unnamed (2)

El último fin de semana del verano del 95, Nadia visitó a sus padres en la ciudad de Metepec; tenía veintiséis años y ya era completamente independiente. Se la pasó disfrutando de las delicias culinarias de su abuela y, pese a sus deseos de quedarse por más tiempo, se despidió de todos en punto de las cinco treinta del día domingo, pues pretendía llegar a su casa a eso de los nueve de la noche como máximo.

Todo iba de maravilla hasta que entró en la zona boscosa. El auto, siempre un funcional y tranquilo compañero de viaje, se tironeaba en las laderas y emitía chirridos al cambiar la velocidad en las curvas. Extrañada, más que asustada, Nadia decidió buscar en dónde detenerse para echarle un ojo. Para su suerte, se encontró con metros enteros de carretera sin paradas o desviaciones. Comenzó a ponerse nerviosa cuando la luz del aceite parpadeó en el tablero.

Tras una curva, vislumbró una salida y, sin pensarlo dos veces, la tomó. Esta la condujo a un estrecho sendero entre enormes pinos, en donde la iluminación provenía de los pocos autos que pasaban por la carretera a su espalda. Se armó con una lámpara de mano y bajó del auto. No bien había abierto el cofre humeante, cuando un desconocido la saludó. Nadia dio un saltó del susto, pues estaba bien segura de no haber visto a nadie al estacionarse.

El hombre, bien parecido y de físico agradable, se presentó como Jacinto. Parecía muy bien educado y su sonrisa afable era capaz de cultivar la confianza en pocos minutos. Su camisa a cuadros apretada a su cintura y los pantalones vaqueros, también ayudaron a que la joven gustara de su presencia.

Aquí adelantito hay una feria; mi familia y yo vendemos alfeñique —comentó, mirando el cofre con recelo—. Mis primos son mecánicos, están ahí también y puedo pedirles que vengan a revisar su coche.

¿De verdad? Sería maravilloso si pudieran arreglarlo, tengo que volver a casa hoy mismo —Nadia rogó.

Estoy seguro de que no habrá problema, es más, vengase conmigo y así se toma algo calientito mientras espera.

En contra de todos los consejos que recibió de su madre y de su abuela desde que era una niña, Nadia aceptó porque la idea de quedarse sola a los pies de las siluetas monstruosas de los pinos, que ya recortaban un cielo oscuro, le pareció insoportable.

Con el pretexto de evitar que se fuera a perder, Jacinto la tomó de la mano y anduvieron por el camino, lodoso a causa de la lluvia de la tarde, antes de ir entre los árboles. Internarse en aquel bosque en el inicio de la noche, era lo mismo que tratar de desenredar un complejo tramado dibujado por los troncos de los árboles, que crecían muy cerca unos de otros. Ansiosa, Nadia sintió tener pesadas piedras en el pecho en lugar de pulmones. Se preguntó a cada instante, cómo hacía Jacinto para ubicar el camino en medio de una oscuridad que amenazaba con volverse total.

¡Ya llegamos! —exclamó el hombre, señalando hacia un grupo de puestos instalados en un pequeño claro.

La joven sonrió ante la vista del colorido papel picado, sacudido por el suave viento; las luces doradas de los múltiples velas encerradas en lámparas de cristal; las personas alegres que se paseaban entre los puestos; y el aroma de la comida condimentada. Mas en el aire, el aroma que más predominaba era del limón y el azúcar. Quiso preguntarle a Jacinto cómo se les ocurrió instalar una feria en un sitio tan lejos de la carretera, cuando este se la llevó corriendo hasta el corazón de la feria.

Las personas a su lado le sonrieron a Nadia como si la conocieran de muchos años, incluso algunas mujeres detuvieron su marcha para abrazarla y darle la bienvenida con frases cálidas. La festejada se sintió tan querida, tan contenta, que las dudas que pudieran haberse creado en su mente consciente, se perdieron en el aroma del azúcar y el limón.

Gustosa, aceptó los presentes sencillos que los niños le ofrecieron: collares de papel, pulseras tejidas, dulces en envoltorios brillantes. Los adultos también le ofrecieron lo que había en sus puestos. Probó los postres, los tacos, las quesadillas, los refrescos, todo lo comió con gran apetito y cuando se sintió satisfecha, Jacinto la condujo al puesto de su familia.

Era una fantasía montada en una una mesa de madera de tres niveles. En el primero, se encontraban primorosas frutas que imitaban a la perfección a las reales, excepto por su diminuto tamaño. En el siguiente, venados elevaban orgullosos su cabezas al cielo, igual que perros y gatos mantenían su colas erguidas; todos eran blancos, decorados con glass de diferentes colores. En el último nivel, se exhibían las calaveras de azúcar más hermosas que Nadia hubiera visto jamás. Mostraban orgullosas sus decorados florales y el azúcar refinada que las habías formado, las hacía brillar intensamente, rivalizando solo con los papelitos metálicos que le servían de ojos. Todas ellas parecían reír, al son de la música de tambora que envolvía a la pequeña feria.

¡Abuelita, regálele un mezcal a la señorita! —Jacinto exigió ofreciéndole una silla.

No, gracias; no puedo beber si voy a manejar —Nadia se excusó, tomando asiento.

Hay tiempo, mi bonita, disfrute —Jacinto dijo acariciando sus hombros—. Iré a buscar a mis primos.

Tenga, mija, para que entre en calor —la anciana de cabellos blancos y dulce sonrisa que estaba a su lado, le ofreció un caballito lleno hasta el borde con el dulce licor.

De un trago, Nadia se lo bebió y la abuela pronto lo rellenó. Poco a poco, varias personas se fueron acercando al puesto. En un inicio, la joven pensó que venían a charlar con la abuelita, pero no, venían a conversar con ella. Las muchachas eran las animadas durante la conversación, querían saber cosas de la ciudad, de cómo vivía una mujer sin un hombre que la cuidara. Nadia rió, aquellas muchachas daban la impresión de haber salido de otro tiempo y sus miradas insistentes, casi salvajes, a ratos la hacían desviar la vista, inquieta; todos estaba demasiado cerca de ella. Aun así, se mantuvo amable, contestó a todas sus preguntas, mientras bebía el rico mezcal que la abuelita le servía.

De pronto, las luces adquirieron un tono particular, la música sonó más fuerte y las muchachas corrieron por el camino entre los puestos, sosteniendo coloridos listones en las manos. «¡Llegó el patrón!», corearon elevando los brazos para que los listones ondearan al viento, «¡Llegó el patrón!». Por sobre el río de cuerpos vestidos de manta y sarapes multicolor, Nadia vio a un enorme caballo negro abriéndose paso. Aquel animal era tan grande, que se asemejaba más a un búfalo. Sobre su lomo montaba un hombre de espalda ancha, pecho fornido y gesto indolente, vestido con un traje de charro totalmente negro. La gente a su alrededor elevaba las manos queriendo tocarlo, a la vez que lanzaban frases cariñosas y de agradecimiento a aquel hombre que ni siquiera les dedicaba una breve mirada. Con la excepción de Nadia, el famoso patrón no se detuvo a saludar a nadie más.

Quizás fuera la emoción del momento, o el exceso de mezcal corriendo por su cuerpo, pero Nadia estuvo segura de que los ojos de aquel hombre chispearon como las llamas ardientes bajo los comales, cuando le hizo una corta reverencia con la cabeza antes de continuar su camino. Quiso preguntarle a la abuelita quién era esa persona, mas las jovencitas, mucho más eufóricas que hace un momento, tiraron de sus brazos para invitarla a bailar.

La coleta que sostenía los cabellos castaños de Nadia, se deshizo por las vueltas que dio sin parar, pasando de una caballero a otro hasta toparse de nuevo con Jacinto. Él tenía desabrochados los primeros cinco botones de la camisa, por la que se asomaba una piel morena que despedía un delicioso aroma a canela. Nadia acarició esa piel, apenas deslizando las yemas de sus dedos sobre de ella. Jacinto río, haciéndola girar al ritmo de un tambor violento. Nadia se perdió en un remolino de luces doradas y colores, su estómago se revolvió y entonces suplicó por un momento de paz.

Solicito, su anfitrión la condujo a las afueras de la feria, en donde se encontraba un pequeño pozo. «Quédate aquí un momento», le aconsejó, ayudándola a sentarse con la espalda recargada en los ladrillos, «te traeré una cobija», prometió alejándose. Nadia sintió escalofríos, sus jeans no fueron suficiente protección contra la humedad en el suelo. Mareada y nauseabunda, quiso tomar un trago de agua. Torpemente, se dio la vuelta y apoyando las manos en el borde se asomó al interior del pozo, cuyo contenido estaba al ras quizás a causa de las lluvias recientes.

Si quieres quedarte con nosotros, bebe el agua, oyó murmurar dentro del pozo. De inmediato, lo atribuyó a la tremenda borrachera que se había pescado con ayuda de la abuelita. Sacudió la cabeza y volvió a la tarea de tratar de conseguirse un trago de agua. ¡Bebe el agua y quédate con nosotros!, oyó de nuevo, ¡por favor, Nadia, por favor, quédate con nosotros! ¡Bebe el agua! ¡Bebe el agua!

Nadia ahogó un gritó al ser consciente de que la voz era real. Levantó la mirada en busca de Jacinto, mas a quien vio fue al patron, de pie a dos metros de distancia, fumándose un cigarro sin la menor preocupación. «A-ayuda», balbuceó y al tratar de ponerse de pie, sus botas resbalaron en el pasto húmedo. Cayó pesada, golpeando su cabeza contra el borde del pozo, mientras una de sus manos quedó sumergida en el agua.

Los primero rayos del sol y el sonido de las inquietas aves, la despertaron. Temblorosa, palpó el lugar en que su frente golpeó contra el ladrillo y se encontró con una protuberancia dolorida. Sacó su mano del pozo, estaba helada y hormigueaba por la falta de movimiento. Miró a su alrededor tratando de recordar en dónde estaba y lo qué había estado haciendo; en su mente no había más que imágenes confusas. Regresó a la feria que a la luz del sol había perdido toda su belleza. El papel picado se veía pardo, como si tuviera mucho tiempo expuesto al sol. Los anafres aún humeaban, mas no había rastros de la comida y las botellas de refresco estaban todas tiradas por el suelo, repletas de agua sucia. Era imposible pensar que hubiera habido una fiesta en aquellas construcciones de madera enmohecida, apenas unas horas antes.

Más adelante, muy cerca de donde se encontraba el puesto de la abuelita, Nadia distinguió una siluetas blancas y se acercó en busca de ayuda. Llamó a Jacinto repetidas veces; solo una risa distante le respondió. Cerca de las siluetas interrumpió su marcha, se cubrió la boca con ambas manos y el aire abandonó su cuerpo. Lo que tenía frente a ella no eran personas, sino figuras de alfeñique. Todos a quienes conoció, las muchachas, la abuelita y hasta el propio Jacinto, no eran más que figuras de azúcar resplandecientes bajo los rayos del sol.

Incrédula ante lo que veían sus ojos, Nadia se acercó a la abuelita. La figura emitió un crujido antes de que ojos humanos, cargados de angustia y dolor, aparecieran entre el azúcar. El alarido de Nadia hizo temblar a los árboles, salió a todo correr sin estar bien segura de hacia dónde iba; fue misericordia del cielo que lograra llegar hasta su viejo Tsuru. Se lanzó al interior y lo encendió, notando al instante el armonioso ronronear del motor, como si nunca hubiera fallado.

Volvió al camino a una velocidad imprudente, pues le costaba trabajo mantener el auto estable: su mano, esa que estuvo dentro del pozo, no parecía responder bien. Nerviosa, se animó a dar un vistazo a la granulosa y blanca extremidad que ahora era su diestra. Un nuevo alarido desgarró su garganta y, desesperada, cubrió aquel blanco miembro con la mano izquierda, perdiendo el control del auto que fue a estrellarse contra la barra de contención. El choque no fue grave y ella apenas salió lastimada.

En poco tiempo, el viejo auto fue rodeado por patrullas y ambulancias. Un joven oficial se acercó para entablar contacto con Nadia y viendo que estaba consciente, y que respondía a todas las preguntas con claridad, abrió la puerta para ayudarla a salir. Ofreció una mano enguantada que retiró de un manotazo al notar la mano de alfeñique que se desgranaba en el viento, ante la mirada impotente de su dueña.

Interacción

Deja un comentario

💬 Habla con Geeky-1

🔰 Geeky-1 (Beta)

Powered by Gemini AI
¡Hola! Soy Geeky-1 🍿 ¿Qué te recomiendo hoy? ¿Pelis, series, canciones, videojuegos? ¿En qué plataforma está lo que buscas?

Descubre más desde CineMedios

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo