Historias de la Ciudad de Sukha Un visitantes inesperado para Nochebuena. Parte II
La Nochebuena se acerca y Niam debe contarle a sus amigos sobre Bo, pero antes de que pueda decir una palabra la mala suerte llama a la puerta.
Era el técnico con la actitud más extraña del mundo. No hizo más que golpear la caldera y los tubos un par de veces para dictaminar que todo estaba en orden, a Niam le desagradó ese examen tan express. En cambio, a las cosas del abuel Karl sí llamaron la atención del hombre hasta dejarlo absorto. Hurgó con ojos grandes como platones en cada una de las cajas y leyó en murmullos las etiquetas, despertando la impaciencia de Niam.
—Entonces, ¿qué me puede decir de las tuberías?
—Qué están perfectas, señor Hygge, ¿qué más le puedo decir?
—No sé, ¿acaso ninguna requiere reparaciones?
—Ya le dije que no. Hablando de otra cosa, su abuelo, el señor Karl, guardaba muchas cosas, ¿cierto?
—Sí, se refería a esas cajas como sus tesoros —Niam explicó con nostalgia, mas pronto regresó su atención al verdadero motivo de la charla—. ¿Puede decirme algo más de las tubería o ya hemos terminado?
—Le diré algo, siga observando y volveré en un par de días para cerciorarme de que todo esté bien, ¿le parece?
—Bueno, ya qué.
—Ahora, ¿pagará por mi visita en efectivo o en cheque?
—He notado una importante cantidad de pelos blancos flotando en el ambiente —anunció Grayson mientras retiraba uno de eso famosos pelos de su abrigo negro con muchísimo desdén.
—¿En serio? No tengo idea de dónde vendrán —Niam ni siquiera lo miró a la cara, sino que se concentró en servirle el café con especial fervor.
—Es verdad, yo también he notado muchos pelos en los abrigos de mis niñas, ¡así es imposible mandarlas impecables a la escuela! —Se quejó Marigold.
—Entiendo, quizás vengan de los tapetes en los pasillos. Las aspiraré hoy mismo —prometió el casero.
—¡Vamos, amigos! No deberían quejarse tanto; el hombre hace lo que puede —reprendió Apolo, ocultando su rostro detrás de los jojojo´s de su mug.
Contrariada, Marigold expuso que no se trataba de una crítica personal hacia Niam, más bien expresaban una necesidad de higiene del edificio. Niam estuvo de acuerdo y le suplicó al boxeador que no se lo tomará a mal.
—Es que tu eres un gran amigo —dijo el hombre fuerte con voz quebrada.
—Te lo agradezco, tú también lo eres —Niam le dio unas palmadas cariñosas en el hombro.
—Y eres muy comprensivo.
El gesto en la cara de Apolo se transformó en una suplica y Niam entendió de que se trataba realmente.
—Te vas retrasar con la renta, ¿cierto?
—Sí, lo siento, es que me cancelaron la pelea —respondió el hombrezote haciendo un puchero.
—Descuida, eso no fue tu culpa. Ya te pondrás al corriente cuando se terminen las vacaciones.
—¡Eres un gran amigo!
Apolo se levantó de su silla y estrechó a Niam con tanta fuerza que Grayson y Marigold temieron que fuera a romperlo. A Niam no le importó que lo maltratara un poquito pues pensó que el secreto que les estaba guardando a todos ellos era mucho más grave.
Bo era una criatura dulce y bastante dócil, sin embargo, todavía no dejaba de ser un cachorro y necesitaba jugar constantemente. Niam se dio cuenta de ello en el primer día que lo tuvo en su departamento. La bola de algodón estuvo muy tranquila la primera hora, pero luego sus manos se volvieron inquietas y queriendo controlarse convirtió en estambre el tapete de su anfitrión. Buscando entretenerlo, Niam le puso un show de muppets en la televisión, cosa que funcionó muy bien hasta que comenzaron las canciones pues Bo quiso cantar y bailar junto con los muñecos. Mantenerlo escondido era una tarea complicada.
Niam pensó entonces que quizás hacerlo jugar durante la noche y dormirlo durante el día sería la mejor estrategia y en verdad lo fue. Bo podía andar por el edificio a su antojo, siempre que no hiciera mucho ruido. Sin duda seguiría siendo la mejor idea si los inquilinos no se hubieran quejado de los pelos. Por más que cepillaba y cepillaba, no había forma de evitar que Bo tirara pelo por todos lados pues era demasiado grande. El casero se dio cuenta de que su secreto tendría que ser revelado lo más pronto posible y sin duda sería mejor hacerlo antes de la Nochebuena. Se puso serio frente al calendario de la cocina y marcó con una x el día de la confesión: 23 de diciembre. Así ya sólo tendría que mantener a Bo en silencio por dos días más.
Terminado el café de la mañana, Marigold partió hacia el mercado en busca de despensa y chismes nuevos; Grayson corrió a impartir una clase en la universidad local y Apolo aprovechó su día libre para ir a visitar a su abuelita en el otro extremo de la ciudad, aunque Niam sospechó por su cara nerviosa que seguro trataría de comprarle un regalo a Josephine en alguna de las tiendas de por allá, por eso había solicitado la asistencia de su abuela que era una dama refinada y elegante.
Regalos, claro. Niam había estado tan ocupado con las tareas del edificio y cuidar a Bo que se había olvidado por completo de envolverlos. Decidió ponerse manos a la obra y fue a sacar el papel de fantasía del locker en el estudió y lo extendió sobre la mesa del comedor. Papel de hadas de azúcar para las trillizas, de campanas para las damas y de cascanueces para los varones; Niam siempre ponía especial atención a los detalles. Tenía la cinta adhesiva a la mano, pero las tijeras y la bolsa con los regalos estaba en su habitación, iba dispuesto a ir por ellos cuando la puerta se abrió y el dio un respingo preguntándose quién habría vuelto antes de tiempo.
—¡Ay, Niam, qué bueno que te encuentro! —Josephine entró a la casa como una exhalación.
—¿Pasó algo malo? —Niam fue a su encuentro temiendo lo peor.
—¡No, nada de eso! Es Apolo y esa sudadera vieja que siempre se pone.
—No entiendo.
—Es que es muy vieja y él se ve viejo, ¡digo mal! O sea, es bien parecido, ¿por qué tiene que usar una cosa tan fea?
Entre las líneas nerviosas con las que la bailarina trató de explicarse, Niam se dio cuenta de que tenía la misma intención que el boxeador: quería comprarle un regalo. Luego de una profunda aspiración ruidosa, la chica le confirmó su sospecha y le pidió ayuda para obtener su talla.
—Apolo recogió toda su ropa de la lavandería esta mañana, no tengo nada a la mano —Niam se disculpó—. De seguro es talla grande, es muy alto y fornido.
—¡Pero no puedo andar adivinando! ¿Qué tal si le queda mal y se ve peor que con su ropa vieja? Por favor, Niam, sé que tienes una llave maestra.
—Ay, señorita Josephine, yo nunca entró a los departamentos sin que estén los ocupantes.
—¡Por favor, Niam, solo esta vez! —Josephine junto las manos en señal de suplica y las lágrimas que ya asomaban por sus ojos grises terminaron de convencer al casero de ayudarla.
—De acuerdo, la ayudaré, pero iré primero a sacar unas tijeras de mi apartamento.
—Si quieres yo te las traigo, siempre dejas tu puerta abierta. Dime dónde…
—¡No, no lo haga por favor!
La respuesta del casero sonó tan tajante que la bailarina se encogió sobre sí misma.
—Lo que quiero decir es que mejor vamos juntos al ático y después seguiré con mis pendientes, así usted tampoco se atrasará.
—Tienes razón, gracias.
Si Josephine hubiera entrado al apartamento de Niam, se habría encontrado con el regadero de papel y crayolas en el suelo. Y si ella se hubiera puesta curiosa y hubiera seguido la línea del desastre, habría encontrado a Bo tendido en el cama de Niam, durmiendo con un osito de felpa entre las garritas. El casero sabía que, durante los días de las brechas en el cielo, el padre de la joven había sufrido un infarto por el miedo que le causaron los monstruos y casi se muere. Era poco probable que Josephine viera con buenos ojos las presencia de Bo por muy buena persona que esta fuera.
Ya en el ático, no fue difícil encontrar una prenda a la cual revisarla la talla: Apolo era muy desordenado. Y ya más tranquila con la información obtenida, Josephine se fue a recorrer las tiendas antes de que se acabaran las mejores ofertas. Y en agradecimiento, prometió a Niam que le devolvería el favor con lo que quisiera, en cualquier día.
Una vez recuperada la calma en el edificio, Niam fue a su apartamento. Buscó las famosas tijeras, también aprovechó para recoger un poco el tiradero de Bo, quien continuaba durmiendo. Le echó un vistazo desde el umbral de la puerta y no pudo más que sentir ternura por aquella criatura. Debió sufrir mucho cuando lo abandonaron, no debió entender la causa, se dijo y reafirmó en su mente y su corazón que hacía lo correcto.
Cuando casi todos los regalos habían sido envueltos, Bo se despertó y fue a acompañar a su salvador en el comedor. No tocó nada, solo se limitó a observar los papeles y cintas brillantes con los que Niam trabajaba. Tras envolver el obsequió para Josephine, a Niam le sobró un poco de cinta rosa. Se la dio a Bo quien la recibió con una gran sonrisa y de inmediato se puso a tratar de hacer un moño sin éxito: sus grandes garras no le ayudaban en tareas finas.
—Ya veo que te diviertes con cualquier cosas —el casero observó—. También debería hacerte un regalo, pero ¿qué puede ser? ¿Qué les gusta a los de tu especie?
Bo se rascó la barbillas con su larga uña y dirigió la mirada al árbol de Navidad en la esquina de la habitación. Tomó la mano de Niam y juntos se acercaron a una rama en la que Bo señaló una mariposa de cristal azul.
«¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo!», Niam oyó bramar a Grayson desde el recibidor mientras Leo ladraba encerrado en su piso. Aterrado, Niam sintió un calambre que le recorrió todo el cuerpo y le hizo señales confusas a Bo para que se metiera debajo de la mesa. Bo obedeció, mas la mesa se elevó a causa de la diferencia de tamaños.
«Trata de hacerte pequeño», Niam susurró sin perder atención a las pisadas de Grayson que se volvían más y más cercanas.
—¡Santa María, pero qué te pasó! —Niam atajó al hombre en el umbral de la puerta.
—¿Qué me pasó? ¡Que llegué a la universidad sin mis nota! ¡Eso me pasó! —Grayson exclamó frustrado.
Atropelladamente, explicó como había hecho todo el viaje en tranvía, se había registrado en la entrada para profesores y caminado los trescientos metros hasta el edificio principal en donde se sirvió café y charló por un rato con la señorita Bonnie, la maestra de lenguas romance. Fue hasta que ella se fue y el profesor quiso ordenar sus notas antes de la clase, que se dio cuenta que no las tenía.
—Me estoy volviendo senil —se lamentó dejando caer los brazos a los lados de su cuerpo.
—¡Claro que no! Cualquiera tiene un olvido —Niam le dio un par de palmaditas en el hombro—.Vamos, te acompaño a tu piso a que recojas tus cuadernos.
—Espera… ¿qué es eso?
Escapando de los brazos del casero, el viejo profesor se agachó frente a la mesa; Niam apretó los dientes.
—¡Estás envolviendo regalos, pillo! —Grayson anunció mostrando el trozo cinta de seda rosa que pertenecía a Bo.
—¡Me atrapaste! —Niam puso las manos al aire—. Basta, no espíes mis cosas o echaras a perder la sorpresa.
—Yo jamás haría… haría…
Las mejillas de Grayson palidecieron de golpe y sus labios temblaron, allá al fondo de la mesa dos enormes ojos le regresaban la mirada.
«¡Monstruo!», gritó echando a correr en círculos y su extraña huida asustó tanto a Bo, que pronto él también corría del mismo modo. Esa acción convenció a Grayson de que Bo quería comérselo y entonces corrió aún más aprisa.
—¡Bo! —Llamó Niam, integrándose a la carrera.
—¡Bo! —Chilló el monstruo un segundo después que Niam.
—¡No me digan bobo, majaderos! —renegó el profesor.
—¡No, es a ti! ¡Deja ya de correr, por favor! —Niam sujetó a Grayson por la orilla de su chaqueta y la inercia los tiró a los tres sobre el tapete que se arrugó como un acordeón.
Asustado, Grayson se hizo un ovillo; Bo hizo exactamente lo mismo. Niam se levantó y tocó con gentileza la espalda del profesor mientras lo convencía de abrir los ojos en nombre de todo lo sagrado.
—Él no hace daño —le aseguró acariciando las mejillas de Bo.
—¿De dónde lo sacaste? —Grayson preguntó incorporándose.
—No lo he traído yo, él vino buscando refugio. Es un poco largo de contar.
Con grandes esfuerzos, Niam contó una versión sintetizada de lo ocurrido en el sótano el día de la visita del técnico. Al principio, Grayson estaba receloso, todo lo que sabía de los monstruos era que habían mordido la mano de su amigo Charly cuando trató de alimentar a un par de ellos, mas ahora que veía la docilidad con la que Bo obedecía a Niam, pensó que quizás todo hubiera sido un malentendido.
—Parece un buen chico —señaló animándose a tocarlo—. Por mucho que quieras ayudarlo, debes considerar a los demás.
—Ya lo sé, he estado pensando en la mejor forma de decírselos.
—No todas las personas ven con buenos ojos a estos animalitos, quizás Josephine y Apolo no tengan problema con su presencia, pero Marigold y las niñas…
—También lo he pensado.
—Al final es tu casa, Niam, tienes derecho de tener los animales que gustes solo que…
—¡Yo no quiero que nadie se vaya! Debe haber una forma de que lo acepten.
—Muéstrales lo que tú ves en él, es el único modo. ¡Ay, caramba, ya es muy tarde! Debo volver a la universidad.
Grayson gateó hasta la escalera en donde por fin se puso de pie y echó a correr a su departamento. Niam y Bo se miraron preocupados: Bo no quería quedarse solo en la calle y el joven Hygge con quería echarlo. Le quedaban unas horas para pensar en un buen discurso que convenciera a sus inquilinos de permitir que se quedara.
Por fin habían comenzado las vacaciones escolares y las trillizas tenían un millón de manualidades en mente para realizar antes de la Nochebuena. Su padre les había insistido en que fueran sensatas puesto que tenían el tiempo encima, mas las niñas no escucharon. Y en lugar de cortar su cronograma de actividades a la mitad, incluyeron a todos los habitantes del edificio Hygge con el fin de terminar a tiempo.
—Esto de cortar alitas de foami no se me da —renegó Apolo.
Por desgracia era cierto, sus cortes eran tan irregulares que las trillizas se enfadaron. Josephine no podía evitar derretirse de ternura al verlo aguantar los regaños de las niñas con la mejor de sus sonrisas. Será un gran padre, ya puedo verlo en el parque con nuestros hijos, pensó y al instante se ruborizó. Alarmada por su repentino color rosado, Marigold le preguntó si se encontraba bien, después de todo la gripe estaba a la orden del día. Josephine rió nerviosa y contestó que todo estaba bien, que solo había recordado un suceso vergonzoso de hace varios años.
—¡Estos horribles pelos están hasta en la cocina! —se quejó Fia—. Ya veo que no bastó con aspirar los tapetes tres veces.
—No exageres, mujer, yo ya no he visto pelos en mi casa —replicó Grayson sin atreverse a darle la cara.
Disgustada por el nulo apoyó, además de recordar que Grayson era quien más se quejaba apenas el día anterior, Fia elevó la nariz y se abrió pasó a la mesa para dejar la charola con la tetera y las tazas. Mientras acomodaba el servicio, la mujer quiso repasar la lista de compras para la cena de Navidad ya que la surtirían entre todos al día siguiente. Un pavo grande, manzanas rojas, dos botellas de sidra, cerezas dulces, pan de leche y otras delicias integraban la comanda de la que Niam apenas si era consciente.
El pobre casero tenía un nudo en la garganta, ese era el día que había elegido para hablarles de Bo. Había tratado y callado durante todo el día, así que decidió que su limite sería el té después de la cena y estaba en verdad decidido a hacerlo, solo que las palabras no venían a sus labios.
—Oye, amigo, ¿te pasa algo? Estás cortando las alas peor que yo —observó Apolo.
—¡Ay, es cierto! ¡Niam, echarás a perder los angelitos! —lo reprendió Poppy.
—Lo siento, nena, es que… —Niam respiró profundo—. Amigos, tengo algo muy importante que decirles.
Grayson se puso tieso; el resto de la comitiva, ignorante de lo que venía, prestaron oídos atentos y gestos alegres a su casero.
—Como saben este mundo esta lleno de especies y monstruos —comenzó.
—Los monstruos asustan —chilló Poppy.
—Sí y son muy feos —agregó Junie.
—No todos son así —Niam trató de conciliar.
—¿Qué no? Mi comadre Petula tenía dos de esas bestias, eran chiquitas, verdes como largatijas demasiado crecidas que siempre se comía sus zapatos —Fia arrugó la nariz con asco.
—Dicen que son peligrosos, aun cuando parecen amigables —Marigold se santiguó.
—¿A qué viene la charla sobre monstruos, Niam? ¿Acaso quieres tener uno? —Aaron le dedicó un ceño fruncido.
—¡Ay, no! ¡Cómo podríamos tener una bestia con las niñas en la misma casa! —Ahora fue Fia quien se santiguó tres veces.
Niam tragó saliva, aquello no iba por buen camino y ni siquiera les había expuesto la situación. Debía pensar en las palabras adecuadas con rapidez o ya no lo escucharían. Y en el momento exacto en que iba a retomar su discurso, alguien llamó a la puerta. Todos se miraron entre sí preguntándose si esperaban visita, pero nadie concertó una cita para esa noche. Extrañado, Niam fue a atender pensando que se trataría de la colecta de la ciudad para los menos favorecidos.
«Oiga, ¡qué hace aquí!», oyeron gritar a Niam desde el recibidor, «¡No, no haga eso!», exclamó antes de que la puerta se cerrara de golpe. Pronto, Niam regresó a la sala con las manos en alto y el señor Noduga, el técnico, detrás de él apuntándole con una pistola. De inmediato, Aaron y Apolo se acercaron decididos a ayudar, mas el hombre les advirtió que si se movían, aunque fuera un poco, dispararía.
—Solo quiero llevarme los bonitos tesoros del señor Karl.
—¿Tesoros? —la voz de Fia tembló.
—Sí, todas las cosas que están en el sótano.
—¡Hay una confusión! ¡Son solo triques! —Niam rogó.
—¡Mentira! Solo quieres alejarme de ellos —el técnico enterró el cañón en su espalda.
—¡Váyase, hombre malo! —Lloraron las trillizas.
—¡Cállense mocosas infernales o les juro que…!
Enardecido, Noduga apuntó el arma en dirección a las niñas; Marigold chilló y de un salto se interpuso para protegerlas a la vez que Aaron la protegía a ella.
—¡No lo haga, Noduga! ¡Aquí no hay tesoros! —Niam gritó al tirar del brazo del hombre que lo aprisionaba.
—¡Me lo llevaré todo y no podrán evitarlo!
En ese momento, Leo apareció y atacó a Noduga. Dio una gran batalla, mordió fuerte sus pantorrillas y su trasero, mas perdió cuando este lo alejó de una patada que lo impactó contra el muro. Grayson gimió temiendo lo peor.
—¡Basta de payasadas y síganme al sótano! No dejaré a ninguno fuera de mi vista, no vaya a ser que se les ocurra llamar a la policía —Noduga ordenó, el cañón brillando bajo las luces del candelabro.
Snif, snif, snif, Bo olfateó los zapatos del cruel hombre, pensando que era una visitante. Creyendo que el perro había vuelto, el técnico dio la vuelta y apuntó el arma a donde supuso que encontraría la cabeza del animal; lo que encontró fue el lunar azuloso de Bo. Los ojos de Noduga subieron de hito en hito tratando de comprender la gran figura blanca que tenía en frente mientras el miedo le hacía temblar las rodillas. Por su parte, Bo trató de mostrarse amigable, sonrió y saludó con su garra, mas algo no le cuadraba. ¿Por qué Niam se abrazaba a Fia y a Grayson? ¿Por qué lloraban las trillizas? ¿Por qué Josephine negaba con la cabeza mientras sus dedos crispados se aferraban a los hombros de Apolo que apretaba los dientes como si quisiera atacar? Y entonces lo vio, un brillo metálico que relucía en la mano temblorosa de Noduga, quien le pedía a gritos no acercarse. No era un juguete, Bo y su familia fueron perseguidos con esas cosas muchas veces y él sabía el daño que podían ocasionar.
Soltó el oso de felpa que había tenido en la garra derecha, sus ojos se achicaron a la vez que sus labios se retrajeron mostrando los afilados colmillos. Noduga soltó un gritó desgarrador cuando Bo lo golpeó con su garras y lo lanzó directo al árbol de Navidad en donde se quedo atorado entre las series de luces y adornos. Bo lo siguió, levantó las garras dispuesto a dejarlas caer sobre el cuerpo de Noduga cuando reparó en las gruesas lagrimas que rodaban por su alargada nariz: aquel miserable estaba muerto de miedo.
Bo negó con la cabeza al tiempo que retrocedía, quería proteger a Niam y al resto de los inquilinos, mas no quería causar sufrimiento en Noduga, como sus perseguidores lo causaron a su familia. Se acercó a Niam, negó con la cabeza señalando el árbol a la vez que emitía un débil gruñido.
—Está bien, Bo, no tienes que hacer nada más —Niam lo abrazó.
Aprovechando el desconcierto, Apolo y Aaron ataron al técnico con la serie de luces, mientras Josephine custodiaba el arma. Marigold, sin soltar a sus hijas, observó a Bo con recelo, todavía no podía creer que aquella bestia no hubiera convertido al técnico en carne molida. ¿De verdad los monstruos podían ser buenos?
—Hay que llamar a la policía —susurró Fia.
—¡Leo! ¡Leo! —Recuperado de la sorpresa, Grayson corrió en busca de su perro.
La policía no tardó en llegar. Tomaron a Noduga como un bulto cualquiera y lo arrojaron a la parte trasera de la patrulla. Niam y los otros explicaron lo que había ocurrido y Noduga, temiendo que se arrepintieran de no haber permitido a Bo que se lo comiera, confesó todo. Eso alegró a los oficiales pues sería un caso de simple papeleó y no uno en el que tuvieran que invertir la mitad de la noche en interrogatorios.
—Debe venir con nosotros, señor Hygge —informó uno de los oficiales—, su declaración es crucial.
—Sí, por supuesto —Niam respondió, su mirada inquieta se posó sobre Bo.
—Iremos contigo —ofreció Josephine; Apolo asintió.
—¿Y el monstruo? ¿Es de ustedes o del ladrón? —preguntó la oficial María—. Si no es de ustedes podemos llevarlo a un sitio adecuado.
—¡No se atreva! —advirtió Fia sacando el pecho—. ¡No se llevarán a nuestro héroe a ningún lado!
Tanto Niam como Bo sonrieron al escucharla.
—Es verdad —agrego Marigold—. Habríamos estado perdidos sin él.
—¡Él nos salvo! —corearon las niñas abrazándose a las piernas del monstruo que se sonrojó.

—Bueno, yo solo preguntaba —María se rascó la nuca—. Recuerden registrarlo y ponerle una placa con sus datos, todo monstruo mascota debe estar en regla.
—Y mañana mismo lo estará —Grayson juró y Leo, que se encontraba en perfecto estado, ladró para apoyarlo.
Los inquilinos también apoyaron a Grayson y Niam, entre lagrimas tibias, les dio las gracias por abrir sus corazones. Así, pudo irse con tranquilidad a rendir su declaración en la estación, mientras Marigold, Fia y las trillizas rellenaron al héroe con galletas de chocolate y pudín de vainilla.
El teatro de la ciudad se vistió de luces a la noche siguiente para la presentación de El Cascanueces. Jospehine arrasó en su actuación pese a solo haber sido el hada de azúcar número cinco. Todos sus vecinos estuvieron ahí para apoyarla, incluyendo a Bo quien lució con orgullo su nuevo collar rojo en el que sus datos había sido actualizados, ahora era un miembro más de la familia Hygge.
De vuelta en casa, Fia y Niam se afanaron en la cocina con los últimos detalles a la cena. Aaron se sentó frente a la chimenea con sus hijas y Bo a leer cuentos de navidad mientras esperaban. Josephine había subido a su apartamento para acicalarse y dejar en agua los enormes ramos de rosas que le regalaron y en ese tiempo Apolo le dio muchas vueltas al recibidor, esperando su regreso. Giraba una cajita rosa entre sus dedos a la vez de rumiaba frases incomprensibles.
—La quieres —declaró Grayson desde la entrada de la sala.
—Más que a nada… ¡digo, no sé de qué me hablas! —el rostro de Apolo enrojeció.
—Díselo, muchacho, el amor que no se confiesa se pudre en el alma, te lo digo por experiencia —Grayson enarcó una ceja antes de regresar a su cómodo sillón al lado de Leo.
Curioso, Bo tomó su lugar en la puerta. Para él cada uno de los inquilinos era una novedad, una nuevo ser al cual conocer y Apolo era uno de los que más curiosidad le causaba porque era grande y fuerte, pero cuando la bailarina estaba cerca se volvía tímido; Bo no podía comprenderlo.
—El viejo lo dice muy fácil —Apolo le dijo a Bo—, pero no puedes escupir esas palabras de la nada, tiene que ser especial, importante.
—¿Qué es lo que tiene que ser importante? —Josephine apareció a mitad de la escalera.
—Aah… pues lo importante… es importante —Apolo se puso tieso como si le hubieran dado un golpe.
Josephine bajó al recibidor con gracia, parecía flotar en aquella falda de tul rosa. Se acercó a Apolo sonriéndole con dulzura; el hombre por poco se desmaya.
—¿Me quieres decir algo? —la joven acercó el rostro al suyo.
—Yo… yo te…
—¿Sí?
Harto de no ver acción, Bo puso los ojos en blanco. Se acercó al boxeador, lo tomó del codo para que extendiera el regalo hacia a Josephine. Ella lo recibió encantada. Acto seguido, Bo le dio una fuerte nalgada a Apolo, la cual le sirvió para recuperar el vigor y la confianza.
—¡Yo te quiero! —exclamó—. Desde hace mucho —agregó en un tono más bajo.
—Yo también.
Josephine lo abrazó por el cuello y Bo, retirándose sin hace ruido, les lanzó un beso igual que lo haría un artista al contemplar su obra maestra. Estaba muy orgulloso de haber participado en ese momento especial.
—¡Vengan a la mesa! —Llamó Fia.
Hubo exclamaciones de asombro y alabanzas a los cocineros cuando todos se acercaron a la mesa. El pavo despedía un agradable aroma a yerbas y lucía tan jugoso que a Bo se le hizo agua la boca. También había pastas, ensaladas de hojas verdes y varios postres adornando la mesa. Ese año los cocineros se habían lucido.
—Espero que la comida alcance, este año tenemos un invitado grandote —Fia comentó al servir la ensalada en los platos.
—No te preocupes, Fia, es como mi abuelo decía: donde come uno, comen cien —Niam abrazó a Bo.
Apolo fue el siguiente el unirse al abrazo y arrastró a Josephine con él puesto que no se atrevió a soltarle la manos. Creyendo que era un juego, las trillizas se abrazaron a la espalda de Bo y sus padres las siguieron; Grayson y Fia hicieron lo mismo, mientras Leo se apoyaba en cadera de su amo.
—Feliz Navidad —dijo Bo en un gruñido.
Era otra Nochebuena perfecta en el corazón de la ciudad Sukha. Seres queridos compartieron las deliciosas viandas y el vino. Se repartieron abrazos y mucho cariño. Y debajo del árbol, en la peculiar casa de la Familia Hygge, aguardaban los regalos por ser descubiertos. Un anillo dorado para Josephine, un suéter calientito para Marigold, muñecas para las trillizas, libros de aventuras para Grayson, un disco de opera para Fia, guantes de trabajo para Aaron, una sudadera para Apolo, tennis nuevos para Niam y una mariposa de felpa para Bo.

De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
