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Gustavo Santaolalla usa cuerdas imperfectas y silencios para darle identidad a “The Last of Us”

Santaolalla construye identidad con timbres imperfectos, espacio y silencios medidos.

Gustavo Santaolalla · The Last of Us · música

Gustavo Santaolalla usa cuerdas imperfectas y silencios para darle identidad a “The Last of Us”

Ronroco, guitarra, ataques secos y espacios sin llenar evitan que el mundo postapocalíptico dependa de una orquesta enorme. La música parece cercana, gastada y humana porque deja oír dedos, resonancias y pausas.

Música de SantaolallaCuerdas y ataques secosEl silencio también construye
Gustavo Santaolalla durante una presentación en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris en 2018
La ejecución de Santaolalla deja visibles el ataque, la resonancia y el gesto detrás de cada nota. Foto: Milton Martínez / Secretaría de Cultura CDMX · CC BY 2.0 · Fuente

La música de The Last of Us podría haber seguido una ruta evidente: grandes cuerdas, percusión dramática y temas diseñados para subrayar el fin del mundo. Gustavo Santaolalla construyó algo mucho más pequeño. El compositor argentino utiliza guitarra, ronroco, texturas acústicas y silencios que dejan espacio alrededor de cada nota. La escala del desastre queda fuera; la partitura se acerca a las personas.

Naughty Dog eligió a Santaolalla antes de que el juego estuviera terminado y su música terminó participando en la identidad desde etapas tempranas. El ronroco (instrumento de cuerda andino que el compositor lleva décadas utilizando) aporta un timbre metálico y frágil que no suena exactamente como la guitarra familiar. Esa pequeña distancia ayuda a que el mundo sea reconocible y, al mismo tiempo, ligeramente desplazado.

01 · Respuesta directa

La imperfección funciona porque conserva evidencia del gesto que produjo la nota

Escuchamos ataques, cuerdas, resonancia y pequeñas irregularidades. La interpretación no intenta borrar cada ruido mecánico. Ese detalle vuelve física a la música: parece ejecutada por alguien sentado con un instrumento, no generada por una superficie sonora perfecta.

En una historia donde personajes reparan objetos y viven entre materiales desgastados, esa textura encaja sin necesitar imitar literalmente el escenario.

Una nota puede contar materialEl timbre informa de madera, cuerda y dedos. La música aporta una textura humana a un mundo donde casi todo lo industrial dejó de funcionar como antes.
02 · El silencio permite que una frase pequeña tenga peso

Santaolalla no llena cada segundo porque la ausencia también organiza emoción

Una melodía con pocas notas puede perder fuerza si está rodeada por capas constantes. Dejar huecos permite escuchar ambiente, respiración y diseño sonoro. La música entra como intervención y no como alfombra permanente.

Esa economía ayuda a evitar sentimentalismo automático. Una escena triste no necesita que la partitura explique cada lágrima.

Gustavo Santaolalla durante una presentación con Bajofondo en 2013
Santaolalla con Bajofondo: instrumentos de cuerda, textura y ejecución física forman parte de un lenguaje musical que también atraviesa The Last of Us. Foto: Luisalvaz · CC BY-SA 4.0 · Fuente
03 · El ronroco desplaza una referencia conocida

Se parece a instrumentos familiares, pero su registro y resonancia producen otra identidad

El ronroco pertenece a una familia de instrumentos andinos y tiene una relación con charango, aunque su tamaño y afinación le dan otro cuerpo. Santaolalla aprovecha esa sonoridad para crear un tema que no depende del cliché de “americana” acústica.

El instrumento cruza geografías culturales: su origen no pertenece al mundo estadounidense del juego, pero su textura encuentra un lugar dentro de él. Esa elección evita que la banda sonora se vuelva ilustración literal del mapa.

04 · La melodía puede sobrevivir a la adaptación

La serie de HBO conserva material de Santaolalla porque el tema ya estaba unido a los personajes

Cuando una obra cambia de medio, muchos elementos necesitan reconstruirse. La música pudo cruzar casi intacta porque no dependía del control ni de la cámara. El propio Santaolalla regresó para la adaptación y sus motivos mantuvieron continuidad entre juego y televisión.

Eso demuestra que una identidad sonora puede funcionar como puente de franquicia sin obligar a copiar escenas completas.

Retrato de Gustavo Santaolalla en 2022
Gustavo Santaolalla, compositor de la música de The Last of Us y de su adaptación televisiva. Foto: Kaloian / Ministerio de Cultura de la Nación · CC BY-SA 2.0 · Fuente
05 · Menos instrumentos no significa menos diseño

La austeridad exige decidir qué nota merece ocupar el espacio

Una partitura densa puede distribuir emoción entre muchas capas. En un arreglo reducido, cada ataque queda expuesto. Registro, duración y silencio se vuelven decisiones más visibles.

La sencillez aparente de The Last of Us está cuidadosamente organizada. El tema puede ser fácil de reconocer, pero su fuerza depende tanto de aquello que no toca como de las notas presentes.

06 · Cierre

The Last of Us suena íntimo porque su música conserva una escala que cabe entre dos personas

El mundo de la saga contiene ciudades destruidas y violencia enorme. Santaolalla responde con instrumentos que pueden tocarse sin escenario, amplificación masiva ni orquesta. Esa escala acompaña mejor una historia que, en el fondo, depende de relaciones individuales.

Las cuerdas imperfectas y los silencios convierten la música en objeto casi táctil. Podemos imaginar la mano detrás de cada nota. En una ficción donde sobrevivir significa conservar algo humano dentro de una estructura rota, esa decisión tiene más peso que cualquier fanfarria. El tema no intenta competir con el apocalipsis. Se queda cerca de Joel y Ellie, donde la historia realmente ocurre.

07 · El tamaño de una emoción

Una frase musical breve puede dejar más espacio a los personajes

Una melodía reconocible no tiene que ocupar todo el primer plano sonoro. Cuando aparece en una instrumentación pequeña, deja que una respiración, un paso o una pausa del diálogo conserven su peso. En The Last of Us, esa convivencia ayuda a que la música parezca cercana a la experiencia de los personajes y no una orden externa para sentir algo específico. Una nota sostenida puede acompañar una mirada sin resolverla. Si el arreglo evita cerrar de inmediato la emoción, el público todavía debe interpretar lo que ocurre entre Joel y Ellie. El silencio se convierte así en parte de la composición, no en ausencia de trabajo musical.

El timbre también comunica escala. Una cuerda que vibra con aspereza deja oír su materialidad y recuerda que alguien tuvo que tocarla. Esa impresión de proximidad dialoga con una historia donde los objetos se reparan, se cargan y se conservan. No es necesario atribuir a cada sonido un significado fijo para reconocer el efecto de conjunto: el universo puede ser enorme y devastado, mientras el motivo musical parece caber en una habitación. La distancia entre ambas escalas vuelve más sensible cualquier pérdida. Cuando la música se retira, la escena tampoco queda vacía; los sonidos del entorno recuperan atención y nos obligan a escuchar con los personajes.

La adaptación a otro medio plantea un reto adicional. Repetir una melodía famosa asegura reconocimiento, pero no basta para sostener una escena nueva. Su entrada, duración y relación con el sonido ambiente deben responder a lo que ocurre en pantalla. Un motivo utilizado con demasiada insistencia puede anticipar una reacción y reducir la ambigüedad que la historia necesita. Reservarlo para momentos precisos preserva su fuerza y permite que la identidad musical sobreviva sin convertirse en muletilla. La continuidad más importante no está en tocar siempre las mismas notas, sino en mantener esa intimidad frágil que hace audible la humanidad dentro de un mundo excesivo.

Escuchar la música aislada y volver a oírla dentro de una escena son experiencias distintas. En pantalla compite y conversa con voces, movimientos y silencios. Ese contexto transforma incluso una frase conocida. El motivo puede sugerir cercanía en un momento y recordar una ausencia en otro, sin cambiar necesariamente de instrumento. La partitura gana profundidad porque acepta que la imagen y la interpretación de los actores terminen de darle sentido.

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