Raíz
Valentina amaba su profesión y por el bienestar de los niños haría cualquier cosa. ¿Incluso guardar silencio?
En agosto de 2024, la profesora Isabel se jubiló y sabiendo que nadie cuidaría mejor de su escuela que su propia hija Valentina, la convenció por medio de una larga llamada telefónica de irse a vivir entre bosques al pueblito de Todos los Santos. Al principio, la mujer de treinta y dos años dudó que le fuera a gustar la vida sin internet ni señal de celular, sin embargo, su madre le aseguró que la urbanización estaba llegando y muy pronto viviría con las mismas comodidades que en la ciudad. Para no decepcionar a su madre, Valentina aceptó hacer la prueba durante un año.
—Yo debo ir a la ciudad para practicarme unos estudios médicos por las fechas en que llegarás —advirtió la madre—. Pero apenas esté libre, volveré al pueblo.
—Está bien, mamá, sabré arreglármelas sola —Valentina respondió tranquila.
—Cuida bien a los niños, todos son muy buenos, sobre todo a los García; ellos viven en condiciones muy particulares.
Valentina aceptó de buen agrado la recomendación de su mamá y al terminar la llamada comenzó los preparativos para su viaje. La mudanza fue sencilla gracias a los pobladores que recibieron con buen agrado a la hija de quien les había favorecido tanto. Le ayudaron en todo, desde los detalles mínimos, como hacer la limpieza de la casa, hasta cocinarle a diario para que ella no tuviera más que ocuparse de los niños.
La comunidad estudiantil era muy reducida, compartían el mismo salón y la maestra destinaba lecciones y tareas de acuerdo con a la edad de sus estudiantes. Eran inteligentes, mentes brillantes y despiertas, entre las que destacaban mucho los agudos niños García. Eran nada menos que siete hermanos: David, Patricia y Laura cursaban el segundo grado; Matías y Leticia, el tercero; Maura, el cuarto y el último, Enrique, el quinto. Todos curiosos, siempre ávidos de saber más y con ganas de participar en cualquier actividad. Valentina no tenía dudas de quiénes ocuparían el cuadro de honor al final del curso.

Pese a que los niños se presentaban bien aseados y con generosos almuerzos para la hora del recreo, algo saltaba a la vista de la joven maestra: sus brazos y piernas solían estar cubiertos por diminutos puntos rojos. Durante uno de los recreos, ella sentó a la pequeña Patricia en su regazo y así pudo observar con detenimiento aquellas marcas en su piel. No tenían el aspecto de ronchas, tampoco de rasguños, sino de pequeñas incisiones como pinchazos hechos con finas agujas.
—Paty, ¿cómo te hiciste esto? —se atrevió a preguntar.
—Es que ayer me tocó darle de comer —explicó la niña.
—¿A quién le diste de comer?
—¡Paty, ven! —la llamó Maura desde el centro del patio.
Patricia salió corriendo y Maura la recibió en un abrazo para luego arrodillarse. Le habló al oído sin quitar la vista de la maestra, Patricia escuchó con atención, asintió con la cabeza y echó a correr al avioncito pintado en el suelo donde ya jugaban sus otros hermanos. Antes de ir con ellos, Maura le dedicó una mirada acusatoria a Valentina.
Muerta de curiosidad, la maestra pidió a los hermanos mayores que se quedaran un momento al final de las clases para preguntarles sobre sus erupciones; quería estar segura de que se encontraban bien de salud y, de no ser así, ayudarles a consultar con un especialista. Ambos hermanos negaron con la cabeza, le dieron las gracias a la profesora por su preocupación y, sin agregar más, tomaron sus mochilas y salieron del salón.
Valentina quedó todavía más contrariada. Habría entendido que le dijeran que estaban bien, que eran picaduras de mosquitos o algo por el estilo, pero esa reacción definitivamente indicaba que los García ocultaban algo. Y al no poder manejar su estado ansioso, compartió con doña Francisca, la dueña de la fonda en la que comía todos los días, sus impresiones.
—¡Ay, maestra, no se meta en líos! —advirtió la mujer, mientras picaba la orilla de los sopecitos.
—¿Por qué me dices eso, Francisca?
—Pues es que… a esa familia le tocó vivir una desgracia, ya no volvió a ser los misma después de eso.
Aún más curiosa, Valentina le rogó a la mujer que le contara la historia; Francisa aceptó, no sin sentirse culpable por pecar de chismosa.
Hace dos años, la señora Berta García quedó embarazada y su octavo niño tuvo complicaciones. Su esposo, el doctor Adolfo García, la atendió lo mejor que pudo durante todo el tiempo de gestación, mas el día del alumbramiento, aparentemente algo salió mal y todo cambió. La familia se hundió en el silencio, limitó su convivencia con las otras personas y procuraron mantener las puertas y cortinas cerradas en todo momento. Cuando le preguntaron al doctor por su nuevo hijo, él respondió que había nacido delicado de salud y por lo tanto debía permanecer en casa. Viendo que tanto él como sus hijos no proporcionaban más información, ni con la pregunta más amable, la gente del pueblo decidió no insistir y respetar su secreto.
—Por eso le digo, maestra, no se meta en problemas y deje a los García en paz —insistió Francisca.
—Pero las heridas en sus brazos y piernas, ¿crees que se las haga su papá?
—¡Ay, no, cómo cree! Ese señor adora a sus hijos, nunca les haría daño. ¡Usted mejor ya no pregunte y coma!
Aporreando la masa con enojo, Francisca regresó a su tarea y Valentina, que comprendió haber tocado fibras sensibles, comió sus sopes en silencio. Pero por la noche, al dormir tuvo una pesadilla que por la mañana interpretó como una premonición: en su sueño vio a los niños García correr despavoridos por la sala de su casa mientras su padre los perseguía con una enorme jeringa entre las manos. «¡Es por su hermano!», les gritaba, «¡tenemos que curarlo!». Y así, segura de que Dios le había enviado una señal para intervenir por ellos, decidió hacer una visita a la casa García el sábado por la mañana.
Se puso en marcha después de desayunar y a nadie le contó lo que planeaba hacer. Llevó consigo los cuadernos de español de los hermanos mayores, así podría entrar a la casa que estaba fuera del pueblo, junto al lago, bajo el pretexto de realizar algunas revisiones. El día era nublado y durante el trayecto resbaló con frecuencia a causa del lodo fresco, ya que sus zapatos bajos no eran los más adecuados para pasear por ese terreno. El silencio pesado que la rodeaba la inquietaba más que si estuviera viendo fantasmas, pero ni así desistió de su campaña.

Iba pasando por la orilla del lago, bordeado de bejucos y hierbas altas, cuando escuchó un sollozo. Dudosa de que el sonido hubiera sido humano, se detuvo y escucho con mucha atención: los sollozos eran claros, parecían de un niño pequeño. Caminó otro poco y el sonido aumentó. Descubrió el origen detrás de un matorral y al mover su follaje se encontró con el pequeño David vuelto un ovillo y llorando a mares.
—¿David, qué te pasa? —La maestra envolvió al niño entre sus brazos.
—¡Es que le tengo que dar de comer, maestra, y no quiero, no quiero! —el niño parecía desesperado.
—¿A qué le tienes que dar de comer? ¡Dime!
El niño se calló apretando los labios y tragándose su angustia. Se conformó con sorberse los mocos y frotarse el brazo. Enfadada, la maestra tomó la mano de David y caminó más aprisa rumbo a la casa. Si resultaba que los padres eran abusivos, ella se encargaría de que se se hiciera justicia, lo juró por las santas escrituras y por su compromiso profesional con la educación.
Fuera de la casa, encontró a Berta García. Iba descalza y con los cabellos revueltos, parecía recién levantada, aunque sus ojos hinchados, llorosos y el vestido sucio contaron otra historia. Al ver llegar a la maestra con su hijo, la mujer se alegró. Corrió a recibirlos y acariciando la cabeza del pequeño, le recordó que era su turno de darle de comer a su hermanito.
—Señora García, tenemos que hablar —anunció la maestra con firmeza y se interpuso entre la madre y el niño.
—¿Por qué? ¿Pasa algo malo con mis hijos? —Berta se restregó la boca con la mano.
—¡Mamá, ven rápido! —Enrique apareció en el portón de la casa con el rostro enrojecido—. ¡Ya volvió a salirse! ¡Es demasiado grande, mamá!
—¡Oh, este niño!
Berta entró apresurada, seguida por la maestra que todavía sostenía la mano de David.
En el fondo del patio de tierra, dos grandes mastines forcejeaban con sus cadenas, rabiosos ante lo que se agitaba fuera de un cobertizo de madera. Maura empujaba lo que parecía un costal podrido o cubierto de lodo, que se movía como si tuviera vida propia. Rogó por la ayuda de su madre, pero esta no hizo más que contemplar la escena con una sonrisa cariñosa en los labios.
—¡No vayas a lastimarlo, Maura! —le advirtió ella.
—¡Maestra, venga! —llamó Laurita—. ¡Venga a conocer a mi hermanito, Raíz!
—¿Raíz?
Soltando a David, Valentina se acercó al cobertizo, entonces Maura se hizo a un lado revelando lo que parecía un rábano monstruoso, negro como la sangre coagulada y con filosos dientes que sobresalían de una boca sin labios. Aquella criatura achicó unos vivarachos ojos azules cuando vio a la profesora, a la vez que una risa infantil se escapó de donde fuera que estuviera su garganta. Agitó una docena de delgados filamentos queriendo alcanzar a Valentina, quien de un brinco logró esquivarlos.
—¡Ave María Purísima! —exclamó persignándose.
—Es un milagro, maestra Valentina —explicó Berta con lágrimas en los ojos—. Enterramos a mi niño muerto en el huerto y a la mañana siguiente nació este retoño. ¡Es un regalo de Dios!
—¡Raíz, Raíz, Raíz! —Laura dio saltitos de felicidad alrededor de la maestra.
—No puede ser… —lágrimas de angustia nublaron la vista de Valentina.
—Así le dicen los niños de cariño, pero en realidad se llama Juan Pablo —aclaró Berta—. A ver, Leticia, ya que David no quiere, tú debes darle de comer a tu hermanito.
—Sí, mami —la niña se quitó el suéter y lo dejó caer sobre la tierra, luego se agachó para enrollar sus calcetas hasta los tobillos.
—Acuérdense que su papá dijo que si no comía tres veces al día, se secaría y moriría —continuó Berta—. Solo su sangre joven y dulce le hace bien a nuestro bebé.

Congelada por el miedo, Valentina observó cómo los delgados filamentos de Raíz atravesaban la carne de la niña, cuyos gestos de dolor su madre ignoró por completo. Los filamentos, delgados como agujas al final de su extensión, se tiñeron de un rojo oscuro y el complacido monstruo rio como lo haría un bebé, cerrando sus pequeños ojos.
Por mucho que la señora Gacía quisiera encubrirlo, lo maligno en su supuesto hijo era visible, se podía oler como si fuera carne podrida y su risa, más parecida a un ruido salvaje, inhumano, jamás pasaría por la dulce risa de un infante. Aquella imagen, aquel rostro imposible dotado de expresivos ojos azules, atormentaría a Valentina en sus sueños y en la vigilia por el resto de su vida.
Ya entendía por qué su madre le encomendó el cuidado de esos niños y no era para alejarlos de aquel demonio, sino para preservar el secreto. Nadie podía enterarse de la existencia de Raíz, de lo contrario, la familia se rompería en mil pedazos y eso no era para nada la misión de una buena maestra.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
