Hace poco más de un año, las acusaciones de abuso sexual en contra de Kevin Spacey salieron a la luz pública, muchas de las víctimas, dentro del crew de la serie. La noticia creó un caos, los ejecutivos de Netflix tomaron rápidamente la decisión de poner en pausa la ya avanzada producción y luego cancelar la serie. Sin embargo, fue Robin Wright quién impulsó a que la serie continuara, no solo porque la historia debía terminar, sino porque era injusto dejar sin trabajo a más de dos mil personas. La producción se reaunudó sin Spacey, una nueva historia, nuevos personajes, parecía que después de todo, la serie iba a triunfar en su última temporada. No fue así.

Han pasado cien días desde que Claire tomó la presidencia, los problemas de su mandato se acumulan, en especial con los hermanos Shepherd, un par de empresarios sumamente poderosos quienes toman decisiones importantes sobre el país. Su poder va más arriba del presidente, por lo tanto Frank estuvo bajo su control, sin embargo, Claire no quiere lo mismo y hará lo que sea necesario para conseguir su total autonomía. Pero no será fácil, ya que hay planes para deshacerse de ella y reestablecer el poder en la Casa Blanca.

Así comienza la temporada, tan solo el primer capítulo nos hace notar que hay algo diferente y no se trata solamente de la falta de Spacey, va más allá, hay un cambio radical en el guión, en la narrativa, incluso la fotografía es diferente, muy al estilo Fincher que habían usado anteriormente. La serie que vemos en esta temporada no es House of Cards. Desde la quinta temporada, con la salida de su creador Beau Willimon, ya había sufrido una simplificación para el público en general, las tramas de antes que aunque no eran del todo realistas, eran creíbles, pero ahora son inverosímiles, absurdas, entre lo predecible, caminos fáciles y sucesos escritos cuyo propósito es meramente el shock value.

En las temporadas anteriores, la trama era difícil de seguir, pero se puede asegurar que esto se debía a lo complicado de las situaciones, la historia requería ser analizada detenidamente para ser comprendida. En este caso la trama es difícil de seguir porque no tiene ni pies ni cabeza, es claro que después del despido de Spacey, hubo que encontrar una historia que lo pudiera eliminar y que además, fuera posible utilizar el material ya filmado en la producción. Por lo tanto, también es entendible la reducción a ocho capítulos. Los escritores tenían la tarea de escribir en un par de meses un final diferente para la serie al que seguramente, por años, ya se tenía planeado. Los únicos momentos en los que la serie se siente cómoda, es con sus únicos personajes principales y originales que quedan, Claire Underwood y Doug Stamper, pues aunque el dúo no es tan dinámico como lo era con Frank, tanto juntos como por separado, resaltan sobre toda la serie. Michael Kelly una vez más entrega una actuación poderosa y sútil, aún en la personalidad tan silenciosa de Doug, podemos ver emociones intensas con sus expresiones.

Ni qué decir de Robin Wright, ya sea en su fría personalidad, su carismática máscara para el público, en su esfuerzo para mantener sus emociones escondidas, se necesita una actriz versátil que pueda cargar con todas estas caras de una misma persona, para verse tan diferente y a la vez no dejar de ser la misma persona. Robin Wright hace que queramos a Claire y a la vez odiarla, queremos verla ganar, pero también queremos verla perder. Aunque hay que ser honestos, Claire tiene tan solo una pizca del carisma de Frank, ni siquiera sus escenas rompiendo la cuarta pared son tan buenas como las de él.

Aún así, no podemos engañarnos y por más que intenten esconderlo, la verdad es que House of Cards tenía dos pilares que sostenían toda la serie. Kevin Spacey y Robin Wright. Ambos funcionando al mismo tiempo, si quitas uno, no importa cual de los dos, todo se derrumba. Pues ver a Frank y Claire trabajando juntos, traicionándose, reconciliarse, sin esa dinámica entre la pareja, la serie pierde gran parte de su fuerza.

Para su último capítulo, dirigido por Wright, el sin fin de subtramas se acumulan y parece que los escritores no se decidieron cómo darle una conclusión a cada una. El laberinto que poco a poco fueron construyendo a lo largo de la temporada, se quedó sin una salida. Los últimos minutos, en lugar de ser intensos, son forzados, un final sacado de la manga que además de todo, es un final abierto.

Con tal de darle una conclusión a la serie y con ser parte de esta corriente feminista en los medios, House of Cards hace a un lado todo lo que la hacía una gran serie. La realidad es que la primer pérdida que sufrieron fue la salida de Willimon y el despido de Spacey, solo terminó de hundir el barco. Todos sabemos que su comportamiento fue incorrecto, pero también sabemos que como actor, su talento es inegable. Tal vez haber dejado ese sorprendente final de la quinta temporada con Claire tomando la presidencia habría sido una mejor conclusión para la serie que alguna vez fue la mejor que Netflix produjo.

Luis Enrique Jiménez

Cinéfilo, nihilista, lector, universitario y chilango de corazón. Procrastinador profesional.

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