Guillermo del Toro cumple 62 años
Sus criaturas encuentran humanidad entre heridas, fantasía y memoria mexicana.
Hay criaturas que entran a una película para quedarse en nuestra memoria. Una silueta, una mano, una mirada que tarda en encontrar a quien la sostenga. En el cine de Guillermo del Toro, ese encuentro suele dejar una pregunta: ¿qué estamos viendo cuando llamamos monstruo a alguien?
El melodrama también tiene colmillos
Guillermo del Toro nació en Guadalajara el 9 de octubre de 1964. Hoy cumple 62 años. Antes de que su nombre circulara por las grandes premiaciones, trabajó en maquillaje y efectos especiales; esa formación ayuda a entender por qué en su cine una piel, una cicatriz o un mecanismo pueden expresar tanto como una línea de diálogo.
En una entrevista de 2026 con Sight and Sound, recordó que su infancia mezcló películas de monstruos de Universal con los melodramas mexicanos de Ismael Rodríguez y Pedro Infante. La combinación parece extraña hasta que miramos sus criaturas: tienen una presencia fantástica, pero también una necesidad muy reconocible de cariño, pertenencia y refugio.
Esa herencia mexicana puede leerse en el peso emocional de sus historias. La fantasía se instala entre afectos familiares, pérdidas y personajes que buscan un lugar. El monstruo entra al encuadre con sus heridas a cuestas; el espectador debe decidir qué hacer con ellas.
Cronos: vivir para seguir necesitando a alguien
En Cronos (1993), su primer largometraje, el anticuario Jesús Gris encuentra un artefacto dorado con forma de escarabajo. El objeto promete una prolongación de la vida que pronto exige sangre. Federico Luppi interpreta a un hombre atrapado entre el deseo de sobrevivir y el precio de su transformación.
El Museo de Arte Moderno de Nueva York destaca la relación con su nieta como centro del relato. Allí aparece una clave para recorrer la filmografía del director: la mutación física importa porque amenaza un vínculo. El cuerpo cambia y la familia debe aprender a mirarlo.
El dispositivo, minúsculo y elaborado, vuelve tangible una tentación enorme. La inmortalidad cabe en la palma de una mano, pero sus consecuencias desbordan cualquier vitrina. Del Toro convierte un objeto de colección en una pregunta incómoda sobre lo que estamos dispuestos a conservar.
El laberinto del fauno: aprender a desobedecer
El laberinto del fauno (2006) sitúa a Ofelia en la España de 1944, bajo la violencia del capitán Vidal. Mientras los adultos administran órdenes, castigos y miedo, la niña encuentra un mundo de pruebas, umbrales y criaturas que tampoco ofrecen una tranquilidad automática.
El fauno conserva una ambigüedad esencial. Su apariencia puede despertar curiosidad y desconfianza en el mismo instante. La fantasía obliga a Ofelia a interpretar lo que tiene enfrente, igual que el espectador: una forma extraordinaria no garantiza bondad, y un uniforme impecable puede esconder crueldad.
Como lectura de la película, la desobediencia resulta más fértil que una división sencilla entre realidad y fantasía. El viaje de Ofelia pone a prueba las instrucciones que recibe y el costo de seguirlas. Los cuentos de hadas adquieren así una dimensión política, sin perder su capacidad de fascinar.
El diseño participa en esa tensión. Los espacios, las texturas y los cuerpos hacen que el mundo fantástico parezca antiguo, usado, lleno de reglas anteriores a nuestra llegada. Mirar sus detalles permite descubrir cómo la imagen prepara una emoción antes de que el personaje la explique.
Pinocchio: la imperfección tiene movimiento
En Pinocchio (2022), codirigida con Mark Gustafson, la fabricación de un cuerpo se vuelve parte del lenguaje de la película. El stop motion trabaja con títeres y escenarios físicos que se ajustan cuadro a cuadro para producir movimiento.
El equipo explicó a Netflix que llegó a construir 32 títeres de Pinocchio. La fabricación debía responder a la actuación: modificar articulaciones, ajustar tensiones y conseguir que el personaje pudiera expresar distintas emociones. Esa labor muestra la cantidad de decisiones humanas que hay detrás de un gesto aparentemente pequeño.
En la misma conversación, los responsables del diseño describieron un mundo deliberadamente imperfecto, con textura y sensación de antigüedad. Las marcas del material colaboran con la historia. La madera no funciona como una superficie neutra: recuerda que ese niño fue construido y que aprender a vivir requiere algo más que ponerlo en movimiento.

Frankenstein: mirar los ojos antes que las costuras
Frankenstein (2025) lleva esa relación entre creación y responsabilidad a Mary Shelley. Oscar Isaac interpreta a Victor; Jacob Elordi encarna a la Criatura. En su conversación con Tudum, del Toro explicó que diseñó a ambos como contrapartes visuales, dos lados de un espejo.
También señaló que necesitaba los ojos de Elordi para transmitir inocencia y los de Isaac para mostrar a un hombre torturado, convencido de actuar bien. El maquillaje construye una apariencia, pero la actuación le permite convertirse en alguien.
El director recomendó a Elordi observar el butoh, una forma japonesa de danza teatral, para explorar las transiciones emocionales de la Criatura. La referencia revela una idea precisa: el monstruo debe poder cambiar de estado ante nosotros. Su movimiento forma parte de su experiencia.
Del Toro entiende la relación de esta adaptación como una historia de padre e hijo. Desde esa perspectiva, el conflicto del laboratorio continúa cuando termina el experimento. Crear una vida abre una responsabilidad afectiva que ninguna demostración de inteligencia puede resolver por sí sola.

Cómo volver a mirar sus películas
Para recorrer su cine conviene prestar atención a tres cosas: quién ocupa el centro del encuadre, qué historia guarda un objeto y cómo se mueve una criatura. Ese ejercicio permite encontrar decisiones concretas detrás de una atmósfera que solemos resumir con la palabra “oscura”.
Un mecanismo puede condensar el miedo a morir. Un laberinto puede exigir una decisión. Un títere puede mostrar fragilidad en la manera de caminar. En estas películas, la fantasía alcanza al espectador mediante materiales y movimientos que podemos reconocer, aunque nunca hayamos visto a ese ser.
Celebrar a Guillermo del Toro permite volver a esas imágenes con más tiempo. Sus monstruos tienen peso porque la película nos invita a observarlos antes de juzgarlos. A veces, la parte más inquietante llega después: cuando reconocemos en ellos una necesidad que también es nuestra.


