El regreso del formato físico: Un oasis en el desierto digital
La Generación Z al fin encontró un hobbie lejos de las pantallas.
Recientemente la Generación Z se ha volcado hacia el formato físico sobre los materiales digitales, fenómeno que responde a una necesidad emocional y de conexión que quizás algunos pensaron perdida.
Quizás algunos jóvenes no lo sepan (hablando desde el alma vieja que este joven cuerpo carga), pero la costumbre de sacar un par de sencillos previo al lanzamiento de un álbum, con un estándar de doce canciones de una duración aproximada de tres minutos cada una, responde tanto a una necesidad tecnológica como a una estrategia de captación de público iniciada a finales de los años 40.
En 1948 el disco de vinilo reemplazó al disco de goma laca como el formato de distribución musical, pues el vinilo podía grabar, y en algunos casos superar, hasta por treinta minutos según el formato del disco, lo que dio pie a una nueva forma de distribución musical, ahora no se comercializaba una sola canción, sino que el consumidor y las disqueras podían decidir comprar y vender un LP (Long Play), un EP (Extended Play) ó un Sencillo, formatos de distribución que siguen vigentes aún en la era digital.
Hacia finales del siglo, con todas las industrias girando hacia la innovadora y prometedora digitalización, la juventud de la época quedó encantada con un formato que, comparado con el vinilo, tenía una mayor capacidad de almacenamiento y un menor tamaño, así como una democratización del contenido. Aunque el casete ya lo había hecho, el CD (Compact Disc) le dio la oportunidad al usuario de personalizar su experiencia con el producto, jugando con un amplio abanico de posibilidades, desde el orden de las canciones hasta la compilación de canciones de distintos álbumes, artistas o géneros en un mismo disco, que se podía disfrutar en el discman que colgaban en su cinturón, en el estéreo de la sala ó el reproductor del auto, se podía llevar a todos lados.
La acelerada digitalización del mundo en el siglo XXI llevó a que ni siquiera se necesitara un formato para su distribución, sitios de piratería como Pirate Bay ó Ares conquistaron el internet rápidamente y la respuesta legal de las compañías fueron las plataformas digitales. Como resultado de la necesidad de inmediatez que el usuario presentaba, muchas herramientas de consumo y creación quedaron integradas en un dispositivo que se podía guardar en el bolsillo de un pantalón: Cámara, mapa, calendario, mensajería, televisión y música quedaron resguardados en el smartphone a cambio de abandonar el formato físico, ahora en un par de clics el usuario tenía acceso a toda la discografía de todos los artistas en todo el mundo cuando y donde quisiera.
Por un tiempo la vida digital fue una buena vida, tranquila, individual y personalizada, sin embargo, la aparición del algoritmo cambió las reglas por completo, el ejemplo más evidente es el drástico cambio que presentó Instagram a finales de los 2010, cuando en el feed de los usuarios no sólo aparecían publicaciones de las personas a las que seguían, muchos de ellos amigos ó familia, sino también contenido que les podía interesar según la información recopilada por la aplicación, naciendo así creadores que despertaban el interés de millones, lo que hoy en día conocemos como influencers. Internet nos dio acceso a los lugares más recónditos, lejanos y oscuros del mundo y de la humanidad, en el proceso abriendo el panorama para creadores que sin las oportunidades correctas no hubieran logrado lo que lograron, sin embargo, esta misma oferta terminó por agotar a los consumidores.
Dependiendo de la fuente que se consulte varían los años de nacimiento de la Generación Z, sin embargo, quizás la característica más identificable en todas es la infancia en internet, un fenómeno gracias al cual todos los jóvenes que rodeamos los veinte años venimos con otro chip, uno más automático, menos crítico y, para algunos, desesperantemente inútil, señalamiento del que por un tiempo nos defendimos argumentando que la tecnología se había creado para usarse, sin pensar que un par de años después nos dejaría graves secuelas.
“No hay nada más humano que usar máquinas”
– Gustavo Cerati.
Con apodos como cristalitos, la generación de los trastornos ó copitos de nieve, generaciones mayores nos señalaban de frágiles o débiles y no es mi rol darles la razón, sin embargo, llegamos a un punto en el que tuvimos que ceder un poco. Luego de veinte años frente a una pantalla, con al menos un escándalo anual de filtración de datos a mano de hackers y una desbordante sobreexposición de información, la Generación Z se encontró con una verdad cruel e incómoda: Nada es nuestro, solo tenemos acceso a ello. La música, las películas, las fotografías, los mensajes con amigos y hasta nuestras tareas están guardadas en un código en algún servidor al otro lado del mundo que puede quedar en posesión ó ser eliminado para siempre por alguien que entienda bien el código.
Ante este choque de realidad, quizás impulsados por la avasallante nostalgia que conquista el cine y la música a través de homenajes, remakes y retrospectivas desde hace un par de años, la Gen Z volteó a ver hacia su infancia, aquella en la que las reuniones familiares tenían un estéreo al fondo, donde una película se disfrutaba desde que se veía la portada de la edición de colección, donde un álbum se escuchaba de principio a fin, donde un libro guardaba una rosa y una confesión de amor se firmaba. El formato digital nos dio personalización, inmediatez y poco esfuerzo, sin embargo, ahora buscamos algo diferente: Identificación.
Como un joven que nunca ha sido muy adepto de las pantallas, principalmente por la sensibilidad ocular que me aqueja desde los doce años, ver cómo cada vez hay más jóvenes con un libro en mano, más adolescentes escribiendo diarios, más estudiantes escribiendo ensayos a mano y más libreros llenos en las habitaciones me alegra mucho, pues está generando la sensación de pertenencia que nos hacía falta: Este diario es mío y nadie más lo puede leer, este libro es mío y nadie más lo va a marcar, este disco es mío y nadie más lo puede escuchar y una parte igualmente sorprendente son las variadas reacciones de los adultos, entre quienes piensan que les estamos robando un elemento propio de su generación y quienes lo reciben con optimismo y curiosidad.
Entiendo que puede ser complicado para un profesor leer un ensayo a mano por alguien con una mala caligrafía, que un padre quizás no pueda pagar por un librero más grande ó que una universidad ya no considere el crecimiento de su biblioteca física, pero, quizás por primera vez en dos décadas, la Generación Z ha encontrado algo que los aleje de los celulares y despierte un interés genuino con el que entren en contacto con el mundo real, ¿No era eso lo que querían?

22 años
Estudiante de cine
Melómano
