Las intrépidas aventuras de Benito el vampirito. El Otzzo
El primer día de trabajo suele estar lleno de sorpresas, sobre todo, si eres un hijo de la noche.

Durante cientos de años, los seres humanos han temido a los vampiros. Los consideran criaturas sobrenaturales, peligrosas por su hambre de sangre; esto no es verdad. Los vampiros al igual que otras especies, han ido evolucionando. Si bien su gusto por la sangre no ha cambiado, si lo han hecho sus métodos para obtenerla.
Esta noche, la asamblea vampírica se reúne en las catacumbas de la catedral, para tratar de dar solución su crisis más importante: dinero.
—Hermanos vampiros, nos enfrentamos a nuestra peor crisis en este año —enunció el gran Baltazar Feratú, el vampiro más antiguo y, por lo tanto, el líder natural—. Si no encontramos un modo de generar dinero pronto, nos será imposible comprar la sangre en el mercado negro.
—¿Qué fue de aquel hombre en Tepito, que nos la conseguía a mitad de precio? —interrogó Marcos Biancci, un vampiro de apenas de setenta años de edad.
—Dejó de ser opción: nos dio chamoy en la última ocasión —Baltazar explicó desangelado.
—¿Y los estudiantes de enfermería? Esos siempre andan necesitados de dinero, podríamos hacer mejores tratos con ellos —propuso Bianca del Sol, la vampira más hermosa.
—Podríamos, es verdad, pero los estudiantes se ponen extraños cuando están con uno de nosotros y comienzan a pedir cosas extrañas —Baltasar puso cara de asco.
—¿Cómo qué cosas extrañas? —Bianca preguntó incrédula.
—Aries, explícale tú.
Al oír su nombre, un vampiro alto de espalda ancha y medidas ideales se levanto de entre la multitud. Sus ropas, falda de cuero y pecho desnudo, delataban su origen antiguo.
—En una ocasión —relató con voz profunda—, visité los patios de la Universidad Nacional para conversar con una joven que presumía poder conseguirme unos cuantos litros de O+ sin problemas, sin embargo, cuando llegué ahí, a pesar de mi disfraz, se puso a gritar: ¡¡Eduardooooooooo, aquí está tu Chabelaaaaaaa!!. Se abalanzó sobre mí, ofreciéndome su garganta como quien regala vino barato, ¡no pude soportarlo!
—Esta sociedad está muy mal —Matilda, la única abuela vampira, chasqueó la lengua.
La comitiva rompió en cuchicheos preocupados, ¿qué harían si no encontraban el modo de ganar de dinero? Ya la vida se les había ido en el Monte Pío, empeñando sus alhajas. Ya no había uno de solo de ellos que no estuviera usando bisutería de Xein.
—¡Tranquilos! Ya hemos ideado un plan —Baltasar exigió silencio, levantando ambas manos—. Existe una institución humana que contrata a quién sea sin muchas preguntas, su mayor ventaja es que cuenta con horarios nocturnos. Se llama Otzzo y es una tienda de conveniencia.
—¿Estaremos a salvo en ese lugar? —Matilda parecía desconfiada.
—Nuestra investigación arrojó que mientras no pidamos permiso para faltar, a los jefes no les importará lo que hagamos, es más, ni atención nos van a prestar.
De nuevo se detonaron los murmullos. La oferta sonaba interesante y ciertamente era demasiado conveniente, pero sin duda había una trampa oculta. No todo lo que brilla es oro y Baltazar estaba bien consciente de eso, por eso tenía un as bajo la manga.
—Por muy encantador que suene, debemos ser muy cuidadosos en nuestro proceder, por eso enviaremos a uno de nosotros como conejillo de indias y de acuerdo al resultado, iremos enviando a los demás. ¡Ven aquí, Benito! ¡Muéstrate!
A pasitos lentos, apareció un vampirito enano en el podio. Era calvo como una rodilla y sus ojos, saltones y oscuros, seguro eran más grandes que su consciencia. Sus caninos, de dimensiones considerables para permanecer dentro de su boca cerrada, se asomanban impertinentes por sus labios delgados. Hizo una corta reverencia a la audiencia, tras lo cual mostró la camiseta naranja y blanco, que ya lo distinguían como un empleado de la tienda.
—¡Eres nuestro salvador!
Presa de la emoción, Bianca flotó hasta la tarima y enredó entre sus brazos al pequeño ser nocturno, que quedó atrapado entre sus voluminosos pechos sin quejarse demasiado.
—Honraremos tu sacrificio —dijo Aries, haciendo una reverencia que otros imitaron.
—Ve y haznos sentir orgullosos, Benito —ordenó Baltazar.
Benito se golpeó el pecho con la diestra en puño, afirmando vigorosamente con la cabeza. Corrió hasta el final de la tarima y tras un salto en el aire, salió volando de las catacumbas en su ágil forma de vampiro desnutrido.

El Otzzo en cuestión se encontraba en las calles con más movimiento de la ciudad, así que Benito tuvo que correr por cuadras iluminadas antes de poder ocultarse en la tienda. Al verlo entrar con la capucha de la sudadera negra cubriéndole la cabeza, los dos empleados en el mostrador pegaron un brinco, asustados.
—¡No tenemos efectivo ni la llave de la caja! —chilló la regordeta empleada.
—Mira, carnal, si te portas chido, te dejo que te lleves las frituras de queso —propuso el muchacho a su lado, apuntándole con una pluma.
—Yo no quiero el dinero de la caja —aclaró Benito— ¡Soy el nuevo empleado!
Menos temerosos, los muchachos emitieron una risa nerviosa mientras intercambiaban miradas significativas entre ellos. Benito creyó que se trataba de ritual humano, así que hizo lo mismo para guardar las apariencias.
—¡Ah mira, por ahí hubieras empezado! —el muchacho salió del mostrador—. Yo soy Pablo y ella es Juana, estaremos contigo las próximas dos noches, para enseñarte todo lo necesario.
—¡En dos noches aprenderé todo! —Benito estaba emocionado.
—Pues no exactamente —aclaró Juana— Pero sí te vas a aproximar.
Benito no entendió a qué se refería la muchacha, mas ya no hizo aspavientos por averiguarlo porque, sin duda, iría viendo los pormenores del empleo según avanzara.
En esa primer noche le enseñaron una usar la caja registradora, a hacer los cargos con tarjetas y a detectar un billete falso con ayuda de un marcador mágico. En caso de que el utensilio no estuviera disponible, siempre podía poner el billete contra la luz de lampara y buscar la tirita brillante.
En el inter de esa importante lección, apareció una anciana que se desplazaba con ayuda de una andadera. Muy despacio, pasó entre los anaqueles colocando varios artículos en una de las canastas que prestaba el establecimiento. A Benito le llamaron la atención los cabellos grises, cortos y chinos que adornaban su cabeza porque, de camino a la tienda, se encontró con muchas mujeres maduras que lucían el mismo peinado, y de nuevo creyó que se trataba de una forma de distinguir a las mujeres nobles de la tribu humana. Así que en cuanto la anciana se acercó, Benito la recibió con un reverencia profunda.
—Bienvenida a Otzzo, noble dama, ¿cómo puedo servirle? —saludó con la cabeza sobre sus rodillas.
Juana y Pablo ahogaron unas risitas; la anciana, sorprendida, arrugó los dedos de sus pies dentro de las chanclas y tartamudeo varias veces antes de poder pedirle que le cobrara la mercancía.
—¡Con infinito placer! —Benito le arrebató la canasta y pasó los artículos por el escáner, cuidando de no olvidarse de ninguno—. Su cargo es de doscientos treinta y tres pesos con veinte centavos, madame —anunció formal.
La mujer chasqueó la lengua, metió la mano dentro de su escote y tras rebuscar por unos segundos, extrajo un pequeño monedero del que fue sacando moneditas de uno, dos y cinco pesos respectivamente. Formó pequeñas torres con las diferentes denominaciones, mientras iba contando en voz baja. Entre tanto, otro par de cliente, un chico que sostenía una botella de refresco y un hombre con un recibo de luz arrugado, esperaban impacientes detrás de ella.
Juana y Pablo se percataron que ya habían entrado tres personas más, pronto formarían parte de la fila y, si la mujer no se apresuraba a dar su pago, se desataría la irá en el local. Temiendo quedar en medio del fuego cruzado, se inventaron una importante tarea que hacer en la bodega y dejaron solo a Benito sin advertirle lo que vendría.
—35… 42… —la anciana siguió murmurando, a la vez que sus dedos temblorosos se aferraban de una en una a las monedas.
—Oye, ¿por qué no abren la otra caja? —el hombre espetó, arrugando su recibo aún más.
—Temo que eso no es posible, caballero, ya que en este momento soy el único al frente del comercio —Benito se excuso cuidando que su tono fuera el más correcto, sin embargo, algo en la expresión de aquel hombre comenzaba a ponerlo nervioso.
—¿Y tú por qué hablas así? ¿Eres estudiante de filosofía o qué? —gruñó.
—Cuando tenía cien años, me dio por leer a Platón —Benito admitió emocionado, pensando que el hombre le había hecho un cumplido.
—¡Pues leer a Platón no te ayudó con tu lógica! —gritó una muchacha de cabellos rosas, que se encontraba al final de la fila—. ¡Cóbranos a los demás! La señora se piensa quedar aquí hasta mañana.
—Ella… terminará pronto, por favor, esperen —Benito lanzó una mirada nerviosa a la anciana.
—72… 75… ¡ay, no, perdí la cuenta! Tendré que volver a empezar —se quejó la viejita, regresando todo el dinero al monedero.
—¡Señora, no se pase! —reclamó el joven con el refresco—. Déjenos pasar y en la otra caja cuenta su dinero.
—Sí, doña, tantita madre —apoyó una mujer de llamativa blusa floreada.
—¡Montoneros! Apuesto a que no le hablarían así a su propia abuela —la anciana los amenazó con el puño en alto.
—¡Señora, ya párele! Hágase a un lado, o la saco de la tienda —el hombre del recibo salió de la fila.
—¡Atrévete a tocarme, mequetrefe!
De alguna parte de sus arrugaditas entrañas, la viejita sacó fuerzas sobrehumanas y blandió su andadera como una espada, enfureciendo más al hombre que asió sus manos a las patas tratando de quítarsela.
—¡Oiga, no sea abusivo! —la chica de cabello rosa también abandonó su lugar en la fila y saltó en ayuda de la dama.
—¡No te metas, fulana! —el hombre la arrojó contra el anaquel del pan dulce, ocasionando que todas las piezas cayeran al suelo.
—¡No! ¡Detengan la violencia! —enunció Benito, segundos antes de lanzarse en medio de los contrincantes.
—¡Todo es tu culpa, pinche niño pelón! —el chico exclamó, impactando la botella de Coca-Cola sobre la cabeza de Benito con todas sus fuerzas.
—¡Dejen en paz a la señora! ¡No ven que ya está grande! —intervino la mujer de la blusa de flores.
Valiente, esta se montó sobre la espalda del hombre del recibo y tiró de sus cabellos para apartarlo de la anciana que, a punta de piquetes de ombligo con las patas de la silla, ya iba ganando la contienda. Benito quedó en medio de todos ellos, recibiendo bofetadas, golpes de andadera, codazos y refrescazos por todos lados.
—¡Se calman o llamo a la policía! —Juana apareció sobre el mostrador armada con un extintor—. Salgan o les juro que los llenó de blanco.
Temiendo a los químicos tóxicos de la formula contra incendios, la anciana bajó su arma, metió ambas manos bajos sus senos para acomodarlos y salió al paso veloz de un caracol con artritis. El hombre del recibo la siguió, recitando un montón de maldiciones entre dientes.
—Señorita, yo solo quería comprar unos cigarros —chilló la mujer de la blusa floreada, haciendo un nudo al tirante roto de su brasier.
—¡Váyase! —Juana le apuntó de lleno.
La mujer recogió su bolsa pisoteada del suelo y salió corriendo. Detrás de ella el chico del refresco, ya sin refresco, la chica del cabello rosa y un muchacho emo que no hizo más que tomar vídeo durante toda la pelea desaparecieron a paso veloz.
—Benito, ¿estás bien?
Viendo que el campo estaba libre, Pablo salió de su escondite y se apresuró a auxiliarlo. El pobre estaba tendido en el suelo sobre un charco de refresco de cola, naranja, limón y chicles sueltos, por un momento pensaron que estaba muerto pues su ojos, ahora convertidos en un par de amoratadas protuberancias, estaban tan cerrados que no daban muestra de movimiento. El único indicio de vida que dio Benito fue un espasmo repentino en su descalzo pie izquierdo.
—¡Ay, Pablito, nos van a correr! —Juana se lamentó.
Al volver a las catacumbas, Benito presentó a la Asamblea Vampiríca el botín obtenido por su participación en la defensa de la tienda: dos galones de leche a punto de caducar, todo el pan dulce que no estuviera tan aplastado y un paquete de cigarros. Juana y Pablo consideraron que aquello era suficiente compensa para que Benito no se quejara de ellos con el corporativo.
Baltazar Feratú observó los presentes con ojos críticos, a la vez que trataba de entender los ojos de volcán de Benito junto con las múltiples banditas que le decoraban las partes visibles del cuerpo.
—Esto… no lo entiendo, Benito —se rindió por fin.
—Son regalos, señor, obtenidos por mi buen trabajo.
—¿Y el dinero?
—Se paga por quincena y como yo entré a trabajar después, debo esperar a la próxima.
—¡Eso es un abuso!
—Los humanos gustan de ese sistema, señor, nunca se quejan.
—Si serán miserables… Y, ¿por qué se ven así tus ojos?
—La Dama Noble de la Tribu, me golpeó con su calzado repetidas veces, creo que no comprendió que yo trataba de defenderla del hombre violento.
—Entiendo… ¿Sabes qué? Ya va a salir el sol, vete… vete a tu sarcófago, después hablamos.
—Sí, señor, ¡qué disfrute los regalos!
Benito se fue dando pequeños saltos, convencido de que sus acciones habían sido beneficiosas a la causa. Abatido, Baltasar se dejó caer sobre las baldosas heladas, pensando en cómo solucionar su crisis económica a la brevedad posible, o si podría conformarse con chopear una concha en un vaso con leche para calmar su hambre.
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De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
