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—Ahora sí te lastimaste feo, muchacha —regañó el padre Ponchito—. Y todo por andar de machorra, ¡haciendo el trabajo del diablo!

—Es un hechizo de amor, no tiene nada que ver con el dia…

—¡Ya parale con eso! Deberías ponerte en penitencia y prometerle a nuestro Señor que serás una buena muchacha. ¡Faltaba más! Mira que andar revolcándose en el pasto con las abejas, ¡qué tontería! Y me vas a escuchar ahora mismo, porque esto no se va a quedar así…

Marianita agachó la cabeza, llorando en silencio mientras el doctor Sputnik le sacaba los últimos aguijones del brazo. El padre Ponchito notó la tristeza profunda e inusual en la expresión de su rostro y reflexionó en el hecho de que, de todos los miembros de su comunidad, Mariana Pérez era la más desamparada. Huérfana, viviendo en un jacal en el monte y los pocos centavos que ganaba en casa de los Zorrilla, eran su único modo de sustento. Seguir ignorando su situación lo convertían en el peor líder de congregación que había existido jamás; debía hacer algo.

—Te vas a quedar en mi casa hasta que te mejores, niña —sentencio en un tono más dulce—. Y ese inter, voy a buscarte un mejor acomodo para que no tengas que regresar al jacal.

—Es la casa de mi abuelita, padre, no la puedo abandonar.

—Io pienso que es mejorr aceptarr un alojamiento más decente, una mujerr joven no debe vivirr en un cerro —opinó el doctor Sputnik.

Eran dos contra uno. Mariana no tuvo más opción que aceptar la hospitalidad del padre Ponchito, esperando que durante su estancia no pudiera encontrarle albergue en ninguna otra parte, así podría regresar sin quejas a la casa de su abuela.

Cubierta de vendajes y muy adolorida, salió del dispensario sujeta del brazo de Ponchito. Andaban muy lento, pues con una sandalia y un tobillo hinchado, más las dolencias de la ciática del padre, no podían ir a mayor velocidad, aunque lo intentaran. Reparando en el hecho de que la tarde se había ido ya, Mariana se acordó de Miguel.

—Padre Ponchito, ¿qué fue del muchacho que me trajo?

—No tengo idea; el infeliz te puso en la cama, le puso unos billetes en las manos al doctor y salió corriendo sin decir nada.

Ya veo, de seguro se enojó conmigo y ya no quiso saber nada, pensó Mariana acongojada, mas al instante se reprendió mentalmente. Por qué debía sentirse mal por el enojo de un extraño, además, desde su aparición en el campo, todo había ido de mal en peor. Sí, todo era su culpa, era mucho mejor que se fuera muy lejos.

—¡Mariana!

Tanto ella como el padre, miraron sobre sus hombros en busca del origen de aquella voz: Miguel venía a su encuentro.

—¿Miguel Felipe…? —murmuró Mariana.

—¡Ay, qué bueno que te alcancé! —Miguel suspiró aliviado.

—¿Y usted quién es, joven? Yo no lo he visto en ninguna misa —adoptando un aire protector, el padre Ponchito se puso entre los jóvenes con los brazos en jarras, sobre la zona en que alguna vez hubo una cintura.

—Dispénseme, padre, me llamo Miguel Ángel Felipe del Niño Jesús Soldevilla, para servirle a Dios y a usted —se presentó besando la mano del padre.

—¿Soldevilla? Conocí a tus papás en el servicio de la tarde.

—Así es, padre, nos mudamos al pueblo Del Abedul en este día.

—Entonces, tú debes ser ese hijo mayor que no resiste andar por el campo a caballo, y lo prefiere a cumplir con su deber católico, ¿verdad?

—Bueno… es que me gusta mucho estar al aire libre.

—¡Pues enhorabuena te apareciste! Gracias por ayudar a mi Marianita.

—No fue nada.

Miguel se ruborizó; Mariana aguzó los ojos y apretó los labios, tentada a culparlo delante del padre por cada uno de los incidentes.

—Yo solo vine a dejarte esto —Miguel ofreció a Mariana una nueva jaula, dentro de la cual un pequeño colibrí sacudía su colita—. Yo no sé lo que pienses hacer con él, y la verdad es que tampoco es mi asunto, pero me dí cuenta de que era muy importante para ti.

Mariana recibió la jaula sin saber qué responder. Miguel aguardó, esperaba por que le dijera algo, ¡lo que fuera, aunque se tratará de una maldición! Mas sus labios se mantuvieron pegados. Un poco decepcionado, el joven besó la mano del padre y se retiró al mismo paso veloz con el que apareció.

—Ándate con cuidado, niña, que ese muchacho viene de una familia más rica que los Beramendi y ese tipo de hombres, siempre hacen lo que quieren.

Mariana parpadeó sorprendida, se había equivocado al juzgarlo por el gaban mugroso que traía puesto. Si las comadronas, o quién fuera, los hubiera visto juntos en el campo, el habría sido el más afectado puesto que es común que las sirvientas se metan en rollos de amor del malo. Sin embargo, Miguel encausó sus cautelosas acciones en protegerla a ella. El padre Ponchito, ajeno por completo a su reacción, la tomó de la mano reiniciando la marcha hacia su casa, del otro lado de la calle.

El servicio de la mañana le sirvió para escaparse al jacal del monte. Llevó consigo al colibrí y al pobre Bartolo que tuvo que pasar la noche en la calle, porque al padre Ponchito no le gustaban los perros. Cojeando y aún con una sola sandalia, el camino se hizo todavía más largo, pero estuvo feliz de regresar a la casa y, a pesar de que el sol ya brillaba en el cielo, encendió las velas de su abuelita.

—Ya tengo todo —dijo sacando una olla de debajo de la mesa—. Esta miel me la dieron bien cara, pero me aseguraron que era la más dulce. Y pasé a comprar las rosas con Doña Clarita, y también tengo el… colibrí.

En el interior de la jaula, el pajarito se agazapaba en un esquina con el piquito oculto entre las alas, como si estuviera consciente de su destino. Fue inevitable que Mariana recordara las palabras de Miguel: «¿Y no te causa pena matar a un animalito indefenso para usarlo en tus pócimas?». La verdad, era que sí le pesaba sacar el corazoncito de aquel inocente, pero, ¿qué más podría hacer? Amadeo no se fijaría en una muchacha morena y vestida con ropas viejas, solo por qué sí. Y ella no era bonita, había heredado ese cuerpo flacucho y sin curvas que tenía su mamá, y el cabello crespo y grueso de su papá. Puede ser que su nariz fuera lo único rescatable, pues era finita como la de abuelita Santa. Aun así, Amadeo no se iba a enamorar de una nariz y mucho menos de unos ojos negros como de vaca. Ese hechizo era su única oportunidad para conquistarlo.

Sin perder más tiempo en pensamientos tontos, Mariana arrancó los pétalos de las rosas, rasguñándose con las espinas durante el proceso. Algunos pétalos absorbieron las sangre de las heridas, mas a ella no le importó. Los retacó en el fondo de la olla de miel, sin parar de invocar a la Virgen María para que la asistiera en su tarea. Por fin, llegó el turno del colibrí. Mariana lo sujetó entre sus manos y lo puso en el petate polvoso, el pajarito ni siquiera se movió a diferencia de Bartolo, quien emitió un chillido apenado y salió del jacal con la cola entre las patas.

—No me hagas sentir peor —Mariana le rogó.

Asió el cuchillo especial, ese al que sus abuelos le habían sacado tantas veces filo, que ya tenía la punta delgada como la de una aguja de tejer, y lo apunto al pecho de la criatura. Tengo que hacerlo rápido para que no sufra, se conminó nerviosa. Cuando el filo del cuchillo rozó sus plumitas, el ave abrió los ojitos y Mariana estuvo segura de ver lagrimas en ellos. Arrojó el cuchillo hasta el otro lado del jacal y salió corriendo con el colibrí entre las manos.

—¡Vete! —gritó llorosa—. ¡Vuela lejos y nunca te acerques a las brujas!

El ave salió disparada al cielo y en cuestión de segundos desapareció. Mariana permaneció de pie a la puerta del jacal, abrazándose a sí misma, incapaz de dejar de llorar.

Tras cuatro días de permanecer al cuidado del padre y de la señora Isabel, la mujer encargada de la limpieza y la comida, Mariana regresó al jacal. Era por poco tiempo, así se lo aseguró Ponchito, solo tenía que esperar la respuesta de la carta que envió al obispo en la capital, para que así pudiera quedarse en la casa como una trabajadora más. Si bien no le agradaba mucho quedarse en el pueblo cerca de todas las chismosas que se dedicaban a criticarla, si le daba tranquilidad el saber que tendría un buen techo sobre su cabeza y un dinerito para vivir. Además, ya instalada en el cuarto de sirvienta, Bartolo podría volver a dormir con ella como estaba acostumbrado.

—Pos esperemos que el obispo diga que sí, Bartolo, mientras hay que limpiar el jacal.

Usando una escoba de varas amarradas, echó afuera todas las ramas y hojas caídas que se metieron por los resquicios bajo las tablas que formaban las paredes, y también una que otra araña negra que se ocultó bajo los petates en su ausencia. Vacío el agua de las ollas de barro, como duró tantos días a la intemperie, ya no podía beberla. Al vaciar la última olla, se quedó observando un bultito de tierra removida a un par de metros del jacal. Debajo de este, reposaba la olla repleta de pétalos de rosa y miel. A pesar de la falta de un corazón de colibrí, Mariana decidió terminar su embrujo, apelando a la misericordia de la virgen María para cumplir sus propósitos.

—Tal vez sí funcioné —musitó.

Tomó las ollas y las llevó al improvisado lavadero junto a un árbol, mas cuando se disponía a trabajar en ellas con el agua que recién había traído del río, se encontró con la sorpresa de que no había más jabón para trastes y se fue corriendo al pueblo a conseguir más. Tenía unas pocas monedas que el padre le había dado, y aunque consideraba un poco irresponsable el gastar una de ellas en jabón, también vio su acción como una medida de prevención.

En el pueblo, la tienda de abarrotes Los Tres Potrillos, era un hervidero de señoras. Todas iban y venían con grandes rollos tela entre los brazos y coloridos listones colgando del cuello. Hablaban al mismo tiempo y muy pocas frases podían entenderse con verdadero sentido. Mariana dudó en entrar, porque entre tal multitud de finas damas, de seguro doña Esther la iba a ignorar. Entonces, pensó que en la tienda junto a la botica también podría conseguir el jabón.

—¡Mariana, qué bueno que te veo! —la señora Anastasia Zorrilla salió corriendo de la tienda apenas verla.

—Buenas tardes, señora Zorrilla.

—Desaparesiste por muchos días, muchacha, dime, ¿ya estás bien de tus heridas?

—Sí, ya me encuentro muy bien. Disculpe, ¿cómo se enteró de lo que me pasó?

—¡Ay, mi niña! ¡Todo el pueblo lo sabe! Gracias a Dios por la oportuna aparición del joven Miguelito Soldevilla —falsamente consternada, Anastasia sacó su pañuelo.

—Sí, fue bueno que apareciera —Mariana respondió con un dejo de resentimiento en la voz.

—Oye, este fin de semana, una amiga mía dará una importante fiesta en su casa y necesita mujeres que le ayuden a atender a sus invitados, ¿te interesa?

—¡Sí, por supuesto!

—¡Maravilloso! Entonces vete rápido a la casa de los Beramendi y reportate con Lucrecia, su ama de llaves.

¿Los Beramendi? Mariana no podía creer sus suerte y por poco se pone a dar saltos de felicidad frente a la señora Zorrilla. Aquel milagro no podría deberse a otra cosa que a su hechizo, tenía que ser así. Le dio las gracias y salió corriendo rumbo dicha casa, en donde no tuvo problemas para entrevistarse con Lucrecia, y aunque esta no fue muy amable, se dio por bien servida al saber que contaría con dos manos más en el importante evento.

—Se trata de mantener las jarras llenas de vino y los platones siempre con dulces, no debes hablar con los invitados y que no te vea yo metiendo los dedos en la comida, porque te azotaré hasta cansarme.

—No se preocupe usted, yo sé trabajar bien.

—Pues eso espero, nada más te acepto porque te mandó la señora Zorrilla. Vente el sábado a las ocho de las mañana, deberás usar un uniforme que yo te daré ese mismo día.

—Sí, vendré puntual.

—Ándale, ya vete que tenemos que preparar la merienda.

—¡Muchas gracias!

Apenas había salido de la cocina a la calle, cuando vio a un hombre desmontando de un caballo blanco. Pensó que se trataría del señor Zorrilla, pero su sonrisa se convirtió en jubilo al darse cuenta de que era Amadeo, seguro venía a buscar a Pepe. Nunca antes le pareció más hermoso que en aquel día.

—Buenas tardes, señorita —saludó educado, quitándose el sombrero.

—Buenas tardes, joven —Mariana le saludó con gesto de la cabeza.

Amadeo tocó a la campana de la puerta principal y pronto lo hicieron pasar; Mariana se mantuvo caminando en pasitos muy cortos para seguir viéndolo de reojo hasta que se fue. Una vez sola, se puso a dar saltos en medio de la calle y luego huyó. El viento le acariciaba el rostro con dulzura y el mundo entero parecía brillar para ella nada más. Iría directo a la iglesia para rezarle a la Virgen María y darle las gracias por su bendición.

Desde muy temprano se instaron líneas de faroles de colores por todo el patio de los Beramendi. Las mesas, con lugares para treinta personas, fueron colocadas bajo los manzanos para aprovechar su sombra. Cerca de ellas, se instalaron las mesitas de los niños y las mesas destinadas a contener los dulces y botanas. A Mariana se le encargó mantener esa mesa siempre llena, lo que no sería tarea fácil con el niño Marquitos robándose las cocadas y los chocolates a cada rato.

La habían hecho ponerse un vestido de algodón blanco con muchos olanes en la falda. Sobre ellos, iba puesto un mandil rosa mexicano y en los pies debía usar unos zapatos negros de charol que, le advirtieron cuidara con su vida, porque eran prestados. Cuando la fiesta llegara a su fin, debía devolver todo sin ninguna mancha, o defecto, si es que quería que le pagaran. Le pareció una condición absurda, casi malvada, pues el que trabaja con comida, tarde o temprano se mancha. Aun así, se esforzaría por cumplir y quedar bien con su futura familia.

—Eres Mariana, ¿verdad? —oyó decir a una voz a su espalda.

—Sí, señor —Mariana se dio la vuelta, topándose con el rostro angelical de su Amadeo.

Instantáneamente, su cara se puso roja, se mordió los labios y restregó el mandil entre sus manos sin saber qué más hacer.

—Me dijo Lulú que eres recomendada de mi tía Anastasia.

—Sí, joven.

—Me alegro de encontrarte porque te quería pedir un favor.

Amadeo explicó que esa noche se presentaría alguien muy importante para él, y quería que fuese muy bien atendido, por lo cual, contaba con ella para que se fijara que su vaso siempre estuviera lleno de horchata y en su plato de postres siempre hubiera un chocolate. Y mientras daba su explicación, Amadeo acarició el hombro de Mariana con suavidad, ella lo sintió como la brisa tibia del verano. Era el hechizo funcionando, estaba segura.

—Será un gusto ayudarle, joven, pero, ¿cómo sabré quién es el invitado?

—Yo te lo presentaré cuando esté aquí.

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