Historias de la Ciudad de Sukha: Un visitantes inesperado para Nochebuena
Los habitantes del Edificio Hygge forman una hermosa familia a pesar de ni siquiera estar lejanamente emparentados. Días previos a la Noche Buena, Niam, el joven casero, se enfrenta al evento más extraordinario de toda su vida.

Saliendo de la estación del ferri lo primero que verás es la Gran Biblioteca de la Ciudad, con su sirena de mármol rosa prendida a la fachada y las glicinas cubriendo las ventanas hasta la mitad. Si continúas por esa calle y das vuelta a la primera esquina, te toparas con el parque Fika, con sus caminos de piedras blancas, bordeados de faroles de luz dorada y cada ciertos metros, te encontrarás las bancas de madera chocolate que invitan a l visitante a descansar con comodidad. Es el parque ideal para estirar las piernas después un viaje muy largo. Atrás de él, dando vuelta a la rotonda y entrando por la calle de Enso, encontrarás un edificio de estilo victoriano conocido por todos como el Edificio Hygge.
El dueño es un hombre joven de nombre Niam, que lo heredó de su abuelo a muy temprana edad. El abuelo Karl tenía la creencia de que el tesoro más valioso que un ser humano podía tener en su corazón era la bondad y movido por esa creencia aceptaba rentar los departamentos por mucho menos del precio de mercado a quienes consideraba necesitados; dicho sea de paso, también solía condonar las rentas con demasiada frecuencia. De ahí que Niam heredará deudas y un sinfín de gastos junto con el inmueble, mas nunca se quejaba. Su abuelito le había dado un hogar al morir sus padres y debido a eso consideró su deber el continuar con la administración del edificio sin cambiar nada.
Ese en ese año en particular, las nevadas se adelantaron ocasionando que los preparativos para Navidad se vieran entorpecidos por las calles congeladas y las tormentas frecuentes. Pero esa semana, a punta de oración, el clima por fin dio tregua y le permitió a Niam salir a colgar los adornos en la fachada. Una tarea poco sencilla para alguien con pies torpes y baja estatura como él.
—¡Hola Niam! ¿Necesitas ayuda? —saludó Apolo, el apuesto boxeador profesional que habitaba en el ático.
—¿Qué tal, amigo? —respondió Niam, apenas bajando la vista por miedo a caerse—. Si pudieras sujetarme la escalera por un rato, te lo agradecería mucho.
—¡Con gusto! Solo déjame poner mis cosas adentro.
—Está bien, aquí te espero.
Apolo entró corriendo al edificio y la ráfaga de viento creada por su carrera meció la escalera sin querer. Niam ahogó un chillido y se sujetó fuerte a la guirnalda que colgaba precariamente de un clavo en el muro sobre el marco de la puerta. Cuando el movimiento cesó, Niam suspiró aliviado.
—¡Santo dios, Niam, por poco te caes! —Exclamó la esbelta Josephine acercándose a la escalera.
—¡Es que soy un poco torpe! Pero ya todo está bien —Niam se disculpó.
—Mejor te ayudó a detenerla o te vas a matar.
—No lo haga, señorita Josephine, podría lastimarse.
—¡Tonterías! Nosotras las bailarinas somos más fuertes de lo que piensan.
Josephine asió sus largos y delicados dedos alrededor de la escalera y endureció las piernas para soportar el peso del joven, quien seguía rogando a la dama que se retirara pues temía que se hiciera algún daño importante estando a tan pocos días de representar El Cascanueces en el teatro de la ciudad.
Mientras Niam le rogaba casi llorando, Apolo regresó a la escena. Sus pasos se detuvieron apenas se dio de cuenta de que Josephine se encontraba presente. Y es que no podía evitar mirarla con suma atención, su precioso perfil recortado contra la las luces del atardecer, el arete de perla que pendía de su pequeña oreja, la cintura pequeña que se dibujaba con gracia a pesar del grueso abrigo color rosa, todo en ella le parecía encantador.
—¿Ya vieron el arreglo de luces y nochebuenas que el alcalde ordenó poner en el parque? —comentó la señora Marigold apareciendo en la escena con dos de sus trillizas tomadas de a manos—. ¡Es hermoso! Deberíamos ir todos juntos el encendido del árbol.
—Es una buena idea —Niam concedió con los dientes apretados.
—Josephine, ¿quieres que te releve? —ofreció el señor Aaron, esposo de Marigold.
—Te lo agradecería mucho, Niam se mueve demasiado —aceptó la bailarina.
—Tessa, nena, sujeta la mano de tu hermana Junie.
La tercer trilliza obedeció a su padre y fue apararse junto a su hermana. Si no fuera por las bufandas en diferentes colores, sería imposible distinguirlas. La de Tessa era de un color rosa muy suave, a Junie le gustaba más el amarilla y Poppy prefería usar una blanca. Aaron, embelesado por las hermosas muñecas rubias que tenía por hijas, se les quedó mirando hasta que su esposa le recordó que ayudaría a sostener la escalera.
«¡Wow, tenemos mucha ayuda!», exclamó Apolo cuando al fin se atrevió salir. Saludó con amabilidad a los presentes y viendo que Niam ya estaba a salvo, se dedicó a colocar las coronas bajo la guirnalda; su gran estatura le permitía hacerlo sin necesidad de usar una escalera. El resto del grupo se puso a desempacar las esferas de vidrio que se colgarían en las guirnaldas y en poco minutos implementaron una armoniosa línea de producción: Marigold sacaba las esferas con mucho cuidado y las pasaba a las trillizas que con el mismo miramiento se las entregaban a Josephine y ella las ponía en las manos de Niam.
—¡Ah, queridos vecinos! —saludó Grayson, el profesor de 60 años que vivía en el cuarto piso—. Debieron avisarme que hoy era el día para decorar y habría pospuesto el paseo de Leo.
Al oí su nombre, un gran perro pastor alemán emitió un alegre ladrido.
—Descuida, Grayson, llegas justo a tiempo para ayudar con las luces en el interior —le informó Marigold.
El profesor, un poco jorobado y con las rodillas adoloridas, aceptó la tarea y entró al recibido para atar la correa de Leo al pasamanos, pero cuando el perro el vio objeto rojo brillante en las manos de Junie, lo confundió con una invitación a jugar y salió volando sen su dirección sin que el profesor pudiera detenerlo. «¡Cuidado!», gritó Josephine tomando en brazos a Tessa, Marigold apenas alcanzó a hacer lo mismo con Poppy y Aaron, lanzándose al rescate de su hija Junie, golpeó la escalera con el hombro. Ya sin punto de apoyo Niam colgó de la guirnalda por breves segundos antes antes de caer entre los brazos de Apolo que no tuvo más que dar un paso para atraparlo. Por desgracia las esferas no tuvieron la misma suerte y en medio de la confusión salieron disparadas en todas direcciones.
—¡Perro malo! ¡Oh, lo siento tanto! ¡Leo, eres un perro muy malo! —lo reprendió Grayson, apoderándose la correa nuevamente.
—Descuida, Grayson, nadie salió herido y Leo no quiso ser malo —lo tranquilizó Josephine—. ¡Qué buena atrapada, Apolo! —celebró dedicándole al joven una dulce sonrisa.
Este se puso rojo como señal de alto y con torpeza permitió que el cuerpo de Niam se escurriera hasta la banqueta.
—Yo no… yo nada… no hice nada —masculló con los ojos vueltos al cielo.
Entre risas, Aaron y Josephine ayudaron a Niam a ponerse de pie a la vez que Apolo levantaba la escalera.
—¡Jesúcristo tododeroso!… ¿Pero que les pasó? —gimió Fia, la profesora de música; habitante del quinto piso.
—Tratábamos de decorar la fachada —explicó Niam echando un vistazo al desastre—. ¡Ay, no, los adornos! Tendré que ir al mercado a conseguir más.
—¡Esa es una excelente idea! —Marigold aplaudió contenta—. ¡Vayamos todos al mercado!
Un par de horas después, la compañía regresó del con nuevas esferas y una guirnalda de color dorado. Fia, que era una experta cocinera, se ofreció a preparar la cena para todos mientras los demás se daban a la tarea de continuar con la decoración. Esta vez, Apolo se ofreció a colocar todos los adornos que iban en alto a fin de evitar futuros accidentes. Grayson también puso su granito de arena guardando a su perro en departamento.
A las dos de la mañana el Edificio Hygge estaba en paz. Los inquilinos dormían plácidamente en sus pisos, con la excepción de tres retoños dorados. Como postre, Fia horneó sus famosas galletas triple chocolate con nuez. Era una receta especial de su familia y un milagro culinario degustado muy pocas veces pues la mujer era celosa con sus secretos. Poppy, Tessa y Junie no podían dejar de pensar en como el chocolate se derretía sobre sus lenguas llenando cada papila de sabor. Y la nuez, esos trocitos neutros le daban el toque sublime al postre.
Quedaba una docena, Fia lo anunció al terminar la cena y ellas la vieron guardar las galletas en una lata roja que se quedó sobre la mesa del comedor principal. ¿Qué daño podrían hacer si cada una se comía una galleta más? Después de todo, quedarían nueve galletas para quienes quisieran tomarlas junto con sus cafés de la mañana. Y no sería un robo porque Fia las quería mucho, es más, apostaron que si ella estuviera despierta sin duda se las daría.
Sigilosas, las niñas se pusieron las pantuflas peluditas, descolgaron sus abrigos del perchero junto a la puerta ya que, a pesar de la chimenea encendida, allá abajo hacia mucho frío. Abrieron la puerta despacio, cuidando que las llaves no tintinearan demasiado y que la puerta no rechinara. Una vez en el pasillo se convirtieron en tres ligeros fantasmitas cuyas pisadas no hicieron protestar a los viejos escalones del edificio. Ansiosas, en la planta baja dieron vuelta a la izquierda, no sin antes fijarse que la puerta del casero estuviera bien cerrada. Ya muy cerca del comedor sus pancitas gruñeron expectantes, listas para recibir el tan deseado bocado, mas nunca esperaron encontrarse a Niam con la lata entre las manos y la pijama cubierta de moronas.
—¿Te las acabaste? —espetó Poppy.
—N-no, iba a dejar una cuantas para los demás —Niam respondió con las mejillas sonrosadas.
—¡Glotón! —Junie lo acusó y sus hermanas la siguieron.
¡Glotón, glotón, glotón!, gritaron al unísono.
—Esperen, niñas, todavía quedan galletas para ustedes no tienen que…
¡Pum! ¡Pam! ¡Dum! Estridentes sonidos detuvieron las replicas de las trillizas y casi hicieron atragantarse al joven casero.
—¿Qué es eso? —Tessa se encogió.
—Quizás las tuberías —Niam repuso con voz temblorosa.
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! ¡Dum! Nuevos ruidos desgarraron las paredes. La niñas gritaron, Niam se puso pálido y en menos de un minuto todos los inquilinos bajaron a buscarlos. Marigold se sentó sobre las alfombra cerca del fuego junto con sus niñas, las consoló acariciando sus cabezas y les aseguró que no había nada que temer, aunque ella misma no tenía la certeza. Aaron y Apolo revisaron cada centímetro de la casa, incluso dieron una vuelta a la manzana en busca de actividad anormal, pero la ciudad entera estaba en calma.
—Quizás hayan sido las tuberías como dijiste Niam —comentó Grayson.
—Sí, también podría ser la caldera… Es que no veo otra explicación —el joven casero temblaba como una hoja al viento.
—Llamemos a un técnico por la mañana y que él se encargue de la situación —propuso Aaron y todos estuvieron de acuerdo.
Sin más qué hablar, los habitantes del edificio Hygge se dispusieron a regresar a sus respectivos pisos. Niam era el único que seguía de pie en medio de la habitación observando.
—¿Estás bien? —Apolo le preguntó desde la mitad de la escalera.
—Eh, no lo sé… Oye, Apolo, esto podrá sonar estúpido, pero te molestaría si yo…
—¿Quieres quedarte conmigo?
—¡Sí por favor!
—Por supuesto, sube.
Cuando todos volvieron a la cama el crepitar de las llamas en la chimenea era el único acompañamiento del tic,tac del reloj de péndulo. A
Al menos hasta las cuatro de la mañana cuando los ruidos volvieron.
Grayson llamó al técnico a primera hora de la mañana, lamentablemente el hombre no podía presentarse hasta después del medio día. A Niam no le encantó la idea de quedarse solo en el edificio con aquellos horribles ruidos que eran cada vez más fuertes, mas no había remedio: todos debían irse a trabajar y las trillizas tenían las últimas clases antes de la vacaciones.
«Sí el ruido se vuelve ensordecedor, sal y llama a los bomberos», la aconsejó Grayson.
«Ten cerca el atizador, uno nunca sabe…», agregó Apolo.
«Deberías esperar al técnico en el café de la siguiente calle, sería más seguro», sugirió Fia.
«Valor, mi querido casero, te apuesto a que no es nada de importancia», le dijo Marigoldo propinándole unos golpecitos en las mejillas.
Pensando que quizás le ayudaría a no estar tan nervioso, Grayson le dejó a Leo. Niam encontró consuelo en la presencia del perro durante las primeras dos horas, mientras el chucho tuvo ganas de jugar a la pelota y de recibir cariños; una vez satisfecho fue a echarse en el tapete del recibidor y no volvió a moverse. «Bueno, si escucha peligro despertará y me dará una señal de que debo huir, ¿cierto?», Niam se dijo mirando al perro con esperanza, mas cuando el animal movió la pata trasera en forma convulsiva antes de comenzar a roncar sonoramente, Niam entendió que no iba a despertarse a menos de que le diera la gana.
Los minutos pasaron y el casero hizo por distraerse dando un paseo por el edificio con una taza de té frío entre las manos. El profundo estado de alerta en el que se encontró, hizo que no quisiera comer nada, mas ahora, que los ruidos cesaron desde hace un buen rato, se le iba abriendo el apetito. Y envuelto en esa tranquilidad tambaleante, su mente racional se planteó la posibilidad de que hubiera sido una obstrucción en alguno de los tubos de agua y las duchas matinales quizás habían ayudado a eliminarla. Bueno, aun si ese había sido el caso, mejor permitiría que el técnico lo confirmara.
Se disponía a bajar a la cocina a prepararse un par de huevos tibios cuando el ¡pam! ¡pum! ¡dum! regresó. Tragó saliva con esfuerzo mientras las posibles desgracias regresaron a su mente. Eran las 11:40 y él se encontraba en el cuarto piso, si no bajaba hasta que el técnico llegara, no tendría que enfrentarse al peligro solo, ¿no sería mejor así? Pero, ¿qué tal si se trataba de la caldera y hubiera riesgo de explosión? Él no podría bajar a tiempo para salvar a Leo ni tampoco podría hacer nada para salvar al edificio, ¡sería terrible que se quedaran sin hogar!
Entonces, Niam pensó en su abuelo y en lo mucho que trabajó para construir su sueño. No, no podía quedarse arriba como un cobarde, tenía que bajar y enfrentar el problema como un hombre. Decidido a dar pelea, dejó caer la taza al suelo y bajó los escalones con aquellos infernales ruidos taladrando su tímpanos. Libró de un salto a Leo que seguía dormido y tomó el atizador de camino a la puerta del sótano tras haber sopesado la posibilidad de que se tratase de un mugroso ladrón.
Abrió la puerta de una patada y se internó en el sótano sin siquiera detenerse a pensar en lo que estaba haciendo. Encendió las luces y echó un vistazo con el atizador bien sujeto en su diestra temblorosa. Nada parecía estar fuera de su lugar y, desde el final de la escalera, la caldera parecía trabajar de maravilla. Se acercó cauteloso al aparato que emitía su característico ronroneo tranquilo y lo analizó en busca de una falla; estaba perfecto y trabajaba de la misma manera.
Descartado su primer culpable, echó un vistazo concienzudo a los muros, el techo, las tuberías sobresaliente y nada se veía en mal estado. Niam rascó su barbilla y dio unos cuantos pasos hacia atrás, quería una buena perspectiva del lugar. Puso especial atención a las cajas con tiliches que su abuelo había puesto ahí desde años antes, no veía nada malo en la caja marcada como «Cosas Náuticas», ni tampoco en la que decía «Regalos feos de la tía Mónica». El enorme copo de algodón a su lado también parecía en buenas condiciones. Oh, no, un momento… ¡el abuelo Karl nunca tuvo un gran copo de algodón! Niam blandió el atizador con valentía para picotera al enorme copo que se revolvía y apretujaba contra la pared como queriendo ocultarse. Finalmente la masa blanca se dio la vuelta revelando un par de enormes ojos azules llenos de lágrimas.

Niam contuvo el aliento, alejó el atizador con lentitud y la criatura se dio la vuelta para enfrentarlo. Era más grande que un caballo, esponjado como diente de león con la excepción un pequeño lunar azulado en su barriga. Se asemejaba a un perro con pequeños cuernos y orejitas puntiagudas. Lo más sobresaliente en su rostro eran esos expresivos ojotes azules; el peludo estaba muy asustado.
—¿Quién eres? —Niam se acercó un poco más.
—Bo —gimió la criatura.
—¿Bo? ¿Qué es un Bo?
—¡Bo! —insistió la bestia mostrando una brillante placa plateada que colgaba de si collar rojo.
La placa tenía grabado su nombre: Bo. Niam recordó que tras el suceso de las rasgaduras brillantes en el cielo, muchos pequeños monstruos habían llegado a su ciudad. La mayoría emigraron a los bosques cercanos; otros al mar y los pocos restantes se convirtieron en mascotas. Por aquel entonces muchas personas no veían con buenos ojos a quienes adoptaron a esos monstruos, pues los consideraban un mal agüero. Era posible que Bo hubiera sido desechado por esa razón. Si no fuera porque los monstruos en general aprendían muy poco del lenguaje humano, quizás él mismo podría contar su propia historia.
—¿Por qué estás aquí, Bo? ¿Acaso te perdiste? —confiando en que la criatura no le haría daño, Niam le acarició la carita.
Dando saltitos, Bo corrió al muro frontal, apartó unas cajas y le mostró al casero una serie de dibujos echos con crayolas. Eran trazos muy simples, bolitas y palitos, pero contaban una historia dolorosa. En el primer dibujo podía ver a Bo, mucho más pequeño que como era ahora, en brazos de una niña de largas trenzas cafés, a su lado estaban una figura femenina más grande y un hombre, seguro eran los padres. Todos se abrazaban frente a un árbol de Navidad rodeados de muchos regalos. Los siguientes dibujos eran una sucesión de acciones: Bo atrapando mariposas con aquella niña, ambos metidos en una piscina inflable o comiendo pizza en la playa. En cada dibujo se percibía una gran alegría y también significativos aumentos de tamaño del copo de algodón. En el último dibujo estaba Bo con su tamaño actual, sentado bajo la lluvia mientras la familia se alejaba en el auto. La niña asomada a la ventana derramaba lagrimas mientras agitaba la mano para despedirse.

—Te abandonaron… —murmuró Niam, comprendiendo también que las tormentas de aguanieve debieron traer a Bo hasta el edificio que carecía de protecciones en las ventanillas del sótano.

Bo agachó la cabeza y las lágrimas rodaron hasta el suelo. Por un momento, Niam creyó que lo mejor que podría hacer por ese monstruo era llamar al control animal, así lo podrían en un refugio apropiado mientras era posible enviarlo al zoológico. Pronto descartó la idea con una movimiento negativo de cabeza porque eso no era lo que haría su abuelo. Karl sin duda se haría cargo de la esponjosa bestia sin importar las consecuencias.
Por él estaba bien. Niam nunca había sentido nada que no fuera fascinación por los venidos de las brechas brillantes, mas no estaba seguro de cómo lo tomarían los demás inquilinos. Si las trillizas o la señorita Josephine llegaban a sentir temor de Bo, la convivencia se volvería difícil y quizás hasta algunos de ellos se mudarían. Niam no quería romper la familia que habían formado ni dejar desamparado a Bo, ¿qué debía hacer?
Suavemente, Bo acarició el brazo de Niam con su enorme garra. Parecía decirle, asegurarle en una forma silenciosa, que no representaba ningún peligro y sus rosados labios apretados en un pucherito rogaban por una oportunidad.
—Bien, te vas a quedar aquí —le dijo estrechando su garra—. Te esconderé por un tiempo, mientras ideo cómo decirle a los demás que vivirás aquí, así que te tienes que portar muy bien y no hacer ruido.
Bo sonrió y agitó la cabeza cien veces para decir que sí.
—También tenemos un perro, por favor no te lo comas.
Ante la advertencia, Bo hizo una mueca de asco y negó con movimientos de sus manos.
Arriba el timbre sonó y Leo interrumpió su siesta para avisar de la visita del técnico. Con cuidado, Niam condujo a Bo a su departamento y cerró muy bien la puerta antes de dejar pasar al hombre. Entre menos personas se percatarán de su presencia, más tiempo ganaría para pensar en la forma correcta de informar a los inquilinos.
Continuará…

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
