Caballero de los siete reinos, cuando el Quijote es congruente
Se le toca el hombro derecho con la espada y se pronuncian las siguientes palabras, alternando los hombros con los que toca la espada tras cada frase:
En nombre del Guerrero: os encomiendo ser valiente. En nombre del Padre, os encomiendo ser justo. En nombre de la Madre, os encomiendo defender a los jóvenes y a los inocentes. En nombre de la Doncella, os encomiendo proteger a todas las mujeres…
Es bien conocido que cuando Cervantes escribió El Quijote no lo hizo para enaltecer la vida de caballería. El tono tragicómico, así como la patética figura del hidalgo, son la premisa de lo que se considera una de las obras más importantes de la literatura en español, además de ser reconocida como la primera novela moderna.
Trescientos noventa y seis años después, un escritor estadounidense publicó una novela corta bajo el título El caballero errante (The Hedge Knight, 1998), que eventualmente se convertiría en un libro recopilatorio: El caballero de los Siete Reinos (A Knight of the Seven Kingdoms, 2015). Si bien no hay certeza de que sea una respuesta a la novela de Cervantes, George R. R. Martin creó lo que parece ser un escenario en el que El Quijote sí tiene cabida, no solo en su oficio, también en sus ideales y valores.
La historia, tanto del libro como de la adaptación televisiva, inicia con Dunk (Peter Caffrey) enterrando a quien fuera su maestro de armas, Ser Arlan de Árbol de Penique (Danny Webb), un caballero errante a quien servía como escudero. En la disyuntiva de qué hacer con su vida ahora que la única persona que le enseñó lo poco que sabía y guiaba sus jornadas ha muerto, decide participar en el Torneo de Ashford —o Vadoceniza, según la traducción—, pues hacia allá se dirigían originalmente.
En su camino a la justa, en una posada, un niño sin cabello se ofrece a acompañarlo como escudero, dada la amplia carencia que demuestra el alto “caballero”. Dunk rechaza su ayuda y continúa su camino. Al llegar a Ashford para el torneo, la decepción de Dunk es grande, pues no hay registro de su investidura como caballero, por lo que deberá conseguir que otros caballeros o nobles lo reconozcan y apoyen su moción de ingresar a los juegos. Su primer intento resulta infructuoso. Para su sorpresa, cuando arriba a su campamento —un olmo junto al cauce de un manantial donde pastan sus monturas— se encuentra al niño sin cabello de la posada, quien asa al calor del fuego un pescado y le cuestiona su carencia de pabellón. El novel caballero errante responde que prefiere el árbol en vez de una carpa llena de humo. Tras una discusión sobre la pertinencia de la estadía del rapaz, Dunk termina por aceptar el vasallaje del pequeño Egg (Dexter Sol Ansell) como su escudero en el torneo venidero, papel que será de suma importancia no solo para el futuro de ambos, también para el reino.
Una de las primeras cosas que resalta tanto de la adaptación como de la noveleta de Martin es que es una de las pocas historias del autor que se cuentan desde la óptica villana. Porque si lo vemos con la mayor objetividad posible y lo analizamos historiográficamente, la historia de Westeros y sus nueve reinos —no siete, como dicta la creencia popular— ha sido relatada desde la óptica de las élites políticas de este mundo. Por ello, esta historia retrata a un personaje que no tiene ni un nombre decente ni riquezas, que no posee más que su vida, palabra y honor: valores que tendrá que defender al igual que su existencia en una justa que no se había visto en cien años en el continente. Sin entrar en muchos detalles, Ser Duncan el Alto, en el transcurso de seis episodios, es desafiado a un juicio por combate bajo la norma de un duelo de los siete.
Otro elemento que se sobrepone es la imagen del caballero errante, quienes son los garantes del honor y la justicia, que defienden al débil y al inocente, claro, en este mundo. Algo muy parecido ocurre con la imagen del vaquero en los westerns o del samurái sin dueño, si hiciéramos la comparación con arquetipos de otros géneros literarios, televisivos o cinematográficos.
Finalmente, se encuentra la premisa quijotesca, mencionada al principio de esta reseña. Cervantes retrata la caballería como algo que ya no responde a los tiempos del hidalgo ni mucho menos a los valores que enarbola, enfrentándose a enemigos imaginarios. Pero en Westeros todo esto es real: los molinos de viento son los “dragones” en el Trono de Hierro, las injusticias y el abuso de aquellos que tienen un atisbo de poder sobre quienes no lo poseen.
La pluma de Martin no es poderosa por su estilo, sino por su sobriedad y ligereza. No hay florituras en cómo viste a sus personajes, como uno ingenuamente creería, pues el género de la fantasía suele inclinarse por un lenguaje más florido. Para Martin esto resulta superfluo: su narración es más concisa y apegada a la esencia de los hombres (como especie, no como género). La adaptación televisiva sigue una línea muy similar, aunque, a diferencia de Juego de tronos, las escenas de sexo se han omitido y se han reemplazado con un poco de humor escatológico. Gran parte de las escenas resultan en una adaptación audiovisual fiel al material bibliográfico, además de imprimirle una emotividad sin precedentes en las versiones de HBO.
De todo lo que se ha adaptado del autor, El caballero de los Siete (Nueve) Reinos es quizá una de las mejores entregas hasta la fecha. Esto se debe a que no habla de cómo aquellos más privilegiados pelean por mantener y expandir su poder, ni de conflictos mezquinos entre familias nobles, sino de los humildes inicios de alguien que llegó a ser uno de los personajes más honorables y respetados del reino. El otro solo se convirtió en rey, uno muy querido por el pueblo, pero al fin y al cabo, solo un rey.

