerraba como un ermitaño y obstruía cualquier intento de sacarlo de su cueva.

Planes sencillos, como ir al cine o salir a comer pizza, los aceptaba mientras no implicaran la visita a lugares concurridos. Prefería la tranquilidad de las salas de cine vacías y los restaurantes entre las horas pico. Lo segundo podíamos lograrlo; lo primero era más difícil de conceder. Así, con el fin de complacerlo y pasar un rato a su lado, asistíamos a la última función en algunas ocasiones.

En otro apartado menos afortunado, estaban los planes que involucraban a más personas, eran un verdadero tabú en nuestro reducido círculo. Koen ni siquiera los consideraba, su firme respuesta era una rotunda negativa seguida de una disculpa escueta. Nuestros amigos fingían consideración y lo disculpaban, a pesar de ser incapaces de comprenderlo. Preferían guardarse su enojo para los ratos en los que no estuviera presente y pudieran quejarse con libertad.

Estar rodeado de personas me pone… tenso. No pretendo ser odioso, Rysa, te lo juro —confesó una tarde de estudio en su casa; teníamos catorce años—. Me siento rechazado entre personas desconocidas… ojalá pudiera explicarlo mejor.

Debí ser más comprensiva con su sentir, así podría alardear de haberlo hecho bien, sin embargo, hice lo contrario: puse los ojos en blanco y continué con la tarea. En mi mente lo taché de ser un antipático, necesitado de una corrección inmediata. ¡Nadie puede vivir solo!, eso me lo enseñaron mis padres a muy corta edad y Koen no podía ser diferente, negarse a tratar con personas nuevas era estúpido. Y en este mundo enorme, seguro alguien desearía conocerlo a él, un talentoso artista.

Koen pintaba al óleo. Su especialidad eran las catedrales de arquitectura gótica y los paisajes nocturnos. Sentía una fascinación natural por los murciélagos y las polillas, derivado de ese amor les dedicó cientos de bocetos y pinturas. Su siguiente amor fue Francine, a ella también le dedicó papel y bastidores, aunque no tantos como aquellos animales. Su estancia en su vida fue breve, quizás Koen lo supo desde el principio: ella también se cansaría de su particular modo de ser.

La conoció en una de las pocas fiestas a las que se permitió asistir y debo admitirlo, desconfíe de ella desde el primer minuto. Francine era esa chica popular de rizos teñidos de dorado, llamaba la atención de los muchachos con facilidad. Pudo tener a cualquiera en esa noche, por obra de la mala suerte quien le gustó fue Koen. No minimizaré el cariño sincero que le demostró en los días buenos, como tampoco lo haré con sus esfuerzos durante los días malos; al menos en unos cuantos. Me conformaré con señalar la situación real: su falta de empatía le ganó al amor. Todavía puedo escuchar en mi cabeza sus exactas palabras: «¿Acaso le tienes fobia a la vida? Nunca quieres nada, no puedes ni ordenar tu propia comida… ¡no te soporto!».

¿Vas a querer la de triple chocolate? —mi amigo preguntó dando golpecitos con el dedo sobre el cristal de la vitrina.

Sí y un mocachino grande —respondí ya de regreso en el presente.

Te voy a copiar el pedido, tengo un antojo tremendo de chocolate.

Koen agregó a nuestro pedido doscientos gramos de emperatriz de naranja. Eran los mismos chocolates cuadrados, adornados con una flor y rellenos de dulce de naranja, que le llevaba al hospital. En ese entonces, se pasaba los días en silencio por voluntad propia. Escuchaba a Max Richter mientras dibujaba una flor, un ave o un insecto, la elección dependía de cual había llamado su atención durante el paseo por el jardín.

Al verme llegar, ponía una sonrisa en su cara, hacía a un lado su tarea y me invitaba a sentarme en el sofá de la sala destinada a las visitas. A pesar de sus esfuerzos por parecer normal, podía notar su cansancio en las ojeras bajo sus ojos y el hastió en la poca atención dedicada a los custodios a su alrededor.

¿Cómo están los habitantes del exterior? preguntaba con la voz ronca, adormilada.

Se acurrucaba en mi regazo y, entonces, le narraba los acontecimientos relevantes de la escuela o el gimnasio, en los treinta minutos que se me permitía estar con él. También le compartía santo y seña de las fiestas y prometía traerle mejores chismes en la próxima visita. Koen asentía o negaba con la cabeza según se desenvolvía la historia, y si se animaba a decir palabra, era una vaga promesa: «Cuando salga de aquí, verás cómo nos divertiremos». Yo le tomaba el rostro con ambas manos y lo obligaba a prometérmelo de verdad. Era mi modo de animarlo a luchar.

Toma, cómprate algo bonito, todavía debe tener suficiente. —declaró y puso su tarjeta bancaria en mi mano.

No inventes, no me voy a gastar tu dinero —renegué.

Entonces guárdala por un rato.

Lo complací, eché la tarjeta en uno de los bolsillos de mis jeans, segura de que me la pediría a la hora de volver a casa.

Sigamos nuestro camino —ordenó con un chocolate entre los dientes y los vasos de café en las manos.

¿No nos vamos a sentar? —contesté incrédula, tenía una dona envuelta en papel de cera en cada mano y pocas ganas de volver a salir a la calle.

El tiempo apremia, cariño. Si el mugroso sol sale, me arruinará la sorpresa.

Ya dime a dónde vamos.

Casi llegamos, no te desesperes.

Me guiñó un ojo y salió del local, lo acompañaba una inusual alegría. Al seguirlo, cierto detalle me retuvo por unos segundos: Francine nos observaba desde el otro lado de la avenida. Elevó una mano, quería llamar la atención de Koen; yo me interpuse de inmediato. Segura de tener su atención, negué con la cabeza y añadí mi mejor mirada de pistola, pues era incapaz de desterrar el recuerdo de aquel caramelo escurriendo por la cara de Koen, luego de que ella le arrojara una dona. Francine captó el mensaje, dejó caer la mano a su costado y regresó por donde vino. Eso fue poco, si de mí dependiera, la expulsaría del país.

Hasta hoy me persigue la duda de si él la vio antes que yo. Si fuera el caso, lo guardó para sí mismo.

¿Riza, te parezco dramático? —Koen agitó el cuarto restante de su dona en el aire. Sus alimentos favoritos los devoraba en segundos; ya solo le quedaban unos cuantos chocolates.

No, no lo eres. Eres un artista y los artistas son intensos.

Dimos vuelta en una esquina y por poco me caigo, las banquetas comenzaban a congelarse.

Mi madrastra me lo repitió anoche… bebió ser la millonésima vez.

¿De dónde vino eso? Laura debería dejarte en paz.

Tuvimos un desacuerdo: ella quiere meter un piano a mi cuarto.

Si mete un piano, tu cama ya no cabrá.

Lo sabe, su intención es echarme con el pretexto de un nuevo tratamiento al norte del país. Sería una estancia de seis meses.

Imposible, entrarás a la universidad en primavera. Así lo acordaste con tu padre.

Él se larga de viaje por meses y ella se cansa de mí, es un círculo vicioso.

Lo arreglaremos, te lo prometo.

Rysa bonita, estás de mi lado aunque no tenga sentido. Mira, ya llegamos.

Koen elevó la cara al cielo, hice lo mismo y me encontré con un edificio de oficinas altísimo. La puerta principal estaba entreabierta, me pareció muy sospechoso ya que esos lugares suelen cerrarlos a piedra y lodo. Koen dio el primer paso al interior; mi temor me hizo detenerlo.

Tranquila, hice los arreglos debidos con anticipación —me informó.

¿Estás seguro?

Obvio, ¿no me crees? Le di mucho dinero al guardia y, en todo caso, mi papá rentará una oficina muy pronto, ya no le será extraña nuestra presencia.

Koen se pasó la mano por el cabello, el largo flequillo subió desde las mejillas a su coronilla. Necesitaba un corte urgente, si su papá lo encontraba tan desalineado, le daría una fuerte reprimenda. Durante ese breve gesto pude notar sus manos, estaban rojas por el frío, ¿por qué no se puso guantes si sabía cómo estaba el clima? Busqué en los bolsillos de mi chamarra, a veces guardaba un par extra; estaban vacíos.

Recuérdame, ¿cómo empezamos a ser amigos? —me preguntó en el inter de atravesar el lobby rumbo al ascensor.

Sucedió por prestarte mi unicornio de felpa, en el primer día del preescolar.

Cierto, me dejaste abrazar a la Princesa Maravillosa.

Entramos al ascensor, Koen me pidió no mirar el piso al cual iríamos, era parte de la sorpresa.

Los niños lloran y se angustian un poco el primer día, es normal, pero tú sobrepasaste las métricas de los últimos diez años. —Lo dije a modo de broma, quería oírlo reír; en lugar de eso, sus cejas cayeron ligeras sobre los ojos, me dio la espalda y se mantuvo con la mirada fija en las puertas del ascensor.

Desde los cinco años has sido mi amiga. Me acompañas sin importar mi llanto o mi terquedad, y cada día, sin falta, me dedicas palabras amables. Rysa, jamás seré capaz de pagarte por eso, ni siquiera con el mismo gesto.

Koen, detente, dices cosas horribles. Además, yo no quiero un pago.

Me vestí de negro durante durante los tres años de secundaria, ¿te acuerdas? Me apodaron El hombre en luto eterno y me dejaban flores podridas entre mis cuadernos. Un día te hartaste de ellos, cerraste tus manitas en puños y les gritaste: «¡Ya cállense, idiotas! Él se ve mejor de lo que ustedes se verán en sus vidas»

Era la verdad en ese momento y hoy es igual. Te ves genial, me alegró verte con ese suéter azul, resalta sobre tus ropas negras.

Koen volteó, no para verme a mí, sino a su reflejo en los espejos. La expresión en su rostro me hizo saber que no estaba consciente de su vestimenta. Hacía cosas al descuido en ciertos días, tal vez ese fue uno de ellos. Las puertas se abrieron con aquella campanilla aguda y una brisa helada nos azotó.

Koen… —lo llamé, la angustia creciente en mi pecho comenzó a contarme historias de terror.

Rysa, ven, será mi última petición en este día, lo prometo.

Me tomó de la mano otra vez y salimos a un cortó pasillo tras el cual pasamos directo a la azotea. A nuestra derecha se elevaba una plataforma destinada a recibir helicópteros. Percibí ese leve vaivén crónico de los edificios altos y me aterró. Detuve la marcha y rogué por regresar al ascensor. Koen volvió sobre sus pasos y me abrazó, sentí algo muy particular en ese gesto. Todavía no soy capaz de explicarlo.

Será un momento nada más —prometió, su mano ligera subía y bajaba por mi cabello—, por favor, es muy importante.

Afirmé con un lento movimiento de cabeza, Koen me sonrió. Subimos a la plataforma por una serie de escalones metálicos tambaleantes. A un par de metros de la orilla, me permitió quedarme atrás mientras él continuaba.

¡Este es tu regalo, Rysa bonita! —extendió los brazos con las palmas abiertas al cielo.

Comprendí su gesto, me mostraba la ciudad convertida en siluetas oscuras, adornada por miles de destellos. La niebla ligera junto con la nevada, le daban a las luces multicolor un mayor fulgor, me hicieron pensar que miraba al interior de Koen; era solo una ilusión. En realidad, contemplaba una postal viviente y la imagen principal era mi apuesto amigo cuya sonrisa era magnética, mágica.

El viento sopló con mayor intensidad, llevó mi cabello hacia atrás y a Koen le tiró el suyo sobre la cara, temí que perdiera visibilidad y se cayera al vacío.

¡Koen, ven aquí! —supliqué y elevé una mano en su dirección.

Obedeció y pronto volví a sentir la humedad de su chamarra en la cara y el aroma de su perfume. Recuerdo bien el sonido de su respiración agitada cerca de mi oído y, aunque no pude ver su rostro, enterrado entre mis cabellos, percibí su sonrisa.

Diles a Tina y a Bruno que ya lo olviden, no les guardaré rencor.

Oye, no soy tu sirvienta, puedes decírselos tú.

Eres la reina de lo elocuencia, por eso te lo pido. También hazle saber a Elio que no estuvo nada mal… califícalo de emocionante, eso es mejor.

Koen se apartó envuelto por una nueva energía y sin darme la espalda volvió a la orilla. Inútilmente, ordené moverse a mis piernas rígidas como bloques de cemento.

Algún día te casarás con un buen tipo y tendrás hijos muy lindos —gritó sobre el viento—. Háblales de mí sin contarles sobre este día por favor. —rió.

¡Koen, qué haces! ¡Regresa!

Deseaba pasar mis últimas horas contigo, Rysa bonita. Perdóname por ser tan egoísta.

La lágrima en su mejilla adquirió un color dorado al ser iluminada por un tímido rayo de sol. Mi amigo abrió los brazos, gritó lo mucho que me quería y se dejó caer del helipuerto, 30 pisos hacia abajo. Su nombre se quedó atorado en mi garganta… silencio.

Me duele mucho respirar.

Me dijo en el hospital a la mañana siguiente de cortarse las muñecas en el baño. Creí que se refería a una sensación física.

Bueno, solo les pido no llorar en mi funeral. Mejor festejen, ya no voy a fastidiarlos.

Bromeó en su propia fiesta de cumpleaños. Con frecuencia hacía chistes sobre su muerte. Me resultó imposible acostumbrarme a ello, era desagradable, aunque tampoco me inquieto de manera particular.

Me cambiaron el medicamento y ahora toda la comida me da asco; es un fastidio ser un enfermo mental.

Esto tampoco me llamó la atención. Conocía su condición, era presa de una tristeza frecuente, por eso visitaba a un psiquiatra cada semana. Nunca lo dimensioné de verdad.

Las personas van a terapia, ¿o no? Eso no las vuelve desahuciadas, ¿cierto? Solo pasan por periodos malos y el mundo entero tiene días complicados y sensaciones intensas, aun así nadie se muere, o no deberían hacerlo. Entonces… ¿por qué mi amigo ya no está?

Froté mis ojos para deshacerme de la borrosidad que me impedía ver el camino y a tropezones me acerqué a la orilla. Cuando ya no pude sostenerme, continué de rodillas. Bajito, llamé a Koen, no habría respuesta lo sabía. Era una locura ser consciente de su partida y al mismo tiempo sentirlo cerca todavía. Aferré los dedos a la orilla del helipuerto y luego de voltear al cielo un segundo, miré abajo. Pude ver su silueta tendida sobre una flor roja, cuyos pétalos se abrían al infinito. Desde donde estaba no podía ver su rostro a detalle y de igual forma lo supe: sonreía más que en cualquier otro momento de sus veintidós años de vida.

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