Calabazas, parte II
Martha está perdida en un campo abierto donde no hay lugares para ocultarse, su única compañía son decenas y decenas de calabazas.
Giró sobre sus talones buscando la casa, las rejas, a Oscar o cualquier cosa que pudiera darle una señal de dónde se encontraba; todo cuanto veía a la distancia eran calabazas asoleándose en su vid. Martha comenzó a llorar, se sentía perdida en una forma estúpida porque nadie podía desaparecer en donde no había sitios para esconderse. Llamó a Oscar a través de una garganta casi sellada, que parecía desgarrarse cada vez que lo nombraba, además de que el viento parecía tragarse el sonido: no producía eco. Corrió tratando de volver a la parte alta del terreno, según su entender, el resultado fue hallarse rodeada de más y más calabazas.
—Cálmate, Martha, sé una niña grande —sollozó—. Esto tiene una explicación, camina y la encontrarás.
Abruptamente, el sol brillante del medio día cambió por el sol moribundo de la tarde. Martha parpadeó varias veces preguntándose si todo aquello no sería más que un sueño. Se detuvo a ver las nubes en el horizonte, esta vez tratando de localizar su auto a la distancia y cuando regresó la vista al frente se encontró con la casa. Las luces encendidas iluminaban las ventanas y parte del camino.
—¿Ves? ¡Ahí está la casa! —rió jalándose las puntas del cabello—. No estaba tan lejos.
Echó a correr hacia la construcción de muros rojos, segura de que ahí se encontraría con Oscar. Estuvo tan nerviosa que perdió la noción del tiempo y por eso la experiencia le pareció tan extraña; sí, sin duda debió ser así, sé dijo. Cuando estuvieran en casa, haría cita con una psicóloga para hablar de esos miedos repentinos que debían provenir de un trauma infantil sin detectar, según su propia teoría. Frente a ella las hileras de calabazas no tenían fin y cuando pasaba a su lado lo cuerpos redondos daban la impresión de girar al ritmo de su carrera. Aceleró el paso queriendo dejarlas atrás de una buena vez, pero ellas se multiplicaron manteniendo la casa tan lejana como al inicio de su carrera. Martha concibió la fugaz idea de que aquellos seres naranjas se estaban moviendo.
—¿Qué pasa? —sollozó con el corazón palpitando en las sienes.
Intentó alcanzar la casa una vez más. Corrió más aprisa y obtuvo el mismo resultado. Volvió a tratar desde otros ángulos, incluso saltó las calabazas para trazar una línea recta; no logró ni siquiera acercarse. La noche por fin se cerró sobre ella y la temperatura se vino abajo, Martha se abrazó tratando de conservar el calor en su cuerpo húmedo por el sudor.
Con la garganta ardiendo y el pecho vuelto una roca, se planteó la posibilidad de que aquella casa no fuera más que un espejismos. Quizás todos sus temores y ansiedades la había llevado a crear esa imagen perfecta y, si era así, tal vez tomando un rumbo completamente diferente podría regresar con Oscar. Enterró los dedos en las costillas y anduvo en zigzag a través de los calabazas. Notó la sombra de algunos árboles bordeando los huertos y se detuvo esperando que ese cambio en el paisaje no fuera el único, mas el inmutable silencio seguía con ella, señal de que todo continuaba igual.
—Vas a dejarme salir, hijo de puta, no me rendiré —masculló para el campo.
Tras algunos metros descubrió nuevos puntos de luz en el camino. Algunas calabazas habían sido talladas con ese rostro gracioso tan característico de la época. Pese al alivio que le causó el ver el campo más iluminado, también le pareció de mal gusto que hubieran sido talladas sin antes ser cortadas de la vid. Estando así no tardarían en pudrirse y seguro pudrirían a las demás y sería un desperdicio, Martha odiaba desperdiciar. A los pocos minutos la presencia de aquellos personajes se volvió incomoda, sin importar el rumbo que tomara, aquellos ojos triangulares se mantenían fijos en ella.
Un sonido, Martha se detuvo esperanzada de que aquel murmullo en el aire fuera el aviso del final de la pesadilla. Aguzó los ojitos, atenta al crujir de lo que parecían ser pasos. Persiguió el sonido en su mente con muchísima atención y la emoción brotó en la expresión de su cara cuando imaginó a Oscar andar en al penumbra del campo, buscándola. Presa de la expectativa, se detuvo, buscó con la mirada frenética a Oscar o a algún empleado de la granja que quizás hubiera sido enviado a encontrarla. Observó la oscuridad en espera de algún movimiento, pero no percibió nada más que sonido de la tierra aplastada por aquellos pies. De pronto, el sonido que hasta ese momento parecía venir detrás de ella, ahora venía por la derecha. Martha miró en esa dirección y esperó, mas de nuevo nada pasó.
Levantó la voz y preguntó por quién se encontraba ahí; no hubo más respuesta que el sonido de los pasos.
Adjudicando el hecho a su imaginación alterada, la joven reinició su marcha. Las manos le temblaban tanto, que las guardó en los bolsillo del pantalón para calmarlas. De un momento a otro, el sonido incrementó, era como si alguien o algo anduviera justo a su lado. Martha aceleró, quería alejarse de esa incertidumbre mordiente de caminar junto a quien no tiene un rostro; mas el caminante invisible también hizo lo mismo.
—¡Ya basta! ¡Aléjate de mí! —Martha perdió la cabeza, corrió a través de los huertos sin rumbo.
Sintió el rocé de algo tratando de aferrase a su brazo, gritó, golpeó y pateó tratando de alejarlo. Volvió a llamar a Oscar mientras sus manos rasgaban el aire, quería escapar de aquel lugar de cualquier manera y si hacer trizas la nada no le servía de algo, ¡lo haría! Es más, haría lo mismo con la tierra si fuera necesario. Se arrodilló en medio de las calabazas y clavó las uñas en la tierra, luego tiró de la vid con furia, quería arrancarlas, ¡hacerlas pedazos a todas y reclamar su libertad!
—¡Oscar! ¡Oscar, ayúdame! —rogó—. ¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí! —Martha se desvaneció.
—¿De dónde, Martha? ¿Qué ocurrió?
Al abrir los ojos Martha el vio el rostro de Oscar, pálido y sudoroso. Ya no tenía puesta la sudadera con el logo de la universidad como cuando llegaron, ahora usaba una arrugada camiseta gris sin ningún estampado.
—Chico, ¿tú amiga está bien? —Un oficial de policía se asomó sobre su hombro.
—No lo sé —Oscar murmuró.
—¿Dónde estabas? Te llamé a gritos durante mucho tiempo —Martha arrugó la camiseta de Oscar en su puño cerrado.
—Martha, ¿de qué hablas? Estuve aquí. Tú… tú desapareciste si dejar rastros y hemos estado buscándote los últimos tres días.
«Tres días», esas palabras congelaron el corazón de la joven. Según el relato de Oscar, él volvió al punto señalado cuando terminó de elegir las calabazas, pero no vio a su amiga en él. Dio un paseo por el resto de las parcelas tratando de hallarla y al no tener éxito solicitó la ayuda de la gentil empleada. Con la energía eléctrica restablecida, iniciaron una búsqueda junto con los dueños de la granja y sus empleados. Los campos de calabazas estaban tan bien iluminados que nadie podía explicar por qué no la encontraban. En cuanto amaneció llamaron a la policía y así se pudo ampliar el rango de búsqueda por varios kilómetros. Fue como un mal chiste del destino el que ella apareciera, arrodillada en la tierra y bañada en lágrimas, en el mismo punto donde habían convenido encontrarse aquel sábado.
Temiendo que la creyeran loca, Martha se negó a compartir su experiencia. Fue llevada a un hospital local en donde fue concienzudamente revisada por el personal de psiquiatría, quienes al no encontrar nada anormal la dejaron ir. Oscar le echó el brazo sobre los hombros mientras la escoltaba a la salida y a mitad del pasillo se toparon un un grupo enfermeras que retiraban los adornos de Halloween de las paredes. Una calabaza de naranja brillante les miró desde el muró con alegre sonrisa; Martha se echó a llorar.
Pasaron los meses y la vida de los jóvenes volvió a ser la misma. Los años, y esa dura experiencia de perderla durante tres días, lograron que el cariño de Oscar se transformara en un amor solido. Se casaron dos años después del incidente y se mudaron a otra ciudad en donde criaron a sus tres hijos. Martha era la mujer más feliz del mundo entero, lo tenía todo, un esposo amoroso, unos bellos hijos. La mayor parte del tiempo no perdía la sonrisa del rostro, al menos no hasta que las primeras luces del otoño traían de regreso a esos demonios anaranjados. En esos días, Martha volvía a llorar.


De profesión diseñador gráfico, de corazón, escritora.
