Atom. Capítulo II
Es un día soleado y hermoso en los suburbios de Deimos, pero para Atom es el día más desconcertante de toda su vida pues ha perdido el control sobre las emociones que juró no tener.
II
The night we met I knew I needed you so…
Esa canción la conozco… el grupo es The Ronettes y ¿cómo se llamaba la canción?… No estoy seguro y no me quiero esforzar en resolverlo, me duele la cabeza con tan solo tratar de recordar mi propio nombre.
Be my baby now,
I want it only say,
Ooh, ohh, ohh, oh
¡Agh! Ya recuerdo: Be My Baby. ¡La detesto! El famoso amor podría ser confusión fortalecida por las sesiones de sexo contante y no algo mágico por lo cual perder la cabeza. Deben pasar tres años, como mínimo, para asegurarse de que es verdadero. Y el flechazo a primera vista, es otro invento de las comadronas. ¡Y por qué rayos dedico tiempo a pensar en esto! Debo haberme golpeado muy fuerte la cabeza.
Desperté hace tres minutos. Mi cautela me sugirió permanecer quieto y con los ojos cerrados porque, si me encuentro preso en una celda o en un hospital rodeado de policías, aún no quiero saberlo. Aunque, si estuviera en un hospital, no podrían poner esa espantosa música y el aire tampoco olería a mantequilla, en definitiva estoy en un lugar diferente. Si tuve suerte, Greg vino por mí antes de que todo se saliera de control.
¡Auch! Incluso respirar duele. La espalda me castiga cada vez que aspiro y siento las piernas entumidas, por fortuna aún soy capaz de moverlas. El resto de mis molestias son pequeños dolores esparcidos, más los ardores provenientes de las múltiples cortadas; no puedes caer sobre cristales sin cortarte, ¿verdad? Basta ya, Atom, suspende por un rato la autoconmiseración, necesitas levantarte y enfrentar la situación como un hombre.
Me cuesta enforcar, tal vez sea por eso que la lampara en el techo me parece un ovni feo. Tiendo a juzgar demasiado la decoración por culpa de mis padres, ellos siempre han tenido un gusto impecable. ¿Qué otras cosas habrá por aquí? Observar con detenimiento me dará una idea más clara de en dónde me encuentro. Veo una horrenda pared de color rosa oscuro, en la que cuelgan algunos retratos de bailarinas de ballet y ositos esponjosos; las ventanas están cubiertas por unas simplonas cortinas floreadas y, estirando un poco el cuello, alcanzo a ver un escritorio blanco junto a un pequeño librero. ¡No me gusta! Parece el cuarto de una niña de cinco años.
Si cambio de posición tal vez… ¡no, mala idea! Apenas intenté girar sobre mi espalda, mis costillas y mi columna me reclamaron con insufrible contundencia. Carajo, ¿qué haré si no puedo moverme? Es imposible quedarme aquí por siempre, el largo y deforme brazo de la ley ya debe estarme buscando, además, anoche fallé de la forma más deshonrosa en que le es posible fallar a un Grimripper. Si la jefa no ha ordenado que me cacen, será por un dejo de indulgencia temporal. También es muy probable que quiera cazarme ella misma. Vaya miserable situación, el orgullo de Black Flag se convirtió en una destacada vergüenza en menos de veinticuatro horas, ¡me doy asco!
¡Basta, basta, basta! Por más atractiva que sea la idea de quedarme echado como una vaca sagrada, debo irme ya. ¡Arriba, Káiser! No he hecho más que incorporarme y me he quedado sin aliento, estoy muy dañado, necesitaré ayuda para poder irme. Es extraño que no me hayan buscado todavía, ¿tendré razón y la jefa me está castigando por imbécil? Eso suena horrible como mis jadeos.
Cobrando verdadera consciencia sobre mi entorno, descubro el juego de cama rosa chillón, decorado con un sinfín de pequeñas flores en botón y corazones bobos. ¡Por qué, en el nombre de Dios, se me humilla de semejante manera! Alguien de mi posición no puede estar tendido en una cama tan infantil. Este miserable hecho solo puede tener una explicación: me morí y bajé directito al infierno. Mi condena debe ser permanecer en una casa de muñecas cursi e insoportable, hasta que me vuelva loco. Un momento… tenemos un pequeño rayo de esperanza. Justo a un lado del escritorio y la ventana, se encuentran todas mis cosas. Mi ropa fue doblada cuidadosamente y mis armas dispuestas por orden de tamaño. Eso da miedo, me pregunto si habré caído en el hogar de alguna Grimripper obsesionada con el orden.
Me arrastro en dirección a mis pertenencias como puedo, me urge recuperar mi celular. A pesar de mis malestares, mi mente vanidosa no puede evitar preguntarse quién habrá sido el afortunado, o afortunada, que manoseó mi cuerpo mientras estuve inconsciente. Sin duda lo disfrutó bastante, ¿y es que cómo no hacerlo? Tengo años trabajando en mí y si da gusto con solo mirarme, tocarme debe aumentar por mucho esa felicidad.
—Usted no debe levantarse, señor.
Al leve rechinido de la puerta le siguió esa voz dulce que me hizo dar un respingo. Sin apresurarme, voltee hacia la figura envuelta en un amplio vestido floreado que anda sobre zapatillas de tacón muy alto. Su sonrisa angelical amenaza con devorar toda la luz en la habitación; es la chica de anoche, ¡sigo metido en la maldita casa! ¡No puede ser! La desagradable sorpresa me provoca un fuerte mareo, por poco me desplomo sobre la silla.
—¡No debiste levantarte todavía! —me regaña la chica—. Estuviste delirando toda la noche, llamabas a personas y te quejabas, lo que necesitas es descansar y no dar paseos por la habitación.
Tiene más fuerza de la que esperaba, puede arrastrarme a la cama sin mucho esfuerzo; no, debe ser que yo estoy muy débil para oponerme. Como sea es trágico.
—¿Estuve en tu cuarto durante toda la noche? —pregunto en un murmullo. Qué mal, ni siquiera la voz me funciona correctamente.
—Pues claro, ¿a dónde más podrías irte en ese mal estado, tontito? —Me contesta riendo como si el asunto fuera de lo más trivial.
Planta un beso en mi frente antes de alejarse al escritorio en donde colocó una charola repleta de material de curación, ni siquiera la doctora Kusanagi es tan organizada. ¡Carajo, carajo y doble carajo! Esta chica cuidó de mí sin siquiera preocuparse de quién soy o si puedo representar un peligro, no lo entiendo y cuando no comprendo algo, me pongo ansioso.
Cálmate, Atom, respira, debes obtener información para mantener la ventaja, mantente tranquilo por tu propio bien.
—¿Qué pasó con la policía? —cuestiono jadeando, los nervios se me destrozan uno por uno.
—Pues bajaron a ese hombre del techo y fueron a revisar el desastre en el invernadero, al final no le hicieron mucho caso porque los cristales estaban flojos desde hace tiempo; mi padre es muy desidioso. Seguro la fuerte tormenta ocasionó su caída, por eso la policía no vio razón de verificar más a fondo.
—¿Así nada más? ¿Qué dijo Archer?
—¿Archer, es el señor del techo? No pudo decir mucho, temblaba como un animal asustado.
Vaya, vaya, así que el finísimo señor William Archer no soporta la tensión, es una gran decepción y al mismo tiempo me conviene. Ponerse tan mal delante de la policía no pudo vestirlo de credibilidad, y lo que haya salido de su boca, debió sonar a los simples balbuceos de un loco. Yupi, estoy a salvo.
Imitando el cuidado de un experto cirujano, la chica termina de curarme en el tiempo que duró nuestra conversación. Me sorprendió mucho su empeño, cualquiera diría que le importo y eso carece de sentido, ni siquiera me conoce. Las chicas buenas rescatan cachorros y gatitos de la lluvia, no criminales consumados, ¿qué está haciendo? ¿No le inquieta ni un poco la posibilidad de morir en mis manos? Porque se supone que eso debo hacer, lo estipula el reglamento y es una regla inamovible.
—Discúlpame, debí cubrir la fea cortada que tienes en la espalda, pero no tengo un vendaje de ese tamaño —me informa, remojando un algodón en alcohol—. ¿Podrías darte la vuelta? Quisiera limpiarla.
No puedo rehusarme a una orden expresada en un tono tan amable.
—¿Tú sola has estado ocupándote de mí?
—Pues no hay nadie más aquí, mis padres se fueron de viaje, se van muy a menudo ¿sabes?
Mucha información para mí y un exceso de confianza por su parte, no comprendo su falta de instinto de conservación. De igual modo, cada una de mis cuestionantes pasa a segundo plano en cuanto mi piel entra en contacto con el alcohol. Demonios, tengo un umbral de dolor muy pobre cuando no estoy en acción.
—Te preparé un desayuno ligero —anuncia, dando los últimos toques a su labor.
—Oye espera un momento, ¿no sientes ni la más mínima curiosidad por saber quién es el extraño en tu cama? —la interrogo mordiente, quiero saber con quién estoy tratando.
—Pero sí ya sé cómo te llamas —canturrea recogiendo el material en la charola—. Eres Atom J. Káiser, eso dice en tu ID-C al lado de tu fotografía.
Maldito descuido. La ID-C, o sea la infeliz tarjeta de identificación electrónica que contiene todos mis datos incluyendo mi historial médico y talla de ropa interior, estaba en el bolsillo interno de mi chaleco. Olvidé sacarla antes de empezar la cacería, ¿cómo rayos se me pasó? ¿Qué soy? ¿Un principiante? ¡Ay, me doy tanta vergüenza! ¡Quiero morirme!
—Yo soy Merly Addams —se presenta con una corta reverencia—. Y si me permites, iré por tu comida.
Merly Addams, el nombre lo tiene tan lindo como su cara, nunca debió decírmelo. Black Flag es muy estricto con estas cosas, si un civil ve tu cara o escucha tu nombre, debe ser eliminado. Mi mente crea la escena en un segundo: Merly yace en el piso con sus bonitos ojos de muñeca bien cerrados, mientras un hilillo de sangre escurre por la comisura de sus labios que todavía dibujan una vaga sonrisa. Mi daga reposa hundida en la tibia carne de su pecho. Por alguna razón, esa imagen no me emociona en lo más mínimo… parece que no tengo muchos deseos de quitarle la vida a esa chica dulce. Y es un poquito innecesario, sabe mucho ya lo sé, pero ¿a quién se lo va a decir? Ya entiendo, mis instintos tampoco están funcionando bien, será mejor que me vaya de una buena vez.
A riesgo de romperme los dientes por tanto apretarlos, me arrastro de nuevo hacia mis cosas. Levanto el celular cambiante cuya pantalla se desborda en notificaciones de mensajes y llamadas perdidas. Merly bajó el volumen al aparato, por eso no me percaté de los intentos de contacto. Ingreso al record de llamadas, nuestras líneas cambian a cada minuto a menos de que se encuentre en uso, espero que el último registro siga vigente. El tono de marcado suena más fuerte de lo habitual, me preguntó si mi oído también estará dañado. El tono se interrumpe y una voz familiar toma su lugar.
—Atom, ¿dónde putas has estado?
—Fue una noche larga, jefa, deme un respiro.
—¿Dónde estás?
—En una casa de los suburbios, cerca del muelle norte.
—¿Estás con alguien?
Medito a velocidad luz en mi respuesta.
—No, nadie, la casa está vacía.
—¿Te hirieron?
—Lo resumiré en una frase: necesito un médico
—Prepárate, la extracción será en veinte minutos.
Me alegra haberme equivocado, ella no me estaba castigando, ya solo tiene que rastrear mi llamada y pronto estaré en casa. En cuanto a Merly, si Gregory no se percata de su presencia, podrá fingir que nunca nos conocimos.
—¡Qué haces!
Y hablando de la reina, ha vuelto. Lo que haya en ese plato huele muy bien, en serio lamento no poder quedarme a desayunar.
—¿Tu casa tiene un sótano, ático, cuarto de servicio…? —le pregunto ignorando su expresión desencajada.
—La despensa es muy amplia, sería lo más parecido —contesta con su bonito ceño ligeramente fruncido. Huesos, nunca podré sacar su imagen de mi memoria.
—Bien, escúchame, es muy importante: en diez minutos vendrán a buscarme, a ti no pueden verte, por eso debes entrar a la despensa y quedarte ahí hasta que me haya ido, ¿entiendes?
—¿Por qué?
—No puedo decirte, ya no quiero perjudicarte más.
—Espera, no puedes dejarme así.
Su delicada mano se aferra a mi brazo, un hormigueo cálido me recorre de pies a cabeza. Mi mirada se fija en sus cristalinos ojos verdes, parecen suplicarme. Por qué se comporta de este modo, como si no pudiera soportar que me vaya… lo hace por que no sabe quién soy; si lo supiera, no querría tenerme cerca ni un minuto más.
—¿Te volveré a ver? —sus palabras son como el terciopelo, suaves, tentadoras.
«Imposible, primor, este encuentro fue un error, pero te agradezco mucho por ayudarme», eso es lo que contestaré. Abro la boca listo para pronunciar esas palabras y nada más esas justas palabras, solo que… No soy consciente de mis movimientos hasta que mis dedos perciben el calor de la piel emanando por la delgada tela del vestido. La he sujetado por la cintura atrayéndola tan cerca de mi cuerpo, que sus pechos se aplastan contra mi tórax. Sus labios buscan articular palabras, las ignoro poseído por el deseo de besarla; Merly no opone ninguna resistencia. Este es el mejor beso que he dado en toda mi vida, el dolor debe inspirarme.
—Pronto, lo prometo —afirmo en un jadeo.
¡Por qué dije eso! ¿Realmente pienso volver a verla? No lo sé, mis pensamientos son una maraña.
Merly obedece sin chistar: se mete a la despensa y deja la puerta semiabierta a fin de poder escuchar cuando el auto se vaya. Me instalé en la sala a esperar con los ojos colgados en la ventana, este vecindario es tranquilo, el movimiento en la calle no logra distraerme, apenas si he visto a unos cuantos vecinos paseando a sus perros.
Se han cumplido los veinte minutos y una camioneta Ranger gris se estaciona en el frente de la casa. La musculosa figura de Gregory Leith, con el cabello negro al viento, no tarda en aparecer. Por primera vez en la vida, su presencia me hace sentir aliviado. La calle desierta y la mano invisible de Skippy, facilitan mi salida. Procuro andar tan rápido como mi destruido cuerpo me lo permite.
—Noche ruda, ¿eh? —Greg dice rodeando mis costillas con su brazo.
Vestimenta curiosa la que trae. Si esa camisa negra le quedara más ceñida al pecho, estallaría. ¡Y esos pantalones! Los jeans no deberían verse tan ajustados en las piernas.
—Fue terrible, me siento muy mal —respondo reprimiendo un quejido e ignorando mi crítica a su outfit.
—Vamos a casa, las mujeres están como locas, todas hablan sobre tu funeral —ríe.
—Todavía no me toca, Greg, todavía no.
Nos montamos a la camioneta y desaparecemos en un parpadeo. Doy una última mirada a la casita rosa, agradecido de que mi amigo no quisiera entrar a inspeccionarla.
En el trayecto, la masa fornida sentada a mi lado me cuenta que mi presa apareció en las noticias de la mañana. Relató la dramática historia sobre un extraño en su oficina apuntándole con un rifle de asalto y de cómo logró salvarse huyendo como lagartija asustada hacia los suburbios. Dijo estar muy seguro de que su atacante era un hombre maduro, pues un jovencito jamás podría pelear con semejante maestría. «Se necesitan años para perfeccionarse», recalcó. Gracias por el reconocimiento a mi técnica, Archer, mas no por llamarme anciano.
Tal vez no debería reclamarle por sus palabras, sino agradecer por una descripción vana que aleja todo sospecha de mí, es más, me hace sentir tan aliviado que me permito una estridente carcajada.¡Auch! No debo reírme, a mis costillas no les gusta.
—La chica en la casa declaró que no conocía al fulano en su techo. Debiste verla, se puso histérica, acusó a Archer de ser un violador. ¡La policía no supo qué hacer!
Gregory tendría que haberme advertido antes de soltar ese comentario, convirtió mi buen humor en pura incertidumbre. Merly no puede mentirle a la policía sin esperar un castigo a cambio. ¿Por qué se atrevió a tanto? ¿Por mí? Es imposible que tuviera la intención de protegerme, no tiene una razón. Será mejor que retiré la atención de la chica, Greg debe quedarse con la idea de que ella realmente no importa.
—Apuesto a que ella solo trata de hacerse famosa —declaro indiferente.
—Tienes razón, ni siquiera había notado la trifulca en su techo; lo que la hizo salir fue el derrumbe en el invernadero —Greg sigue mi punto, excelente—. Oye, Atom, tengo mucha curiosidad, ¿cómo lograste entrar a la casa sin que te viera?
—Esperé a que fuera a atender a la policía y entonces me escurrí por la puerta trasera. Me escondí en su despensa, la policía no la revisó y después la chica se marchó —miento, la verdad es que no sé ni cómo entré a la casa.
—¿Tan grande era esa despensa?
—Gigante, parecía una bodega —dos mentiras en menos de cinco minutos, voy muy bien.
—Pues tuviste mucha suerte. Por otro lado, creo que debo advertirte que la jefa está un poquito disgustada con el resultado de la misión.
¡Auch! Eso me dolió más que todo. Desde que Black Flag me invitó a pertenecer a sus filas, hace cuatro años, nunca había fallado, ni siquiera en la primera misión. Mi trabajo siempre ha sido impecable, digno de toda mención y reconocimiento; lo de anoche fue una completa porquería y lo peor es que carezco de argumentos con los cuales negarlo o arreglarlo.¡ Ay, ya por favor, que ya se termine este día!
Greg guarda un repentino silencio, sin duda responde a mi cambio de humor. Se lo agradezco pues el cansancio acumulado me cayó de golpe. Agotado, recargo la frente contra el cristal de la ventana, ya no sé si concentrarme en respirar o en el horrible escozor. Mis pierna siguen entumidas, me preocupa, espero no haberme dañado algún nervio y si es así, tengo fe en que la doctora lo solucionará.
Tras diez minutos más de viaje, distingo la fachada de la fábrica de juguetes Shining Little Star, nuestra máscara oficial al público. La manera en que la mantenemos activa es vendiendo animales de felpa que se mandan fabricar a Mirfak, asegurando así un bajo costo de producción. Luego de colocarles la etiqueta de la marca, cosa que Cash hace solito con la ayuda de una maquina, se distribuyen por todos lados. La gente no piensa nada malo de esta amigable empresa a pesar de lo pésimo de la fachada, es que a la jefa no le agrada invertir dinero en decoración. ¿Cómo hemos evitado ser descubiertos durante las inspecciones? Bueno, Helena Coppola es una persona que sabe elegir a sus amistades, jamás la verás en compañía de alguien que no pueda representar un beneficio posterior.
Hacemos un breve alto en la entrada, Cash, el guardia con rasgos de roedor, nos escanea con aguzados ojitos y solo cuando se convence de que realmente somos nosotros, levanta la aguja. Mi amigo lleva la camioneta al nivel más bajo del estacionamiento, se coloca sobre un ascensor oculto en el suelo que comienza su marcha con un lastimero chirrido. La vibración me sienta mal, con un gruñido llevo mi brazo alrededor de mis costillas.
—¿Estás bien? —Maldito Greg, me altera su cara de angustia.
—No y ya no lo soporto —respondo entre dientes.
—Casi llegamos, viejo, resiste.
La base de operaciones de Black Flag se encuentra varios metros bajo tierra. Esto evita que los sonidos propios del oficio, como los disparos de prueba o los gritos de frustración, sean percibidos por seres indeseables. La enfermería, el quirófano y otros sitios importantes se encuentran en esta parte de la construcción, mientras que las oficinas se convirtieron en cuartos de reposo o viviendas fijas para algunos miembros. Y dada la delicadeza de lo que aquí se guarda, mantenemos ciertas medidas de seguridad, como la de no salir todos al mismo tiempo, así no llamamos la atención del personal en la otras fabricas que nos acompañan en este sector. Todo en esta casa y en esta oscura familia fue perfectamente bien planeado, excepto por este viajecito de cinco minutos que en mi estado actual se siente como de quinientos años.
Al llegar a nuestro destino, el ascensor se detiene y Greg se baja de un salto con la intención de ayudarme. Casi no puedo moverme.
—Atom, me rompe el corazón verte regresar en esa miserable facha —dice la jefa haciéndose presente.
Coppola lleva sus dedos de largas uñas sobre su estrecha cintura mientras su pie marca el paso sutilmente contra el suelo. Sus felinos ojos me revisan centímetro a centímetro, hace que me sienta desnudo, aunque no me incómoda porque me resulta más insoportable el asomo de decepción en el gesto de su cara.
—Lo siento, jefa, no tengo justificación —a mi cerebro aturdido por el dolor le costó mucho hilar esa sencilla frase.
—Descuida, incluso los mejores fallan —se oye muy tranquila, eso es sinónimo de amenaza—. Me temo que tendré que darle la misión a alguien más; las tareas tienen que cumplirse, tú lo sabes —me recuerda impasible.
—¡No! ¡Yo puedo hacerlo! —exclamo, mis huesos me castigan y me encojo sobre mí mismo; de nuevo me doy asco—. solo necesito unos días… —suplico.
—No hay tiempo, los recientes acontecimientos pusieron en alerta a la presa, tendremos suerte si no se larga del país antes de que podamos ponerlo a dormir.
—¡Maldición! —protesto, odio como se siente perder.
—Olvídalo, Atom, en este momento es más importante que cures tus heridas, debes ir con la doctora —la jefa me ordena con mayor indiferencia.
—Sí, señora —acepto tragándome lo que de verdad quiero responder: por favor, no me hagas a un lado.
Queriendo conservar un poco de mi dignidad, intento arrastrarme a la enfermería yo solo. Consigo dar unos pocos pasos antes de que las piernas dejen de apoyarme y entonces es Greg quien tiene que llevarme a cuestas. Sobre mi hombro veo a la jefa mirándome con el mismo desprecio que le dedicaría a los desechos de la cocina. Este día ya no puede ser peor, me siento degradado, avergonzado y muy humillado.
A las puertas de la enfermería, la doctora Hina Kusanagi me recibe con un gesto negativo de su cabeza. Es usual que me reciba de ese modo, siempre está molestándome sobre mi imprudencia y otros detalles. Nunca la tomo en cuenta; si lo hiciera, no tendría este trabajo. En cuanto Greg me deja en sus garras, Hina comienza a trabajar entre preguntas. Revisa mis arcos de movilidad con simples ejercicios; poder hacerlos es una buena señal. En pos de confirmar su diagnostico, me pone detrás de la maquina de rayos x. Cuando termina, me deja ir a recostarme en una de las camas de hospital que se encuentran en fila contra la pared.
—No te rompiste nada esta vez, Atom, tuviste suerte —informa y yo vuelvo a respirar tranquilo—. Sin embargo, no te sientas liberado, te diste un buen golpe en la espalda: tu nervio ciático está qué revienta. Descuida, te daré medicinas y algunos puntos en la herida de tu espalda. Tendrás que limpiar a diario esas cortadas, si es problemático, puedes pedirle ayuda a Greg o a tu hermana.
Asiento con el ceño fruncido, no quiero que me expida una incapacidad, no ahora que debo pelear por el caso de Archer. Antes de que pueda preguntarle por sus recomendaciones finales, la doctora me muestra una fotografía de mi espalda. Merly no exageró al decir que tenía una «fea cortada», va desde mi omóplato derecho a la cintura por el lado izquierdo. Si ella no la hubiera limpiado, de seguro ya estaría infectada.
—Tus cortadas se ven bastante limpias, ¿con qué las curaste? —Hina pregunta, la suspicacia asoma en su voz mientras acomoda el instrumental para zurcirme.
—Encontré lo necesario en el baño de la casa y vertí alcohol sobre mi espalda porque no se me ocurrió otra manera mejor de alcanzarla. Quemé todos los desechos al final y tiré las cenizas al drenaje.
—Buen chico.
Aliviado de que Merly no me haya puesto ningún vendaje en la espalda, dejo escapar el aire por la boca, en verdad no habría sabido cómo explicarlo.
—Sé que me vas a odiar por ponerte fuera de servicio, lo siento, no hay otra opción.
—¡Qué! ¡No puedes hacerme eso! —protesto más que frustrado.
—Necesitas un descanso, con la ciática tan inflamada no le sirves a nadie ni siquiera a ti mismo; mañana apenas si podrás caminar hasta el baño.
La carita tierna de Hina es lo contrario a sus malvados tratamientos. A nadie en este oficio le gusta que lo manden a descansar, pierdes puntos con la jefa y de paso una cuantiosa cantidad de gingas que quizás no pueda ser recuperada. Este negocio también tiene periodos de poca demanda y se avecinan los más pesados de sobrellevar. Estoy tan enojado que quiero decir muchas groserías.
—Atom —alguien me llama desde la puerta.
Es mi hermana mayor, Savannah Káiser, la segunda cara seria que veo en este día. ¿Le deberé ese semblante enfadado a mi estado físico o al hecho de que fallé en una misión?
—¡Gracias a Dios que estás bien! —dice abrazándome con fuerza.
Gimo haciéndome a un lado, lo que le recuerda que el contacto físico no es algo que yo tolere muy bien. Aparta sus brazos y mejor los cruza bajo su pecho, asumiendo una postura severa. Comienza por adivinar mis errores en acción y después me recrimina la ruptura de las reglas; todo es cierto, rompí las reglas básicas de seguridad en el trabajo y gracias a eso formo parte de la definición de «Imbécil» en el diccionario. Mi foto está justo abajo del concepto.
—La misión era sencilla: Archer no tenía compañía ni escolta, ni siquiera un guardia, debió ser un tiro libre y adiós —sentencia enojada.
—Vamos, Vann, ya déjalo, todos hemos tenido una mala noche —el buen Greg, siempre de mí lado a pesar de que lo pateo con mucha frecuencia.
Mi hermana suspira, cede por esta ocasión y mejor me pregunta cómo me encuentro. Me dispongo a enlistar mis dolencias cuando Hina nos interrumpe, anuncia entusiasmada que me ha llegado la hora de descansar y al mismo tiempo entierra una aguja en mi cuello. Savannah y Greg tratan de detenerla; yo trato de unirme a la protesta mas ya no sé ni como me llamo. Mareado, me tiendo sobre la cama con la sensación de estar flotando. Por fin se terminó este maldito día.
NOTA DE LA AUTORA:
Estimados lectores gracias por haber leído hasta aquí y gracias a Cinemedios por concederme el espacio y la oportunidad para compartir estos dos capítulos con ustedes. Lo que acaban de leer forma parte de mi nueva novela y si les gusto, y espero que sí, por favor visítenme en mi página de Facebook para poder compartir más información con ustedes. Nuevamente, gracias a todos por su tiempo y por acompañarme en esta historia.
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De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
