25 de agosto de 2026

Reseña | Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma

Todos los que crecimos con formatos caseros y acceso a internet tenemos una historia sobre una escena de alguna película o serie que no era apropiada para nuestra edad (o en algunos casos sí) que nos marcó profundamente, pero ¿Qué pasa cuando esa marca es tan profunda que en ese momento o tiempo después nos damos cuenta que fue una parte fundamental de nuestra formación? Eso es lo que explora Jane Schoenbrun en su tercer largometraje, Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma, que fue ganador de la Queer Palm en el pasado Festival de Cannes y ya se encuentra en cartelera en México.

¿De qué trata Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma?

Kris es una cineasta emergente que ha sido escogida por un estudio para encargarse del reboot de la franquicia slasher Camp Miasma. Kris es una gran fanática de estas películas y para comenzar su proceso creativo, ha decidido contactar a Billy Presley, actriz que interpretó a la final girl de la película original para atraerla al proyecto. Billy ha vivido aislada por años en el lugar donde se filmó Camp Miasma y al llegar ahí, Kris se siente como si hubiera entrado en la película. Cuando Billy comienza a cuestionarla y trata de conocerla como persona, Kris se da cuenta de que tendrá que ser abierta y vulnerable con ella si de verdad quiere hacer esta película.

 

Una realidad de película

Jane Schoenbrun es une cineasta no binarie cuya corta filmografía se ha tratado de documentar indirectamente y metatextualmente su transición de género, señalando la relación entre la creación de identidad y los medios que consumimos. En su primera película, Todos Vamos a la Feria del Mundo, Schoebrun cuenta una historia coming of age a través de comunidades en línea envueltas en juegos de rol. Su segunda película, I Saw the TV Glow, hacía algo similar, pero con la nostalgia a series de televisión infantiles de los 90s. En ambas la posibilidad de vivir en una realidad diferente se presenta como una liberación y a la vez una prisión.

Para su tercer largometraje, Sexo y Muerte en el Campamento Miasma, Schoenbrun traslada sus preocupaciones al medio que ha usado para expresarse, el cine, y en específico a las películas slasher. Para lograrlo se inspira en la experiencia personal de que se le ofreció dirigir un reboot de Leprechaun, lo que le pareció una jugada para que el estudio diera una fachada ‘woke’ al público.

En Campamento, su personaje self insert, Kris, ha sido contactada para dirigir un reboot de la franquicia slasher Camp Miasma, la cual no existe como tal, sin embargo es claro que se trata de una combinación de Viernes 13 y Sleepaway Camp, siendo la segunda la más necesaria de conocer para entender las intenciones de Schoenbrun por completo; pero de esto hablaremos más adelante.

 

A través de Kris, Schoenbrun no esconde que dirigir una película de una de las franquicias que marcaron su juventud sería un sueño hecho realidad y esa es la forma con la que su personaje observa su mundo, en especial el campamento donde vive Billy. A simple vista todo luce normal y real, sin embargo Schoebrun no busca realmente engañar al ojo del espectador y deja que recursos como los bellos fondos de pinturas matte, la nieve y la sangre falsas, el CGI y la imitación de la estética de las películas slasher ochenteras luzcan como lo que son, falsos.

Aunque no por eso son menos maravillosos para el ojo, pues su combinación con los elementos reales y prácticos dan como resultado un entorno de ensueño, literalmente como de película. Incluso Billy se vuelve parte de este sueño, más que un personaje, es una figura que Kris observa con admiración, no por nada es interpretada por la gran Gillian Anderson, pues es un ídolo de la generación de Schoebrun.

Sin embargo ella se rehúsa a ser vista sólo como un símbolo y se vuelve una especie de mentora para Kris, la obliga a preguntarse qué hay dentro de ella que no quiere revelar, a qué le tiene miedo de exponer frente al público y con lo que haría una mejor película. Si lo que vemos en Campamento Miasma es como a Schoenbrun le gustaría hacer un slasher ¿Qué es lo que le impide simplemente hacerlo así y ya? ¿Por qué recurre a estos elementos metatextuales? ¿Qué tan complicado es hacer una película de carne y fluidos? A menos que se complique por cuenta propia, pues Schoebrun y Kris quieren hacer una película como con las que se criaron, que despertaron algo en su interior, que les formó como personas.

 

El deleite de la violencia

El problema es que esas películas nunca tuvieron tal intención, solo fueron hechas para que la gente se asustara o riera mientras adolescentes interpretados por veinteañeros se desnudaban y eran masacrados por un asesino silencioso. Nada más, cualquier interrogante sobre la sociedad, la cultura, el género, la sexualidad, todo eso es extra. Pero Schoebrun no puede evitarlo, elle necesita que su película tenga algo más que decir, que en otras personas tenga el mismo efecto que elle sintió en su juventud viendo slashers ¿Cómo? ¿Qué tiene que decirnos que no nos haya dicho ya en sus proyectos anteriores? Pero ¿Qué tal si lo que tiene que decirnos es justamente solo sobre carne y fluidos? Bueno, algo así.

Es aquí donde regresamos a Sleepaway Camp de Robert Hiltzik, que es una de las películas slasher más queridas por la comunidad queer ¿Por qué? No es como que la película presenta ningún personaje gay o lesbiana o que siquiera desafíe los estándares de género. Al menos eso parece a simple vista, pues el giro final (sí, spoilers de una película de hace 40 años) es que el asesino es Angela, o mejor dicho, Peter, quien ha sido obligado a vivir como niña durante años y esto lo ha llevado a explotar violentamente contra quienes le han acosado en el campamento de verano.

Esta película tiene un mensaje claramente transfóbico y en general parece promover ideales conservadores como los slashers suelen hacer, y aún así quienes mantienen a esta película y sus secuelas en un status de clásico de culto son personas trans que se ven reflejadas en Angela. Otros sienten que en las interacciones de los personajes del mismo sexo, hay un homoerotismo latente que les recuerda a sus días de vivir en el closet ¿Cómo es que una película puede ser tan amada por una comunidad que abiertamente desdeña?

 

Schoeburn, al igual que su servidor, bien podría ser una de esas personas, o al menos le pareció interesante este fenómeno de gente que se identifica y conecta con lo que le rechaza y hasta hace daño, tanto que valía la pena explorar el tema. En la Campamento Miasma original dentro del universo de la película, se nos presenta al asesino Little Death, quién era un adolescente que algunos días actuaba como hombre y otros como mujer, lo que hoy podríamos llamar género fluido, pero que en un slasher de los 80’s era un demente.

Así como la comunidad LGBTIQ+ ha reclamado a Angela, Schoenbrun invierte el propósito original de Little Death de demonizar a cualquier persona que no se limite a los extremos del espectro del género e igualmente como Angela, sus acciones ahora se ven como una justa venganza. Pero Little Death va un poco más lejos, no solo se trata de ejercer justa violencia, sino de sentir placer al hacerlo.

Por eso Schoenbrun nos presenta una secuencia de masacre a través de sus ojos y en otros momentos observando solo su cabeza (si así se le puede llamar), porque desde su perspectiva la violencia es divertida, disfrutable y catártica. El eterno debate de si se debería de disfrutar la violencia en películas como los slashers, ¿Nos hace malas personas? ¿Nos hace enfermos mentales? Bueno y si sí la disfrutamos ¿Qué? ¿A quién le afecta?

Aunque para Schoenbrun eso no es todo, ¿Qué tal si parte del placer viene también de pensar en lugar de la víctima? ¿Qué tal si hay algo de atractivo en ser una mujer desnuda corriendo por el bosque siendo perseguida por un asesino enmascarado? La respuesta no es algo que muchos dirían en voz alta porque no faltará quien haga un juicio moral al respecto y eso es exactamente lo que Schoenbrun quiere evitar.

 

Asesino y víctima, un solo papel

Si hasta para una persona heterosexual cisgénero podría ser vergonzoso siquiera pensar en fantasías de ese tipo y peor aún comunicarselas a una pareja ¿Qué le depara a la gente de la diversidad sexual y de género? Si sus más simples deseos son puestos en duda y son temas de debates clínicos. Esto no es una exageración y Schoebrun lo sabe, por eso en los créditos de la Camp Miasma ficticia vemos que fue dirigida por un tal Ray Blanchard, nombre que puede parecer una elección casual, pero está muy lejos de serlo.

Blanchard es un sexólogo que se dedicó a investigar sobre las mujeres transgénero a quienes separó en diferentes sub tipos siendo el más polémico aquellas a quienes ‘diagnosticó’ con autoginefilia, argumentando que se trata de hombres que encuentran placer sexual al vestirse y ser percibidos como mujeres. Blanchard ve a este subtipo de mujeres trans como el más bajo, pues a pesar de haber hecho una transición hacia el lado femenino, aún se atreven a sentir atracción por otras mujeres y no a los hombres como una mujer debería (sí, además de transfóbica, es una teoría homofóbica).

Las teorías de Blanchard han sido discutidas y han sido señaladas de ser construidas con métodos poco confiables, pero como todas las pseudociencias, tiende a quedarse en la mente de la gente y han causado que personas, mujeres trans y transfemeninas como Schoenbrun vivan en constante vergüenza por sus deseos. Por eso la parte más interesante de Campamento Miasma es la forma en la que Schoenbrun responde a las ideas de Blanchard y quienes las comparten, pues no es su intención comprobar que están equivocadas, sino que de una forma rebelde explora y confirma que después de transicionar, el sexo le hace sentir más conectade a su feminidad ¿Y qué? Lo mismo con la fantasía de ser la víctima, estar en un papel de sumisión ¿Y qué?.

La mirada de deseo del asesino

Y regresando a Little Death (cuyo nombre es obvio a que hace referencia), Schoenbrun lo utiliza como su vehículo para asimilar y reclamar la mirada del asesino del slasher, que en la historia ha sido una mirada que acecha en la oscuridad para castigar a los pecadores, penetrando sus cuerpos con objetos punzocortantes. Es una mirada masculina, fetichista y aún así con cierta carga moralista.

Schoenbrun la convierte en una mirada que acecha a sus víctimas para complacer sus deseos, es esa misma mirada voyerista con la que el cine nos entrenó, pero carente de vergüenza y moralización, le gusta lo que ve sin pudor. Es aún más atrevido viniendo de una persona a quien se le asignó a la fuerza el género masculino, pues refuerza esta rebeldía a conformarse a ciertos comportamientos esperados del género al que transicionó.

Lo que Schoenbrun nos enseña a través del viaje de Kris es que hay que habitar ambos roles, el asesino y la víctima, porque nivela el desbalance de poderes de la sumisión y dominancia y desmiente la conexión supuestamente inherente con lo femenino y lo masculino. Este es el camino a la libertad, de encontrarnos a nosotros mismos, de explorar nuestros deseos, de expresarnos como queramos. Por eso aunque Schoenbrun parte de experiencias muy personales, lo que explora en Campamento Miasma se puede llevar a un plano universal, pues nadie puede negar que tiene algún gusto prohibido, peculiar o poco adecuado.

Aún con lo que parece un discurso de celebración, Schoenbrun mantiene la línea de sus proyectos anteriores, pues cuando tanto de nuestra identidad ha sido formada por los medios que consumimos, corremos el riesgo de nunca salir de esa realidad alterada gracias a esa felicidad y éxtasis que el escapismo nos produce. A veces aquellas cosas que más nos gustan, como los dulces, son las que más pueden dañarnos si se consumen en exceso. Así que le cineasta realmente nunca nos da respuestas definitivas, la historia de Kris y Billy queda abierta ¿Saldrán al mundo? ¿O regresarán al Campamento Miasma cuando Little Death las llame otra vez?

Conclusión

Claro que podríamos estar intelectualizando Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma que en realidad sí es solo sobre carne y fluidos, un tributo a uno de los subgéneros del terror más populares, hecha para pasar el rato, reírse y nada más. Claro que si ese es el caso, Schoenbrun no puede evitar que así como se ha hecho con todas las películas de terror, su público encuentre algo debajo de su vistosa superficie que les llame la atención, que les diga algo sobre sí mismos y que se vuelva un pilar de su identidad. Tal vez en unos años sabremos si Campamento Miasma tendrá ese efecto en una persona que no debía estarla viendo, pero con una perspectiva mucho más positiva.

Título original: Teenage Sex and Death at Camp Miasma
Dirección y guión: Jane Schoebrun
Elenco: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Amanda Fix, Sarah Sherman, Quintessa Swindell, Eva Victor, Patrick Fischler, Jasmine Savoy Brown y Jack Haven

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