4 de septiembre de 2026

Gato mostrando la lengua

Animales · genética · percepción

Los gatos no pueden saborear lo dulce: un gen explica por qué

Un gato puede detectar sabores amargos, salados, ácidos y compuestos asociados con aminoácidos, pero el sistema molecular que la mayoría de los mamíferos utiliza para reconocer azúcar quedó incompleto en los felinos.

Tas1r2 · inactivoFelidae · carnívorosDulzor · sin receptor
Gato mostrando la lengua
La lengua y el sistema gustativo felino responden a una historia evolutiva distinta. Imagen principal del artículo.

La indiferencia hacia el azúcar empezó a llamar la atención mucho antes de mirar el ADN

Quien convive con gatos puede encontrar excepciones curiosas: uno intenta lamer helado, otro se interesa por pan dulce o crema. Ese comportamiento no demuestra que perciban el azúcar como nosotros. Estudios de conducta y de actividad nerviosa ya habían mostrado que los felinos responden de manera muy pobre, o prácticamente nula, a sustancias dulces.

En 2005, un equipo encabezado por investigadores del Monell Chemical Senses Center y publicado en PLOS Genetics buscó la explicación molecular. El receptor dulce típico de los mamíferos funciona mediante dos proteínas, T1R2 y T1R3, que deben asociarse para formar un receptor funcional.

En el gato doméstico, el gen Tas1r3 conserva características compatibles con una proteína funcional. El problema está en Tas1r2: los investigadores encontraron una deleción y codones de paro que impiden producir correctamente la segunda pieza.

El receptor queda incompleto

Sin una proteína T1R2 funcional, el complejo T1R2/T1R3 encargado de detectar azúcares no puede formarse de la manera habitual. El sistema gustativo del gato sigue trabajando, pero esa modalidad concreta queda esencialmente fuera del menú.

Detalle macro de la lengua de un gato
La lengua felina también recuerda que percepción y alimentación están profundamente ligadas a su anatomía. Toca la imagen para verla a tamaño completo.

La pérdida también aparece en otros felinos

El estudio no se limitó a gatos domésticos. Los investigadores analizaron material genético de tigres y guepardos y encontraron alteraciones semejantes en Tas1r2. Trabajos posteriores han extendido la observación a otros miembros de Felidae.

Eso apunta a una historia evolutiva compartida. Los felinos son carnívoros obligados: su fisiología está especializada en una dieta basada en tejidos animales y tienen requerimientos nutricionales que no pueden cubrir únicamente con plantas.

Si una línea evolutiva obtiene muy poca ventaja de detectar fuentes de azúcar, mantener intacto un receptor especializado en dulzor puede dejar de ser una presión selectiva fuerte. Con el tiempo, mutaciones que en otro animal serían desventajosas pueden acumularse sin afectar demasiado la supervivencia.

T1R2Una de las dos proteínas principales del receptor dulce quedó inactivada en felinos.
T1R3La otra pieza sigue teniendo funciones importantes y participa también en otros receptores.
FelidaeLa alteración no parece exclusiva del gato doméstico; forma parte de una historia evolutiva más amplia.
Figura científica del estudio sobre el receptor dulce en felinos
Figura del estudio publicado en PLOS Genetics sobre la pérdida funcional del receptor dulce en felinos. Toca la imagen para verla a tamaño completo.

Eso no significa que el gato tenga un sentido del gusto pobre

Perder el dulzor es muy distinto a perder el gusto. Los felinos conservan respuestas a sustancias saladas, ácidas y amargas, además de una sensibilidad relevante a aminoácidos y nucleótidos asociados con alimentos de origen animal.

El mismo sistema T1R también ayuda a explicar por qué no todo desapareció junto con lo dulce. La proteína T1R3 puede combinarse con T1R1 para formar un receptor vinculado a sabores de aminoácidos. Si T1R3 dejara de funcionar por completo, el costo biológico sería distinto.

La selección natural no diseña desde cero; trabaja con lo que ya existe. En los felinos, una rama del sistema gustativo pudo deteriorarse mientras otras siguieron siendo útiles para reconocer nutrientes y evitar sustancias potencialmente dañinas.

Entonces, ¿por qué algunos gatos parecen fascinados con postres?

Un alimento dulce ofrece muchas señales además de azúcar. Puede contener grasa, proteína, aromas lácteos, textura cremosa o ingredientes que resultan atractivos por razones completamente diferentes al dulzor.

Un gato que intenta robar un bocado de helado quizá esté respondiendo a la grasa y al olor, no a la sacarosa. Algo similar puede ocurrir con panes, yogures o productos horneados.

La investigación genética tampoco convierte los dulces en alimentos adecuados para felinos. Muchos productos destinados a humanos contienen ingredientes, cantidades de grasa o perfiles nutricionales que no responden a las necesidades de un gato. Entender que no detectan el azúcar como nosotros ayuda a desmontar la idea de que compartir un postre necesariamente les produce la misma experiencia sensorial.

La dieta puede dejar huellas dentro del genoma

El caso es interesante porque conecta comportamiento cotidiano con evolución molecular. Una observación tan simple como “los gatos no parecen interesados en el azúcar” termina relacionada con una secuencia genética que dejó de producir una proteína funcional.

También ofrece una advertencia útil contra interpretar a otros animales mediante nuestros sentidos. El mundo químico de un gato no tiene por qué parecerse al nuestro. Compartimos una cocina, pero no necesariamente la misma versión de lo que ocurre dentro de ella.

Para nosotros, una cucharada de azúcar activa un sabor reconocible de inmediato. Para un felino, esa señal llega a un sistema al que le falta una pieza fundamental. La diferencia cabe dentro de unas cuantas alteraciones en un gen y, al mismo tiempo, cuenta millones de años de adaptación a otra manera de comer.

Que un gato se acerque a un postre no significa que esté buscando azúcar

La conducta puede confundirnos porque nosotros tendemos a interpretar la comida desde nuestro propio sistema sensorial. Un helado, una crema o un pan dulce contienen otras señales además de sacarosa: grasa, proteínas, aromas, temperatura y textura. Un gato puede interesarse por alguna de ellas sin experimentar el componente dulce de la manera en que lo hace una persona.

El olfato también participa antes de que la lengua entre en juego. Para un animal cuya relación con la comida depende mucho del aroma, el atractivo de un alimento no puede reducirse a una sola categoría de sabor. Por eso observar que un gato lame algo dulce no contradice la genética del receptor: simplemente recuerda que comer es una experiencia multisensorial.

Perder un receptor también puede ser una forma de especialización

Describir la ausencia funcional de Tas1r2 como una carencia puede dar la impresión de que al gato le falta una capacidad necesaria. Su historia evolutiva cuenta otra cosa. En un linaje de carnívoros obligados, detectar azúcares dejó de ofrecer la misma ventaja que en animales con dietas donde frutas u otras fuentes de carbohidratos tienen un papel mayor.

Los gatos conservan otras rutas de gusto y siguen evaluando alimentos. La diferencia está en qué señales resultaron relevantes para su dieta durante suficiente tiempo como para mantenerse bajo presión evolutiva. Su lengua no es una versión incompleta de la nuestra; está ajustada a prioridades distintas. La dulzura, tan importante en nuestra cultura alimentaria, simplemente quedó fuera de ese repertorio.

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